Nuevo e-book de regalo de nuevo año: "El hombre intervenido (Octava lectura del nuevo milenio) de Teódulo López Meléndez.

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Mensaje de fin de año 2011
 

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La preferencia por la copia

Teódulo López Meléndez

26-11-2011

 

La realidad era claramente precisable, pues tenía sustancia, lo real era autónomo, estaba allí como esencia. La diferenciación entre esta sustancia llamada realidad y las apariencias era clara y precisa. Esa realidad provenía de la historia, es decir, de una existencia. En  pocas palabras, fuera de la historia no había nada a no ser especulación.

 

La “realidad” de lo “real” es hoy cosa muy distinta. Estamos inmersos en el afán de la desaparición y, por ende, lo que hemos hasta ahora denominado significaciones retrocede a un segundo plano. Esta situación es perfectamente definida por Baudrillard como “teoría de la simulación” o “patafísica de la otredad”

 

Desde que Nietzsche describió al mundo como apariencia se había insertó la idea de que la realidad no era más que un conjunto de interpretaciones humanas. En otras palabras, la especulación estética se alzaba como la única manera de preservación del hombre, de evitar la muerte que lo acechaba y lo acecha, puesto que lo humano sólo es sustentable en el arte y el único superviviente posible es el hombre-cultura.

 

Queda claro que entramos en una situación definible como alteridad radical producto directo de la desaparición. Si la realidad era un conjunto de interpretaciones humanas ahora se impregna de extrañeza y esas interpretaciones se ahogan en su propia impotencia. La “realidad” ha girado sobre sí misma, queda consumado el vértigo, y ha desaparecido.

  

A lo que ahora asistimos es al amoldamiento de lo real a la forma. Estamos dándole la vuelta a la bolsa, esto es, el mundo se ha desrealizado, la ausencia es la norma, la única hipótesis del hombre pasa a ser la forma. Ya estamos ausentes. La comunicación humana  se reduce a buscar lo que el otro no es. Un viejo texto criticado y olvidado, “La sociedad del espectáculo” de Guy Debord, nos dice que frente a la pantalla contemplamos la vida de las mercancías  en lugar de vivir en primera persona.

   

Esta ha sido definida como la civilización del espectáculo y, sin lugar a dudas, lo es. Quizás el inicio de una explicación del porqué esté en la primacía de las mercancías en una sociedad que las produce, pero sobre la cual se devuelven a devorarla. Es obvio que esta también llamada civilización de la imagen conduzca a la muerte de la realidad. La imagen se ha aposentado sobre la realidad, la ha asesinado, tal vez porque como decía Feurbarch “nuestro mundo prefiere la copia al original”.

   

Ahora bien, es necesario precisar que el espectáculo es una formación histórico-social. El proceso ha pasado por un alejamiento del espectáculo de la realidad y por la eliminación de todo espacio de conciencia crítica y de toda posibilidad de desmitificación. El espectáculo se convirtió en sí mismo y se hizo imagen. Entramos, así, en la era de lo virtual. El simulacro es la nueva “realidad”, una sin sustancia. La realidad encontró el método para la evaporación en los medios de comunicación, en la tecnología, en los microchips. Cuando vemos la transmisión en directo de un suceso cualquiera a lo que estamos asistiendo es al paso de un meteorito errático en un espacio vacío. Por supuesto que todo va acompañado de otra desaparición, la del pensamiento. Ello porque la civilización de la imagen nos sobresatura, acumula sobre nosotros tal cantidad que no acumula nada, esto es, la acumulación se autodevora como un disco duro de computadora infectado por un virus. La respuesta es el vacío y la desaparición del pensamiento.

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El país de lo no calculable

Teódulo López Meléndez

19-11-2011

  

No podemos escapar aunque apaguemos la pantalla o nos refugiemos en una cueva. Admitamos que ya el eremita o el santo no son posibles. Desde que el hombre se hizo sedentario comenzó a defender un territorio y desde entonces no puede escapar de las obsesiones. Los desiertos ya no existen como espacio de fuga, entre otras cosas, porque no hay manera de fugarse. Somos, ahora, perfectos engranajes  de la gran máquina universal, o mejor, de lo que en otra parte he citado como gran condón universal. Derrida habla de un “fetichismo toxicómano”. Debemos admitir que los hombres tuvieron siempre la tendencia a mirar lo particular en desmedro de la totalidad.

   

Los políticos son el ejemplo más patético de una participación degradada en la construcción del mundo plano. Los políticos, liquidados por la ineficiencia de las políticas públicas y por la absoluta falta de ideas, han sido absorbidos por los massmedia. Han pasado a ser antenas reproductoras. El intelectual debe entender que estamos ante el mundo de lo finito (encarnado en lo cotidiano por los políticos y la chatura de la pantalla) y que la tarea dura de mantener activo el pensamiento impone acciones que escapan de los viejos y obsoletos términos de “intelectual comprometido”. Los políticos pasaron a ser instrumentos que conectan la información con la mercancía. Tal vez podríamos decir que el intelectual debe atacar los efectos indeseados de lo massmediático, el principal el de la irrealización. En otras palabras, debe combatir el cansancio. Es la imitatio un enemigo a ser desbancado.

   

La filosofía ha procurado romper el esquema maniqueo. María Zambrano habló de la “razón poética”, una que tiene que vérselas con todo lo que ha sido menguado del espacio lógico. Si vemos bien, de ese espacio han sido eliminados infinidad de pensamientos y comportamientos, hasta el punto de imponerse, al menos en nuestro mundo occidental, una estrechez que inevitablemente condujo al abochornamiento actual. La tesis era, pues, reconsiderar a la metáfora y al símbolo como únicos vehículos del pensamiento. Si tomamos en cuenta que la filosofía más actual considera al mundo una trampa y al hombre un ser que la asume como mundo, podemos determinar como los mecanismos perversos de la “dicha” han podido ser injertados como nuevos sentidos.

  

Las viejas ideologías totalizantes se derrumbaron. Las premisas de un espíritu religioso dominando el siglo XXI resultaron falsas. La triunfante “literatura” de la auto-ayuda procura dar lecciones para el éxito dentro del sistema injertado. Todos, o casi todos, aceptamos que la democracia es el único sistema político aceptable y, a pesar de las perversiones que brotan de su seno, confirmamos que la libertad es la única posibilidad. En el plano político el hombre espera respuestas totales sin darse cuenta que ellas no existen, o son tan simples que no logran verlas. La primera de todas es que el hombre debe renunciar a la sociedad perfecta que las ideologías le ofrecieron y admitir que tal cosa no es posible. La segunda, que el sistema político llamado democracia sólo es perfectible en su continuo ejercicio y riesgo y que, como todo cuerpo, es susceptible de viejas y de nuevas enfermedades. La uniformidad debe ser combatida y ello pasa por la ampliación de la razón hacia eso que los filósofos llaman “lo no calculable” o “lo no condicionado”.

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Los actores del vacío
 

Teódulo López Meléndez

13-11-2011

 

El nuevo “dirigente” se inclina ante los factores de poder. Ahora, aún en las situaciones de alto riesgo, no es un grupo de “dedicados dirigentes” el que traza una estrategia; es la compañía publicitaria la que diseña los slogans. Ya la sociedad venezolana no genera sus dirigentes por la sencilla razón de que ha dejado de orientarse a sí misma. Sólo es capaz de percibirse en los símbolos mediáticos. Las sociedades actuales, nos lo recuerda Peter Sloterdijk en “El desprecio de las masas”, son inertes, miran la televisión para, en su individualismo feroz, hacerse suma desde su condición de microanarquismos. La expresividad se le murió a la masa postmoderna y, en consecuencia, no puede generar dirigentes. Hay una plaga inconmensurable asegurando que lo que sucede es que no es la hora de los líderes sino de la masa. El concepto de “opinión pública” está cuestionado desde los inicios mismos del siglo XX, pero, hoy en día, bajo los efectos narcóticos, se puede muy bien asegurar que estas sociedades atrasadas sólo son capaces de generar gobiernos fascistoides que le den afecto. Vivimos, lo dice Sloterdik, “un individualismo de masas”, uno, agregamos nosotros, sembrado en el alma por la pantalla-ojo que sólo produce “suma” mediante el sistema de inyunción.

  

En las democracias se hacían dirigentes en los partidos, pero los partidos están moribundos. Resultan incompatibles con las nuevas leyes de lo massmediático e, incluso, con las reglas nacientes del nuevo siglo. El viejo axioma de “no hay democracia sin partidos” parece haber sido sustituido por otro que reza “no hay democracia sin canales de televisión”. O “no hay democracia sin el dueño de la chequera”.

 

Lo grave es que realmente marchamos hacia una democracia sin política. El presente está desquiciado. Si las democracias entran en  trastornos de esta magnitud lo que se puede esperar es, como lo he dicho, un gobierno amoroso y fascista o el retorno de otros fantasmas del pasado.  Si no hay política no hay funcionamiento social. He dicho en otras ocasiones que la necesidad es de más política, porque lo que produce cansancio es su ausencia, como en el caso venezolano presente, y no una supuesta y negada presencia excesiva. Lo excesivo es el vacío, una masa que no tiene quien la dirija y una dirección usurpadora.

  

Los acontecimientos pasan ahora a gran velocidad. Es lo que hemos denominado la instantaneidad suplantando a la noticia muerta. Es la velocidad la noticia. Paul Virilio, gran acuñador de términos, nos ha regalado éste otro, “dromología” o “economía política de la velocidad”, ciencia que se ocuparía de las consecuencias de la velocidad, porque es en función de ella que hoy se organizan las sociedades.

 

El ejercicio de la política es ahora, y también, instantáneo. Los “dirigentes” que medran aparecer en la pantalla no son más que actores de los canales de televisión, son personal contratado y subsidiario, esclavos balbuceantes del poder tecno-mediático. La democracia sin política pasa a ser un cascarón vacío.

 

No hay políticos, y mucho menos alguno que piense, que puedan salir a la palestra a discutir tal matrimonio. Serían silenciados por los “dirigentes” que conceden el oxígeno, que les permiten seguir participando en una vida pública altamente condicionada, que ceden el espacio y “elencan” los nombres de los entrevistables.

  

Todo está en revisión: el concepto de Parlamento, las elecciones, la representatividad, los partidos. De esas instituciones ya no emana poder o legitimidad para los “políticos”. Son nadie. No les queda más que hacerse actores de televisión. No los hay ya con talento, pero si alguno quedara, de igual manera pasaría a ser no más que un personaje massmediático. Un problema adicional aflora: mientras más mostrados por el poder tecno-mediático más incompetentes parecen y se hacen.

 

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El país empobrecido

Teódulo López Meléndez

06-11-2011

El país da muestras por doquier de cansancio e indolencia. El país da muestras falsas de vitalidad quedándose en lo superficial y en lo anecdótico. El país carece de oxígeno. El país discute acaloradamente sobre banalidades. El país se solaza en la mediocridad y en el absurdo. El país se centra en lo intrascendente y en lo irrazonable. El país da lástima.


Aquí no vemos otra cosa que demostraciones ocasionales de salud mediante un trote que celebra el ingreso a la Academia Militar, convirtiendo el estado físico y mental del Jefe del Estado en una regular parodia cuando en cualquier país decente 
lo que se hace es informar si el titular del cargo puede ejercerlo, como acaba de suceder con el presidente de los Estados Unidos quien aprobó el examen médico.


Aquí no vemos otra cosa que anuncio de apoyos a precandidaturas presidenciales sobre la base de regionalismos trasnochados, como si ello constituyera base suficiente para decirle al país todo que a tal estado o región ya es hora de que le corresponda un presidente. Parecieran manifestaciones típicas de fines del siglo XIX en que los andinos gobernaban por el hecho de serlo.


Un incidente, provocado o no, inducido o no, maniobra o no, trampa o no, se convierte en una discusión altisonante sobre nuestra capacidad etílica, sobre que personaje del gobierno o de la oposición ha aparecido más en condiciones supuestas o no de intoxicación de licor. Se llega a extremo de hacer campañas mediáticas sobre la borrachera supuesta o no de alguien, a proclamar que los otros no pueden aludir a tales hechos porque los practican más y mejor.

Se debate sobre los términos que inventan los publicistas para remarcar ropa vieja y deteriorada y se asumen porque desde antes que los asesores con sus invenciones destruyeran propósitos había una simpatía originada en afinidades que nada tienen que ver con la decisión sobre el futuro del país.


Se insulta y desde el otro lado se celebra al que gritó respondiendo los insultos con otros más fuertes y sonoros. Se aprovecha cada incidente, banal o no, para fabricas héroes que suplanten la propia voluntad, héroes de corta duración, pero que llenan el espacio de las propias impotencias.


Se recurre a la burla socarrona, a la frase intrascendente, a la menudencia insignificante, para rellenar un espacio que rechaza las ideas y los planteamientos de fondo. Se deteriora, se corroe, se vive del recurrir a alguna expresión supuestamente graciosa para ocultar una mediocridad generalizada que coloca a la nación en uno de sus peores momentos y en uno de sus decaimientos más pronunciados.


La retroalimentación de 
lo vacuo, cual dos probetas que hierven al son de una llama sin luz, hace el experimento de la competencia por el palmarés de lo muerto un espectáculo lamentable, un teatro de la puerilidad, un escenario de la nimiedad, un derrumbe del edificio de la racionalidad.


El país da pena. Se alega estar en un momento trascedente pero se enmarca, se forra, se envuelve en la más absoluta de las futilidades. Algún supuesto intelectual escribe textos con títulos que incitan a la confusión y que muestran sus desvaríos mentales. El país es un bojote dejado a merced de los depredadores y de la inconsistencia.


El país vive uno de los peores momentos mentales de su historia. El país está tirado allí, dejado allí, só
lo y a merced de supuestas ilusiones y de enrarecidos sueños. El país recurre a masturbaciones mentales para evitar un acceso de lucidez o un ataque de conciencia.


El país anda muy mal. El país nos está mostrando como ha languidecido, como ha ido empobreciéndose, como se ha hecho este dolor que muy pocos llevamos a cuestas.

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El desamparo de la literatura

Teódulo López Meléndez

30-10-2011

Buena parte de los libros que se publican son la mejor prueba de que la literatura lleva el mismo camino de la realidad global: la escritura ha dejado de ser demostración (ética o estética) para convertirse en mostración. Bien lo explica Paul Virilio en El procedimiento silencioso cuando advierte de la desaparición de la geopolítica ahora sustituida por una “cronopolítica”, para evidenciar el surgimiento del ciudadano virtual de la ciudad mundial, que no es ciudadano sino contemporáneo. Ya la literatura no quiere demostrar, según lo han determinado los editores preocupados por sus ingresos.  El escritor tiene que “echar un cuento”, plagarse de anécdotas en menoscabo de la “dentritud” del lenguaje. La naturaleza misma de la literatura está en peligro, pues ha asumido “la estética de la desaparición” para ocupar las reglas massmediáticas establecidas que no son otra cosa que dar prioridad absoluta a la notificación. Es claro, como lo recuerda Virilio, que el “arte moderno” fue paralelo a la revolución industrial, mientras el arte “posmoderno” marcha con el lenguaje analógico, con el progreso tecno-científico, con la revolución informática.


No hay duda que el mundo está desquiciado. Y la literatura con él. Si procuramos con Derrida  entender, habría que decir “el presente es lo que pasa, el presente pasa”. Así, la literatura, se ha colocado en lo transitorio, “entre lo que se ausenta y lo que presenta”. En otras palabras, la literatura ha tomado para sí la huida. La pregunta es si será así siempre, si ha terminado la literatura como la hemos entendido. El porvenir de la literatura sólo puede pertenecer al pasado en el sentido de modificar con las nuevas técnicas y con todas las innovaciones posibles la vieja misión de demostrar, de crear, es decir, de volver a ser arte. Esta presencia sólo la encontramos en los viejos textos, de los cuales podemos decir “está escrito a la vieja manera”, en cuanto a estilo o a sintaxis, pero en los que pervive  el afán de una  tarea por realizar, aceptando que lo heredado no está dado. Quizás debamos comenzar desde aquí: partir de una inconclusión y convencernos de que este dominio de la mostración pasará, como pasa siempre toda hegemonía.


El mundo anda muy mal y muy mal anda la literatura. Es probable que no percibamos en toda su magnitud su actual desgaste. Comprendamos que siempre ha habido desarreglos y desajustes. El futurismo desencadena su perorata sobre la máquina en pleno auge de la era industrial. El arte actual se copia de la perorata de los medios radioeléctricos, esto es, de la intrascendencia. El escritor quiere ser actor de televisión y no escritor. En otras palabras, la literatura se hace incompetente, pierde la legitimidad que venía de su antiguo espacio. El lector, por supuesto, asume que ya no habrá más literatura, que la literatura es lo que se le ofrece paralelo al bodrio informático. Sin embargo, todo muta y se reelabora. Lo tele-tecno-mediático, la mostración que cunde en putas, en exguerrilleros, en drogadictos, en sobrevivientes de dictaduras y, en fin, en personajes sin misterio, sólo se entienden como símbolos mediáticos de masas, la gran concesión de la literatura a los programas, a las modas y a los discursos de la pantalla-ojo. Es obvio que el contemporáneo, el sustituto del ahora del hombre alerta, se mueve en inertes rutinas prácticas y todo lo que le perturbe es rechazado como una intensidad indeseable. La masa quiere desechar toda expresividad, está integrada por individuos de vulgaridad invisible y, en consecuencia, procura leer sólo lo que refuerce una condición masiva y vulgar. En materia literaria cabe recordar aquélla frase de Hannah Arend donde habló de “desamparo organizado”.

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La Tierra es plana

Teódulo López Meléndez

23-10-2011

 

La generalidad de los que se han dedicado a estudiar el aspecto jurídico del proceso de reorganización política del mundo coincide en que se está a mitad de camino entre el Derecho Internacional y el Derecho Constitucional.  Esto porque la organización supranacional, que como ya hemos dicho no es un Estado, ejerce poderes soberanos sobre los miembros que la integran. Esto, se puede encontrar una aproximación a la organización federal.

 

En cualquier caso se aborda el tema desde diferentes ángulos y si algunos insisten en “federalismo funcional” otros hablan de construcción federal sobre un plano particular, mientras otros niegan al Derecho la posibilidad de construir fórmulas políticas refiriéndose al proceso que describimos como una simple forma de cooperación administrativa.

 

La bibliografía sobre el tema es muy amplia. Lo que queremos brevemente destacar es que al mundo jurídico no se le ha escapado lo que sucede y que las palabras “supranacional”, “metanacional”, “construcción federal sobre un plano particular”  y muchísimas más van construyendo todo el entramado jurídico que habrá de presidir el mundo nuevo que crece ante nuestros ojos. La separación purista entre política y Derecho que algunos autores establecen carece de sentido. Para ello basta referirse a los padres fundadores de los primeros intentos de unidad europea, específicamente a Konrad Adenauer, que siempre fijaron en lo supranacional un antídoto contra los nacionalismos, contra el concepto de soberanía  y contra el egotismo, entendiendo esta última palabra “como un sentimiento exagerado de la propia personalidad”. Esto es, en la concepción original de avance hacia lo supranacional había un elemento y un propósito político claro derivado de las causas que llevaron al segundo gran conflicto mundial. Si ese propósito político no hubiese existido obviamente no existiría la discusión jurídica sobre el marco legal para envolver lo que estamos viendo.

 

Admitamos que la discusión bien puede continuar en el campo de la epistemología jurídica, pero siempre toda forma naciente debe partir del territorio de la ontología, esto es, del campo de la filosofía del Derecho. Las nuevas formas de organización política requieren, ciertamente, de un marco jurídico y ese marco se ha ido construyendo paralelamente a la materialización de las formas políticas. Las formas políticas nacientes han impuesto la necesidad del envoltorio jurídico. Bastaría, pienso, con  hablar de Derecho Supranacional. O tal vez recurrir a una expresión del sociólogo e historiador de las Ciencias Sociales Immanuel Wallerstein (“El moderno sistema mundial”), conocido por sus polémicas opiniones sobre el fin del capitalismo y tomarle prestada, de manera provisional, su frase de “inventar nuevas formas de escribir la historia”. O, para mostrar otra cara que, al fin y al cabo nos conduce siempre al territorio de la imaginación creativa como vía de comprender al mundo nuevo, al superoptimista Thomas Friedman y recordar con él que el mundo dejó de ser redondo (La tierra es plana”

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La indignación globalizada

Teódulo López Meléndez

16-10-2011

El mundo parece un paciente diagnosticado al cual  no se le ofrecen demasiadas esperanzas. Desde la organización mundial o regional de los Estados hasta el problema del agua, desde enfermedades sociales hasta el problema de los refugiados, por doquier se enlistan las calamidades y los desajustes.


Escasean los inventores de mundo. Se requieren protagonistas de la visión
 teórica de la política. Aquí las verdades se han derruido y hay que ir sobre las nuevas formas de la organización social. Lo que preside al mundo es la incredulidad. Los discursos viejos están deslegitimados. Alguien ha hablado de un ciclo ahistórico. Si no hay planteamiento filosófico-político emancipatorio en el sentido de dotar al sueño de un corpus de ideas tampoco habrá emancipación de         los graves problemas que nos afectan.

La teoría política debe, pues, enfrentar al siglo XXI. Quizás el vacío provenga de la aplicación a las ciencias políticas del principio de que aquello que no fuese empíricamente demostrado quedaría fuera de significado. Es menester una pluralidad de ángulos de visión que la urgencia de encontrar una certidumbre sepultó. Ya no se requiere un corpus homogéneo, lo que se requiere es un intercambio fluido y permanente de diversas comprensiones. Algunos hablan de ofrecer no una mirada sistemática sino sintomática. Hablamos sobre una realidad, no sobre la inmortalidad del cangrejo. Es lo que otros denominan la teorización de la política y la politización de la teoría. Por ello hablamos de los problemas del mundo.


Tiene que haber una relación entre la teoría política y el funcionamiento de las democracias, hay que darle una respuesta común a las exigencias cotidianas de la democracia, por la muy sencilla razón de que la globalización ha tenido un efecto particular: todos los hombres, en buena medida,  se están enfrentado a los mismos problemas,
 lo que para nada lleva al olvido de las particularidades, las que, por el contrario, se hacen manifiestas al pedir políticas de reconocimiento.


Sin pensamiento democrático renovado la tendencia será fuerte al enfrentamiento y al totalitarismo
.


En medio de la actual crisis de transición el pensamiento es rechazado y los políticos no ejercen
 lo político, no recurren a la forma de conocimiento superior que permita hacer inteligible la realidad política. Tal vez el quid se encuentre en una racionalización efectista de la práctica política y en una consecuencia de la llamada muerte de las ideologías, sin darse cuenta que lo que esto último implica no es el abandono de un corpus de ideas sino una libertad adicional para afrontar los problemas concretos sin tapaojos.


Las manifestaciones de “indignados” este último fin de semana muestran el nacimiento de una sociedad civil global que rompe los límites del Estado-nación y convierte la protesta en asunto común. La crisis excede de
 lo meramente económico. En verdad lo es de existencia.

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A propósito de tres mujeres Nobel de la Paz

Teódulo López Meléndez

09-10-2011                                                                  


Por supuesto que los africanos se miran a sí mismos y es natural la multiplicidad de enfoques. Lo primero que habría que rechazar de plano es la división entre afrooptimistas y afropesimistas. Así lo hace el nigeriano Adebayo Olukoshi quien tiene una mirada multidimensional y señala como un avance la emergencia del pluralismo en los medios informativos en la década de los noventa, el florecimiento de las asociaciones civiles y de nuevos actores políticos, a lo que habría que sumar las transformaciones en la estructura demográfica con un creciente protagonismo juvenil, aunque otros factores, como el desempleo, los haya llevado a participar en acciones armadas. Olukoshi no obvia la exacerbación de la dicotomía rural-urbana con la aparición de todos los problemas que esto conlleva, el crecimiento de la intolerancia y la xenofobia, el de la economía informal, pero también el rápido acrecentamiento de interés sobre cuestiones como ciudadanía, los derechos individuales y grupales, y el papel del estado. Señala, igualmente, el colapso del rol central del estado y del sector público, la asunción del libre mercado y la no aparición de una clase media lo suficientemente fuerte como para realizar la transición democrática debido a múltiples factores internos y externos, entre los cuales cabe mencionar la crisis económica que afectó al continente y los realineamientos producidos por el cese de la guerra fría. Olukoshi se pregunta por las vías para retomar el crecimiento económico que define como esencialmente  inclusivo y democrático.


Por su parte el político nigeriano Musa Abutudu mira más hacia el tema de la seguridad humana, asociada anteriormente de manera errónea a la seguridad del estado lo que llevaba a percibir a la oposición como una amenaza a la seguridad nacional,  señalando que las reformas neoliberales minaron al estado-nación y aumentaron los excluidos sociales con las consecuentes hostilidades. Para él el concepto de seguridad humana abarca todas las formas de privaciones económicas, contaminación ambiental, expansión de enfermedades infecciosas y no infecciosas.


El sociólogo de Zimbabue, Sam Moyo, dedica sus análisis a la cuestión agraria y campesina en el África austral. La crisis teórica en el estudio de África encuentra, por ejemplo a autores como Mkandawire, Zeleza y Mamdani. El florecimiento de la vida asociativa está en Chazan, Bratton y Diamond, como la llamada cuestión juvenil en la política de África es tema de Abdullah, Bangura, Mkandawire y Sesay.  En el terreno de la economía política vemos a Bates, Jackson y Roseburg, Callaghy, Kasfir, Young, Turner, Chabal, Ergas, Bayart, Chazan. Mamdani, Zeleza, Mkandawire, y Olukoshi, algunos nombres para el análisis de África.


En África el sistema bipolar del mundo fenecido con la Guerra Fría tuvo un profundo efecto como el estancamiento de la cooperación intra-africana, lo que tuvo consecuencias en la política, la economía y la sociedad. Se desarrolló así un concepto de seguridad basado en las relaciones interestatales que a su vez se convirtió en fuente de inseguridad ciudadana. Sería lamentable que el planteamiento de una guerra contra el terrorismo se convirtiese en un sucedáneo de la guerra fría o que la política del mundo desarrollado se centrase en asistencia militar. Toca a los africanos imponer la esperanza sobre el desorden.


Todos miran a la mujer como el pilar fundamental en la salida de África de su postración.

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Apelo al pragmatismo

Teódulo López Meléndez

02-10-2011

Si bien la incertidumbre ontológica o la incertidumbre social o la incertidumbre económica pueden ser citadas como permanentes compañeras de viaje, ahora, en el fin de esta primera década de un nuevo milenio, como hacía muchísimo tiempo no sucedía, nos encontramos frente a un hombre herido de ausencia de perspectivas y sin estímulos para enfrentar su desnudez. La soledad frente al futuro parece maniatarlo.

 

Los grandes proyectos quedaron atrás y son mirados con una sonrisa picaresca que expresa aturdimiento, desolación y hasta burla por haberlos concebido. Algunos analistas hablan de un “miedo a la vida”. Tanto como los hechos históricos puntuales que nos tocó vivir  a finales del siglo XX, la evaporación de los supuestamente homogéneos cuerpos de doctrinas (ideologías) ha lanzado al vacío a importantes grupos carentes ahora del envoltorio protector, sin que un sano pragmatismo con ideas, o de ideas, termine por involucrarse en la conducción hacia una meta. La verdad se ha hecho, cada vez más, el viejo concepto nietzscheano.

 

El pragmatismo no puede ser leído como negación de lo utópico, más bien como el desatar de una imaginación sin carriles, entubamiento o corsés de ortodoxia. El pragmatismo con ideas que reclamo como motor alterno al movimiento humano lo concibo como un desafío novedoso al hombre como sujeto y actor de la cultura, como aquel –como tantas veces se ha dicho- que se empeña en dejar huella. La nanotecnología y la robótica en general, el apoltronamiento frente a la pantalla, la inmovilidad del trayecto pueden conducirnos a grandes cambios físicos, es cierto, pero en lo humano sigue sembrándose el único interés posible.

 

En la política conseguimos uno de los factores claves de la incertidumbre del hombre posmoderno. La política de la modernidad se agotó y con ella la forma claramente preferida, esto es, la democracia. El poder, por su parte, se ha hecho vacuo, es decir, inútil arrastrando consigo a las luchas por obtenerlo, como es lógico en todo proceso de degradación. Ya el hombre no mira a las formas políticas de organización social como paradigma emergente que siembre la posibilidad de un objetivo a alcanzar.

 

Quizás como nunca hemos dejado atrás el pasado sin que exista un presente, todo bajo la paradoja de un futuro que nos alcanzó con sus innovaciones tecnológicas de comunicación que hoy se han convertido en nuevos símbolos de status. La ausencia de verdades proclama como necesaria la reinvención del hombre, de uno que se debate entre una mirada resignada y un temor hasta ahora intraducible a acción creadora.

 

Los envoltorios protectores se diluyeron cual bolsas de plástico biodegradable. Las soluciones a las interrogantes se evaporaron. El hombre perplejo e incierto ahora ha descubierto que lo creado no era un eternum sino una contingencia histórica, un momento –tanto como puede concebirse un momento en la historia humana- y que en consecuencia se traslada al pasado. El peligro inminente es un nuevo poder totalitario que se aproveche de la incertidumbre. El peligro inminente es la pérdida de la voluntad de un hombre que preferiría dejarse dirigir antes que desafiar de nuevo al pensamiento.

 

El deterioro de lo social-político refuerza pues al hombre posmoderno en la incertidumbre. El depositario mismo y real del poder se ha hecho indefinible. El temor por el futuro colectivo se convierte –otra paradoja- en una angustia personalizada de autoescondite. Ante la falta de protección suplicamos por una, encerrados en envoltorios de fragilidad pasmosa. El hampa desatada –también un  fenómeno global, aunque en algunas partes cohacedora del necesario temor para el desarrollo de una revolución- incrementa de manera notable la inseguridad general que hemos llamado incertidumbre. Asistimos, entonces y como parte de la ruleta, con factores que siembran incertidumbre en procura de una legitimación falsa. Las acciones colectivas se tornan cada día más difíciles y que sólo vemos ante trastoques políticos puntuales, ante amenazas puntuales, y que de origen están condenadas a apagarse, como hemos sido testigos en los meses recientes.

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La permanencia de lo humano
Teódulo López Meléndez

26-09-2011

Los futurólogos, cuyas descripciones exceden a la ciencia ficción, nos hablan de una industria y de una agricultura completamente robotizadas, lo que sucedería incluso con las guerras si es que ellas persisten en la agenda humana. Las cárceles desaparecerían sustituidas por microchips implantados, tal como hoy las pulseras electrónicas se asoman para controlar a quienes han delinquido. Terminará la discapacidad debido a prótesis inteligentes e inclusive las quemaduras con efectos desastrosos serían cosa del pasado ante la implantación de de una piel artificial sensible a la temperatura y al tacto. La nanotecnología habrá perfeccionado implantes sustitutivos de órganos o ellos podrán regenerarse a partir del propio cuerpo del afectado. Aquellas imágines de teletransportación se convertirán en realidad y podremos instalarnos un disco duro adicional para aumentar nuestra capacidad de memoria.


Podríamos detenernos en mil y un pronóstico de lo que las nuevas generaciones tendrán o vivirán, pero en algo podemos estar de acuerdo sin necesidad de disparar la imaginación hacia la fantasía y es en lo que plantea en sus ensayos sobre neuropolítica el Dr. Timothy Leary cuando nos asegura, además de que la meta suprema de la ciencia es la extensión indefinida de la vida humana,  que para que ello suceda se requieren dos cosas, la migración espacial y la elevación de la conciencia-inteligencia del hombre para que sea capaz de acceder a estos escenarios.


Así lo hemos dicho muchas veces: el futuro del hombre está en el espacio exterior, en convertirse en habitante de otros mundos, pero para ello, para su supervivencia, deberá romper los límites de su actual conciencia. Es posible que para lograrlo debamos marchar hacia un comunitarismo extenso que exceda a las agrupaciones de hoy, fundamentalmente basadas en la tecnología, como ya lo asoman las redes sociales y la degradación de viejas instituciones desde la familia hasta el Estado-nación. Esto es, podríamos estar marchando hacia una evolución artificial, lo que también podría establecer las nuevas diferencias entre los que los analistas del futuro llaman los “mejorados” y entre quienes se han negado a ello. La relación del hombre con las máquinas ha sido tema especulativo permanente entre los autores de ciencia ficción, como sucede en Matrix donde se funciona a base de chips en el cerebro.


No nos detengamos en detalles sobre nuestra apariencia, en si las computadoras nos harán más pequeños debido a la inmovilidad y nos pareceremos a los dibujos que se han hecho de supuestos extraterrestres que han estado por aquí en platillos voladores. La realidad es que para enfrentar el futuro en cualquiera de sus manifestaciones debemos aprender y aprender más rápido. Los países del futuro, si es que existen países como los conocemos, que tengan mayor probabilidad de éxito serán aquellos serán aquellos capaces de acumular más conocimiento y aprendizaje. En alguno de mis textos anteriores he estado insistiendo en lo que es ya una expresión común en las ciencias sociales de hoy: una sociedad del conocimiento. Para ello no nos podemos distraer en discusiones banales o en prácticas políticas añejas, olvidando que debemos crear aprendizaje organizacional y transformar todos los procesos escolares. Transformarlos para inculcar valores de lo humano, esto es, de lo que ha impedido la destrucción de nuestra especie y que hoy todavía llamamos así, valores, tales como ética, verdad, moral y sentimientos. Posiblemente lo que los antiguos griegos llamaron laSophia, la sabiduría.


El conocimiento no es la recepción de información, lo es de saberse a uno mismo y en consecuencia quedar educado para la vida. Cuando esto se logra entonces se busca el conocimiento y se adquiere para un sentido común de pertenencia. Más allá de los avances tecnológicos o de nuestro logro de conquista de nuevos mundos, será ello lo que haga posible la permanencia de lo humano.

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La reformulación trascedental
Teódulo López Meléndez

18-09-2011

Los cambios políticos, económicos y sociales están a la vista. La complejidad de lo que viene requerirá de desafiantes ideas y de un pensamiento continuo.  Lo que vamos a enfrentar, lo que ya estamos enfrentando, abarca profundidades que llegan hasta interrogantes sobre el sentido mismo del hombre. Uno de los primeros en planteárselo en estos términos fue Bertrand Russel en su libro ¿Tiene futuro el hombre? Russel andaba preocupado ante la aparición del armamento nuclear y por la Guerra Fría que amenazaba una confrontación destructora, pero sus planteamientos sobre la creación de una conciencia y de un gobierno mundial siguen allí. Las circunstancias se han modificado pero nos hemos encargado de crear nuevos peligros, como el que vemos prácticamente a diario: la ceguera ante un mundo que se acaba y la resistencia al nuevo que emerge.


La política es un campo esencial de acción y dentro de ella la de la filosofía política. Hemos repetido sobre la necesidad de un pensamiento complejo que cambie paradigmas y de nuevas respuestas abarcadoras a las dimensiones actuales del mundo en convulsión. Está claro que esas nuevas formas dependen del hombre y de su transformación, de su inmersión en la aceptación de la idea de un futuro que ya está en nuestras casas y que implican ideas como la unidad en la diversidad, transformación inmediata de los organismos multinacionales hacia la adopción de las nuevas maneras de expresión global, concepción de formas económicas para el desarrollo de lo humano y de muchas más que incluso dejan las estructuras de la organización para hendirse en conceptos sobre la evolución misma de nuestra especie.


Dentro de nuestra contingencia y limitaciones o entendemos que el objetivo es la búsqueda del bien común y la realización de la persona humana o seguiremos al garete, situación propicia para que un futuro no deseado juegue con nuestra suerte. Cuando comenzó el interrogatorio sobre qué podría hacerse con y desde el hombre subió el interrogatorio de qué debe hacerse con la organización social. Siempre está presente la necesidad de nuevas descripciones o como lo he llamado, la perentoriedad de una interrogación ilimitada. Lo que sí es cierto es que todo hombre debe tener que ver con una experiencia intelectual, desde los principios hasta las causas y efectos para hacer de la libertad una nueva reformulación trascendental. Al hombre del siglo XXI le es vital aprender a comprenderse, mucho más que en cualquier otro tiempo, porque más que en cualquier otro tiempo su permanencia no está garantizada.

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Desobediencia cultural

Teódulo López Meléndez

11-09-2011

Filosofar en el siglo XXI es también usar las posibilidades tecnológicas mediante la reflexión en el diálogo. La política es entoncesensayo colectivo y dialogal para enfrentar los peligros de derrumbamiento, en este caso del siglo XXI, de un mundo cuya desaparición parecemos mirar con asombro. Para que no surjan nuevos dogmas es menester pensar siempre. Algunos pensadores como Raúl Fornet llaman a esto “desobediencia cultural” por analogía con la “desobediencia civil”, esto es, arribar a una filosofía intercultural que impida una estabilización que tranque de nuevo unos mecanismos que deben estar en permanente movimiento para impedir o la aparición de renovados totalitarismos o en un mero aparato formal como le sucedió a la democracia representativa. Es lo que denominado un poder instituyente que impida la sacralización sobre dogmas que se hacen antifilosóficos por esencia y por ende antidemocráticos.


Los grandes referentes caen cada día y ante los vacíos no nos queda más, a cada uno de nosotros, que ir a nuestro propio mundo interior aunque se produzca lo que Fernando Sabater llamó despectivamente “el cacareo on-line de la guardería virtual”. No ha habido quien no hable montado en su tiempo y mirando los requerimientos que cada día llegan sin pausa. Filosofar es hoy buscar el pragmatismo. Es en buena medida el punto del cual partieron Feuerbach y Marx, volver a pensar al hombre real. Hasta aquí, pues los dos escribieron en sus tiempos y otros eran los planteamientos


Este hombre tiene, cuerpo, historia y memoria. Una antropología filosófica no se refiere a una esencia inmutable, sino a un agente de la transformación política y social. Quiere decir, debe producirse un giro epistemológico en las investigaciones. Como nunca hay que esclarecer las relaciones entre el sujeto humano y el mundo objetivo. La ética es asunto clave en la política del siglo XXI. Hay que aprehender nuevas formas de decodificar la realidad. Edgar Morin (Los siete saberes necesarios para la educación del futuro), lo plantea como la necesidad de una reforma de pensamiento, paradigmática y no programática. Es necesario pensar para una realización de humanidad.


Hay muchas maneras de estudiar la política: la Ciencia Política, la Filosofía Política, la Teoría Política, la Sociología Política, la Economía Política, el Derecho Político, la Historia Política, la Antropología Política, la Psicología Política la Geografía Política y también la más reciente, la Geoeconomía, como la Ecología Política y la Axiología Política. Todas se diferencian o todas se imbrican, es lo de menos. Lo importante es buscar la mejor forma de gobierno, de la naturaleza de la “politicidad” y de la metodología. Bobbio y  Sartori han dejado oír sus voces al respecto. Lo que hay que hacer es poner ideas y valores que muevan a la acción política. No se pueden ofrecer certidumbres, pero sí una acción inteligente. Muchos sostienen que la antropología política es el fundamento de la Filosofía Política moderna, pues a toda propuesta en el campo político la preside una imagen del hombre, de sus necesidades e intereses y de sus representaciones valorativas. Una antropología no destinada al estudio de formas remotas sino al presente de transformación. Y una axiología política para escudriñar en los valores políticos, porque la democracia y la política son valores y porque hay que avanzar hacia una ética de lo colectivo.

 

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De la estética a la manipulación

Teódulo López Meléndez

04-09-2011

Es evidente que los recursos que llamaremos estéticos forman parte del juego político contemporáneo tanto en la personalización, dramatización y puesta en escena. Si algún gobierno ha recurrido al teatro ha sido el de Hugo Chávez. Baste mirar el manejo de su enfermedad y su utilización con propósitos de reforzamiento del régimen. Hemos visto desde ancestrales prácticas africanas hasta apariciones donde el líder se hace mártir, desde uso abusivo de los medios oficiales para destacar tales prácticas y banalidades como su ascenso irrefrenable en número de seguidores en Twitter.


Si bien han sido considerados distantes estética y política han mantenido una relación en el campo filosófico, como lo comenzó atestiguando Platón hasta los más cercanos Walter Benjamin o el propio Nietzsche. Hay vinculaciones de términos, pues vemos dramatización, simulacros, hedonismo y narración en la actual praxis política. Podemos decir que el proceso político viene falsificado de esta manera, pues se construye una máscara al candidato, una de efectismo forjador de opinión. Hay un espacio mediático de conformación de una cultura de masas. La televisora se parcializa acomodando lo relativo a su aspirante favorito o se presenta una noticia como clave que lleva a la confusión entre espectáculo dramático y quehacer político. Es lo que hemos denominado la política como espectáculo, protagonizada por el actual presidente y desde el otro lado por quienes aseguran defender la libertad de expresión.


Kant definió a la estética como un conjunto de juicios que se realiza a partir del sentimiento y es por tanto subjetiva. Cuando no se tienen criterios o reflexión para juzgar el espectáculo es convertido en la única realidad real. Cuando cohabitan sentimientos y reflexiones la estética es campo de sentir consciente, como debería serlo la política. Toda estética que excluya la dimensión crítica conduce a la decisión sin reflexión. Jacques Rancière, en su magnífico libro
 El espectador emancipado, traza un cuadro inestimable sobre la función del espectador colocado como punto central entre la estética y la política.


Él lo llama la
 paradoja del espectador, lo que lleva a concluir con una aparente obviedad, no hay teatro sin espectadores. Esto es, si los ciudadanos no estuviesen centrada su atención en el espectáculo que se le ofrece el teatro mismo caería. Rancière nos recuerda que se mira al espectáculo y mirar es lo contrario de conocer. Lo que se nos muestra es una apariencia y frente a ella el espectador no actúa. Este pathos, de símiles entre estética y política, nos muestra al ciudadano inerme, uno que pone en las tablas la auto-división del sujeto debido a falta de conocimientos y de información. En el teatro propiamente dicho hay dos singulares rupturas, uno practicado por Brecht y otro por Artaud. En el escenario de la política estamos viendo el paso de espectadores a actores, como en España con los indignados o en los pueblos árabes con sus alzamiento contra dictaduras de décadas.


Los espectadores transformados tienen que aprender a moverse a ritmo comunitario y determinar el montaje de la obra. A la política no se puede asistir como al teatro, a ocupar una butaca y permanecer en silencio mientras la obra se desarrolla. En la democracia se nos ha impuesto una estética de manipulación. En las dictaduras una de aplanamiento. En las tablas se distinguió entre la verdadera esencia del teatro y el simulacro del espectáculo. En la democracia hay que distinguir entre la representación que nos ofrece el poder y quienes quieren sustituirlo por una imposición colectiva donde todos actúan. Como diría Artaud, hay que devolverle a la comunidad la posesión de sus propias energías.


Si en alguna parte hay que volver a imbricar estética y política es en Venezuela porque aquí la política pasó a ser espectáculo, fundamentalmente por el uso indiscriminado de las cadenas nacionales de radio y televisión y porque el régimen tiene una estética que produce la inmediata atención de los espectadores que no le son afectos. No asisten, es cierto, como silenciosos espectadores, puesto que protestan en las redes sociales –el nuevo escenario- de una forma y manera que complace a los libretistas dado que en el guión original estuvo siempre incluida esa forma de protestar ajena a toda acción. Del otro lado, en quienes se encerraron en sus camerinos en seguimiento de una sola propuesta -la vía electoral para sustituir libretistas y actores- la actuación se asemeja más a Beckett dado que toda su actividad se limita a esperar a Godot.

Este teatro venezolano, que llamamos así por respeto a la estética, pero que más asemeja a un circo de función continua, conduce a la pérdida de toda autenticidad social. Guy Debord, cuyas tesis no desconoce Derrière, insiste en el problema de la contemplación mimética, un mundo colectivo cuya realidad no es otra que la desposesión. Lo que resume en su magnífica frase
 “el hombre            cuanto más      contempla,       menos  es”.

En este indudable bosque de signos uno lee en Derrière que todo comienza cuando ignoramos la oposición entre mirar y actuar y cuando tomamos claridad de que lo visible no es otra cosa que la configuración de la dominación. Y agrega: “el principio de la emancipación es la disociación entre causa y efecto”. Y para seguir con el teatro suprimir esa exterioridad es el telos de la performance. El poder de la gente consiste en la capacidad de traducir lo que está mirando. Una vez traducido podrá cambiarlo pues habrá captado toda la manipulación. 

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El concepto de espacio

Teódulo López Meléndez

29-08-2011

Comencé a leer el nuevo milenio con la entrada del año 2000, una invención massmediática de muestra de una “humanidad feliz” que comenzó con el toque de tambores ante el asomo del sol en una perdida isla del Pacífico. Observé entonces que se exterminaban lo husos horarios, que moría lo geográfico y desaparecía la extensión. Me limité al tiempo en las primeras lecturas, pero ya estaba asomado lo geográfico y la extensión. La población se mueve y las teorías economicistas lo explican con las desigualdades sociales, con la falta de oportunidades, con la simple búsqueda de una vida mejor. Se explayan los analistas en decisiones individuales o en emigraciones de talento por razones políticas o en la necesidad de enviar remesas en monedas fuertes para una familia desfalleciente.


Una cosa es cierta: los procesos globalizadores, la irrupción de la instantaneidad, la presencia de Internet acabó con el sedentarismo. Cada día apreciamos como se pertenece cada vez menos a un lugar concreto. Yo aquí nací, aquí crecí y aquí morí, es cosa del pasado. Tras la ruptura del tiempo ahora hemos arribado a la ruptura del espacio. Ayuda la crisis del Estado-nación, el surgimiento de un mundo nuevo guiado por principios universales sobre derechos humanos, las nuevas formas políticas que emergen y las viejas de signo totalitario que reaparecen, todo es cierto, pero la verdad es que la tecnología nos está permitiendo conocer al otro, nos está forzando a salir un tanto del aislamiento cínico. El concepto mismo de vivir la vida está cambiando aceleradamente, hemos llegado al punto de considerar a la vida como transnacional y, por supuesto, el espacio se rompe, viejos conceptos como geopolítica se van a la tumba y henos aquí llegando al concepto de un espacio transnacional que no tiene nada que ver con las viejas limitaciones de fronteras, idiomas, documentaciones legales y demás pergaminos de la antigua organización planetaria.


El antiguo espacio territorial se ve ahora afectado por un abandono de la intromisión militar, como se desprende de los empeños del presidente Obama frente a las guerras que heredó en Irak y Afganistán. Ahora se recurre a los métodos comerciales. La lógica del conflicto ha sido cambiada por la gramática del comercio. El verdadero espacio ahora es la electrónica. Los viejos razonamientos de un espacio suficiente para atender a una población han sido sustituidos por un concepto de distribución de tiempo. En infinidad de ciudades hay mercados locales, desde alimentos hasta animales o flores, pero el verdadero mercado es ahora el momento del contacto. Espacio es ahora velocidad. Es lo que Castell denomina “espacio de los flujos”, esto es, una nueva organización de las prácticas sociales en tiempo compartido, lo que se está convirtiendo en territorio compartido,


El mundo ha dejado de ser un recinto con límites. Nos estamos aproximando a un fenómeno social equivalente a la mudanza de las poblaciones rurales hacia los grandes conglomerados urbanos. Partes importantes de la población están sumidas en los disfuncional, ya no pueden estudiarse los movimientos poblacionales con geografía descriptiva y la causalidad de los sucesos políticos ha emigrado con la vieja noción de geopolítica.

 

El concepto de espacio fue objeto de estudio en primer lugar por la filosofía y después por la física. Las conclusiones que uno va encontrando parecen adecuarse al presente momento, si pensamos, por ejemplo, en Einstein describiéndolo como el continente de todos los objetos materiales. En el campo filosófico Aristóteles implantó el concepto original, al definirlo como un límite inmóvil y Platón identificó espacio con materia, lo que nos lleva a concluir que para él no existía espacio sin materia. Descartes no llevaba su diferenciación de tiempo y espacio más que a lo nominal, pero Leibniz señaló que el espacio era algo simplemente relativo. O Kant o Heidegger. No pretendemos un resumen de las concepciones filosóficas sobre el espacio, simplemente apuntamos algunas porque algo nos dicen sobre este espacio transnacional que ahora se asoma en los fenómenos migratorios.

Occidente siempre ha parecido manejar el concepto como lo lleno opuesto a lo vacío. Espacio se está convirtiendo en algo similar a un intervalo. La tecnología nos permite estar en dos o más  lugares a la vez, y de lo virtual se pasa a lo real. La resistencia al movimiento de los cuerpos es cada vez más difícil, de modo que la continuidad de los pasos es lo que se hace extensión. Si volvemos a la física tal vez podamos hablar de mecánica ondulatoria como conjunto. El espacio parece hacerse uno solo. Las viejas formas de oponerse se resquebrajan.

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Nuevo e-book de Teódulo López Meléndez

 

Interregno (Séptima lectura del nuevo milenio)

 

http://es.scribd.com/doc/63134856/Interregno-Septima-lectura-del-nuevo-milenio

 

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El pensamiento como forma de realidad

Teódulo López Meléndez

 

22-08-2011

Escasean los inventores de mundo. Se requieren protagonistas de la visión teórica de la política. Aquí las verdades se han derruido y hay que ir sobre las nuevas formas de la organización social. Los discursos viejos están deslegitimados. Alguien ha hablado de un ciclo ahistórico. Si no hay planteamiento filosófico-político emancipatorio en el sentido de dotar al sueño de un corpus de ideas tampoco habrá emancipación de los graves problemas que nos afectan.


Nadie habla de un encierro. La filosofía se hace de teoría y praxis. Hay que deconstruir los viejos paradigmas y realizar los nuevos modelos partiendo de la realidad del hoy. Los que se dedican a cultivar el pasado pierden la capacidad de pensar. Este ser humano inteligente está por alzarse del envoltorio terrestre hacia la búsqueda de una nueva casa y debe reorganizarse hacia la aparición de un nuevo orden social. El que no se de cuenta que ha terminado una época jamás estará en condiciones de iniciar otra. El fracaso de las ideologías se debió al intento totalitario de envolver la historia, la naturaleza y la vida. Debemos hacernos de un pragmatismo atento a las incitaciones del presente y a los desafíos de las circunstancias teniendo en la mano las respuestas de una filosofía política renovada. El amontonamiento de hechos y más hechos al que nos fuerza este presente de transición exige pensamiento.


El origen unitario de la vida nos obliga a la concepción de un humanismo global hacia un comunitarismo de entendimiento y aceptación de la diversidad. La diversidad del mundo nos obliga a revalorizar la solidaridad en un gran gesto de conciencia. Tenemos deudas pendientes por saldar: el diálogo intercultural, la admisión y el respeto de las diferencias, la ruptura de los lastres arrastrados por las viejas formas de organización política. El hombre de este tiempo vive la ruptura con un mundo que se tambalea. Hay que darle respuestas partiendo del principio de que el pensamiento es una forma de realidad.


Ya no se requiere un
 corpus homogéneo, lo que se requiere es un intercambio fluido y permanente de diversas comprensiones. Algunos hablan de ofrecer no una mirada sistemática sino sintomática. Hablamos sobre una realidad, no sobre la inmortalidad del cangrejo. Es lo que otros denominan la teorización de la política y la politización de la teoría.


Tiene que haber una relación entre la teoría política y el funcionamiento de las democracias, hay que darle una respuesta común a las exigencias cotidianas de la democracia, por la muy sencilla razón de que la globalización ha tenido un efecto particular: todos los hombres, en buena medida,  se están enfrentado a los mismos problemas, lo que para nada lleva al olvido de las particularidades, las que, por el contrario, se hacen manifiestas al pedir políticas de reconocimiento.


La filosofía política teoriza sobre como deberían ser los fenómenos políticos. No se encarga de estudiar cómo fueron, son y serán. De ello se encarga la ciencia política. Es obvia su vinculación con la ética al preguntarse sobre las formas adecuadas para lograr la forma de vida mejorada, sobre la legitimidad y limitación del poder y sobre los deberes y derechos. Hay una vecindad con la sociología del conocimiento, de manera que algunos hablan de una sociología de la filosofía.


La sociología del conocimiento nació porque se daba por sentada la relación esencial entre pensamiento y sociedad. Temas políticos y filosóficos entremezclados están ya en Lao Tse o en el profeta Isaías. La cultura griega es prolija para estos ejemplos. Al fin y al cabo hablar sobre la Polis era un método de decir y escuchar lenguajes. El discurso filosófico sobre la política tiene un ejemplo en La República de Platón. Si la oratoria “propiamente” política es sometida a una mirada incisiva vemos de inmediato su aspecto filosófico. Quizás podamos recurrir a una expresión un tanto extraña, como asegurar que la filosofía se encuentra en una discusión política de plaza. Grecia tenía dentro de sí el impulso crítico que le permitía revisar las concepciones sociales. O el uso de la tragedia como expresión de las aporías de la ciudad. O los historiadores en la búsqueda de una explicación para el obrar humano. O más acá la lectura de Shakespeare. Quién podría ahorrarle a Maquiavelo el título de filósofo de la política, aunque algunos prefieran llamarlo el fundador de las Ciencias Políticas.


Norberto Bobbio en
 Teoría General de la Política es prolijo es explicar y definir ciencia política y filosofía política. A la primera asocia metodología de las ciencias empíricas y a la segunda la construcción de un modelo de Estado fundado en un postulado ético, la búsqueda del fundamento último del poder, la determinación del concepto de política y el discurso crítico sobre premisas de verdad que buscan la teoría de la óptima república. En cualquier caso incluye a El Príncipe como obra referente en la historia de las ideas políticas junto a Utopia de Tomás Moro y Leviatan de Hobbes.


Pero lo que nos interesa no es una calificación de Maquiavelo sino interrogarnos sobre el porqué el abandono actual de las ideas en el campo de la política y Bobbio nos es útil cuando señala las tres preguntas filosóficas básicas: ¿Qué me cabe esperar?, ¿Cómo debo de actuar?, ¿Qué puedo saber? Quizás estas sean exactamente las tres preguntas que el hombre contemporáneo no se está haciendo sobre la política y por ello no genera ideas y se hunde en el estancamiento político mientras genera innovaciones en el campo de la ciencia. Dos veces hemos mencionado política en el párrafo anterior en una repetición intencional. Así, porque entramos de inmediato en otro territorio que es el de la presencia constante de pensadores políticos, el de una población humana en cuyas formas de organización social no se refleja ese pensamiento y en el de unos gobernantes que siguen actuando con viejas fórmulas y ancianos conceptos.

 

Se han preguntado sobre la libertad y la han calificado en negativa y positiva (Isaiah Berlin), han definido a sus ensayos de metapoética como filosofía política (Felix Oppenheimhttp://i.ixnp.com/images/v6.51/t.gif) o han llamado a la filosofía política norteamericana como decadente por carecer de ideales (Leo Strauss). Cito al azar, sin pretender hacer un listado que resultaría interminable. Lo que quiero significar es que no ha faltado quien se interrogue y ofrezca sus respuestas. En medio de la actual crisis de transición el pensamiento es rechazado y los políticos no ejercen lo político, no recurren a la forma de conocimiento superior que permita hacer inteligible la realidad política. Tal vez el quid se encuentre en una racionalización efectista de la práctica política y en una consecuencia de la llamada muerte de las ideologías, sin darse cuenta que lo que esto último implica no es el abandono de un corpus de ideas sino una libertad adicional para afrontar los problemas concretos sin tapaojos.


En apoyo a mis constantes exigencias de un pragmatismo con ideas, hoy se acepta que resulta imposible establecer previsiones de tipo nomológico-deductivo y ni siquiera regularidades de larga duración en el camino de la política. Y muchos menos son susceptibles de verificación, medición o cuantificación. Todo conocimiento político a ofrecerse lo he definido, también hasta el cansancio, como una interrogación ilimitada. Para medirse con la creciente complejidad de las exigencias de la política de esta etapa de transición habría que usar la expresión del filósofo vienés Otto Neurath (Philosophical Papers)
 sobre la nave en situación de circularidad, que habla de cómo los marineros se empeñan en reparar la nave en mar abierto, sosteniéndose sobre viejas estructuras e imposibilitados de llevarla al muelle para proceder a reconstruirla.

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De la democracia conocida a la democracia por hacer

Teódulo López Meléndez

15-08-2011

 

La sociedad venezolana está omitiendo el replanteamiento de que es la democracia. Lo que no se renueva perece; lo que ante los ojos de la gente es ya conocido, con sus virtudes y vicios, carece de la atracción de la novedad. Hay que conceptuar para la demostración práctica de una democracia sin adjetivos, sólo ubicada en un contexto de tiempo: siglo XXI, con todo lo que ello implica. 

 

La escasa influencia del pensamiento sobre la democracia en la democracia misma se debe a la crisis de todo pensamiento trascendente en un mundo de bodrios repetitivos, de insustancialidad y a la ausencia de lo que diagnostica de modo diferente a como se construyeron las ideologías derruidas. No se trata de un plano que se proclame poseedor de la verdad ni pretenda proclamar la solución de los problemas del hombre. Se trata de un conjunto de diagnósticos y de advertencias. Las clases medias, actores claves en toda acción política, sólo se movilizan cuando creen amenazados sus derechos. Son las clases medias el ejemplo de inacción funcional inducida por la pantalla-ojo o por los activistas políticos colapsados o el instrumento manipulable para los intereses particulares disfrazados de colectivos.

 

Bien podría argumentarse que la sociedad civil se ha convertido en un simulacro de lo social. El poder que amenaza con surgir en el siglo XXI trabaja –ya lo hemos dicho hasta la saciedad- con la velocidad y con la imagen, más con la velocidad de la imagen. Su alzamiento por encima de una sociedad civil débil le permite recuperar el sueño del dominio total, de la modelación de los “contemporáneos” (antes ciudadanos) a su leal saber y entender. Así, el poder de la dominación se hace total. En el campo del sistema político la democracia comienza a ser mirada como un impedimento, como un estorbo.

  

Hay nuevas formas de poder y también nuevas formas de política, sólo que la tendencia es a la eliminación de esta última, es decir, a un neo-totalitarismo. Debemos admitir que la nueva estructura política pasará por un entramado de redes de acción y presión. Lo que hay que entender es que la política dejó de ser un espacio de acción individual o uni-organizativo para convertirse en una gran red de redes de transmisión de información, creación de coaliciones y alianzas y en articulación de presión política.

  

En su postdata sobre Las sociedades de control, Gilles Deleuze nos recuerda el proceso, con Foucault, de las sociedades disciplinarias de los siglos XVIII y XIX, en plenitud en los principios del siglo XX, donde el hombre pasa de espacio cerrado a espacio cerrado, esto es, la familia, la escuela, el cuartel, la fábrica y, eventualmente, la prisión, que sería el perfecto modelo analógico. Este modelo sería breve, apenas sustitutivo de las llamadas sociedades de soberanía, donde más se organiza la muerte que la vida. Deleuze considera el fin de la II Guerra Mundial como el punto de precipitación de las nuevas fuerzas y el inicio de la crisis de lo que llamamos sociedad civil. En otras palabras, entran con fuerza las sociedades de control que sustituyen a las sociedades disciplinarias. Virilio habla así de control al aire libre por oposición a los viejos espacios cerrados. El gran diagnóstico sobre este proceso lo hace, qué duda cabe, Foucault, pero es a Deleuze a quien debemos recurrir para entender el cambio de los viejos moldes a lo que él denomina modulaciones. La modulación cambia constantemente, se adapta, se hace flexible. La clave está en que en las sociedades disciplinarias siempre se empezaba algo, mientras que en las de control nunca se termina nada, lo importante no es ni siquiera la masa, sino la cifra. Es decir, hemos dejado de ser individuos para convertirnos en “dividuos”. He definido esta era como la de la velocidad, pues bien, el control es rápido, cambiante, continuo, ilimitado. Si algunos terroristas colocan collares explosivos a sus víctimas, la sociedad de control nos coloca un collar electrónico.

 

Esta república desanda, retrocede, recula, repite. Esta república marcha hacia cuando no era república. Volvemos a ser una posibilidad de república, una harto teórica, harto eventual, harto soñada por los primeros intelectuales que decidieron abordar el tema de esta nación y de su camino. Nos están poniendo en un volver a reconstruir la civilidad y en el camino de retomar el viejo tema de civilización y barbarie. Hay que plantear una democracia del siglo XXI, hay que dotar a este país de herramientas que le permitan salir de la inconsciencia de los retrocesos, hay que extinguir la mirada biliosa. Aquí lo que cabe es reconstruir las ideas, darle una patada en el trasero a la Venezuela decimonónica y a la Venezuela “sesentona” para hacerle comprender que estamos en el siglo XXI. Este país necesita pensamiento, no abajo-firmantes; esta nación necesita quien la tiente a la grandeza de espíritu, no amodorrados en silencio; este país necesita quien proyecte un nuevo sistema político, no quienes vengan a repetir el viejo lenguaje podrido o a convertirnos en objetos de estudio psiquiátrico. Ello implica abandonar viejos temas que se insisten en poner sobre el tapete evitando una discusión seria sobre los nuevos modos del deber ser del cuerpo social.

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Indignados israelíes, indignados de verdad

Teódulo López Meléndez


07-08-2011

Si en algún lugar debían aparecer “indignados” era en Israel. Hay razones suficientes para un enojo con el gobierno de Benjamín Netanyahu. Y en efecto, aparecieron, reclamando sobre todo por la carestía de las viviendas, por los impuestos y el alto costo de la vida. A  medida que pasan los días se suman nuevas demandas sobre asistencia social, educación, salud y política económica, especialmente sobre los salarios.


Desde el obnubilado poder se responde que se estudiará una respuesta, pero que no se puede distraer fondo alguno de la defensa para atender gastos sociales porque el Estado de Israel quedaría en grave peligro. Uno se pregunta si el “grave peligro”, vista la situación de los países árabes, es la de un pueblo palestino exigiendo a la ONU la creación de su Estado o es que se espera un ataque iraní mientras aumentan los rumores de una decisión israelí de atacar a Irán.


Los “indignados” israelíes deberían, entonces, poner los ojos en la política exterior de  su país y encontrar explicaciones a buena parte de la crisis socioeconómica que viven. Habría que recordarles que los palestinos han pedido a las Naciones Unidas el reconocimiento como Estado. Previamente el presidente Obama pidió un regreso de Israel a las fronteras de 1967 lo que provocó una respuesta contundente del parte del gobierno de derecha. Hay que recordar que todos los judíos del mundo no caben en Israel y que las decisiones del Consejo de Seguridad son abundantes y precisas, todas incumplidas. Ya más de cien países reconocen a Palestina como Estado, pero recordemos a los “indignados israelíes las resoluciones mencionadas.

La resolución 181 del 29 de noviembre de 147 que recomendaba la partición de Palestina en un Estado judío, un Estado árabe y una zona bajo régimen internacional particular. 14.000 km², con 558.000 judíos y 405.000 árabes para el Estado judío, 11.500 km², con 804.000 árabes y 10.000 judíos para el Estado árabe, 106.000 árabes y 100.000 judíos para la zona bajo control internacional que comprende los Santos Lugares, Jerusalén y Belén. Entre los dos estados se debe establecer una unión económica, aduanera y monetaria. Jamás aplicada, el Estado de Israel fue proclamado el 15 de mayo de 1948 y seis meses después comenzaba la primera guerra árabe-israelí.


La resolución 194, del 11 de diciembre de 1948, de la Asamblea General, que 
 decidió, a consecuencia de la expulsión forzada de centenares de miles de palestinos: "que hay lugar para permitir a los refugiados que lo deseen regresar a sus hogares lo más pronto posible y vivir en paz con sus vecinos, y que se deben pagar indemnizaciones a título de compensación por los bienes de aquellos que decidan no regresar a sus hogares y por todos los bienes que hayan sido perdidos o dañado, en virtud de los principios del derecho internacional o en equidad, esta pérdida o este daño debe ser reparado por los gobiernos o autoridades responsables".

La resolución 242, del Consejo de Seguridad del 22 de noviembre de 1967,  seis meses después de la guerra de los seis días, la resolución “exige la instauración de una paz justa y perdurable en Oriente Medio”, que pasa por “la retirada del ejército israelí de territorios ocupados durante el reciente conflicto” y el “respeto y reconocimiento de la soberanía y la integridad territorial y la independencia política de cada Estado de la región, y su derecho a vivir en paz en el interior de fronteras reconocidas y seguras, al abrigo de amenazas y actos de fuerza”. La versión inglesa es más ambigua, habla de los “territorios” lo que probablemente podemos traducir como “el territorio”. Esta resolución, permanece en todas las negociaciones posteriores, sentando las bases de la paz en el Oriente Medio: la evacuación de Israel de los territorios ocupados y el reconocimiento por los Estados árabes del derecho de Israel a la paz dentro de unas fronteras estables.


La resolución 446, del Consejo de Seguridad del 22 de marzo de 1979, declara que la creación de asentamientos por parte de Israel en los territorios árabes ocupados desde 1967 no tiene validez legal y constituye un serio obstáculo para el logro de una paz completa, justa y duradera en el Oriente Medio. Además, exhorta a Israel para que, como potencia ocupante, respete escrupulosamente el Convenio de Ginebra relativo a la protección de personas civiles en tiempo de guerra, rescinda sus medidas anteriores y "desista de adoptar medida alguna que ocasione el cambio del estatuto jurídico y la naturaleza geográfica y que afecte apreciablemente la composición demográfica de los territorios árabes ocupados desde 1967, incluso Jerusalén, y, en particular, que no traslade partes de su propia población civil a los territorios árabes ocupados".

 
La resolución 478, del Consejo de Seguridad del 20 de agosto de 1980, que considera la decisión israelí de ocupar Jerusalén como violación del Derecho Internacional y determina que la Ley de Jerusalén y todas las demás medidas y actos legislativos y administrativos adoptados por Israel, la potencia ocupante, que han alterado o pretendan alterar el carácter y el estatuto de Jerusalén "son nulos y carentes de valor y deben dejarse sin efecto inmediatamente".


Habría que recordarles a los “indignados” israelíes los sucesivos fracasos de las negociaciones bilaterales, el mantenimiento de la construcción de asentamientos ilegales en territorio palestino, el bloqueo de Gaza y, finalmente, que los palestinos han decidido presentar su solicitud ante las Naciones Unidas en procura de un Estado.


Agotadas, como están, otras vías, Palestina intenta
 su declaración unilateral de independencia con las fronteras de 1967 a Naciones Unidas. Será un simple gesto, pero se conseguirá una mayor presión internacional, pues ella seguramente irá acompañada de una resistencia no violenta, de manera que veremos a los soldados israelíes contra manifestantes pacíficos batiendo sobre la conciencia del mundo y en especial de los norteamericanos.


Entendemos que la propaganda puede hacer de los manifestantes unos violentos o simplemente provocarlos hasta que se conviertan en ello, pero el asunto aún más grave es que si Israel persiste en sus asentamientos en Cisjordania se hará prácticamente imposible la separación de los dos Estados y para los árabes que allí están la única salida sería hacerse ciudadanos israelíes y entonces no habría el Estado Judío de Israel pues la mayoría sería árabe, a menos que se recurriera a un apartheid a la sudafricana. Los gobernantes en Tel Aviv aún se cierran sobre el entendimiento entre la autoridad palestina y Hamas, como algo inaceptable, pero lo que no aceptan es que era necesaria una reconciliación entre las facciones palestinas.

Como ya hemos dicho la iniciativa no concluirá con la creación del Estado Palestino porque no basta la declaratoria abrumadora de la Asamblea General, dado que se requiere la aprobación del Consejo de Seguridad. Quizás veamos a los Estados Unidos ejerciendo su derecho al veto. Mientras tanto, Israel mantiene una intensa campaña diplomática ante la proximidad de septiembre, uno que ya se califica de “negro”. Desde el Ministerio de Relaciones Exteriores se han cursado instrucciones para presionar a países y medios de comunicación con el mensaje de que si la ONU adopta el camino solicitado por Palestina se hará definitivamente imposible la tesis de los dos Estados. Del lado Palestino el temor está en que una abrumadora votación a favor despierte las celebraciones, acompañadas de la frustración, y que los planes de resistencia pacífica se conviertan en una nueva intifada. Por su parte, Israel ha ido pasando a la amenazas, a la ONU y a la Unión Europea, una que anuncian será de “medidas unilaterales” sin precisar. Es posible anexe grandes bloques de asentamientos israelíes construidos ilegalmente en la Cisjordania ocupada.

Quizás la solución a esta crisis sólo pueda venir desde el interior de Israel, de una decisión de su pueblo de vivir y convivir con el pueblo palestino amparado por el paraguas jurídico de un Estado. Deberían indignarse los israelíes por algo más que sus salarios, por el costo de la vida y por el precio de sus viviendas. Deberían indignarse por las tropelías de su gobierno contra un pueblo oprimido. Entre pueblos deberían entenderse. De allí que hay que pedirle a los “indignados” israelíes que se indignen de verdad.

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Candidatos o textos duplicados

Teódulo López Meléndez

01-08-2011

Las fuerzas que se enfrentan son como la uña y la carne. Tal como lo dice Deleuze conforman una unidad de acción y reacción, lo que comienza a explicarnos la triste historia de la cándida Eréndida y de su abuela desalmada. Jürgen Habermas nos ha dicho que todo sistema discursivo está de hecho distorsionado, fundamentalmente por la influencia del poder político. De esta manera la forma como habla ese poder se introduce en nuestro lenguaje cotidiano en tal manera que las barbaridades nos parecen sujetas estrictamente a la normalidad y nos asemejan a un hecho de justeza.


Citar a Habermas y a Deleuze, es un pequeño ejercicio para la visión binocular de un país atarantado, puesto que esta intercomunicación distorsionada que nos muestra el maestro suizo desbarata los restos de racionalidad que uno podría suponer aún entre tanto repetidor de la normativa impuesta por la parte dominante del cuerpo.


Se trata de una formación ideológica que se clausura, que se cierra sobre sí misma, imposibilitando de ese modo la existencia de toda posición “exterior” a ella. El “universo del discurso” se percibe y funciona entonces como efectivamente universal: fuera de ese “universo” no hay nada, solo vacío. Adviene, entonces, el comportamiento neurótico de un cuerpo social que parece impedido de encontrar su propia formación y sus propios órganos exteriores. Se alimenta de las ilusiones y se solaza en límites que harían apelar a Freud, sólo que podría romperse el saco si lo incluyésemos, saco ya lleno con Habermas y Deleuze.


Las contradicciones patológicas debemos atribuírselas al mensaje de la parte dominante que ha sido asumida por la parte dominada. Los estudiosos aseguran que el organismo habla y que se puede proclamar la defensa de algo mientras se hace exactamente lo contrario, mutilar lo que se dice defender. He hablado de la desaparición de palabras como significado y significante, pero me veo obligado a mencionar las “condiciones genéticas del desvelamiento del significado”, lo que podríamos traducir como la necesidad de rectificar este texto distorsionado que es la Venezuela de hoy y hacer algunas referencias concretas a esta distorsión textual.


De aquí es necesario precisar que los candidatos no son más que un producto del monopolio totalitario concedido a los partidos políticos para postular y que, en consecuencia, no son más que unos instrumentos circunstanciales que el país puede usar como tales para un momento puntual que llamaremos espacio de simulación democrática de la dictadura. No encarnan el futuro porque son una expresión distorsionada, son lagunas, repeticiones, omisiones y ambigüedades. Podríamos, de esta manera, decir que son textos duplicados de las viejas maneras de ser parlamentario,  puesto que alegan en sus afiches “somos mayoría”, lo que equivale a motivaciones inconscientes tras un disfraz simbólico, más o menos lo que le ocurrió a la mal llamada cuarta república cuando se estaba hundiendo en el tremedal autocausado y se montó en un caballo a recorrer sus propias condiciones de producción.


Considerados como una inflexión obligatoria debemos precisar que no son el futuro y que ni siquiera alcanzan el grado que llamaremos transición. Una distorsión textual no puede encarnar el lenguaje del tiempo por venir. Está condenada a su relación de cuerpo único con la fuerza dominante, lo que implica que cuando la fuerza activa desaparezca la fuerza reactiva partirá con ella.


En consecuencia podemos definir el momento como un lapsus lingüístico que habrá que suplantar con la producción de nuevos significados. La obligatoriedad a la que hemos sido sometidos la cobraremos con ese extraordinario producto que llaman “lápiz corrector blanco” y sobre el residuo áspero escribiremos la historia que vendrá.

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Las debilidades de una sociedad enmascarada

Teódulo López Meléndez

26-07-2011


Sobre el siglo XIX se fijaron las miradas de Tocqueville, Heine, Marx, Burkhard y Nietsche, por ejemplo. Hablaban de una sociedad inmersa en una crisis de legitimación crónica. El siglo XX dio paso a una pléyade de pensadores en medio de los conflictos más atroces. En este inicio del siglo XXI, antes que proclamar de nuevo la muerte de Dios, Stephen Hawking lo que hace es proclamar la muerte de la filosofía. Ahora lo que está deslegitimado y requiere con urgencia de pensamiento son las formas políticas. Hay que revisar, reafirmar o negar sus premisas básicas, desde la manifestación política de la filosofía. El momento es de transición con una caída de los partidismos conocidos y con un proceso de desideologización terminal. Algunos hablan hasta del fin de las constituciones.


Los discursos siempre giraron sobre la falta de legitimación. También ahora, con un cuestionamiento drástico a la representación, pero las teorías políticas decimonónicas tuvieron un efecto retardado, pero lo tuvieron, mientras en esta época vislumbramos la escasez de lo teórico y un esfuerzo no sólo por retener el presente sino, incluso, uno destinado a regresar a las viejas formas. Tenemos que admitir que las soluciones definitivas no existen y por ello hemos llamado a la democracia un ininterrumpido proceso de interrogación ilimitada. El tiempo presente ha determinado la imposibilidad de lo que denominaremos la parábola de la innovación y una interrogación muy profunda sobre la posibilidad de cambiar lo humano a través de la praxis política. El punto es que comienza a hablarse de la pospolítica, mientras otros nos empeñamos en un rediseño de la democracia.

La crisis se debe a la caída de las viejas maneras de la política, sólo superable con un llamado a un retorno de la misma necesariamente envuelto en nuevas concepciones que pasan por un llamado a la ciudadanía activa.


La confusión es la norma, pero abajo, en la praxis constante, encontramos una que no se modifica y se niega a ser modificada, con las mismas aberraciones y contratiempos que nos han llevado en esta década a las conclusiones que manifestamos. Nos referimos a la ausencia de la concepción política, a un conjunto de ideas que puedan reestructurar el aparato democrático. Si en la crisis de lo político estamos señalando la década que termina es menester, entonces, plantear la repolitización como el camino, no sin advertir o recordar que el vacío está siendo llenado por algunas praxis revolucionarias disfrazadas de innovación del presente siglo y que irremediablemente conducen a la reaparición totalitaria.


La defensa y progreso de los derechos humanos había tomado una aceleración que parecía determinar los tiempos, pero la lucha antiterrorista los ha golpeado seriamente. La reciente crisis económica ha replanteado la necesidad de la actividad reguladora. Las virtudes de la globalización –por contraste con sus múltiples peligros- están siendo duramente golpeadas especialmente en Europa. La aparente calma –excepción hecha de las guerras locales que aún se libran- se debe fundamentalmente a la inexistencia de algo o de alguien que se aproveche. Saltan por los aires nacionalidad, partidos, viejas construcciones  y las respuestas provienen de prácticas de antaño  o de encerramiento a ultranza en las  maltrechas formas del presente. No es novedad alguna que los hombres se estén aburriendo de la política. Hemos hablado constantemente de un cambio de paradigmas que constituye, cierto es, una exigencia de cambio en las disposiciones subjetivas capaces de alterar el vector político. Ello se refiere, claro está, a que la descreencia se transforme en la convicción de crear realidad desde el pensamiento y desde un ejercicio colectivo de la inteligencia. No hay una conciencia político-filosófica de la posmodernidad. Hasta el último momento del siglo XX vivimos la obviedad de la crisis del constitucionalismo, del estado-nación y del pensamiento político clásico, sin que se produjese una multiplicad de miradas a los eventuales nuevos órdenes que por fuerza surgirían. Algunos llegan a plantear si los hombres sólo pasarán a ser un material necesario a una construcción tecnopolítica. Un antihumanismo creciente podría inducir en ese sentido, sólo que la lectura atenta de quienes en él incurren conlleva a admitir que llegan de retorno al humanismo por el camino de su negación.


Hemos tenido grandes avances en la informática, la tecnología espacial o la biología y en una creciente demanda a favor de los derechos de los homosexuales. Desciframiento del mapa genético, celulares con 3G, GPS y WiFi, la manipulación de embriones o la web 2.O, pero la política ha planteado retos que no han sido abordados con pensamiento complejo capaz de trazar coordenadas en este momento de la historia y de la cultura universal. Ha faltado, diría, la razón poética, esto es, la posibilidad de soñar las nuevas formas de organización comunitaria del hombre desde la luz de la conciencia hasta la creación de un cuerpo especular, lo que se llamaría la función imaginante.


La proclamación de la victoria de la técnica, la falta de sentido como nuevo sentido y la prevalencia del pensamiento débil debe ser contrarrestada con el fuerte resurgir del pensamiento. Es una caída vertical que venimos sufriendo desde más allá de esta década que termina en zona oscura. Si el ciudadano de este siglo deja de padecer como víctima y se decide a realizar las nuevas formas son bastantes probables los nuevos surgimientos, en especial en la política y en las ideas que deben envolverla.


Quizás podamos definir a esta sociedad como una enmascarada que vive su sojuzgamiento como víctima. Es menester transgredir la oscuridad. Se transgrede en momentos de crisis.

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Oceanía, el continente discreto

Teódulo López Meléndez

18-07-2011

Oceanía es un vasto continente insular constituida por Australia, Papúa-Nueva Guinea y Nueva Zelanda, así como los archipiélagos coralinos y volcánicos de Micronesia, Polinesia y Melanesia, distribuidas por el Océano Pacífico, poblado de indígenas de diferentes ramas como los polinesios, melanesios, micronesios y papúes,  los mestizos,  una minoría de negros y mulatos y los descendientes de europeos. El idioma más hablado es el inglés, seguido del francés, mientras en las islas chilenas de Sala, Gómez y Pascua obviamente se habla el español, conservándose las lenguas indígenas. La religión predominante es el protestantismo, seguido del catolicismo y las creencias  indígenas.


Geográficamente se le divide en Australasia (Australia, Tasmania y Nueva Zelanda), Melanesia (Nueva guinea, Salomón, Nuevas Hebridas, Nueva Caledonia), Micronesia (Las marianas, islas Carolinas, Islas Palaos, Islas Marshall) y Polinesia (Hawái al norte del ecuador, al sur archipiélagos Fénix, Toquelau, Samoa, Isla de pascua). Se estima su población en algo más de 34 millones de seres humanos repartidos en 17 estados independientes y en numerosas dependencias administradas por otros países o plenamente integrados a ellos, como el caso de Hawái con los Estados Unidos. Aparte de la agricultura tiene oro y carbón.

 

En el siglo XVI portugueses y españoles se repartieron estos territorios mientras los piratas holandeses e ingleses los acosaban. Sobre el siglo XIX se estableció la presencia británica y francesa y luego la japonesa, alemana y norteamericana, mientras en las últimas décadas de ese siglo y en las primeras del XX comenzaron a desaparecer las posesiones oceánicas. Las victorias militares norteamericanas hizo a Estados Unidos la potencia dominante en el Pacífico, con el establecimiento de numerosas bases navales.

 

Nueva Zelanda y Australia son los dos grandes países del continente, activos en las dos grandes guerras al lado de británicos y norteamericanos. Después del término de la Guerra Fría Australia ha procurado diversificar sus relaciones económicas en Asia. Seguramente la amenaza más grande para muchas islas oceánicas proviene del cambio climático bajo el temor de que algunas se hundan en las aguas provenientes de los deshielos.

Australia es el factor clave de la geoeconomía continental pues provee de materiales de primera importancia como minerales de hierro y manganeso a la industria del acero y la bauxita para la metalurgia del aluminio, amén del azúcar y algunos productos manufacturados, a ese gran bloque conformado por Japón, los NICs, Hong Kong (Región Administrativa Especial de China), Singapur , Corea del Sur , Taiwán y, más recientemente, Tailandia , Indonesia , Filipinas  y Nueva Zelanda.

 

La política exterior australiana es de discreto perfil, ajena a todo protagonismo, pero manejando con habilidad los escenarios del futuro. Junto a Nueva Zelanda forman parte de la Commonwealth of Nations. No obstante esos lazos parecen debilitarse entre los estrechos lazos con Estados Unidos y la pujante presencia asiática. Sigue conformándose con el aporte de numerosos inmigrantes, entre los cuales cabe mencionar ahora a los venezolanos. En términos generales la presencia de Oceanía en la economía mundial es pequeño dado que aporta apenas un 1.4 por ciento de la producción total. La gran isla ha procurado crear iniciativas tecnológicas y de innovación mediante un programa denominado Tecnologías Emergentes de Comercialización (COMET). No olvidemos que posee el mercado de Internet más extenso de Asia-Pacífico. Con la absorción anual de más de 120  mil inmigrantes muy calificados continúa su desarrollo.

 

La principal organización panregional es el Foro de las Islas del Pacífico (Pacific Islands Forum, en adelante PIF), nacido  en el año 2000 a raíz del Foro del Pacífico Sur (South Pacific Forum), que sucediera en su momento al South Pacific Bureau for Economic Cooperation. El PIF es el principal interlocutor de la región para asuntos de todo tipo. Otros países con influencia en la región son Japón y China, con problemas esta última por los fuertes lazos de algunos con Taiwán.

 

USA, China y Australia

 

Australia y Estados Unidos no encontraron en el USA-Australian Free Trade Agreement (AUSFTA), uno de mucha trascendencia. China actúa sin presionar, ante un inicial y suave interés australiano en la cooperación energética y uno de igual resistencia al ingreso de productos chinos actitud en rápida modificación. Australia mantiene también con otros productores Agrícolas mundiales (como Argentina y Brasil) el Grupo Cairns de Comercio y finalmente firmó con Estados Unidos un Tratado de Libre Comercio que no ha dejado de ser polémico en la política interna australiana.

 

Allí se debate la aceptación de la influencia china como una de las políticas a concretar en las próximas décadas. En efecto, ya la relación entre Camberra y Beijing crece aceleradamente. Los chinos aseguran que el establecimiento del área de libre comercio con Australia y Nueva Zelanda es fundamental para el desarrollo de la región Asia-Pacífico y para la liberación del comercio mundial. Australia, por su parte, ve incrementadas sus exportaciones al gigante asiático, mientras los miles de estudiantes chinos en Australia indican que las observaciones sobre la espera de décadas para el logro de unas relaciones estrechas parecen notablemente acortadas. En el plano de la energía, China, empeñada en convertirse en una gran potencia en el plano de la construcción de reactores nucleares, comenzará a importar uranio australiano. La cooperación en materia de gas natural licuado también ha sido establecida por un período de 25 años y la exportación de carbón se incrementa, lo que también presenta un paso estratégico en el resguardo de la seguridad de las rutas comerciales oceánicas, lo que no implica para nada una intención australiana de abandono de su papel en el Pacífico Sur.

 

Australia se está moviendo. Otra cosa no significa el Centro de Investigación en Tecnologías Verdes (GFreen IT), la investigación vía tecnología de la Información (eResearch), reducción de las emisiones de carbono y despliegue de banda ancha. Ayuda a estos propósitos la Red Académica y de Investigación de Australia (AARNet) y el Centro para Telecomunicaciones Eficientes desde el Punto de Vista Energético (CEET). Igualmente adelanta la construcción de un tren eléctrico de alta velocidad (A-HSV) para unir todo el territorio.

 

Estamos ante una política pragmática que teme al poderío militar chino y se cubre con el paraguas estadounidense, pero aumenta sus relaciones comerciales con China. Ya el porcentaje comercial de intercambio es superior al que mantiene con Estados Unidos, pero las inversiones norteamericanas en la isla del Pacífico Sur aún son superiores a las chinas, aunque el juego estratégico podría hacer cambiar ese balance. Habría que agregar que muchos analistas militares consideran que China ya ha transformado el balance en este campo en el Asia-Pacífico, mientras otros simplemente anotan que va en ese camino sin haberlo concretado aún.

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Los caminos de China

Teódulo López Meléndez

12-07-2011

Asia Oriental alberga a tres países con herencia cultural emparentada y con muchos rencores históricos entre sí: China, Japón y Corea. Aún subsisten las heridas de la colonización japonesa sobre Corea y la ocupación del territorio chino, pero también la división de dos de ellos. Allí están las Coreas y Taiwán. Es necesario, entonces, un entendimiento político mayor para que el Asia Oriental en su conjunto sea una fuerza determinante en la política mundial del siglo XXI y especialmente en los demás “mundos’ de este continente. No podemos adelantarnos a la posibilidad de unos acuerdos que hoy tocan lo más álgido de la región. En cuanto al terremoto y tsunami japonés todos los expertos indican sólo tendrán un impacto negativo en el comercio rápidamente recuperable por la demanda que exigirá la reconstrucción.


China planteó en su momento adherirse al tratado de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), sobre la base de la fórmula "diez + uno". Y Japón siguió su ejemplo, sugiriendo la fórmula "diez + tres" (China, Japón y Corea del Sur). No ha faltado quien proponga que China, Japón e India se conviertan en los pilares de una versión asiática de la OTAN. 


Como ya hemos dicho, es posible que China se convierta en la primera economía mundial para el 2020. Su mezcla entre sistema económico abierto y sistema político cerrado aún presenta problemas, tanto en el sistema financiero como en el atraso de sectores colectivistas, en problemas de transporte y en una recurrente corrupción. Su acción en el medio internacional se nota en la influencia ejercida para aminorar la reciente crisis económica, procurar la reforma del sistema financiero internacional y contribuir a la recuperación.


Una de las mejores decisiones chinas ha sido el de poner límite de edad a sus dirigentes, los cuales deben retirarse a los 70 años. Ello permite el recambio generacional y creemos que ayuda al abandono de la obsesión por el crecimiento económico centrándose en los efectos de orden social y ambiental. Es posible también que China supere la concentración en las exportaciones y dedique tiempo a la conformación de un mercado interno sólido. Si atendemos a lo que dicen sus líderes actuales en efecto están apuntando a una pauta de consumo interno que sostenga el proceso. Encontramos a una China preocupada seriamente por el bienestar de su población, por un desarrollo científico autónomo, por el incremento de la eficiencia energética y por la protección del medio ambiente. Uno de los asuntos centrales será la creación constante de empleos.


En el plano exterior continúa tejiendo una red de influencia en todo el mundo, especialmente en Asia. Allí, como hemos mencionado, tiene el asunto de Corea del Norte, donde juega en todos los sentidos, manteniendo la ayuda económica parasitaria, presionando o no para la desnuclearización, pero preparándose igualmente ante la eventualidad de una reunificación. Busca proteger a Irán de sanciones de la ONU porque considera que la presión norteamericana sobre los persas forma parte de su política de contención a China. Desde 2009 es el principal socio comercial de Irán, aunque esté por detrás de Angola y Arabia Saudita en el suministro petrolero a su creciente voracidad. La Corporación Nacional China de Petróleo se mantiene en plena actividad inversora, como en el caso venezolano. El pulso con los Estados Unidos por la revaluación del yuan (renmimbi en chino) reaparece constantemente.


Con América Latina mantiene relaciones diplomáticas y económicas con casi todos los países, realiza inversiones ya vitales para este subcontinente y ha comenzado a otorgar créditos para el desarrollo. Con África igual, pero también forma parte de las misiones militares de la ONU y hecho inversiones en agricultura, sistemas de riego y de salud, involucrándose en programas del organismo mundial para mejorar la situación en Uganda, Ghana y Mozambique. Se ha involucrado en el espacio ex-soviético convirtiendo a Kazajstán en su segundo aliado comercial. Su presencia en las actividades de la ONU ha crecido notablemente. Se ha hablado mucho de la voracidad china por el petróleo. En efecto tal voracidad existe, pero también una conciencia de generar fuentes alternativas y de cuido al medio ambiente. Está claro que tal consumo de energía sigue siendo un tercio de lo que consume Estados Unidos.

 

¿Hacia dónde va China? Peter Franssen escribió un libro bajo este título, uno del cual se puede discrepar o coincidir, pero que, en cualquier caso, constituye una visión absolutamente necesaria para hacerse una idea clara sobre este país por la cantidad de valiosa información que contiene producto de una investigación a fondo. Si marchamos o no hacia una nueva guerra fría a mediados de este siglo, cuáles serán las inclinaciones finales del gigante chino o si asistiremos a una mejoría notable en el campo de los derechos humanos y de la vida democrática (hoy mancillados con la represión o censura contra Internet por miedo al contagio de las revueltas que sacuden a parte del mundo y con la intolerable prisión de buen número de disidentes) son cosas que están por verse. 

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Mirada en julio al junio español

Teódulo López Meléndez

06-07-2011

El surgimiento de los “indignados” españoles ha sido la muestra más fehaciente del agotamiento de un modelo económico y político. Podríamos ir más allá y asegurar que el de un contrato social. Asistimos entonces a un reclamo de participación y decisión que encarna a la Europa en crisis y al deseo, cada vez más manifiesto, de los pueblos por empoderarse de su destino.

 

Las razones del movimiento que sacudió en junio de 2011 a España son claros: la crisis económica patentada en ejecución de hipotecas, desempleo y falta de oportunidades; una crisis política derivada del agotamiento de una actuación de los dirigentes sobre la base de una institucionalidad pervertida y de una complicidad con los medios que los exponen al público; una incapacidad de las instituciones existentes para procesar los problemas colectivos, una que incluye desde las tradicionales organizaciones intermedias supuestamente disponibles para mediar o servir de enlace entre el poder y los ciudadanos hasta las parlamentarias y de justicia; la crisis de un sistema económico que ha llevado al derrumbe del estado de bienestar.

 

Sería, no obstante, limitativo enumerar causas llamémoslas reales o materiales sin introducirnos en algo más profundo que no es otro que el deseo creciente de protagonismo de las sociedades prescindiendo de intermediarios viciados. En otras palabras, los “indignados” son una muestra precisa, en territorio europeo, de un esfuerzo de empoderamiento que caracterizará al siglo XXI.

 

El ser apático o narcisista o nihilista encuentra ahora que tiene delante de sí desafíos que rompen con su abulia y dirigentes e instituciones que ya no son capaces de resolvérselos y, en consecuencia, descubren que deben asumir protagonismo. La lógica económica-financiera les parece conformada para satisfacer unos intereses que no son propiamente los del colectivo y así cada uno comienza a mirar al otro y entendiéndose vía redes sociales van conformando lentamente una nueva alianza ciudadana que los lleva a la actuación pública.

 

En diciembre de 2010 fue publicado en España Indignaos de Stéphane Hessel, el viejo luchador del Consejo Nacional de la Resistencia Francesa, y de allí el nombre asumido por la protesta española. Sus planteamientos no constituyen un cuerpo sustitutivo de lo existente, pero sí unos planteamientos generales suficientes para inflamar la primera oleada. Exigencias de seguridad social y salud, prevalencia del trabajo sobre el dinero, ruptura de los monopolios, redistribución de la riqueza, democracia económica y social, prensa independiente, escuela con reales posibilidades de ingreso y de espíritu crítico, ataques contra las maniobras bancarias y de los mercados financieros y sobre todo el llamado a la responsabilidad colectiva.

 

Así, fundamentalmente los jóvenes españoles, expresaron su indignación ante un cuadro de fracaso social que ni en su estructura ni en su gestión política tiene calidad humana. No hay duda que esa indignación será un signo determinante de este interregno donde se cae a pedazos el viejo mundo y el nuevo se asoma con timidez. He repetido infinidad de veces la necesidad de que el pensamiento político traduzca a tesis claras ese sentimiento ético-utópico de la gente sobre la necesidad de regenerar el tejido democrático y de suplantar las viejas estructuras socio-políticas.

Las instituciones intermedias producen justificadas sospechas, en especial los partidos políticos. De allí que los indignados exijan supresión de privilegios, transparencia en los financiamientos, una nueva ley electoral con listas abiertas y referéndum sobre temas vinculantes. Sobre todo apuntan a los bancos, pidiendo prohibir rescates e inversiones en paraísos fiscales y toda una serie de reivindicaciones en inmigración, medio ambiente, y en los puntos álgidos que afectan la calidad de vida.

 

Una cosa es cierta: la política ha perdido legitimidad. El sistema bipartidista de alternabilidad en el poder ha sufrido el embate de un reclamo representado por una variante independiente de organización ciudadana. No prejuzgamos el futuro de este movimiento como alternativa de poder, uno que por lo demás no se plantean, ni tampoco las acusaciones de manipulación –siempre en estos casos se intentan- ni las acusaciones de ser de izquierda o de derecha. Lo obtenido es que gruesos sectores de la población española probaron las mieles de la movilización y tomaron conciencia de algo que he repetido indispensable para la renovación del mundo: que los ciudadanos tienen el poder y deben ejercerlo.

 

No tiene sentido hablar del resultado de las elecciones que sucedieron a la sacudida, más bien de la reacción del 19-J que muestra como poco probable un abandono por efecto de resultados en las urnas o por la práctica de la alternabilidad. En este punto es necesario precisar que el movimiento no tenía como objetivo derrocar a un gobierno. El propósito, surgido al calor del momento, y más que propósito logro, fue ver a la gente sentada en círculos discutiendo sobre todos los temas y el más alto de todos por supuesto que la gente estuviera ocupando los espacios públicos para ello. Si alguna palabra deberíamos utilizar es repolitización de la sociedad española y eso se traduce como un despertar, como una ruptura con la costumbre de dejar que los políticos decidan y actúen en nuestro nombre.

 

Nadie puede esperar que un movimiento de este tipo se aparezca cargado de programas y con una definición certera del futuro. Podrán hacerlo o no, o simplemente cargarse de tal cúmulo de planteamientos que entre todos se hagan irrisorios. Ante esos señalamientos han llovido las respuestas. Me detengo en una, la reacción de “Democracia Real Ya”, uno de los principales grupos del movimiento, frente al llamado “Pacto del Euro 1” firmado el 11 de marzo y posteriormente ampliado como “Pacto del Euro Plus 2” y firmado por 17 gobiernos de la Eurozona y otros seis países. La crisis obligaba a la toma de medidas sobre temas como rescates y multas, las que fueron supeditadas por la UE al Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE), al Banco Central Europeo y en alguna medida al FMI. En otras palabras la UE procuraba combatir por esta vía los déficits excesivos y aplicar recortes a los gastos sociales con la consecuencial reducción del consumo, recortes salariales e incremento del desempleo. Así mismo, se determina la creación de un mercado financiero común que se estima no favorece los intereses del ciudadano y sí de las grandes corporaciones bancarias. La respuesta de DMY alega que las condiciones financieras y fiscales fueron usurpadas a la soberanía de los pueblos, estableciendo, a mi entender, una contradicción falsa entre las decisiones supranacionales y el poder ciudadano.

 

Parece no entender esta parte de los ‘indignados” que ya es imposible la resolución de los problemas en el ámbito nacional, que los Estados-nación son impotentes ante la magnitud de las crisis. He insistido en que el mundo marcha hacia una transferencia del antiguo concepto de soberanía hacia los órganos surgidos de los diferentes procesos de integración, en el caso europeo encarnado en la UE. No se trata de discutir en este texto sobre las medidas anunciadas y su real efecto, se trata de poner el ejemplo como uno claro de la caída del estado de bienestar y de un modelo económico e incluso político, si admitimos que las estructuras europeas son insuficientes por culpa propia, al no haber desarrollado sus instituciones hasta el límite de las exigencias de este interregno. La Constitución, por ejemplo, no podía ser votada nación por nación, debía ser votada por los europeos, aunque recordemos que en ella se obviaba todo pronunciamiento sobre una democracia renovada para seguir enfatizando en una democracia representativa.

 

Lo que quiero significar es que al igual que lo supranacional debe ocuparse de los grandes problemas por la superación de los límites de los Estado-nación y de sus capacidades, al mismo tiempo es menester la conformación de una sociedad civil supranacional. Por supuesto que los ciudadanos deben oír su voz e imponer criterios, pero lo que resalto como una muestra de imprecisión en DRY es contraponer la necesaria supranacionalidad de buena parte de las decisiones a la voluntad ciudadana nacional, cuando en el proceso de glocalización en marcha ambos elementos se conjugan, siempre y cuando deje de entenderse la nacionalidad como un envoltorio capaz de proteger, para pasar a otro concepto, el de nacionalidad europea, una que, en conjunto, debe tener a su alcance todas las posibilidades de ejercer predominio sobre temas de este “Pacto del Euro” tales como reforma del mercado laboral, edad de ir a pensión y todas las demás involucradas. El modelo económico fracasó, es lo que debería dejar claro el movimiento “indignado’. He allí el problema, no en falsas oposiciones.

 

Esta caída del modelo ha sido denominada “el colapso ralentizado de Europa”. Cierto es que el movimiento indignado ha comenzado a tener repercusión en otros países europeos, pero a veces las decisiones que los gobiernos van tomando al adentro de sus Estados-nación hacen perder la comunidad en la conjugación de programas comunes. Podemos admitir que estamos pidiendo demasiado a un movimiento de corta vida cuyas confusiones seguramente se irán disipando, pero señalarlas creo no le hace ningún daño.

 

Es, pues, menester, atribuirles el nacimiento de una conciencia de participación cívica, hasta tal punto reconocible que podemos asegurar que ha aparecido un nuevo actor histórico. Allí ha quedado palpable un cuestionamiento a la legitimidad de las élites políticas, mediáticas y económicas, una denuncia que de por sí transforma la realidad denunciada. El cómo desempeñará este rol está por verse, pero allí se ha asomado una posibilidad de democracia del siglo XXI, ante una democracia enraizada en los siglos XIX y XX. Las angustias por las formas y los procedimientos pueden parecer razonables, pero serán creados a medida de los avances de la teoría política que no tiene nada de estanque inamovible. 

Tal como lo he dicho en innumerables ocasiones la crisis de representatividad ha hecho eclosión, ya no da para regular los conflictos sociales. Los viejos procedimientos, en especial los que se practican en la política de cada día y en las instituciones llamadas representativas, están agotados. Nadie venga a invocar formalidades a un movimiento naciente, a asegurar de nuevo que la única posible es una democracia formal, muchos menos en momentos en que la tecnología ha puesto a disposición de los ciudadanos un inmenso poder que puede convertirse en práctica de la nueva democracia más allá de servir para las grandes convocatorias. Sea el sostenido uso tecnológico o las formas que la imaginación humana consiga en el camino, lo cierto es que la vieja democracia ya no da para más y el nuevo pacto social deberá permitir a los ciudadanos sentirse como lo que son, los dueños del poder. Ello pasa por varios planteamientos que he repetido de manera insistente, como reducir de nuevo la economía al control de la política, mediante la reducción de los indicadores macroeconómicos a un nivel inferior al de una economía fijada en el desarrollo sustentable de lo humano. La glocalización es el marco donde se construirán las novedades políticas, sociales y económicas. De ello debe estar absolutamente consciente la juventud europea.

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El justo aliado en la otra orilla del Mediterráneo
Teódulo López Meléndez

27-06-2011


El comienzo, en Túnez, parecía marcar una diferencia con la tradición de golpes militares y de sustitución de gobiernos autoritarios por otros gobiernos autoritarios. Ahora subyacía un reclamo democrático y una exigencia de mejora en las condiciones de vida. Europa miraba los sucesos con su extraña persistencia en considerarlos ajenos, mientras Estados Unidos, un tanto más alerta, iniciaba un proceso de interés que bien podía dirigirse a la mediación y a la preservación de antiguos aliados.


El contagio a los vecinos tal vez hizo mirar mejor a través de la ventana. La crisis egipcia, particularmente, la espectacular caída de Hosni Mubarak por una revuelta callejera que partía de la emblemática plaza de Tahrir, desató el interés norteamericano por una inevitable transición y, en consecuencia, comenzó a mover las viejas piezas de los fieles para preservar sus intereses en un país que había sido el mejor aliado en el difícil equilibrio del Oriente Medio.


La historia la conocemos, con sus consecuenciales matanzas en Yemen, en Libia y Siria y con sacudidas en Marruecos y Argelia, en menor escala, y en Jordania y Bahrein. Corrupción, autocracia, desempleo, déficit de dignidad humana y falta de futuro para los jóvenes se habían conjugado en un coctel preciso que estaba produciendo la primera gran revolución del siglo XXI.


Los árabes, despreciados en su capacidad de movilización interna y puestas en dudas sus capacidades democráticas, estaban pasando, ante los ojos atónitos, por encima de los déspotas que habían recibido cheques en blanco de sus aliados occidentales para, supuestamente, mantener a raya a un incierto peligro islamista en el cual justificaban sus tropelías dictatoriales que les permitía mantener en los bancos de esta parte occidental del mundo grandes cantidades de dinero confundidas en las cuentas como propiedad del dictador específico y/o del Estado que regentaban. La juventud excluida salió a poner las víctimas para sacudirse la corrupción y la represión política y social.


Ante la evidencia de un derrumbe los analistas comenzaron a buscar antecedentes, como las revueltas argelinas de 1988, aplastadas como un hecho excepcional y circunstancial o a recordar que en Marruecos la vida diaria es muy difícil, mientras la caída del tunecino Ben Alí hacía ver a los árabes que por encima de los ejércitos poderosos una población en la calle podía labrar su destino, no sin poner una altísima cuota de víctimas, pero ya no importaba, se pondrían las víctimas, pero en esta ocasión nadie secuestraría la gran revuelta.


Por alguna parte se había colado un enfoque progresista de las cuestiones sociales, incluida la situación de la mujer. La tecnología había abierto los canales de Internet y de las redes sociales  que fueron esenciales para las convocatorias -y también la de los teléfonos móviles- y para poner en los ojos de la juventud la ilusión de otra manera de vivir. Pero también la televisión, como el programa Bab al hara (La puerta del barrio) o las transmisiones de Al Yazira.


Se conjugaron, entonces, los núcleos urbanos juveniles, los grupos islámicos que entendieron debían montarse en el indetenible carro democrático, los ejércitos contagiados y divididos entre quienes debían lealtad a los viejos regímenes y quienes miraron los ojos de los jóvenes y lo entendieron todo, más las masas urbanas empobrecidas que midieron nada tenían que perder. El levantamiento a cualquier precio fue la orden perentoria emanada de la confusión y de la indefinición. La incertidumbre es lo propio de este tipo de sacudidas históricas. Hablamos de revolución árabe sin olvidar las diferencias de país a país, pero sin olvidar tampoco el obvio hilo transmisor que las une a todas.


El viejo socialismo encarnado en un líder militar o el fanatismo religioso fueron superados por un ansia democrática convertida en el motor esencial. Se trata de países islámicos donde ante los ojos de la incredulidad comienza a plantearse la identificación posible entre una religión calificada arbitrariamente de no apta para el ejercicio de la libertad y el camino democrático. No es por ello casualidad que los jóvenes agrupados en la emblemática plaza de El Cairo citaban constantemente a Turquía. La vertiente fundamentalista parecía derrotada, aún cuando los dictadores tambaleantes acusasen a Al Qaeda de estar detrás de las revueltas y aún intentasen vender a occidente esa versión que les permitiese seguir recibiendo la ayuda estabilizadora.


Obviamente lo importante era, y es, sacudirse las viejas formas políticas dictatoriales, pero el asunto de las nuevas formas sociales y económicas queda pendiente. Un régimen puede ser derrocado en días, pero la construcción de una nueva realidad sustitutiva toma décadas, de manera que la observación pertinente es que la revolución árabe apenas comienza.

II


Es necesario preguntarse si ella hubiese sido posible en el anterior cuadro de la realidad internacional, esto es, en el mundo aún no afectado por las transformaciones profundas o si ese proceso en el norte de África es la manifestación más conspicua de esos cambios, como también es posible preguntarse si es ambas cosas a la vez.


Recordemos la intervención norteamericana en Irak, la situación imposible de Afganistán y la irresuelta crisis israelí-palestina, desde el punto de vista de la vieja concepción militar, a la que debemos sumar la reciente crisis económica. Ciertamente la presidencia Obama marca un reconocimiento del nuevo cuadro que pasa por el abandono de las acciones unilaterales y la búsqueda de consensos y de responsabilidad compartida. La dura operación diplomática para involucrar a la OTAN en el caso libio es una prueba de ello.


Ciertamente la revolución árabe tomó por sorpresa a todos los organismos de inteligencia que esperaban no más que una represión violenta y el mantenimiento en el poder de los antiguos dictadores. Creemos que en el caso egipcio se hace más patente esta equivocación, pues nadie pensó que Mubarak podría ser echado del poder de la manera en que resultó.


El segundo elemento a mencionar es la heterogeneidad de las fuerzas que confluyeron para hacer posible la revuelta. Confluyeron prácticamente todas, desde los movimientos islamistas que entendieron debían incorporarse sin buscar excesivo protagonismo, los estudiantes y los jóvenes en general, las clases medias, las mujeres, los trabajadores, los militares y los intelectuales. Claro está, como ha sido mencionado hasta la saciedad, que el cansancio, la falta de oportunidades y una renovada ansia de libertad fueron los motores, con el firme propósito de derrocar a los antiguos regímenes y de obtener un sistema democrático, uno que sólo el tiempo determinará en sus formas y alcances. Es propio de todo movimiento de esta índole adolecer de indefiniciones. Sólo al paso de los años podremos medir su real alcance. Hay, sin duda, una modificación sobre el papel del mundo árabe en el mundo en surgimiento. Cuando se produzcan los sucesos que esperamos, queremos decir la caída de otros regímenes de la región, deberemos plantearnos si su nuevo e insurgente influencia será ejercida en común o bajo los parámetros de los Estados ahora existentes. La presencia islámica o el eventual brote nacionalista serán asuntos a considerar. Buena parte dependerá de la evolución del asunto palestino.


Un ingrediente a observar será la evolución del siempre presente petróleo. Países rentistas como Arabia Saudita han estado casi inmunes a la revuelta. Es obvio entonces que sobre el petrolero Golfo Pérsico hay que dirigir una mirada. Allí las reformas políticas son inexistentes, apenas algunos atisbos para adecuarse a la nueva realidad económica mundial. Bahrein y Omán están agotando sus reservas, pero en términos generales hay que recordar que la población del Golfo tiene una altísima población joven, que las tasas de alfabetización son muy altas y que cada día son más los egresados universitarios. Es muy difícil pensar que esta población no desee cambios drásticos de gobierno y de formas de vida. El miedo al contagio quedó de manifiesto con la intervención militar saudita en Bahréin.


Sea como sea, el punto focal del Golfo Pérsico es Arabia Saudita, por sus grandes reservas petroleras y su capacidad de producción que ayuda, en casos necesarios, a la estabilidad de los precios. Los insistentes llamados vía Twitter o Facebook han encontrado respuestas parciales, especialmente entre la población chií. La monarquía ha respondido con ingentes inversiones en infraestructuras, educación y sistema sanitario. Allí, como en buena parte del mundo árabe, hay que considerar el poder tribal. Arabia Saudita sigue siendo la incógnita de un extendido abrazo de las revueltas al corazón mismo del Golfo.


Se mencionan con frecuencia las muy buenas condiciones de vida de los habitantes de esta región como antídoto efectivo contra la posibilidad de un contagio. Sin embargo, dudamos que ello pese más que el descubierto poder de cambiar las cosas mediante las grandes protestas populares. El deseo de participación y de injerencia en la toma de decisiones sobre su propio destino parecen ya una marea indetenible. La posición norteamericana no es de apoyo incondicional. Europa, dentro de sus tradicionales vacilaciones, deberá entender perfectamente el papel a jugar en la transición hacia la democracia inicial, de manera especial con unos Estados Unidos recordándole que son los europeos quienes deben tener los ojos puestos en la evolución de los acontecimientos. El 45 por ciento del petróleo que el mundo consume sale de esa región aparentemente inmune llamada Golfo Pérsico. La importancia misma del petróleo determinará en alguna medida su suerte. Ninguno de los procesos árabes consumados ha amenazado en nada con una suspensión del suministro y si algún grito se ha escuchado contra occidente ha sido por excepción. El mundo árabe no ha dado muestras de rupturas o distanciamientos ni de diferencias irreconciliables con esta porción del planeta.


III


Los momentos de esplendor del mundo árabe parecían escondidos en la historia. La dominación de parte de la península ibérica y la extensión de la civilización islamo-árabe hasta los confines de Asia, la insurgencia tras las decadencias griega, romana y persa, el aporte inestimable a la civilización. 

La ocupación bajo el imperio otomano, el colonialismo europeo como consecuencia de la Primera Guerra Mundial, la influencia dominadora gringa después de la Segunda. El mundo árabe apenas insurge en 1952 con el nacionalismo de Gamal Abdel Naser que hace retumbar de nuevo su voz en el mundo de mitad del siglo XX. Desde allí aparece el Gadafi del Libro Verde y la degeneración de la esperanza en dictaduras personalistas. De nuevo el mundo árabe decae y los vicios más atroces se instalan en monarquías hereditarias y en líderes socialistas convertidos en vulgares tiranos.


Pero el mundo evolucionaba y la revolución tecnológica de la comunicación, más el acceso al conocimiento, hacían su efecto sobre la juventud y surgían las preguntas y los desafíos. Ya no venía la información exclusivamente de los controlados medios oficiales, las perspectivas se ampliaban y los complejos establecidos falsamente sobre este pueblo comenzaban a agrietarse. No estaban condenados a la avaricia de monarcas o de dictadores que confunden el dinero del Estado con sus propias fortunas mal habidas, la libertad y la posibilidad de crecimiento humano comenzaban a empujar el renacer de una conciencia sepultada en el pasado.


Hay en curso una revolución en el mundo árabe. El amontonamiento de causas de todo tipo (históricas, políticas económicas, climáticas y sociales) lo ha hecho posible. Tiene pocos meses y sus verdaderos resultados tardarán años en verse, pero ya a nadie le puede caber la menor duda que los pueblos árabes han retomado un protagonismo de la historia y que pueden darnos grandes aportes civilizatorios. No se tiene un pasado de esa magnitud para despertar y caer de nuevo en el letargo. Sobre el Mediterráneo deberá Europa observar, desde su desfallecimiento, el renacer de quien no es su enemigo sino el justo aliado para una alianza de civilizaciones que conforme al planeta del siglo XXI.

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La enfermedad de Europa

Teódulo López Meléndez

22-06-2011

 

No han sabido las élites construir una verdadera Europa sino una especie de patchwork institucional basado sobre equilibrios que en nada contribuye a la mejoría real de la vida. Hay, pues, una crisis de confianza. Y la vertiente económica que afecta al empleo y las prestaciones sociales.


En pocas palabras, Europa se convirtió en el segundo escenario de la crisis financiera global. The Times sentenció: “El sistema bancario es insolvente, el desempleo se acelera, los ingresos por impuestos caen, los mercados están en un estado de choque, la construcción se derrumba, los déficits aumentan vertiginosamente y la confianza de los consumidores sufre una masiva contracción en todo el sistema que podría salirse de control".


La derecha aparece impotente y achantada generando extremismos que por momentos hacen recordar los grandes males del siglo XX. La izquierda ha perdido la brújula y se mueve enloquecida y sin ideas, nutriéndose del pasado o dando muestras de su incapacidad de sustituirlo.


La izquierda no logra refundarse sobre nuevo pensamiento, se manifiesta impotente para ofrecer respuestas. La derecha, ante su confusión encerrada en el traje del nacionalismo, sólo encuentra acción en planes de seguridad y de reactivación económica. No parece existir una política anti-crisis de ninguno de los dos lados que conlleve a los objetivos comunes y a la reaparición de una verdadera solidaridad.


Pero es la crisis moral la más grave. Algunos la denominan de moral civilizadora. La historia parece ha dejado de ser competencia por el poder o competencia por la riqueza. Europa era el centro de la cultura mundial y ya no lo es. Quedó de manifiesto al final de la Guerra Fría. Una crisis de cultura necesariamente lleva a una crisis política. El siglo XXI se está convirtiendo para Europa en el siglo de la nada. El nihilismo que he puesto de relieve en otros textos conlleva a un profundo cansancio y a un relativismo moral.

 

Hay un malestar intelectual que hace a los europeos incapaces de definir el resultado de la presente transición. El proceso de pensamiento parece paralizado en un proceso cultural de choque psicológico. El desgaste político se acentúa como normal consecuencia. La relación del individuo con la sociedad ha alcanzado altos grados de empobrecimiento.

 

Europa puede estallar como proyecto político o recomponerse. Como he insistido el problema radica claramente en la política. La pretensión que asoman algunos líderes de estatismo como solución contradice claramente el deslizarse del Estado-nación lo que implica la necesidad de un avance hacia el fortalecimiento de un poder público comunitario. Europa debe hacerse reinvención de la democracia en sustitución de esta casta impermeable que parece rodearla y que la hace caer en la desesperación impotente y en la corrupción. La democracia actual es la del siglo XX sin que Europa se de cuenta de lo que si se han dado unos pocos: la necesaria intervención de las comunidades en las instituciones supranacionales.


Si bien la situación económica provoca ansiedad e interrogaciones sobre el futuro es el marco general donde debemos buscar la irritación, la desesperación juvenil y la frustración. Cada ser humano vive su propia crisis subjetiva y la desadaptación se convierte en miedo y posteriormente en reacción.


Crisis económica, crisis cultural, crisis psicológica, crisis social, hasta quizás ser crisis humana. Aparte de lo puntual como consecuencia del quiebre económico, esto es, reducción de beneficios sociales y despido de empleados públicos –lo que refleja una reducción del Estado en medio de la paradoja de renacimiento del estatismo- la otra causa son las migraciones y la xenofobia. Y la otra cara de Jano: pretendieron construir a Europa sin la participación activa de sus ciudadanos. Y lo dijeron explícitamente al eliminar del Tratado de Lisboa la referencia a democracia participativa para quedarse en un concepto desmoronado de democracia representativa. Las quejas por las derrotas de una Constitución quizás deban ser reemplazadas con una autocrítica  por el empujón de rechazo dado a los ciudadanos europeos.


Esta es la Europa de la crisis con la consecuencial pérdida de confianza en una clase política burocratizada con claras manifestaciones de ineptitud.

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La cultura en el mundo que aparece

Teódulo López Meléndez

16-06-2011

 

El enfoque cultural del proceso de globalización implica escapar de un economicismo trasnochado al que lo reducen algunos analistas. Si tenemos que mirar al mundo como un proceso multidimensional y a la cultura como el medidor supremo del desarrollo, podemos escapar de los simplismos. La construcción de una red de redes en diferentes planos interconectados debe llevarnos a una profundización de los peligros de homogeneización y al análisis de cómo la diversidad (tradiciones, lenguas, identidades) se insertan en esta nueva realidad global. El simplismo de que globalización es McDonald en cada sitio no parece apropiado para una investigación seria.

 

Una cosa es el comportamiento de los llamados centros del poder, tal como han existido y existen, y otra la diversidad repotenciada de manifestaciones culturales que se insertan en la globalización saliendo, algunas, del desconocimiento y haciéndose universales mediante los medios de la nueva comunicación horizontal.

 

Admitamos, no obstante, que el temor existía en algunos: la sepultura de la cultura local. Lo que ha pasado es todo lo contrario, se ha reordenado esa cultura y en muchos casos se ha hecho igualmente global. Lo que ha sucedido es que ha surgido una nueva manera de entenderla, entenderla desde lo global y lo más significativo, hacerlo a la inversa. Es obvio que los cambios culturales se producen en diversas áreas, como el trabajo y la comunicación y en todos los planos de la nueva ecuación, incluyendo en el interior de los territorios delimitados por la división llamada fronteras.

 

No puede pretenderse que la globalización, y menos la cultura en su seno, sea un proceso homogéneo. Por el contrario, es necesario esperar contradicciones y conflictos. Todo es aquí fragmentario, diverso, por definir. La cultura tiene que ver con todo lo creativo y cuando diversos modos creativos o formas de crear o resultados creados se encuentran se produce un enriquecimiento global. Es obvio que ello conduce a una heterogeneización agudizada, pero una ya preexistente en la condición misma de existencia de las culturas que se encuentran.

 

Hay que admitir, no obstante, que el sacar el proceso de globalización de donde algunos pretenden encallejonarlo, esto es, en lo económico y luego, en menor cuantía, en lo político, para llevarlo al terreno de lo socio cultural, plantea exigencias epistemológicas de hipercomplejidad y exigiría el abordaje de temas como el caos, la autoorganización, los fractales y los conjuntos borrosos. Manuel Castells (La era de la información, la ciudad y los ciudadanos, La galaxia Internet) insiste, en un análisis volcado hacia lo comunicacional, en una “virtualidad real”, es decir, los símbolos se convierten en experiencia real y donde cambia el concepto de poder y hasta la razón lógica. Ello conlleva a lo que ya hemos señalado, a la construcción de redes como nuevas formas de poder y al renacer, en todo su esplendor, de la vida local. Es algo que podríamos llamar con Zigmunt Bauman (Liquid modernization,Globalization. The human consequences) el fin de la geografía, un fin que afecta desde el amor y los vínculos humanos hasta el arte mismo. Quizás sea Bauman el primero en haber utilizado el término “glocalización”, para poner de relieve los daños de una mirada unilateral, es decir, mirar sólo desde el punto global perdiendo de vista lo local.

 

Estamos, pues, ante una situación que hemos denominado de multiculturalismo lo que quiere decir una mirada multidimensional. Y, obviamente, ese rescate rechaza lo global como simple homogeneización. Al fin y al cabo, lo global multiplica las interdependencias.

 

Frederic Munné, (De la globalización del mundo a la globalización de la mente) analiza el tema manejando puntos como las relaciones no lineales, dinámica caótica, organización autógena, desarrollo fractal y delimitación borrosa. Brevemente: la globalización no es una sucesión lineal de causas y efectos, de manera que hay que leerlo como un hipertexto, insiste Munné, señalando que “un contexto lineal o no lineal muestra realidades distintas: en aquél, la incertidumbre es desconocimiento que emana de la información faltante, mientras que en este pasa a ser fuente de conocimiento entanto que emana de la información emergente”. Caótica, porque estamos ante un sistema hipersensible a las variaciones, aunque sean pequeñas, lo que indica que subyace el caos, lo que paradójicamente lleva a concluir que no se está en un desorden sino ante la génesis de un orden. La complejización aumenta la posibilidad de organización dado que en lo local pasa a residir la creatividad emergente, de manera que no hay posibilidad de repetición de mimetismo o de clonación, puesto que al fractalizarse la sociedad genera una iteración creadora.

 

Lo que garantiza el progreso humano es una dialéctica de las culturas. Esta navegación global de las mercancías tiene, pues, un efecto limitado, si bien dentro de esa limitación modifica comportamientos, como lo hemos señalado, desde el lugar del trabajo hasta la manera de ejercerlo, desde modificaciones en la vieja organización familiar hasta cambios en la psicología dado que ahora tendremos una preocupación global adicional a las antiguos intereses. Todo eso es verdad y no negamos la existencia de un peligro, como siempre existió en todo cambio de la organización del hombre, en todos sus paso, desde lo tribal, a la Ciudad-estado, al Estado-nación, sólo por mencionar tres.

 

No olvidamos serios problemas, como la concentración de un monopolio tecnológico, los derechos de propiedad intelectual, las patentes o hasta las acciones intencionales y planificadas dirigidas a absorber o a implantar. Hay que ejercer la defensa y ello pasa por la selección de lo que se quiere absorber desde un ángulo de la multiculturización lo que permita reestructurar en beneficio de un desarrollo humano sostenido.

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Humanismo social
Teódulo López Meléndez

06-05-2011


El hombre busca su interpretación. Es probable –al menos lo queremos creer- que estemos en las puertas de un nuevo humanismo social. Todos los indicadores apuntan que en el mundo globalizado la cultura creativa del ser humano prevalecerá sobre otras consideraciones.


En verdad la globalización acentúa la propia identidad y provoca reacciones frente a lo puramente racional. Ejerce una presión para decidir cerca de uno mismo e invita al holismo frente al pensamiento unidisciplinario. Estímulos existen para que seamos optimistas frente a un proceso de reconsideración social del hombre. El destino indefinido es siempre incierto, pero la salida siempre pasa por un reconocimiento del sí mismo. Todo proceso de individuación conlleva a la autoafirmación y esta al pensamiento propio. Dicho en otras palabras, el hombre cínico y nihilista buscará ser protagonista de su propia historia y de la historia de los demás. Allí debemos dirigir nuestros esfuerzos.


Estamos ante un cambio social, uno crucial, pero uno que debemos mirar en la multiplicidad de ellos que se han producido. Para mirarlos se recurrió primero a la Filosofía de la historia y se desplegó una Teoría General de la Sociedad. Luego se introdujo la noción de evolución social y el materialismo histórico, finalmente, un concepto polémico de desarrollo. Ahora se asoma la tesis de la homogeneización, tal como lo hemos visto. Los escépticos elencan los eventuales males.


El sociólogo inglés neomarxista T. B Bottomore (Introducción a la sociología) trazó una diferenciación al colocar las teorías sobre la evolución social en dos vertientes, las lineales y las cíclicas. Entre las primeras, cita todas aquellas que hablan del cambio acumulativo, como aumento del conocimiento, de la complejidad y el movimiento hacia la igualdad socio-política. Entre las segundas aquellas que vuelven a una Filosofía de la Historia. Para él, sin embargo, es el aumento del conocimiento un factor determinante de un cambio social, tesis que se corresponde con lo que ahora vivimos.


Alain Touraine (Un deseo de historia) estudió la aparición de los valores y como impulsan la acción de las colectividades y fijó dos posibilidades para estudiar el cambio: historicista y evolucionista.


Antes que enumerar teorías prefiero referirme a la necesidad de una reflexión filosófica sobre el hombre, sin entrar en distinciones entre filosofía y cosmovisión. En cualquier caso es menester tener una visión de conjunto sobre el hombre y el mundo en que actúa. Así, las críticas que hemos advertido sobre la era industrial, con sus conjuntos alienantes, y para lo cual sirvió estudiar a Marx, nos llevan a bosquejar la globalización como una contrapartida del hombre-masa. Los fines estrictamente humanos desaparecieron en una sociedad industrial proclive a fomentar una existencia impersonal. Ese es el hombre que estamos heredando, el mismo que enfrenta la nueva perspectiva y al cual, creemos, hay que señalarle la imperiosa necesidad de conformar una voluntad.


Peter Sloterdijk (Esferas) ha trazado una “imagen de pensamiento” que le permita al hombre ser en el mundo como un espacio de apertura a lo ilimitado. Este es el principio cardinal que hago en mis consideraciones. Tenemos a un hombre dominado por la apatía y el conformismo con el consecuencial aplastamiento de la idea democrática. Lo que Sloterdijk busca es un nuevo análisis del dinamismo social (lo cual incluye todas sus facetas) y volver a definir lo que es real. Esto, es, la globalización carece de sentido si no se observa como objeto teórico lo cual implica reconstruir el motivo de la “esfera”. Hay que analizar, en consecuencia, el enfrentamiento entre la modernidad terminada y la globalización asomada y en vías de ejecución en una clave espacial, lo que quiere decir que la cultura en este nuevo mundo abandona un modo unilateral de actuar. Vamos hacia un mundo denso y así cabe definir densidad como la posibilidad de un agente de encontrarse a otro sobre el cual actuar. Y he aquí el elemento que los lectores seguramente se plantean: como es la estructura de los procesos de decisión que hacen pasar la teoría a la praxis. El hombre de la era terminada actuaba en la incertidumbre, una que continúa, sólo que ahora, el hombre debe pasar a ser uno que está en capacidad de auto aprovisionarse de razones suficientes para pasar de la teoría a la práctica. Y ello implica un proceso deliberativo interior, uno que excede a la aplicación universal de los derechos humanos, por ejemplo, más bien de la convicción pragmática de que significa libertad o moral. Así, la comunicación que sustituye a la información adquiere un rango ontológico, porque es de esta manera que el mundo podrá definirse para bien. Y para bien es que esa comunicación sea para poner frente a frente dimensiones donde los grupos sociales se obligan recíprocamente a desistir de actuar por un interés unilateral y, en consecuencia, a procurar entre todos el bien común.


Aún así las palabras crean mundo, conforme al antiguo adagio, y se habla, por ejemplo, de economías del conocimiento para abrir actividades de valor agregado intangible. Lo cierto es que cada vez es más notoria la presencia de organizaciones sociales participando en eventos de definición del futuro lo que hace realidad el entorno habilitador. Así saltan expresiones como sociedades de la comunicación incluyentes y equitativas, el rechazo a expresiones como el de “neutralidad tecnológica”, el apelo a una sociedad visionaria, el rechazo al desarrollo basado únicamente del rédito económico y el apelo a nuevos mecanismos para canalizar los recursos financieros de manera vinculada a la solidaridad social.


Los desafíos que el nuevo mundo plantea son tan abundantes como para retar al hombre a dejar su narcisismo, su encierro nihilista y su cinismo manifiesto en la era que termina y en este interregno de incertidumbre conservada.

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Internet y los nombres de las revueltas

Teódulo López Meléndez

24-05-2011

El presidente Sarkozy ha convocado en París una especie de cumbre sobre lo cibernético antes que los poderes mundiales económicos se reúnan. El poder de Internet es el tema, sobre el tapete por la revolución árabe y hasta por el M-15 español, lo que nos obliga a algunos recordatorios.

 

La crisis económica de la hoy hablamos comenzó, sin lugar a dudas, en los años setenta, con tres factores: el bloqueo petrolero a occidente, la internalización del capital y, finalmente, la caída del bloque socialista, todos ayudados por el feroz ataque neoliberal contra el Estado.

 

El primer factor mostró una cara inédita: la crisis del modelo de crecimiento y acumulación en occidente, con una consecuencia política grave: el Estado de bienestar flaqueaba y la ruptura de las condiciones que permitían el arbitraje de los conflictos en el plano social. El segundo conllevaba a una redistribución del poder que ya no respetaba marcos nacionales: el capital perdía su rostro, se movía en un plano mundial, sin nacionalidad y sin escrúpulos de respeto a los viejos marcos. El tercero mostraba la caída militar, de dominio, de control por parte de los polos en que el mundo venía funcionando. La caída del bloque soviético no dio paso a un mundo unipolar y al fin de la historia, sino a un proceso de confusión donde el imperio norteamericano restante daba sus nuevos pasos militares que no representaban otra cosa que los estertores de una manera de ejercer el poderío económico y militar, hasta llegar a lo que ahora tenemos, esto es, unos Estados Unidos tratando de mantener su influencia en una indefinida actuación colectiva y multilateral. En otras palabras, moría el Estado Tutelar.

 

En lo económico, como suele suceder, se encuentran las fuentes de variados cambios en la estructura política. La imprevisibilidad de lo económico conduce al Estado a la impotencia, todo debe ser provisional y de ajustes momentáneos, la demanda y la inversión se confundieron con los abusos de una especulación financiera desatada bajo la sin razón y la falta de escrúpulos que llevaron a la más reciente crisis. En este cuadro el Estado-nación ya no sirve para la expansión del capital –internacionalizado por cuenta propia- e impotente para los compromisos sociopolíticos.

 

Los espacios económicos nacionales se ven cada día más limitados. Si recordamos el traslado de la producción de bienes a sitios con mano de obra barata podremos afirmar que se ha producido una transnacionalización de la producción. Hoy se produce en redes globales lo que conlleva también a una reconfiguración del espacio social. Verifiquemos el retroceso de la hasta ahora llamada clase obrera y la disolución persistente del sindicalismo, a lo que debemos sumar la reducción de la clase media.

 

El contrato original descrito como base del Estado-nación viene socavado pues cada día el ciudadano no encuentra respuesta en su cesión de derechos a ese ente supra llamado Estado. Ello forma parte de la evidente crisis de las instituciones políticas y del desplome de los llamados “dirigentes”.

 

Los problemas se han globalizado y ya el Estado-nación no tiene  modo de alcanzarlos. El problema de la contaminación, con la destrucción de la capa de ozono; la propagación del terrorismo; del SIDA o de otras virosis; el sistema financiero internacionalizado; el potencial nuclear; el narcotráfico; la pobreza extrema. Problemas todos que han obligado a la creación de organizaciones transnacionales o supranacionales donde la palabra soberanía se ha hecho hueca.

 

Las instancias locales de poder están a la orden del día. Dentro de esta tendencia se inserta el reclamo de descentralización administrativa, pues cada región quiere manejar sus asuntos, desde los hospitales hasta la policía. Cabe destacar que esta tendencia universal sólo es contrarrestada en países como Venezuela, donde el régimen considera necesario acumular todos los poderes.

 

La conformación de los bloques regionales altera los sistemas geopolíticos de seguridad global. Las decisiones claves no se toman en el marco del Estado-nación, ni siquiera en continentes como el latinoamericano donde todos los procesos de integración jamás pasan de la fase embrionaria.

 

Y llegamos al propósito de la cumbre convocada por Sarkozy y al efecto sobre el mundo árabe y sobre España: las nuevas tecnologías de la comunicación. Los ciudadanos lo son cada vez más de otro espacio distinto del propio territorio, lo son del ciberespacio, de un terreno universal donde se forman nuevas redes de intereses y de intercambio cultural que excede con creces los viejos límites.

 

Ahora se determina y se actúa en términos globales. Ya no hay un espacio territorial propiamente dicho como base de acción. La tendencia es a la desterritorialización. Hoy existen ONG que intervienen en campos específicos en situaciones que ocurren en cualquier lugar del mundo. Ello marca otro tipo de organización que interviene en los procesos globales, pues están integradas por personas que pertenecen a diversas nacionalidades. Ejercen poder en cuanto inciden en modificar situaciones, desde ambientales hasta políticas, desde económicas hasta geoestratégicas. Así, un ciudadano venezolano interviene en la crisis de Birmania junto a un inglés o a un sudafricano, uniendo esfuerzos y recurriendo a la moderna tecnología de la comunicación.

 

Hay un nuevo modo de ser ciudadano y en él se entremezclan el refugio en lo local con una participación intensa en el destino del planeta todo. En medio queda el Estado-nación, aún superviviente, pero advertido de término de su existencia. Si la construcción del Estado-nación fue un proceso de siglos la formulación jurídica de un Estado global tardará, pero no siglos, gracias a las nuevas tecnologías.

 

La impotencia del Estado-nación obliga a buscar un envoltorio protector sustitutivo del antiguo contrato de cesión. No es por casualidad que hasta una plaza sea un refugioEllo implica un renacimiento de las aspiraciones comunitarias ante  la consecuencial pérdida de la protección que otorgaba aquél. Es curioso sólo en apariencia: la sacudida española se ha llamado a sí misma en inglés: spanish revolution.

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Entrevista hoy con Teódulo López Meléndez en Las verdades de Miguel http://tinyurl.com/3cubvzt
 

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El abandono de la inutilidad

Teódulo López Meléndez

16-05-2011

La situación venezolana no admite lecturas lineales o simplistas. Vivimos una hipercomplejidad que hay que analizar recurriendo a “pensamiento complejo” y/o a “pensamiento lateral”. Esto de Venezuela es lo que podríamos denominar un “conjunto borroso”, uno donde habría que hacer un abordaje analítico con conceptos como caos y fractales. La razón lógica siempre conduce a los mismos resultados y en nuestro caso esa parece ser la consabida frase de “no hay salida”. Es necesario plantearle al país que existe una “virtualidad real” en la cual cambia el concepto de poder y las experiencias engendran nuevas realidades.


Hemos perdido la capacidad de multiplicar los enfoques y actuamos desde una mirada tradicional que preside a los dirigentes como el cuento de la zanahoria delante. La zanahoria la porta el régimen y el burro sigue mansamente detrás. Hay que recurrir a una dinámica no lineal, a la invocación de análisis capaz de partir de una dinámica caótica, hay que fomentar un sistema organizativo autógeno. No estamos ante una sucesión lineal de causas y efectos.

Desde este punto de vista podríamos reproducir el viejo cuento del vaso medio lleno o medio vacío para asegurarle a los venezolanos que esto no es un desorden sino la génesis de un nuevo orden.


No hay legitimación omnicomprensiva en esta Venezuela de hoy. Estamos movidos por un pensamiento débil. Se requiere de un pensamiento que hable de la verdad. Hay que recurrir a un paradigma de la complejidad contrario a la inmovilidad y sepultar los conceptos estáticos. Requerimos una sociedad instituyente.


El ser venezolano se muestra escindido, falsamente ilusionado y entregado. Sucede porque el país se mueve en el seno de paradigmas agotados, en un mundo viejo. Las viejas maneras conducen a ninguna parte.


Es lo que le propongo al país, que se haga una sociedad instituyente.
 Lo que ahora corresponde es proponer una nueva lectura de la realidad, esto es, la creación de una nueva realidad derivada de la permanente actividad de un república de ciudadanos que cambian las formas a la medida de su evolución hacia una eternamente perfectible sociedad democrática El vencimiento de los paradigmas existentes, o la derrota de la inercia, debe buscarse por la vía de los planteamientos innovadores e inusuales.


La inutilidad de los viejos paradigmas queda de manifiesto cuando el hombre comienza a sospechar que ya no le sirven exitosamente a la solución del conflicto o de los problemas. Está claro que la revocatoria de los anteriores requiere de un esfuerzo sostenido pues se deben revalorar los datos y los supuestos.


La sociedad venezolana es víctima de los males originados en la democracia representativa, una que no evolucionó hacia formas superiores. La sociedad venezolana se acostumbró a delegar y se olvidó del control social que toda sociedad madura ejerce sobre el poder.


Lo que pretendo al hablar de ciudadanía instituyente no se refiere a un mito fundante. Me refiero a un agente (al agente) que impulsa permanentemente una democratización inclusiva. Hay esperanza, porque de la nueva ética saldrá racionalidad en la nueva construcción. Ello provendrá de la toma de conciencia de una necesaria recuperación (no del pasado, en ningún caso), sino del sentido. El país que las “élites inteligentes” deberán liderar es uno en lucha contra las distorsiones, una basada en una lógica alternativa. Pasa porque los ciudadanos tomen como nueva norma de conducta la no delegación, lo que a su vez implica la asunción del papel redefinidor lo que la hace responsable en primer grado.


Es mediante el pensamiento complejo que se puede afrontar el laberinto propio del siglo XXI, pues la mezcla de elementos previsibles e imprevisibles, fortuitos, causales o indeterminados, replantea con toda su fuerza el abandono de la inutilidad.

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La universidad fuera de tiempo: proyecto país
Teódulo López Meléndez

10-05-2011 

La universidad, en términos globales,  dejó de ser el único centro de educación superior y de investigación científica. Es su pérdida de hegemonía la que la sume en la presente crisis. La universidad con las atribuciones que le endilgó el siglo XX ya no puede continuar. Ello se manifiesta en nuestra propia realidad. Es de allí que un gobierno venezolano como el actual trata de intervenirla para hacer de ella un centro de ideologización favorable a su proyecto y es de allí que una universidad con los ojos tapados no percibe que no se trata simplemente -vía recorte de recursos- de un intento de doblegarla, sino de un propósito que encuentra sus bases en el objetivo claro de ponerla al servicio de un proyecto aprovechándose de su crisis incomprendida por los propios factores que la dirigen.

 

De aquí se desprende que el sostenimiento de una lucha en procura de que el Estado renuente financie lo que no quiere financiar, con todas las implicaciones que ello ha conllevado en la historia reciente, es una muestra clara de incomprensión de su propia crisis. La limitada solicitud de los estudiantes por mejorar un comedor o el transporte es una muestra de falta de visión.

 

En el primer mundo las universidades siguen siendo las formadoras de élites porque allí aún se sostiene un proyecto de país y estas instituciones están perfectamente insertadas en él, aunque para ello cobre matrícula generalmente muy alta. La universidad venezolana ha reducido considerablemente su producción de cultura y de pensamiento crítico lo que la coloca en una situación de pérdida de legitimidad y la hace vulnerable. No es, pues, sólo el enemigo externo encarnado por un gobierno que sí sabe para que la quiere, sino también, y en el mismo porcentaje, el enemigo interno el que las carcome.

 

La universidad debe tener autonomía para definir sus valores, pero no puede escapar a la confrontación con la realidad externa. La universidad ha perdido su carácter intelectual y su influencia sobre el marco social que la envuelve.

 

Mientras, entre nosotros, el Estado está dejando de considerar a las universidades autónomas un bien público a financiar, lo que tampoco puede conducir a una especie de privatización, sino a una toma de conciencia. Hay detalles específicos del presente régimen autoritario, pero también un enemigo interno, el que pretende conservarlas como fueron a lo largo del siglo XX.

 

El deterioro de la universidad ha sido progresivo, faltan equipos, el personal profesoral está muy mal pagado y la investigación se ha reducido notablemente. La reacción de la universidad es responder con protestas frente al Estado que ya no la financia. Además, en esta pérdida de gran institución fundamental incide la tecnología misma con sus rápidos sistemas de información. El mundo se está aproximando a lo que hemos denominado una sociedad del conocimiento y ello exige capital humano formado y transferencia a gran velocidad de capacidades cognitivas. En este mundo que se asoma ha cambiado la relación entre los consumidores de conocimiento y de quienes se supone los imparten en la ya no única institución llamada universidad. Ya el poder del docente en clase no es tal. El poder es de las tecnologías pedagógicas localizables en Internet. Ya el conocimiento universitario se ha hecho insuficiente en la medida en que el mundo naciente exige conocimientos plurales de fuentes plurales para atender a un mundo que cada día deja más de parecerse al siglo XX. Es decir, el conocimiento necesario viene de espacios más abiertos que los cerrados de la universidad. Con la palabra “empoderamiento” describía en mi último libro publicado el clima general de absorción de su destino por parte de los pueblos. Ahora, en pocas palabras, la valoración que el cuerpo social naciente hace de la universidad no es el mismo del siglo pasado y ello conduce a un cuestionamiento que debe ser atendido mediante nuevas alianzas extramuros por parte de las universidades. Aún una universidad que produjese ciencia estaría cuestionada, pues ahora estamos en medio de una fractura, una que la lleva a defenderse de las circunstancias por medios equivocados y a encerrarse en una impermeabilidad que la limita a la defensa de la autonomía y de la libertad de cátedra sin darse cuenta que no podrá conservarlas si no entra en una reforma muy profunda.

 

En este sentido, el presente gobierno quiere atar estas instituciones a un proyecto que conocemos, mientras la universidad anda al garete sin uno que asumir. Más aún, incapacitadas de tratar de generar uno. En consecuencia hay que redefinir lo que es universidad. He dicho que la reforma deben hacerla los universitarios sin interferencias y por ello he sugerido que bien pueden cancelarse los pasivos y deudas y exigir que esa reforma las haga adaptarse a los tiempos presentes y a su colocación en lugares importantes entre los centros de conocimiento del mundo.

 

Una universidad incapaz de autointerrogarse no encontrará las puertas de salida y será presa fácil. La mejor prueba son los movimientos estudiantiles que limitan sus exigencias al comedor, al transporte y a las becas, necesarios todos sí, pero que muestran una cortedad mental prueba eficiente de que la universidad no los está formando debidamente.

 

Si la universidad es incapaz de inquietar hacia una transformación ideática, por una vía u otra el Estado que la financia le impondrá su propia concepción. Más aún si insiste en mantenerse tal como fue, pues ello equivale a asumir el proyecto de un país que ya no existe. Si la universidad no reacciona y no va a reforma terminará de perder toda legitimidad. Entonces no cabrían más que los buenos deseos de que la orientación sea democrática, consciente y alentadora hacia la libertad y la pluralidad del conocimiento.

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Cuando el cuerpo social tome el poder

Teódulo López Meléndez

04-05-2011

La sociedad venezolana tiene un poder que no parece saber tiene. La sociedad venezolana parece no haber aprendido a rescatar lo que es suyo. La sociedad venezolana es víctima de los males originados en la democracia representativa, una que no evolucionó hacia formas superiores. La sociedad venezolana se acostumbró a delegar y se olvidó del control social que toda sociedad madura ejerce sobre el poder. Atenuantes tiene esta sociedad postrada, como las manipulaciones y engañifitas a que fue sometida, pero eso no la justifica.


La sociedad venezolana se acostumbró a esperar al líder providencial, a esperar instrucciones, a depender de las degeneradas estructuras que de instituciones intermediarias pasaron a ser collar de hierro para la obediencia. La sociedad venezolana se convirtió en un corderillo manso dispuesta a ser “políticamente correcta” para permanecer en los resquicios de lo permitido y de lo tolerable. Fue así como la sociedad venezolana se convirtió en lo que es hoy, una sociedad instituida sobre bases endebles y sobre mecanismos degenerados.


La praxis política cotidiana sólo sirvió para alimentar oligarquías partidistas, para crear gremios y organizaciones de diverso tipo encerrados en sus intereses particulares. Así, la sociedad venezolana delegó todo, desde la capacidad de pensar por sí misma hasta la administración de sus intereses globales. La sociedad venezolana se hizo indiferente, se convirtió en una expresión limitada al chiste y a la burla, al desprecio exterior hacia las élites, pero una zángana incapaz de protagonizar una rebelión en la granja.


El gobierno que vino como consecuencia lógica de un cansancio interior y de un derrumbe de lo ya insostenible, contó con la anuencia de esas élites de lo caído, pretendidamente gatopardianas, que soñaron que todo cambiaba para que nada cambiara. Sólo que nunca se leyeron El gatopardo de Lampedusa y jamás se dieron cuenta que había en el texto del príncipe siciliano mucho más que la cita trillada que es lo único que se conoce de esa novela.


Demos pasos hacia una democracia del siglo XXI en la cual se practica la libertad como ejercicio cotidiano de injerencia. En otras palabras, trastocar lo que ha sido hasta ahora la relación entre sociedad e instituciones. La sociedad instituyente debe ser imaginativa y conseguirse las formas y los métodos. La sociedad instituyente debe transformar la realidad. La democracia tiene que pasar a ser la encarnación de esa posibilidad. Sólo lo puede lograr una sociedad instituyente que es mucho más que una recipiendaria del poder original, pues lo que tiene que ser es un cuerpo vivo, uno capaz de generar antídotos y anticuerpos, medicina y curas, transformación y cambio.

II
 

Un cuestionamiento profundo es rechazado por alterar lo establecido y las instituciones apenas reciben un rasguño que le permiten continuar su camino de manera autónoma en relación al cuerpo social.


Estas instituciones dialogantes de la democracia representativa son lo que denominamos burocracia. Frente a este anquilosamiento se alza lo que hemos dado en llamar poder instituyente. Este poder instituyente debe estar en capacidad de pasar por encima de lo instituido y producir otro cuerpo social con características derivadas del planteamiento teórico que la llevó a insurgir. En otras palabras, deben poder pasar sobre el poder, no sólo el que encarna el gobierno, sino las propias formas que la sociedad instituida ha generado y que la mantienen inerme. En otras palabras, la sociedad instituyente debe servir para crear nuevas formas y no una repetición de lo existente. En el caso venezolano tenemos una sociedad instituida de características endebles, bajo la presión de las instituciones secuestradas por el régimen “revolucionario” y cuyas decisiones de resistencia están en manos de partidos débiles que se reproducen en los vicios tradicionales de las organizaciones partidistas desaparecidas y que en el fondo no hacen otra cosa que indicar una vuelta al pasado, a las instituciones de la democracia representativa con diálogo, consenso y acuerdos, sin alterar para nada la esencia de lo instituido.
 

Seguramente debemos ir hasta Cornelius Castoriadis para dilucidar que detrás de todo poder explícito está un imaginario no localizable de un poder instituyente. Así, se recuerda que los griegos, cuando inventaron la democracia trágica, acotaron que nadie debe decirnos como pensar y en el ágora se fue a discutir sobre la Polis en un proceso auto-reflexivo. De allí Castoriadis: “Un sujeto que se da a sí mismo reflexivamente, sus leyes de ser. Por lo tanto la autonomía es el actuar reflexivo de una razón que se crea en un movimiento sin fin, de una manera a la vez individual y social”.


Ahora bien, de la democracia griega hasta la democracia representativa han pasado muchas consideraciones teóricas, hasta nuestros días cuando se habla de una democracia participativa. En otras palabras, la política ha desaparecido, en el sentido de la existencia de ciudadanos libres que permanentemente cuestionan reflexivamente las instituciones y a la sociedad instituida misma.


Épimélia es una palabra que implica el cuidado de uno mismo y que da origen a la política. La libertad propia de la política ha sido exterminada, porque lo que se nos impone es como “pertenecer”. Apagar, disminuir, ocultar y frustrar el espíritu instituyente es una de las causas fundamentales de que los venezolanos vivamos lo que vivimos. Ahora tenemos al nuevo poder instituido tratando de crear un imaginario alterado al que no se le opone uno de liberación, en el sentido de soltar las posibilidades creativas del cuerpo social. En realidad lo único que se argumenta en su contra es la vuelta a la paz, a la tolerancia, al diálogo, manteniendo incólumes las viejas instituciones fracasadas. Alguien argumentó que siempre hay un porvenir por hacer. Sobre ese porvenir las sociedades se inclinan o por preservar lo instituido o por soltar las amarras de lo posible. En Venezuela debemos buscar nuevos significados derivados de nuevos significantes. Si este gobierno que padecemos continúa impertérrito su camino es porque los factores que lo sostienen se mantienen fieles a una legitimidad imaginaria. La explicación está en una sociedad instituyente constreñida, sin capacidad de poner sobre el tapete la respuesta al futuro. Ya los griegos sabían que no podrá haber una persona que valga sin una polis que valga.


Pese al anuncio de que en Venezuela había una “revolución” lo cierto es que vivimos en lo instituido y, por si fuera poco, en un instituido aún más degenerado. Lo religioso (Chávez parece un pastor protestante norteamericano) ha sido un factor determinante del fracaso. Este gobierno ha negado lo instituyente imaginario y ha tomado el camino de un imaginario instituido. Se está basando en una legitimidad de la dominación, lo que hace imposible la transformación de la psiquis y su proyección hacia lo concreto histórico-social.


La transformación comienza cuando el cuerpo social pone en tela de juicio lo existente y suplanta el imaginario ofrecido. Se requiere la aparición de una persona con su concepción del Ser en la política, uno que se decide a hacer y a instituir. El planteamiento correcto es inducir que la vida humana no es repetición, y muchos menos de los enclaves políticos, y encontrar de nuevo en la reflexión y en la deliberación un nuevo sentido. No estamos hablando de una “revelación” súbita sino de la creación de un nuevo imaginario social. Así, sin llenarse de ideas y pensamiento sobre el futuro por hacer no será posible cambiar lo existente. La posibilidad instituyente está oculta en el colectivo anónimo. La democracia es, pues, cambio continuo. Todo proceso de este tipo transcurre –es obvio- en una circunstancia histórica concreta. En la nuestra, en la de los venezolanos de hoy, no podemos temer a lo incierto del futuro. Será cuando el cuerpo social tome el poder.

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La economía bajo la primacía de la democracia
Teódulo López Meléndez

28-04-2011

La política perdió, entre tantas cosas, el control de la economía. No me refiero al Estado o a su intervencionismo a ultranza en los procesos económicos. Me refiero a que la democracia dejó de ser el gobierno del pueblo para pasar a ser un sistema en el que los mercados funcionen con libertad. La alteración del orden sí afecta al producto, puesto que si el mercado se convierte en el mecanismo superior de regulación social deja de ser la democracia precondición del mercado. Ello afecta la capacidad para la toma de decisiones, de manera que la democracia se desdibuja y pasa a ser un añadido del mercado. El traslado de las competencias es obvio. Hayeck ha llegado a los extremos de autorizar una violación del orden democrático para salvaguardar el orden del mercado. Para decirlo de otra manera, los precios se sobreponen a los votos. El individualismo se exacerba puesto que sería posible disfrutar de libertad personal sin libertad política.


Es necesario regular el mercado. El Estado no puede renunciar jamás a su poder de redistribución de la riqueza. El Estado no puede perder la capacidad de proporcionar a la parte débil de la población los recursos que el mercado le niega. Digamos que la situación se plantea a la inversa: sin democracia y sin política no puede haber capitalismo. Es en el campo de la política donde deben definirse las condiciones del intercambio o, en otras palabras, la política es el espacio donde se perfecciona el orden económico, pues debe resolver las claves del reparto. El asunto es la satisfacción material de las necesidades humanas. Podríamos decir que no hay identidad entre democracia y economía de mercado, lo que hay es un conflicto a resolver, uno más en la larga lista de la democracia.


El alejamiento entre política y economía cercena la capacidad de iniciativa de la ciudadanía en un terreno vital, pues toca sus condiciones materiales de existencia. Hay que incentivar los mecanismos de autogestión y cogestión, la influencia ciudadana en la determinación del gasto público y en la formulación de las políticas públicas.


Debemos decir que  hay que construir una convivencia articulada entre democracia y economía, creando formas específicas de distribución de la riqueza. Es cierto que economía y política tienden a desconocerse, por la sencilla razón de que la economía tiende a la obtención de una ganancia individual mientras la política debe procurar los intereses colectivos. Hay que lograr una convivencia entre el mercado y la democracia. He aquí el punto focal. Se han intentado muchas formas de lograr esta convivencia. Las diferencias son obvias, entre el capitalismo japonés, el francés o el alemán. Cada uno responde a características de diverso tipo. Hay que tomar en cuenta dos elementos: el primero, la forma en que los intereses comunes son expresados en las instituciones del Estado y, segundo, la forma en que las instituciones del Estado –y de la política- se ocupa de los intereses comunes. Finalmente, cómo pueden comprometerse en un acuerdo de entendimiento los pobres que nada tienen. De manera que hay tres asuntos fundamentales: integración social o democracia inclusiva, la redistribución de la riqueza y la creación de empleo.


De manera que se trata –como ya se han estudiado en seminarios por toda América Latina- de cómo construir democracia por medio de oportunidades económicas renovadas, de las relaciones entre democracia y estabilidad macroeconómica. Es evidente que del estado de la política dependerán elementos como el macroeconómico, el productivo y el social.


Reaparece el concepto básico: la economía debe estar sujeta a la política. Si bien es cierto, como lo dijo Joseph Stiglitz- premio Nobel de Economía 2001- que "no existe un único conjunto de políticas dominantes que dé por resultado un óptimo de Pareto, es decir, uno que haga que todas las personas estén en mejor situación que si se hubiera aplicado cualquier otra política", es obvio que el objetivo de una buena política económica–democrática es mantener un equilibrio entre objetivos encontrados. De allí la otra conclusión obvia: la ciudadanía debe participar en las decisiones económicas, como debe participar en las decisiones propiamente políticas.


Debemos acotar, entonces, que democracia es la extensión de igualdad  jurídica o, en otras palabras, implica el ejercicio de la ciudadanía civil, política y social, de la cual la economía no está excluida. Creo que todo puede enmarcarse en el concepto de ciudadanía. La visión tiene que ser paralela; democracia y ciudadanía como dos líneas que marchan juntas. No olvidemos que el concepto de igualdad jurídica  está asociado al surgimiento del capitalismo moderno. La disputa entre igualdad social y derecho de propiedad  se resuelve mediante el uso de principios jurídicos como la expropiación para fines de utilidad pública y el mantenimiento de medidas sociales redistributivas que atacan la desigualdad producida por el mercado. De esta manera, en una democracia del siglo XXI la equidad social debe ser vista como expresión fundamental de los propósitos colectivos y, por tanto, de la cohesión social. Es obvio que la admisión del concepto y su declaración a rango constitucional no garantiza su cumplimiento. No olvidemos la contrapartida que debe el cuerpo social que adquiere responsabilidades y obligaciones. Sin ello estaríamos ante un caso flagrante de populismo. Y una de esas contrapartidas, aparte de producir, es la de participar en lo político. Estos elementos constituyen en sí y per se lo que denominamos desarrollo. Para decirlo más claramente, el proceso económico debe estar sujeto al logro de los objetivos sociales.

Lo que se ha denominado “Estado de bienestar” tiene infinitas variantes. En este sentido la palabra endógeno es consecuente con estas ideas. Este desarrollo tiene que tener origen interno. No podemos seguir viendo “economía de mercado” e intervencionismo estatal como antagonistas. El establecimiento de reglas macroeconómicas claras no es contrario al crecimiento democrático. Ni podemos permitir la caída en un populismo económico, entendiendo este último como la generación de prosperidad transitoria o el uso de promesas de bienestar social como instrumento de movilización de masas.  Hay que garantizar la propiedad, una distribución equitativa de los ingresos, el proyecto social gubernamental y el funcionamiento del mercado y, obviamente, el manejo de los inevitables conflictos. Así, como hay que corregir las fallas del mercado, hay que corregir las fallas del gobierno (clientelismo, corrupción, despilfarro) y ello sólo se puede lograr mediante la creación de una alta densidad institucional democrática diseñada sobre la bases de la responsabilidad ciudadana. Siempre encontramos lo mismo: la crisis se debe a la sustracción de contenidos básicos a la política. No puede lograrse el desarrollo social sin incidir sobre el mercado.


Yochai Benkler (profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad de Yale (EE.UU.) utiliza con acierto la expresión “economía política del procomún”. Para él, procomún son espacios en que se puede practicar una libertad respecto a las restricciones que se aceptan normalmente como precondiciones necesarias al funcionamiento de los mercados, lo que no significa que sean espacios anárquicos. Significa que se pueden usar recursos gobernados por tipos de restricciones diferentes  a las impuestas por el derecho de propiedad. “El procomún es un tipo particular de ordenación institucional para gobernar el uso y la disposición de los recursos. Su característica prominente, que la define en contraposición a la propiedad, es que ninguna persona individual tiene un control exclusivo sobre el uso y la disposición de cualquier recurso particular. En cambio, los recursos gobernados por procomún pueden ser usados por, o estar a disposición de, cualquiera que forme parte de un cierto número de personas (más o menos bien definido), bajo unas reglas que pueden abarcar desde `todo vale´ a reglas formales finamente articuladas y cuyo respeto se impone con efectividad”.  Lo que propone es la posibilidad de existencia de propiedad común en un régimen de sostenibilidad y con mayor eficiencia que los regímenes de propiedad privada. Para él la web es un caso ejemplar de procomún. Allí podemos encontrar infinidad de organizaciones sin fines de lucro que utilizan Internet para proporcionar  información  e intercambio. “Permite el desarrollo de un papel sustancialmente más expansivo tanto para la producción no orientada al mercado como para la producción radicalmente descentralizada”. Benkler  cree posible una transición desde una sociedad de consumidores pasivos que compra lo que vende un pequeño número de productores comerciales hacia una sociedad en la que todos puedan hablar a todos y convertirse en participantes activos.


Esta tesis tiene perfecta concordancia con la que sostiene Takis Fotopoulos analizando la crisis de la democracia como el efecto de una concentración de poder. Propone como solución una democracia inclusiva. En mi criterio es precisamente lo que debemos hacer en los términos de la relación que describo: marchar hacia una economía inclusiva. Fotopoulos (editor de la revista “Democracy&Nature y profesor de la Universidad de North London, aunque griego de nacimiento) presenta su proyecto como uno de modificación de la sociedad a todos los niveles, en el sentido de que la gente pueda autodeterminarse, lo que implica la existencia de una democracia económica.

Si bien no comparto algunas ideas del profesor Fotopoulos sí me gusta el contexto general inclusivo, específicamente el tema de la democracia a nivel social o microsocial (lugar de trabajo, hogar, centro educativo), no como espacio anárquico de falsa igualdad, sino como la expresión básica del ejercicio democrático pleno. Para Fotopoulos el asunto es buscar un sistema que garantice las necesidades básicas y, al mismo tiempo, garantice la libertad de elección propia del mercado. De este planteamiento lo que me interesa es la idea de la construcción de instituciones alternativas y la expectativa de una transición que mantenga ambos elementos con vida. A Fotopoulos sus ideas se le van de las manos –creo- pero es innegable que su aporte –compartido a medias- es interesante en la búsqueda de posibilidades de construcción de una sociedad más equilibrada.


El punto focal es que una democracia del siglo XXI no puede estar divorciada de los resultados económicos, en el sentido de la consecución de una justicia social mediante la redistribución de la riqueza y que la política contiene en sí a lo económico, no lo económico a lo político, lo que quiere decir que la democracia asume la búsqueda del nuevo equilibrio y niega la preponderancia del mercado reasumiendo su función de condición esencial para el desarrollo de una economía al servicio del hombre.

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No iré a primarias
Teódulo López Meléndez

25-04-2011
 

La llamada “Mesa de la Unidad Democrática” (MUD) ha exacerbado hasta los límites sus vicios de origen. Se constituyó como una alianza de partidos sin participación del cuerpo social y sobre ese cuerpo social ha desarrollado un ejercicio dictatorial prevaliéndose del monopolio de la postulación y del desespero más que justificado de una parte de la población que desea producir un relevo en el gobierno.


Ha hecho de la “unidad” un fetiche, uno que ha colocado en el imaginario colectivo como palabra santa y capaz de resolver el conflicto que nos aflige. La han entendido no como la incorporación de los más vastos sectores a un proyecto común, sino como un instrumento de dominación. Es así, como amparan cada decisión arbitraria y unilateral en el manto protector unitario, uno que advierte que si esa “unidad” se rompe haría imposible una salida al presente régimen. La población protesta, pero asimila.


No han planteado, además, otra cosa que un regreso a la libertad, a la democracia y a la separación de poderes, generalidades con las cuales en este mundo y en este momento histórico no se puede combatir.

Para sustituir al presente es menester diseñar el país sustitutivo, un proyecto no “anti” sino alternativo. En cuanto a los problemas concretos que aquejan a la población se han limitado a un listado de buenas intenciones.


Los procederes, las maneras y los ejercicios a que esta “Mesa de la Unidad Democrática” nos ha sometido no indican otra cosa que prácticas de vieja política, juego constante de intrigas, politiquería menuda, amén de un atraso conceptual que la convierte literalmente en un planteamiento de regreso al pasado. La visión que tengo del país es de construcción de otro futuro y es evidente que no coincide con lo que la MUD asoma. Sin ese planteamiento sustitutivo se derrumbará el falso alegato de que primero se sale del presente y luego se verá. He definido lo que viene como la transición más difícil de nuestra historia. Pues también hay que decirlo: es la elección más difícil de nuestra historia y no se puede ir a ella desnudo y con el único propósito de sacar a un gobierno para poner otro. El fenómeno de la polarización se ha tornado indispensable para los dos bandos que así se retroalimentan.


En un momento de responsabilidad intelectual dije que asumía la condición de precandidato presidencial para tratar de llenar el vacío conceptual y programático y dar un tono pedagógico –y quizás de mayor difusión- a mis propuestas.


He respetado escrupulosamente lo que es el sentir de una buena parte de la población que cree a ciegas en ese proyecto MUD que nos lleva hacia ninguna parte, pero es hora del planteamiento categórico.


Los partidos en su alianza olvidaron cualquier forma de resistencia y de combate político para refugiarse exclusivamente en un planteamiento electoral que ese abandono ha conformado no más que como un evidente electoralismo. He precisado en numerosas ocasiones los objetivos y propósito de participación electoral en las condiciones que actualmente los venezolanos sufrimos. No se es sincero ni muestra de honestidad la evasión constante a los problemas conflictivos diarios en una especie de sacrificio permanente en el altar de una política que sólo parece plantear una sustitución de un ejercicio déspota por el anterior que precisamente condujo a la república a su presente.


He presentado a mis conciudadanos, en los términos y propósitos que señalo arriba, unas primeras ideas para un programa concreto de gobierno (
http://es.scribd.com/doc/50197848/Lo-propongo ), en áreas como educación, política internacional económica, ambiente, combate para superar la pobreza, petróleo y modos de enfrentar el flagelo de la inseguridad, entre otros. Igualmente he presentado mis primeras ideas para un Plan de la Nación (http://es.scribd.com/doc/52887233/PROYECTO-PAIS) a implementarse a partir del 2013 sobre tres vertientes: una sociedad del conocimiento, una república de ciudadanos y una democracia del siglo XXI.


Esto quiere decir que he asumido ante el país una responsabilidad, pues no se puede presentar un programa de gobierno y asumir conceptualmente la idea de la nación que queremos y luego rehuir las consecuencias de tal acto.


He planteado la necesidad de un debate entre precandidatos para encontrarme que luego que alguno dice quererlo lo evade. He encontrado que los “medios afectos” a la alianza partidista bloquean todo esfuerzo por su divulgación y he encontrado un encierro en la intriga menuda antes que un esfuerzo por decirle a los venezolanos “con esto sustituiremos al presente”.


No hay, entonces, ni principios ni resultados prácticos relativos a nuestra realidad que me hagan participar en las “primarias” que anuncia la “Mesa de la Unidad Democrática”. Desisto de tal participación. Considero, además, que las decisiones que se han tomado sobre esa vía la hacen perder fuerza y que todo indica que lo mismo resultará de las que tomen de ahora en adelante.


He planteado insistentemente la necesidad de construir una alternativa. Escribí un libro que titulé “La tercera opción”. Planteé la necesidad de lo que llamé en una expresión-concepto “una unidad superior”. No ha sucedido nada –todo lo contrario- que me haya hecho desviar de la necesidad de darle alternativas a la nación.


Frente a ello debo sostener que me mantengo en la misma actitud de poner mi nombre a disposición del país, para servirle y ayudar a construir un futuro distinto. Continuaré escribiendo mis propuestas a mis conciudadanos en un permanente desafío a la imaginación colectiva para superar esta dura etapa de nuestra historia. El país existe para servirlo, no para servirse de él. Bajo este insoslayable precepto me mantendré en la vida pública.

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El poder como derecho de creación: Proyecto país

Teódulo López Meléndez

16-04-2011

 

No puede pretenderse la aparición de un nuevo cuerpo de doctrina infalible y totalizante, una especie de renacimiento de las ideologías. La sociedad de la comunicación que habrá de venir es un cambio de paradigma en sí misma. Sobre ella se alzará la nueva realidad. Esto es, la tarea de los pensadores de hoy no es entregar un diseño de sociedad del futuro, sino crear las ideas para que el hombre comunicado protagonice. No se puede hacer a la manera de los viejos ideólogos que diseñaban una nueva realidad utópica. Lo que ahora corresponde es proponer una nueva lectura de la realidad, esto es, la creación de una nueva realidad derivada de la permanente actividad de un república de ciudadanos que ejerciendo el poder instituyente cambian las formas a la medida de su evolución hacia una eternamente perfectible sociedad democrática.

 

Ahora bien, debemos marchar hacia la construcción de la nueva realidad. La nueva realidad se gesta como consecuencia de la acción de una serie de elementos preexistentes, de la concurrencia de circunstancias fortuitas y, finalmente, los que salen o se suceden de la nada. Estos últimos son resultantes de sistemas que se auto-organizan. Como en el caso de los senderos que se bifurcan, la nueva realidad puede ser una u otra. En cualquier caso es menester la generación de elementos nuevos inexistentes previamente. A esto me refiero cuando llamo la atención del pensamiento. Mientras más elementos novedosos se inserten en la realidad que enfrenta bifurcaciones más posibilidades habrá de una realidad flexible que preservará el estado alcanzado, pero que seguirá consciente de utilizarlo para nuevos saltos cualitativos. Esto es, el líder es más un facilitador que un artífice, permitiendo así la preservación de la libertad.

 

Es evidente que si influenciamos el advenimiento de una nueva realidad es porque percibimos síntomas en el presente que no nos gustan y pensamos que el mantenimiento de las tendencias pueden conducir a resultados catastróficos. Como los viejos incentivos están agotados es menester repensar al hombre inerte para que ejerza la reflexión sobre las ideas que han sido lanzadas al ruedo y crea en la posibilidad de su realización. La tarea comienza con la descripción de las taras del presente, con un llamado a la rehumanización, con el análisis puntual de las consecuencias posibles y con una acción que conlleve a su adopción y práctica.

 

Algunos ensayistas han llamado a esta sociedad democrática que he descrito como instituyente, y en permanente movimiento, una “sociedad de transformación”. Está basada, obviamente, sobre la auto-organización, una donde la interacción cumple su papel de mejorar mediante una toma de conciencia. Esto es, mediante la absorción del valor de las relaciones simbióticas, lo que implica un cambio de valores.

 

El vencimiento de los paradigmas existentes, o la derrota de la inercia, debe buscarse por la vía de los planteamientos innovadores e inusuales que, con toda lógica en los procesos humanos, serán descartados ab inicio por el entorno institucionalizado. El derribo de los dogmas no es un proceso fácil ni veloz, pero el aporte de las nuevas tecnologías del intercambio comunicacional será un desencadenador clave.

 

La inutilidad de los viejos paradigmas queda de manifiesto cuando el hombre comienza a sospechar que ya no le sirven exitosamente a la solución del conflicto o de los problemas. Está claro que la revocatoria de los anteriores requiere de un esfuerzo sostenido pues se deben revalorar los datos y los supuestos.

 

Nuevos paradigmas requieren, generan o adoptan nuevos actores. Cuando los nuevos prendan en la conciencia entraremos en un “encargo a la multitud”. Los nuevos paradigmas comienzan a bullir en la lingüística, en la geografía y en la comunicación, sólo por nombrar algunas áreas. Deben aparecer también en el campo de la política y recuperar la subjetividad de lo humano.

 

El ejercicio del poder se ha hecho así inherentemente conflictivo. Este concepto de poder se ha hecho ineficaz. Arend le dio su toque cuando lo llamó la capacidad de actuar concertadamente. Es lo que otros autores han llamado “poder con”. Lo que debemos derruir es el poder como “poder sobre”. Foucault habla de una convocatoria más bien a una serie indefinida de distribuciones horizontales de poder.

 

La crisis de las instituciones obsoletas pueden conducir al extremo del horizontalismo absoluto, pero está claro que la falta total de organización no funciona, lo que puede replantear épocas autoritarias en respuesta al desorden. A su vez, el desprecio justificado por los dirigentes puede plantear la aparición de lo que se ha dado en llamar “el poder de la referencia social”, una no perteneciente a quien la tiene sino a la gente que la otorga o la quita.

 

No podemos extender el concepto de poder de la modernidad a la posmodernidad por un razón muy sencilla: el hombre no es sólo un depositario de derechos sino un “empoderador” que gestiona. Foucault es el contemporáneo más próximo que se ha ocupado del poder. Ya hemos visto como habla de “distribuciones horizontales”. En efecto, el poder vertical es resistido por una red de redes en la era presente de lo tecnológico que coadyuga a la sustitución de una sociedad informada por una sociedad comunicada.

 

La identidad entre poder y dominación ha llevado a este dañino paradigma del poder como “poder sobre”. Los rasgos del poder desafiado por una cultura que llama al intelecto a “empoderarse” en imbricación con los demás del devenir histórico apunta ahora al nuevo paradigma del poder como  “poder hacer”, uno que podemos definir como  el poder como un derecho de creación.

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Hacia una socioeconomía: Proyecto país

Teódulo López Meléndez

10-04-2011

Cerrarse en la defensa exclusiva y excluyente de una economía de mercado no puede considerarse más que como una excentricidad económica. Equivale al desconocimiento de la necesidad de abrir posibilidades a nuevas formas que, organizadas al margen de la simple acumulación de capital, permitan una organización ciudadana autogestionaria de producción, distribución y consumo de bienes y servicios.


No se plantea un ataque a la propiedad privada, la que viene respetada con las sujeciones jurídicas archiconocidas. Se trata de abrir la puerta a alternativas de asociaciones ciudadanas donde el trabajo común es el capital y donde los beneficios se reparten con sentido igualitario. Podríamos decir que la economía social es una forma expedita de crear ciudadanía  pues la solidaridad está presente en la base misma del planteamiento. Esto es, el planteamiento de libre asociación para el beneficio común colocado por encima de un interior espíritu competitivo. Es claro que la economía social está dirigida, sobre todo, a satisfacer necesidades básicas como alimentación, salud, vivienda, educación y conocimiento.


La economía social no puede ser excluyente, como se pretende al tratar de utilizarla como alternativa a la propiedad privada, sino un espacio que convive pacíficamente con ella. Es un orden que se contrapone tanto al capitalismo puro como a la planificación socialista, uno centrado en el hombre. Es una forma de propiedad privada sobre el principio de la cogestión y debe tener perfecto derecho al beneficio y al crecimiento de la empresa social, dentro de los parámetros del bien común. Debe moverse en un orden económico de libertad con la vigilancia de un Estado fundamentado en lo social del derecho y bajo la ética de una doctrina de promoción social.


La economía social no es una invención reciente. Ocupa un espacio empleador importante en Europa, así como un espacio productivo relevante. Las autoridades europeas realizan permanentemente conferencias sobre el tema siempre poniendo de relieve su vocación de inserción e, inclusive, su utilidad frente a la presente crisis económica, dada su alta capacidad de empleo sustentable. De manera que mirarla  con  recelo es una muestra de ceguera de una ortodoxia neoliberal al margen de los tiempos.


Así tenemos como en España la economía social, con criterios variables, es reconocida y se le reconoce la calidad de una de las fuentes de empleo más estable. En Francia se consideran parte de ella a las mutualidades, a las cooperativas, a las asociaciones y a las fundaciones. En Bélgica existe el Consejo Valón de Economía Social. En Inglaterra se manejan varios conceptos bajo la denominación común de social economy, tales como conceptos de “sector no lucrativo” o  de “sector voluntario”. La Unión Europea mantiene activo el Comité Económico y Social y edita textos sobre el tema con gran frecuencia. En nuestro continente, en un país como Canadá, se le reconoce y se le estudia.


Con variantes aquí y allá, podemos decir que se reconocen como dentro de la economía social empresas democráticas donde una persona tiene un voto y con distribución de beneficios no relacionada con el capital aportado por cada socio; a las cooperativas, como a las sociedades laborales; a las sociedades agrarias e, incluso, a empresas mercantiles que controlan los agentes de la economía social; tanto a las cajas de ahorro como a las mutualidades de seguros y de previsión social.


Se le llama sector voluntario, tercer sector solidario, economía solidaria o de iniciativa social, a esta realidad que está entre la economía capitalista y aquella pública. Lo es, al partir de una democratización del poder de decisión, al establecer una primacía del hombre y del trabajo en el reparto de las ganancias, la dotación de patrimonios colectivos o el de una no distribución de beneficios, dado que su propósito central es el del servicio a sus miembros y a la colectividad. Esto es, las bases son democracia, interés social y justicia distributiva.


La economía social es, pues, una forma de hacer economía en que se realza lo positivo de lo social dentro de lo económico y financiero. En otras palabras, en el momento en que en lo económico se parte del contexto humano. Si se analiza la llamada “economía informal” en que viven millones de personas en América Latina se encuentra una impresionante cifra en activos que quizás demuestre que la pobreza es más que todo un problema de ineficiencia social y que un paso clave está en convertir estos activos en productivos. El Estado no puede ser una especie de compañía de seguros que se ocupa de la seguridad, de la asistencia sanitaria y de la construcción de grandes obras públicas, para comenzar a ser mirado más desde el ángulo social, esto es, como un generador de valor social. Ya lo he dicho en otra parte: la economía y la política no pueden separarse y el desorden de la injusticia es producto de una subordinación de la política a la economía.


Es necesario lograr una coexistencia de todos los actores dentro de una economía plural donde esté la social como un enclave respetado de resolución del conflicto socioeconómico.  No habrá desarrollo que merezca tal nombre si los actores del modelo capitalista latinoamericano se empeñan en bloquear los modelos financieros alternativos. El papel del Estado, en este caso específico, es el de la inversión estimulante, mediante políticas financieras y tributarias, y la concentración de los esfuerzos en proyectos productivos.


El objetivo es el desarrollo de una socieconomía en que no hay escisión de los agentes económicos de sus identidades sociales y menos del mundo simbólico que llamamos cultura. Si hablamos de socieconomía es porque esta debe producir sociedad y no sólo utilidades. El listado puede ser grande: cooperativas, servicios personales solidarios, ahorros hacia el crédito social, formación e investigación continuas, asociaciones de productores autónomos, redes de ayuda mutua, organizaciones de trueque, etc. La organización social se manifiesta, en numerosas ocasiones, por necesidades específicas que brotan al calor de la vida misma y que no son reducibles a un mero elenco. Ni una lógica capitalista ni un Estado socialista planificador a ultranza pueden no mirar con suspicacia lo que es la economía social, lo que quiere decir que ni una política asistencialista ni un Estado que roba atribuciones a los ciudadanos mirarán con buenos ojos una socieconomía. El principio de convergencia sólo puede encontrarse en una democracia con calidad humana, la que hemos denominado una democracia del siglo XXI.


Lo que hay que reconsiderar, en última instancia, son los conceptos mismos de ciudadanía y de calidad democrática. Lo que ahora debemos plantearnos en la base misma de la pirámide política es de nuevo a los seres humanos y, por supuesto, dada la crisis planetaria de sustentabilidad, la relación con su entorno. Ambas fueron echadas al saco del olvido con lentitud pero sin pausas. Insisto en el efecto pernicioso del rompimiento de lo económico con lo político y, por esa vía, con lo ético. La economía debemos volver a colocarla entre las Ciencias Humanas y no como dependiente de las Ciencias Exactas. El problema, sea dicho, es plantearnos una inteligencia en un ámbito superior. Es menester instituir una lógica cooperativa en medio de una lógica exclusivamente competitiva. Los problemas ya no son los que dieron origen a una lógica capitalista implacable. Le economía fue convertida en una religión, esto es, ocuparnos de ella era ocuparnos de todo, falsificación que nos ha conducido al cuadro que denota la precariedad de gruesas poblaciones humanas.


Comencemos a hablar de una sociedad cívica, donde todos y cada uno asuma sus responsabilidades y entre ellas la que aquí hemos abordado, la perentoriedad de una socieconomía.

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Democracia, proceso sin término: Proyecto país

Teódulo López Meléndez

04-04-2011
S
e ha llegado a definir la cultura democrática como la orientación psicológica hacia objetivos sociales. Esto es, la cultura política es la interiorización de la democracia y la orientación hacia el bien común. Es lo que se ha denominado también la conformación de un carácter nacional democrático. La democracia es una cultura de la responsabilidad colectiva en lo que sucede, con todo lo que implica como solidaridad y respeto. La democracia debe ser considerada como un sistema cultural y en ella va incluida la conciencia de que la democracia es una línea de fuga que usamos para construir la justicia, admitiendo las palabras democracia y dificultad como sinónimas.


Si vamos a analizar la cultura democrática hay que analizar el contexto en que se produce esa cultura dejando de lado la idea de limitarse a los laterales pues es a la sociedad misma donde debe irse. Es decir, a los conceptos de pertenencia y ciudadanía, con obligaciones y derechos, a la revalorización de la cultura como conciencia crítica. La democracia reposa sobre la autonomía humana y la cultura es un componente esencial de la complejidad de lo social-histórico. En resumen, de lo que somos testigos es de una desocialización sucedida artificialmente. Una democracia del siglo XXI tiene que tener necesariamente a una sociedad capaz de interrogarse sobre su destino en un movimiento sin fin. Esa nueva cultura democrática presenta una dimensión imperceptible, pero real, de una voluntad social que crea las instituciones. Hay que romper el encierro del sentido y restaurarle a la sociedad y al individuo la posibilidad de crearlo, mediante una interrogación ilimitada.

 

Debemos ver hasta donde los sujetos sociales se dan cuenta de lo que pasa. La cultura política cambia en la medida en que los ciudadanos descubran nuevas relaciones entre el entorno inmediato y el devenir social. En otras palabras, en el momento en que descubran lo social. Algunos han llamado esta mirada de compromiso una percepción de la “ecología política general” lo que debe generar un movimiento energético comprensivo. Para que ello suceda el cuerpo social debe estar informado y ello significa que pueda contextualizar con antecedentes propios y extraños, pasados y presentes. Si no posee la información no podrá actuar o actuar mal. La democracia del siglo XX se caracterizó por una información mínima suficiente apenas para actuar en lo individual. Si volteamos el parapeto y echamos la base para que el cuerpo social busque por sí mismo la información tendremos sujetos activos. El primer paso es el contacto entre los diversos actores sociales, lo que va configurando una cultura de la comunicación, una donde no necesitan de esa información como único alimento, sino que comienzan a necesitar del otro, lo que los hace mirar al mundo como una interconexión de redes. La comunicación con el otro reduce la importancia del yo. Si avanzamos hacia lo que podríamos denominar una “sociedad comunicada” es evidente que esa sociedad se autogobierna aún usando los canales democráticos rígidos conocidos y puede autotransformarse.

 

Es evidente que una democracia del siglo XXI requiere de individuos y grupos sociales distintos de los que actuaron en la democracia del siglo XX. No se trata de una utopía o de una irracionalidad. Se trata, simplemente, de evitar que las energías se gasten en el refuerzo a una estructura jerarquizada y autoritaria no-participativa y de conseguir un salto de una sociedad que sólo busca información a una que busca la conformación de una voluntad alternativa lograda mediante la consecución de cambios en la forma social impuestos por un comportamiento colectivo. Se obtendrían así más libertad y más movimiento.

 

Debemos concluir que la democracia es un proceso sin término. En cada fase del avance la cultura política juega un papel fundamental que permite autogenerarse y autoreproducirse. La democracia sólo es posible cuando se tiene la exacta dimensión de una cultura democrática.

 

Ahora bien, esta persona que piensa es un producto social. La sociedad hace a la persona, pero esta persona no puede olvidar que tiene un poder instituyente capaz de modificar, a su vez, a la sociedad. La persona se manifiesta en el campo socio-histórico propiamente dicho (la acción) y en la psiquis. Se nos ha metido en esa psiquis que resulta imposible un cambio dentro de ella que conlleve a una acción. Es cierto que las acciones de la sociedad instituyente no se dan a través de una acción radical visible. Nos toca, a quienes pensamos, señalar, hacer notar, que la participación impuesta en una heteronomía instituida, impide la personalización de la persona, pero que es posible la alteración del mundo social por un proceso lento de imposiciones por parte de una sociedad trasvasada de instituida a instituyente. La posibilidad pasa por la creación de articulaciones, no muy vistosas, es decir, mediante un despliegue de la sociedad sometida a un proceso de imaginación que cambie las significaciones produciendo así la alteración que conlleve a un cambio socio histórico (acción). He allí la necesidad de un nuevo lenguaje, la creación de nuevos paradigmas que siguen pasando por lo social y por la psiquis. Partimos, necesariamente, de la convicción de que las cosas como están no funcionan y deben ser cambiadas (psiquis) y para ello debe ofrecerse otro tipo de sentido. La segunda (social) es hacer notar que la persona puede lograrlo sin tener un poder explícito (control de massmedia, un partido, o cualquier otra de las instituciones que tradicionalmente han sido depositarios del poder). Hay que insinuar una alteración de lo procedimental instituido. Se trata de producir un desplazamiento de la aceptación pasiva hacia un campo de creación sustitutiva.

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Gerenciar la comprensión: Venezuela, proyecto país

Teódulo López Meléndez

29-03-2011

Elecciones para crear electores en lugar de ciudadanos. Representación para crear representantes en lugar de instrumentos de consulta. Maniobras de poder para impedir decisión común sobre los grandes asuntos. La vieja democracia anda boqueando y el asomo totalitario se desmorona. Hablamos sobre una realidad, no sobre la inmortalidad del cangrejo.


La teoría política debe, pues, enfrentar al siglo XXI. Quizás el vacío provenga de la aplicación a las ciencias políticas del principio de que aquello que no fuese empíricamente demostrado quedaría fuera de significado. Es menester una pluralidad de ángulos de visión que la urgencia de encontrar una certidumbre sepultó. Ya no se requiere un corpus homogéneo, lo que se requiere es un intercambio fluido y permanente de diversas comprensiones. Algunos hablan de ofrecer no una mirada sistemática sino sintomática. Es lo que otros denominan la teorización de la política y la politización de la teoría.


Los que se dedican a cultivar el pasado pierden la capacidad de pensar. Sin pensamiento democrático renovado la tendencia será fuerte al enfrentamiento y al totalitarismo. 
Los problemas del presente son tales que la comprensión de quienes deberían tomar decisiones se ve limitada por una sorprendente “administración de la normalidad” o la recurrencia a soluciones empañadas por procederes ya caducos. La colocación de parches sobre los grandes problemas es algo recurrente y los gestos, más de las veces simple grandilocuencia, sustituyen a las grandes decisiones de fondo que deberían tomarse.


Se envejecen las políticas sociales sólo asistenciales, cuando debemos hacer brotar la inteligencia que hace ir a la búsqueda de las comunidades como protagonistas. Es de Perogrullo recordarlo, pero quizás como pocas veces antes hay una tal repetición de comportamientos, un empeño en resolver con los viejos métodos y una persistencia en aferrarse a los marchito, que no cabe más remedio que repetirlo: Venezuela tal como la conocimos está agotada. Frente a nuestros ojos surge una nueva que requiere de imaginación y de inteligencia para que tenga un nacimiento normal y para que el feto no presente deformaciones.


Para ser repetitivo hasta la obstinación, es en el campo de la política donde debemos rejuvenecer a toda prisa, mientras la rara avis pasa a ser ahora encontrar un gobernante lúcido –o un aspirante a serlo- que lo entienda.


Ahora bien, nos planteará el lector anónimo, ¿cómo aplico estas concepciones a la liberación inmediata o progresiva de mi propio drama que ahora vivo? Evidentemente no estamos planteando una conversión moral de la población o la aparición súbita de un rayo que ilumine a un pueblo hacia el cambio de paradigmas. Basta por iniciar la comprensión de una realidad múltiple, contradictoria y complementaria e interrogarnos si nuestras creencias nos han conducido a algún resultado concreto. Si la respuesta es negativa ya estará abierta la espita para el abandono de los paradigmas inservibles y su sustitución por otros. El proceso en su final sólo puede ser medido en largo tiempo, pero la decisión de cambiar la mirada o simplemente de interrogarse sobre ella tiene consecuencias a corto plazo.


Desde el poder no se está haciendo política, este tipo de poder no la concibe. Quienes teóricamente se le oponen no la logran entender como una especificidad de acción. Frente a un poder de este tipo la política sólo puede venir de un sujeto que la haga como una ruptura específica. Plantear un supuesto regreso a la democracia no es una ruptura. Esta comenzaría por imponer una batalla política, porque si se mantiene en un territorio evanescente la política se hace innecesaria y el régimen opresor habrá ganado la totalidad de la batalla.

 

La política no puede permanecer en el sector sombra del proceso histórico-social. Es esencial a su existencia la visibilidad y hacer del disenso una modalidad específica de “su” ser, lo que significa que plantar cara al poder sin política, sin la construcción ideática de una sustitución mediante una oferta concreta de ruptura entre el aparato del Estado que se alza omnímodo y alega ser la construcción de algo (en este caso del mal llamado socialismo del siglo XXI), por una parte, y del estado de lo social que debe estar en ebullición reclamando esa sustitución desde un aparataje conceptual, sólo conduce al fracaso .

 

Una estrategia correcta de combate es dejar claro que las élites no monopolizan el poder, que no son dueños de los candidatos, que las instituciones no son de su propiedad privada y sólo sirven para preservar privilegios. Cuando se hace lo contrario el poder populista se consolida y la política –obviamente- vuelve a brillar por su ausencia.


¿Quieren gerentes? Muy bien, pero parece que los quieren para administrar con eficacia, probidad  y eficiencia los dineros públicos. Eso para mí es obvio. Los que quieren gerentes lo que no saben es para que los quieren. Pues se los digo: aquí lo que hay que gerenciar es la comprensión de un gran movimiento colectivo inteligente hacia las nuevas estructuras nacionales. En otras palabras, la aparición de un liderazgo colectivo que los gobernantes incitan a permanecer en acción en un proceso de transformación que ellos simplemente inducen y mantienen en la dirección correcta decidida por el cuerpo social. Esos son los gerentes y los gerentes son conductores políticos.
 

Puede generarse una inteligencia colectiva y ello pasa por una transición a un modelo de auto-organización dirigida por la comunidad, para que la gente actúe colectivamente. Es aplicable hasta en el aspecto económico, por lo que habla ya de una "economía sostenible de colaboración". Lo es obvio en el campo político, pues se genera un nuevo modelo de democracia. Ya lo hemos dicho. La hemos llamado democracia del siglo XXI. Inteligencia colectiva hacia el nuevo sistema político: es nuestra visión de país.

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Venezuela, sociedad del conocimiento: proyecto país

Teódulo López Meléndez


23-03-2011


He dicho que en el llamado “Proyecto Nacional Simón Bolívar Primer Plan Socialista Desarrollo Económico y Social de la Nación 2007-2013 está la concepción del presente régimen sobre el hombre, la sociedad y el proyecto político, por lo que debe responderse en términos de reflexión. Propongo, entonces, otra visión del venezolano, de la sociedad a construir y del sistema político que deberá reemplazar al presente. En suma, mi visión para comenzar a construir en el 2013. Es lo que intentaré.


Los discursos viejos están deslegitimados. Escasean los inventores de mundo. No podemos permitir que Venezuela siga siendo un territorio ahistórico. Para emanciparnos de los graves problemas que nos aquejan hay que desatar un proceso filosófico-político emancipatorio. Este ser humano inteligente que es el venezolano debe organizarse hacia la aparición de un nuevo orden social. Debemos hacernos de un pragmatismo atento a las incitaciones del presente y a los desafíos de las circunstancias teniendo en la mano las respuestas de una filosofía política renovada.


El movimiento debe venir de abajo hacia arriba, provenir de una sociedad pensante, desde un humanismo global. El venezolano de este tiempo vive la ruptura con un mundo que se tambalea. Lo que se requiere es un intercambio fluido y permanente de diversas comprensiones. Hay que darle una respuesta común a las exigencias cotidianas de la democracia.


Muchas se aferran a formas caducas y cuando menos lo esperan una espita se abre y se desinflan cual globo pinchado. Lo mismo le sucede a sistemas políticos que ignoran la renovación y el cambio. Pueden durar hasta la edad madura -50 años se mantuvo el sistema político venezolano conocido como ‘etapa democrática”- o languidecer de adolescentes e incluso de niños.


Las concepciones que dieron origen a las bases del sistema democrático han permanecido inalteradas más allá de lo conveniente y hacen agua. La organización política que conocemos se deshace empujada hacia el closet  por un cansancio obvio y manifiesto que los gobernantes no comprenden y por las exigencias propias de un cuerpo que necesita estructurarse con nuevos ingredientes. Es lo que se llama una situación de crisis, o si queremos aparecer como más optimistas, de nacimiento de un nuevo mundo.


En el caso de este preciado sistema político llamado democracia el óxido se ha amontonado hasta el punto de formar palancas que trancan el accionar de las ruedas con la consecuente usurpación a la gente y el enquistamiento de una clase usufructuaria.


Hay que organizar desde abajo. Ya no hay profetas.
 Ya no existe un pensamiento centralizado sino una conjunción que destierra el descenso de una línea para ser sustituido por una generación de inteligencia que sube. Pronto Google nos parecerá lo que hoy nos parece una vieja Remington.

Debemos mirar a la sociedad venezolana como una de agentes que al cooperar exhiben un comportamiento global inteligente. Comenzamos a vislumbrar un tejido de inteligencia desaprovechada por el efecto individualista que pervive en esta transición de un mundo a otro. La sociedad venezolana de hoy es como un  corpus callosum sobre el cual debe aplicarse una buena dosis de comprensión. La idea de una inteligencia colectiva es uno de los temas predominantes en la investigación no ficticia de nuestro mundo


La idea es que los sesgos cognitivos individuales pueden ser llevados al pensamiento de grupo para alcanzar un rendimiento intelectual mejorado. Es lo que se ha dado en llamar la inteligencia colectiva. Podríamos también explicar argumentando que se puede llevar a las comunidades humanas hacia un orden de complejidad mayor, lo que, obviamente, conllevaría a otro tipo de comportamiento sobre la realidad.


La inteligencia colectiva está en todas partes, está repartida. Debe ser valorada y coordinada para llevarnos hacia la construcción de las bases de una sociedad del conocimiento, lo que implica, de entrada, el enriquecimiento mutuo de las personas. Si la inteligencia está repartida, como realmente lo está, se modifican los conceptos de élite y de poder, y se rompen los paradigmas del liderazgo, más aún, los de la soberbia, pues reconocerlo implica desde ya una manifestación de humildad.


Ahora esa inteligencia repartida debe ser sometida a una acción para que comencemos a conseguir la inteligencia colectiva. Teilhard de Chardin, buen definidor de la persona por diferenciación de individuo – y quien por cierto vislumbró la red informática con 50 años de anticipación- habló de noosfera (conjunción de los seres inteligentes con el medio en que viven) y lo extendió más allá al vislumbrar lo que los pensadores de hoy llamarían el cerebro global.


Pues bien, la clave está, quizás, en crear numerosas y pequeñas noosferas. Ello pasa por ver con menos individualismo y en un contexto ético de alteridad. Es lo que en el humanismo cristiano se denomina como la sustitución del yo por un nosotros. Hay, sin embargo, una razón más práctica que escapa a lo teórico-moral para insertarse en la brutal realidad real: hacia adonde va el mundo o se sabe o se perece, o se coopera o se fracasa, o se respeta o se es condenado.


Una buena manera de lograrlo es ajustando los mecanismos de comunicación. La web inteligente que aparecerá en cualquier momento podrá, por ejemplo, organizar la información que le interesa exclusivamente a la comunidad de un barrio. La tecnología está al servicio de la intereacción. Los problemas de una comunidad específica seguramente son los de muchas lo que conllevará a un contexto compartido. En este plano de intercambio conseguiremos un mundo de significaciones lo que llevará a la movilización de las capacidades. Ello pasa por identificarlas y reconocer la diversidad. El primer paso es la aceptación de que estamos en la era del conocimiento y que en consecuencia debemos actuar dentro de ese marco. La potenciación de las capacidades  parte de la conformación de un estado positivo que le permita a la persona actuar con otros y conseguir la apertura. Y resultaría innecesario agregar que el pensamiento que se genera de esta manera es libre y no sometido a manipulaciones. Y también que no se trata de fusionar inteligencias individuales en masa, sino de activar un nuevo modo de identificación. Esta es precisamente la idea de la inteligencia colectiva, una donde se conserva la personalidad de cada quien, las ideas y del yo de cada quien.


Esto es, la gente no piensa junta para llegar a determinadas conclusiones sino que piensa junta para obtener el valor de la conexión y de la confrontación de ideas. Modifiquemos a los educadores y a la educación que actualmente se imparte. Habrá que cambiar los métodos tradicionales. Así lo podemos resumir: enseñar es conectar personas con oportunidades, experiencias con conocimientos, es ayudar a que se establezcan una o más conexiones, conectar experiencias, conectarse a una experiencia, conectar para que otros aprendan a conectarse, conectar personas con contenido, conectar personas.


Efectivamente, la realidad es sustituible siempre y cuando se tenga clara la nueva realidad. Para ello es menester el diseño colectivo de un proyecto que pasa por una inteligencia colectiva o conectiva, en cualquier caso organizada. Si no reinventamos la democracia no habrá futuro y para ello es menester que el cuerpo social genere, mediante su constitución en colectivo inteligente,  las herramientas necesarias para lograrlo.


El espacio de esas herramientas es el conocimiento, el poder de pensamiento, de un espacio dinámico y vivo donde se transforman cualidades del ser y maneras de actuar en sociedad. Es, fundamentalmente,  un asunto político y un asunto de la democracia. Es mi visión de país venezolano: una sociedad del conocimiento. Lo propongo para ser incluido en el proyecto nacional sustitutivo del actual en 2013. Y le pongo nombre: Proyecto Nacional. Plan de Reconstrucción Democrática para el Desarrollo Sustentable del hombre venezolano.

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Renacionalizar el petróleo: Lo propongo

Teódulo López Meléndez

20-03-2011

 

El ciclo del petróleo terminará. El mundo requiere energía, pero las exigencias medioambientales, de costos y de geoestrategia llevan a la búsqueda de alternativas. No sabemos cuántos años le quedan al petróleo en su preeminencia, pero sí que Venezuela es un petroestado y que deberíamos prepararnos para cuando este oro negro ya no valga el interés ni los dólares.


Vivimos en la dependencia de los precios petroleros. Gastamos más de la cuenta cuando suben, tratamos de ahorrar en fondos especiales cuyo destino es diluido no se sabe cómo, importamos a manos llenas en una desaforada economía de puertos, nos endeudamos en lo externo y en lo interno.

 

La historia de como el período democrático –y lo cito simplemente para contrastar con este- enfrentó el tema petrolero es conocido, creación de la OPEP, creación de CVP, término de las concesiones, internacionalización y nacionalización, sólo por mencionar algunos picos de este gráfico. Se tomaron, igualmente, medidas sobre el gas natural y se legisló abundantemente sobre bienes afectos a reversión, sobre reserva al Estado del mercado interno. PDVSA era admirada en el mundo, la política estaba fuera de sus puertas, se reinvertía en ella para mantener la producción. CITGO fue adquirida en 100 por ciento, así como la mitad de VEBA OEL, vendida la segunda y con el propósito de salir rápidamente de la primera, en un proceso que he llamado de venta de activos para evitar posibles sanciones económicas ante un zarpazo definitivo a la institucionalidad democrática.

 

Con el llamado paro petrolero fueron echados a la calles casi 20 mil funcionarios de nuestra empresa, se rompió lo que ellos habían denominado “meritocracia” y se sumió en serios problemas a la industria. Hoy podemos decir que PDVSA ha perdido capacidad de producción y de refinación, se ha entrado en un proceso extraño de canje petrolero por vaquillas y otros elementos, se usa el petróleo como arma política de penetración revolucionaria y se subsidia a numerosos países que, atraidos por el olor a dólares, aceptan incluirse en el proyecto “socialista” del actual gobierno.