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Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé! |
| Cecil Humberto Álvarez Yépez |
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30-01-07
A Sofía, mi alumna de Griego y de los Clásicos, a Cecilia mi hija y a Eduardito.
Cecil Álvarez
LOS HERALDOS NEGROS
Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... ¡Yo no sé!
Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
Son las caídas hondas de los Cristos del alma
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.
Y el hombre... Pobre... ¡pobre! Vuelve los ojos,
como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido se empoza,
como charco de culpa, en la mirada.
Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!
(César Vallejo, poeta peruano)
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Si hay algo que pueda unificar a estos tres muchachos, es o fue, ante la desaparición de mi querida alumna de griego, de la Ilíada y del Quijote, es precisamente su pasión y búsqueda en las fuentes de nuestra cultura: En los Mitos Griegos, en el conocimiento de su idioma, en sus tradiciones como la Ilíada, y últimamente con el Dr. Briceño, en la lectura de Sófocles particularmente con la lectura de Antígona.
Y es que, si hurgamos en esas fuentes no encontramos cara a cara, con los
grandes temas de la humanidad y que sólo por ese hecho, se nos hace la vida
como una larga tragedia en el mejor sentido del término, al enfrentarnos a la
muerte. Desde ese momento esa es la eterna pregunta que intentamos
desesperadamente darnos repuesta como lo hacían los griegos, y es por eso que
estos jóvenes comenzaban a tantear en ese mundo desconocido para enfrentarse
con su destino, con las preguntas originarias ¿Quiénes
somos? ¿De donde venimos? ¿Y hacia donde vamos? .
¡Ay, Que Dolor!, pero como dice el poeta peruano: Hay golpes en la vida, tan
fuertes…¡Yo no sé!, que nos llevan a enfrentarnos a esas preguntas en una
forma que no podemos aceptar: Golpes como del odio de Dios;… porque solamente
un odio de esa naturaleza, puede iniciar a estos buscadores en esa forma
dolorosa. Es muy difícil aceptar y comprender que la iniciación de esos tres
amigos, tuviese que ver con la muerte de uno de ellos a la escasa edad de 20
años, cuando la que partió estaba llena de las excelsas virtudes que adornan a
una vida en plena expansión y florecimiento: A Sofía la caracterizaba, una
extraordinaria inteligencia que la hizo ser una de las mejores alumnas de
Ciencias, una curiosidad extrema que la hacía seguir el impulso vital que
tenía por dentro, una gran sensibilidad ante la literatura eterna al extremo
de apasionarse por la Ilíada que le hizo preguntarme después de ver la
película de la guerra de Troya en que momento íbamos a comenzar a leer la
Eneida, un gran sentido del humor cuando se carcajeaba ante las aventuras del
Quijote quién llevó muchos palos y pedradas al confundir su mundo ideal a la
realidad pragmática de los hombres, y en todo eso, un reflejo brillante en sus
ojos que nos comunicaban secretos eternos e inmutables: Esa era Sofía.
Y hoy, ante su lamentable muerte, llorada como querían los griegos por todo un
pueblo, no nos queda sino aceptar como dice el padre Beto ante su muerte, no
el odio que parece venir de Dios, sino el amor infinito de Dios que nos hace
sentir que debe tener un sentido su muerte, pues como dicen las escuelas
espirituales de todos los tiempos, El amor y la muerte, Eros y Pathos
entendiendo este último término como sufrimiento ante la muerte, como Tragedia
Griega, son complementarios: ¡Por amor al cielo!. Será acaso con la muerte
de Sofia, cómo los caroreños podremos comenzar a ver que la VIDA TIENE OTRO
SENTIDO. No sé si esto será así, pero si tengo la certeza de que EL AMOR QUE
SENTÍA POR MI ALUMNA TIENE ATISBOS DE ETERNIDAD, y como dice mi hija Cecilia:
“GANÉ UNA ESTRELLA”.
En Memoria a mi querida alumna recordemos hoy a Novalis, poeta del Siglo XIX:
“Hay que estar orgulloso del dolor, porque todo dolor es el recuerdo de
nuestra condición más elevada”. Hay golpes en la vida tan fuertes… ¡Yo no sé!
cecilalvarez@gmail.com
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Carta a mi queridísimo amigo Pablo Arapé |
| Cécil Humberto Álvarez Yépez |
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Queridísimo
amigo Pablito Arapé:
Después de leer tu artículo, donde me castigaste cual Dante a editar
periódicos de noche y quebrarlos a la luz del día, y después de meditar mucho
sobre lo que dijiste, que además entiendo que es con cariño, a pesar de
que algunos mantengan la vieja frase… Con amigos como esos… cosa que
no comparto por supuesto, decidí, escribirte esta carta porque según el Gordo
Euclides, mis artículos, ensayos y novelas tienen siempre un corte
intimista y nada más íntimo que una carta para un querido amigo (No te he
dicho Querido Hermano porque tú sabes para quienes tengo
reservado ese trato).
El asunto es que me contenta en el alma de que seas lector de mis dos libros
que tengo hasta ahora publicado El músico y De las cosas más
sencillas, título éste que me valió el mote de plagiario, gracias a una
campaña sistemática y oprobiosa que desempeñaron tú y Gerardo Castillo,
pero sin embargo entiendo, que todo se debía a la preocupación que tenían
ustedes, mis amigos íntimos, de que me apabullaran los intelectuales de
este país al acusarme de plagiario. El temor de ustedes, cosa que les
agradezco, es que me arrinconaran a una pared y me apedrearan como la
Magdalena, que si no hubiera sido por la oportuna intervención de Cristo a la
pobre mujer la hubieran mallugado hasta la muerte. Aquiles Nazoa,
a quién supuestamente había yo plagiado porque el tenía un programa en
Televisión llamado Las Cosas más Sencillas, dramatizó en una comedia,
temas contradictorios que se anularían entre si según Kant pero no por
ello menos cierto, de la última cena, donde inicia la obra de teatro
con Al levantarse el telón, sale en escena una cena, donde cena una docena
de tercios en camisón, y allí en el desarrollo de la misma, en un punto
sincrónico, Jesucristo se encuentra con la Magdalena que están a punto de
apedrearla por oficiar el trabajo más viejo de la humanidad,
dice: –– ¡Que te pasa, mujer. Que te ocurre!––, y la mujer responde en
llanto: –– Es que esta gente del barrio me acusan y me señalan como ¡Adeca! ¡Adeca!
¡la adeca del vecindario!, y responde lacónico nuestro señor: –– ¡Quién esté
libre de pecado, que tire la primera piedra!, y volteándose al público dice:
¡Porque aquí adeco como que es todo el mundo!. Eran los días gloriosos de
ese partido donde se consideraba que el país arrancaría hacia el desarrollo
bajo las gloriosas notas de Adelante a luchar milicianos, por cierto
asombra el llamado de los adecos a la similitud del llamado de ahora a las
reservas del ejército civil. Así que tu no puedes acusarme a mí, de haber
sido inconstante y adeco además, y últimamente ¡que horror!, acusarme de
chavista cativelero, a no ser que recuerdes que los dos, tanto Cativelli como
yo, tuvimos una pasantía aceptable por ese glorioso partido de otrora, como lo
recuerda la Magdalena de Nazoa.
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Sigue la similitud con la Magdalena, y aspiro por favor lo tomes
Metafóricamente y no vayas a creer, por Dios, que la similitud llegue al
extremo de confundir los sexos, y menos a equipararme a esas malas
mañas que dice la historia que Jesús tuvo que perdonarle a la Magdalena,
hecho que según el malhablado, ya tributario de la tierra, de Miguel Otero
Silva, en una recopilación, según él, de coplas populares, nos dicen:
¡Magdalena sollozaba/ entre los anacoretas/ quiénes moneaban las matas/ para
mirarle las tetas/; o esta otra mucho más “oprobiosa” todavía que dice:
Magdalena sollozaba / llorando sus culpas viejas / y San Pedro exclamaba: /
¡Miren que hay putas pendejas /. A nosotros se nos ha dicho siempre que
San Pedro siempre tuvo gran celo de la susodicha mujer porque la preferencia
del Señor hacia esta mujer como que era notorio, ¡Epa. ¡Un Momento!: En el
buen sentido de la palabra: ¡Preferencia espiritual!. No se me acuse de hereje
y de decir cosas que no he dicho ni imaginado siquiera.
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El asunto querido amigo, es que tu escribiste lo siguiente: … Como les
contaba si hay música. Después del incidente con Luzbel Dios, molesto, decidió
cambiar los cantos por melodías instrumentales. La música es bellísima. Se
podría decir – con parámetros de la tierra – que es un ambiente “controlado”.
Este lugar seria perfecto para mi amigo Cecil pero fue sepultado en una de las
pailas del infierno por inconstante (comunista; masista; adeco; chavista
mención: Cativelli) Su castigo consiste en editar un periódico en la noche;
que quebraría al día siguiente; y así por toda la eternidad.”… y creo que
es injusto que me acuses a mi sólo de adeco, además, parece ser, y la historia
nos lo dirá en el futuro, es que los chavistas de hoy, parecen ser los adecos
del siglo XXI, así que, mi único escarceo de derecha, duró muy poco tiempo,
que cuando tenía apenas diez años, me inscribieron en la Juventud Copeyana,
Teódulo López y Tololo Arispe, porque lógicamente todo niño sigue a su padre,
y éste era muy copeyano y creyente de la Doctrina Social de la Iglesia. Menos
mal que tempranamente quise caminar por lo que Kant llama: pensamiento
propio y comencé mi búsqueda hacia la justicia social y hacia tratar de
implantar en la tierra EL PARAISO PERDIDO, a través de las
reivindicaciones de los pobres y más desposeídos, sin darme cuenta de que ese
discurso marxista de mis años de comunista y masista, me acercaban a la
derecha y la Doctrina Social del COPEI, que era la misma de Cristo. Así que ,
no me arrepiento de haber sido inconstante, porque eso me acerca lo más
profundo de mi país que lo ha caracterizado la inconstancia en todo,
lo que si me parece que el castigo de LUCIFER para conmigo no fue
justo, porque no tuve que ver nada con el Cierre del periódico, y los
otros que me imputas, no tenían sino un fin político cuyo financiamiento no
dependía de mi y de los que fui simplemente colaborador porque le estaba
haciendo un favor a un amigo: José Gregorio Rodríguez.
Con afecto de un verdadero amigo:
Cécil
Carora, Febrero de 2006.