| Meditaciones |
| LOS LOROS DE LA NOCHE |
| Felipe Izcaray Yépez |
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El sol se oculta en el atardecer,
anuncia una hermosa canción del Maestro Luis Laguna. A ese sol de la tarde lo
conozco bien. Vengo de una tierra de ocres atardeceres, donde cada ocaso, por
lo hermoso, es un festejo. Cuando niño, en mi Carora natal, el atardecer era
un espectáculo cotidiano que en vez de causarnos nostalgia o tristeza nos daba
energía y optimismo, nos hacía regocijarnos con el esperar un nuevo día; tal
era el colorido de nuestros ocasos; tal era la dulzura de los hermosos rayos
de luz que nos obsequiaba la generosa luminosidad de nuestro sol. A esa hora
nos parecían las canciones más inspiradas, las muchachas más bonitas, el
viento más fresco. A esa hora debe haber compuesto el cantor de Caracas la
canción aquella de estar contento sin saber qué es lo que siento;
seguro se la debe haber inspirado un atardecer como los nuestros.
En Carora, la genuina tierra de los crepúsculos, sabíamos a ciencia cierta el
preciso instante de la llegada de la noche: ese momento surgía de pronto,
irrumpiendo violentamente en la calma meditabunda que generaba la tibieza del
anaranjado vespertino. Súbito, como enviados por el Diablo de Carora, primo
hermano del que retó a Florentino a cantar en Santa Inés, surgían los loros …
cientos de loros de toda índole: “cara sucias”, periquitos, cotorras, loritos
reales, guacamayas y “tijeretas” de activa y cortante cola. El estruendo de su
veloz vuelo y de su silvestre cacofonía nos asombraba a diario. A pesar de lo
exacto y lo seguro de su llegada cuando el sol se cobijaba detrás de cualquier
cerrito, nunca dejaban de sorprendernos: “Coño, me volvieron a asustar los
loros”, decía uno cada vez que nuestros reflejos nos hacían brincar
sobresaltados, y rogábamos que solo nos derramaran sus quejas, y no sus
desperdicios. Era un hecho, entonces, que había llegado la noche, ya que tras
los loros venía un manto somnoliento bordado de luna y luceros.
Detrás de los loros quedaba la
paz, la fresca noche, el silencio, la reflexión y la promesa de un nuevo día,
de un nuevo sol revitalizado. Es esa esperanza la que deseo guardar en mis
sueños esta noche, para derramarla mañana sobre nuestros porvenires, aderezada
con promesas, sueños y dicha.
Que Dios y la luz del sol nos iluminen.