El “Zeitgeist” y la desambiguación

 

Teódulo López Meléndez

El objeto esencial del litigio político es la existencia misma de la política.  

Ranciere                                                                                                                                                                                                                                     02-09-2010  

 

Es difícil encontrar una palabra alemana que se haya introducido con tal éxito en el léxico de las ciencias sociales como ‘zeitgeist”. Ciertamente se le han dado muchos contenidos, pero quizás con lo que más se le identifique es con el concepto hegeliano de la historia. Nosotros la vamos a utilizar aquí en su sentido literal, esto es, como una referencia al “espíritu del tiempo”,  como el clima cultural e intelectual de una época.

 

Este que nos toca a los venezolanos es uno de arbitrariedad contra el adversario al que se endilga como enemigo. Es natural que así sea. El juego político permite la identificación del otro, mientras para el extremismo populista-marxista la política no es otra cosa que la configuración simbólica perteneciente a una formación social específica, esto es, al capitalismo. En consecuencia no puede haber política, sólo la aniquilación del adversario. Gramsci la pensaba diferente y sostenía que para hacer de las contradicciones sociales un verdadero antagonismo había que politizarlo, esto es, colocarlo en un régimen de discurso y en un dispositivo institucional específico. Lo que no recuerdo en el pensador italiano es como llevar este sistema de acciones cuando se ejerce el poder desde el populismo. O tal vez desde la aplicación de lo que Foucault llama biopolítica, que vendría a ser como la regulación de la población mediante el impacto del poder hasta en las cosas más nimias de la vida.

 

Saliendo un poco del contexto conceptual podríamos argüir que mientras más omnímoda resulta la dominación más fácil la resistencia. Sólo que esta implica sacrificios, por lo que se recurrió –en este país nuestro- a la tesis de mantenerlo en los espacios democráticos, aunque fueren de apariencia. De allí la carencia de política que percibimos en este “zeitgeist” venezolano, una que no consiste meramente en la vacuidad de una campaña electoral, sino que se extiende hasta el peligroso terreno de la falta de política.

 

Es menester desambiguar el término. Desde el poder no se está haciendo política, este tipo de poder –ya lo vimos más arriba- no la concibe. Quienes teóricamente se le oponen no la logran entender como una especificidad de acción. Frente a un poder de este tipo la política sólo puede venir de un sujeto que lo sea y que la haga como una ruptura específica. Plantear un supuesto regreso a la democracia no es una ruptura. Esta comenzaría por imponer una batalla política, porque si se mantiene en un territorio evanescente la política se hace innecesaria y el régimen opresor habrá ganado la totalidad de la batalla.

 

La política no puede permanecer en el sector sombra del proceso histórico-social. Es esencial a su existencia la visibilidad y hacer del disenso una modalidad específica de “su” ser, lo que significa plantear cara al poder con política o la construcción ideática de una sustitución mediante una oferta concreta de ruptura entre el aparato del Estado que se alza omnímodo y alega ser la construcción de algo (en este caso del mal llamado socialismo del siglo XXI), por una parte, y del estado de lo social que debe estar en ebullición reclamando esa sustitución desde un aparataje conceptual.

 

El populismo –tengámoslo absolutamente claro- es un gran negador de la política, dado que el caudillo que lo encarna, o lo que es lo mismo, el héroe, es el único que se identifica con el pueblo, lo absorbe y se hace él. Y como el ejercicio político produce tensiones hacia los cambios, el caudillo se mantendrá eternamente en su discurso fijo de que está acabando con los poderosos, lo que, argüirá, es más que suficiente para que el futuro entre por la puerta de la nación que desgobierna. De esta manera, el cielo será para los buenos y el infierno para quienes se le opongan, es decir, los malos. Hermet lo llamó un “apartheid inscrito en los corazones.”

Una estrategia correcta de combate sería dejar claro que las élites no monopolizan el poder, que no son dueños de los candidatos, que las instituciones no son de su propiedad privada y sólo sirven para preservar privilegios. Cuando se hace lo contrario el poder populista se consolida y la política –obviamente- vuelve a brillar por su ausencia.

Para mí la construcción imaginaria de un nosotros –y la perspectiva cierta de su realización- es la clave, pero no es este el “zeitgeist” o el espíritu de este tiempo. De allí viene la confusión, la ambigüedad, la reducción a términos inexactos. Hay que recurrir a un proceso de desambiguación de esta triste historia.

teodulolopezm@yahoo.com



 

Hoy me quedo con Habermas

Teódulo López Meléndez

 

Dos fuerzas cualesquiera, desiguales, constituyen un cuerpo a partir del momento en que entran en relación. (...) En un cuerpo, las fuerzas dominantes o superiores se llaman activas, las fuerzas dominadas, reactivas.

 

Gilles Deleuze, Nietzsche y la Filosofía

26-08-2010

 

Las fuerzas que se enfrentan son como la uña y la carne. Tal como lo dice Deleuze –quien no tiene nada que ver con Andrés Calamaro- conforman una unidad de acción y reacción, lo que comienza a explicarnos la triste historia de la cándida Eréndida y de su abuela desalmada. Jürgen Habermas nos ha dicho que todo sistema discursivo está de hecho distorsionado, fundamentalmente por la influencia del poder político. De esta manera la forma como habla ese poder se introduce en nuestro lenguaje cotidiano en tal manera que las barbaridades nos parecen sujetas estrictamente a la normalidad y nos asemejan a un hecho de justeza.


Quizás ahora comenzamos a entender la referencia a Calamaro, un excéntrico cantante que mandó a meterse los 140 caracteres de Twitter por donde ustedes se imaginan. Es que allí se encuentra con una repetición turbadora los lugares comunes que se han posesionado y que implican el desprecio por las ideas y por quienes las tienen. De allí he decidido quedarme hoy con Habermas, para perturbar a los inquietantes enemigos del pensamiento, a los aturdidos que hablan sin saber que conforman un mismo cuerpo con aquello que dicen combatir.


Citar a Habermas junto a Calamaro, e incluir en el paquete a Deleuze, es un pequeño ejercicio para la visión binocular de un país atarantado, puesto que esta intercomunicación distorsionada que nos muestra el maestro suizo desbarata los restos de racionalidad que uno podría suponer aún entre tanto repetidor de la normativa impuesta por la parte dominante del cuerpo.


Se trata de una formación ideológica que se clausura, que se cierra sobre sí misma, imposibilitando de ese modo la existencia de toda posición “exterior” a ella. El “universo del discurso” se percibe y funciona entonces como efectivamente universal: fuera de ese “universo” no hay nada, solo vacío. Adviene, entonces, el comportamiento neurótico de un cuerpo social que parece impedido de encontrar su propia formación y sus propios órganos exteriores. Se alimenta de las ilusiones y se solaza en límites que harían apelar a Freud, sólo que podría romperse el saco si lo incluyésemos, saco ya lleno con Habermas, Calamaro y Deleuze.


Como salir de la comunicación sistemáticamente distorsionada es obvio que no se consigue por la vía asumida por el cantante de tangos.  Las contradicciones patológicas debemos atribuírselas al mensaje de la parte dominante que ha sido asumida por la parte dominada. Los estudiosos aseguran que el organismo habla y que se puede proclamar la defensa de algo mientras se hace exactamente lo contrario, mutilar lo que se dice defender. He hablado de la desaparición de palabras como significado y significante, pero como hoy me he quedado con Habermas me veo obligado a mencionar las “condiciones genéticas del desvelamiento del significado”, lo podríamos traducir como la necesidad de rectificar este texto distorsionado que es la Venezuela de hoy y hacer algunas referencias concretas a esta distorsión textual.


De aquí es necesario precisar que los candidatos no son más que un producto del monopolio totalitario concedido a los partidos políticos para postular y que, en consecuencia, no son más que unos instrumentos circunstanciales que el país puede usar como tales para un momento puntual que llamaremos espacio de simulación democrática de la dictadura. No encarnan el futuro porque son una expresión distorsionada, son lagunas, repeticiones, omisiones y ambigüedades. Podríamos, de esta manera, decir que son textos duplicados de las viejas maneras de ser parlamentario,  puesto que alegan en sus afiches “somos mayoría”, lo que equivale a motivaciones inconscientes tras un disfraz simbólico, más o menos lo que le ocurrió a la mal llamada cuarta república cuando se estaba hundiendo en el tremedal autocausado y se montó en un caballo a recorrer sus propias condiciones de producción.


Considerados como una inflexión obligatoria debemos precisar que no son el futuro y que ni siquiera alcanzan el grado que llamaremos transición. Una distorsión textual no puede encarnar el lenguaje del tiempo por venir. Está condenada a su relación de cuerpo único con la fuerza dominante, lo que implica que cuando la fuerza activa desaparezca la fuerza reactiva partirá con ella.


En consecuencia podemos definir el momento como un lapsus lingüístico que habrá que suplantar con la producción de nuevos significados. La obligatoriedad a la que hemos sido sometidos la cobraremos con ese extraordinario producto que llaman “lápiz corrector blanco” y sobre el residuo áspero escribiremos la historia que vendrá.

teodulolopezm@yahoo.com




La prevalencia de la disyunción

Teódulo López Meléndez

19-08-2010

Estamos entrando en lo colectivo sin colectivo, esto es, vamos contra nosotros mismos. Ya no se conjugan en la población lo general y lo particular, o lo que es lo mismo, la asunción del punto de vista del común desde un propio punto de vista. En lo que ahora tenemos prevalece la disyunción: a cada uno se le hace valer supuestamente  su particularidad mediante un “ejercicio profesional de la política” basado en la demagogia del disfraz y de la construcción de callejones sin salida.

 

La política no puede funcionar sin ideas. En buena parte es una ciencia de las ideas. La organización social del hombre no nació como la vida ni crece como las plantas. La política que carece de empuje proveedor de consistencia es una futilidad. Dado que las formas políticas son invención del hombre no puede desgajarse de la política la capacidad renovadora. Bien se dice que el pueblo no existe, lo crea la política. De esta manera hay que decir que la principal actividad de lo político es dar sentido y toda democracia pasa a ser un proceso ininterrumpido de transformación.

  

De esta manera la política y la democracia, es decir, la acción y sus resultados, no pueden ser otra cosa que inserción constante de nuevas opciones o, dicho en otras palabras, ampliación permanente de la libertad. Tenemos, pues, que volver a leer lo político sacándolo del cansancio, del aburrimiento y, sobre todo, de un conservadurismo que brota ante las ideas y ante la esencia misma de lo político y de la democracia, puesto que todo lo establecido siempre resiste las ideas innovadoras.

 

Es a través de la política que se constituye el vínculo social.  Si no enfrentamos este proceso creativo la política pasa a ser inepta para explicar las desigualdades que crecieron paralelas a la libertad y se convierte en algo deleznable para el común de la gente que nunca podrá entender lo que es ejercicio de la ciudadanía. Continuar pensando que la democracia es como es, que la justicia se administra como se administra, que las instituciones son como son y no pueden ser de otra manera, equivale a un corsé al pensamiento y a la esencia misma de los conceptos política y democracia. 

  

Otra cosa que debemos aceptar es la política como conflicto y los conflictos expresión del animus político. Y a la democracia como capaz de administrar los conflictos mediante una renovación permanente. Una cosa son las instituciones básicas, aptas para administrar el control de estabilización, y otra la permanente manifestación de ideas que amplían los espacios hasta una libertad transformadora. Está claro que las llamadas instituciones y los intermediarios sociales ya no responden a las exigencias de los tiempos y, por tanto, hay que buscar nuevos mecanismos.

 

Esta es la realidad de un país a escasos días de unas elecciones que vuelven a ser llamadas  “la última oportunidad”, otra aberración, pues la democracia no tiene nunca una última oportunidad. Basta haberse paseado un poco por los procesos históricos, basta no meter en una gaveta todos los papeles, basta no fusilar de antemano el juego (utilizada esta palabra con seriedad) de las posibilidades políticas, para concluir que en este país se utilizan frases al voleo, se dicen impertinencias a granel, se utiliza muy mal el lenguaje.

 

La verdadera revolución es la voz moral. El populismo es una asunción de un modo radical para lograr la homogeneidad sobre lo imaginario. La posibilidad de un gobierno omnisciente no cabe en el siglo XXI. El verdadero político es el que hace el mundo inteligible para el pueblo, esto es, el que le suministra las herramientas para actuar con eficacia sobre lo ya entendido. El populismo no se combate con populismo. El populismo debe ser combatido con la siembra de la comprensión llevada al grado de un estado de alerta. 

  

La legitimidad electoral y la legitimidad social pueden contrastarse o encontrarse. La manera de encontrar la segunda excede al simple hecho de buscar el voto en una campaña electoral plena de promesas, generalmente demagógicas. Buscando la segunda suele encontrarse la primera. El planteamiento inteligible que produce efectos  previos mejora notablemente la capacidad de escogencia. Las campañas electorales son la culminación de un proceso en donde el individuo manifiesta una preferencia. La masificada propaganda en nada podría modificar una asunción previa ganada en una democracia de cercanía generada por los líderes verdaderos que en ese proceso electoral buscan la voluntad mayoritaria del pueblo.

  

No se puede combatir demagogia con demagogia. El proceso de crear lucidez y pertenencia es ajeno a las palabras altisonantes y mentirosas. El proceso de repetición demagógica por parte de dos o más adversarios en una contienda por el voto conduce a soliviantar un individualismo feroz que se traduce en  apostar a la mayor oferta engañosa. El vencedor, naturalmente, será el que ejerce el poder o, si se ha cumplido con la tarea pedagógica, el que ha hecho una obra previa de configuración de cuerpo sobre el que limita su acción a la campaña electoral misma.

 

Mayoría electoral no es mayoría social por acto automático. Legitimidad forzada no es confianza. Así la legitimidad del poder y la legitimidad del ejercicio democrático estarán afincadas sobre un barro extremadamente frágil y, lo más grave, la democracia se derrumbará por efecto directo de todos, de los que ejercen el poder y de quienes pretenden sustituirlo, de los demagogos multiplicados, obligando al poder al ejercicio de la fuerza para atender compulsivamente las exigencias sociales. Quienes no entienden de la existencia de instituciones invisibles y de la necesidad de hacerle comprender el mundo al pueblo, de hacérselo inteligible, bien podrían cerrar la brecha electoral, aún disminuida y extremadamente condicionada que en estos días aún ocupa el horizonte.

teodulolopezm@yahoo.com




La COPRE en Blanco

Teódulo López Meléndez

12-08-2010
 

Este cuento había que echarlo. No se trata de que no se hubiesen producido antes enjundiosas miradas sobre lo que fue la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado (COPRE). Tampoco de un uso indebido de la palabra “cuento”, como sinónimo de ficcional o de bagatela secundaria. Se trata de que aquí está la historia completa, tan detallada que por momentos fastidia, pero con la comprensión absoluta de la necesidad de poner hasta el último detalle. Me valgo de la palabra “cuento” simplemente para permitirme el uso coloquial de la expresión “este cuento había que echarlo”.


Todo nos lo cuenta Carlos Blanco en el volumen Un programa para el cambio.Nadie mejor que él para hacernos conocer este proceso, pues fue un protagonista fundamental del mismo. A medida que avanzo en la lectura compruebo que este libro excede a las limitaciones de ser un estudio sobre la COPRE para convertirse en un fresco de la historia contemporánea de Venezuela, pues allí quedan retratados todos los mecanismos de la vieja política, de la antigua manera de hacer las cosas, mientras un grupo pugna –con apoyo creciente, como lo refleja el autor- de dar unos pasos absolutamente indispensables. Aquí podemos ver la génesis y el crecimiento de las ambiciones –ambiciones en el mejor de los sentidos- de la COPRE. Lo notamos en el prólogo de Arnaldo Gabaldón, exacto y contundente, en la presentación del texto por parte del autor, en la narración de unos hechos que van delineando qué cosa hay que reformar, desde la administración pública hasta la economía, para llegar al llegadero: el perfil socio-psicológico de los venezolanos, la alteración de las relaciones de poder y –bingo- la transformación integral de la sociedad.


Por supuesto no pretendo resumir en un artículo de opinión un libraco de más de 500 páginas. Allí está todo el análisis, desde el populismo hasta la descentralización, desde la reforma interna de los partidos hasta la formulación de políticas públicas y, obviamente, lo que se logró, como la elección directa de gobernadores y alcaldes, (no poco, si vemos como hoy constituyen escaso espacio de pluralidad) de manera que el título lo que pretende indicar es que se trata de la visión del autor, no que se hubiese ido en blanco. Lo importante es, entonces, lo que quedó verdaderamente en blanco y como se produjo el suicidio de una clase política con el consecuente advenimiento de este largo presente de ya más de once años.


No recuerdo a quien pertenece la célebre frase de que si quieres evitar que te hagan la revolución debes hacerla tú mismo, colación que me permito aún con el nombre propio de lo que nos ocupamos, “reforma”, pero a los sectores conservadores de los viejos privilegios y monopolios políticos aquello les olía a la más profunda revolución. Eran, y todos los planteamientos allí contenidos siguen siendo, reformistas, lo que no es una mala palabra. Creo que la carencia fundamental de la que adolecía el planteamiento era de un envoltorio conceptual general del concepto de democracia, lo cual, admito, era difícil en aquellos momentos de prestigio partidista y de aparente tranquilidad, aunque el modelo rentista se desmoronase arrastrando consigo al parapeto político montado sobre él.


Ciertamente uno podría discrepar de Carlos Blanco en la página tal o en la página cual, pero ante la importancia de este libro eso podría ser tomado hasta como mala educación.

En efecto, creo que lo sería. Lo importante son las conclusiones, unas desgarradas aunque envueltas en la tranquilidad de espíritu que domina estas  páginas. Creo que atino cuando hablo de la ausencia de un envoltorio conceptual sobre la democracia, pues el autor asegura la muerte de la posibilidad de capturar al mundo en un concepto único y liberador. Más allá –duele, pero uno sabe que es verdad- este fue el receso de las ideas y la pérdida de lo intelectual como sentido. Blanco alega que no hay locura suficiente para asumir el rol de intelectual maldito. Algunos lo hacemos. Blanco mira a los profesores universitarios como dedicados a su quincena imposible y, en efecto, uno ve todos los días a FAPUV hablando de reclamaciones salariales sin darse cuenta que lo que está detrás es el cercenamiento de las universidades donde prestan servicios.


Lo dicho, este libro es vital para la comprensión de nuestra historia contemporánea. Uno, lector, le da las gracias a Carlos Blanco por su minuciosidad, por su honradez intelectual y por habernos echado el cuento y sugiere a todos los que se plantean como salir del presente que lo lean, comenzando a comprender así porque tenemos lo que tenemos.


Pero uno como lector –con pleno derecho- comienza a hacerse sus propias preguntas y sus propias interpelaciones. Por ejemplo, uno se pregunta si la negativa de la MUD a realizar elecciones primarias para todos los candidatos a la Asamblea Nacional no es la muestra más fehaciente de las viejas prácticas destinadas a mantener el reparto de poder forzado entre las ayer poderosas organizaciones partidistas y hoy endebles siglas sin contenido. Uno los oye quejarse de la falta de financiamiento para una campaña electoral florida y le provoca recordarles que la entente político-económica que montaron con las fuerzas económicas dominantes no es revaluable, entre otras razones porque el presente acabó con ellas.


Dentro de todas las contradicciones, resistencias y batallas uno tiene a recordar con gratitud a la COPRE. Aún había ideas. Frente a la yerma realidad de hoy, una donde la salida de la pesadilla podrá equivaler a la inexistencia de un Estado que merezca ser llamado así, uno lector se pregunta cómo se podría confiar la construcción de uno a quienes hoy –con diferentes nombres y apellidos- siguen encarnando la misma resistencia a todo cambio, la puesta en práctica de los procedimientos detestables y la misma manera vacía de hacer política. El Estado que aparecería podría ser igual al que se cayó, esto es, podría ser copia del Estado pre-COPRE que había que reformar.

Es así como los dilemas de nuestro presente histórico siguen sin resolverse. La clase política que se suicidó no ofrece otra alternativa al presente que su propio regreso a la vida.

teodulolopezm@yahoo.com




La democracia vestida
Teódulo López Meléndez

05-08-2010


Para hablar de vestidos seguramente hay que ir hasta los griegos, pero precisando que semejante viaje se debe hacer sólo cuando se refiere uno a los vestidos de la democracia. Los vestidos pueden estar de moda o demodé porque, al fin y al cabo, la palabra moda nos llegó al español del francés mode y esta a su vez del latín modus, sólo que el lenguaje traicionero puede indicarnos que moda es un mecanismo regulador de elecciones. Del resto –de ponerle vestidos a la señora democracia- se encargaron las llamadas ideologías las que, aún hoy, fabrican adjetivos en serie sin aceptar que son ellas las pasadas de moda. Para rendir honor al origen de la palabra moda no hay como citar a Ives Saint Laurent: “A lo largo de los años he aprendido que lo importante de un vestido es la mujer que lo lleva.”


No había quórum, no había manera de tomar decisiones, era menester recurrir a incentivos económicos para que los ciudadanos concurriesen. Está en crisis la democracia, exclamaron los más preocupados. Este primer despojo de la moda ocurría por allá en Atenas y quien lo denunciaba era nada menos que Aristóteles. Para bajar las preocupaciones, Aristófanes escribió La asamblea de las mujeres donde, sin contemplaciones mira el delicado asunto con ojos de sátira. En efecto, Blépiro, asambleísta él, padece de estreñimiento y tiene que dedicarse a resolverlo, lo que hace que algunos vivos se aprovechen de tan arduo esfuerzo para ejercer la democracia con otro vestido.


El acto político es un acto de movilización de voluntades ajenas con eficacia suficiente para que resulte afectado el envoltorio, esto es, lo que está de moda. El filósofo Saint Laurent, a la manera racionalista del pensamiento francés, tal como lo cito, descubrió no obstante que lo importante es la mujer y no el vestido. Resulta indispensable recurrir a la escuela cínica cuando a la democracia se le pone el mismo vestido de la dictadura, sin darse cuenta que son dos mujeres muy distintas. Blépiro, el personaje de Aristófanes, nos deja claro que mientras algunos resuelven sus problemas digestivos otros asumen el protagonismo.


Uno de los vestidos múltiples que se le ponen a la democracia –además de los múltiples adjetivos- es el de la resolución de problemas. De manera que los que quieren hacer llegar a los ciudadanos a la convocatoria se esmeran en extraños anuncios. Uno –mientras transcurre este verano y se dedica a salir de agosto de la mejor manera posible- constata que no hacen algo distinto que tratar de vestir la democracia con trajes de siglos pasados, como si aquí estuviésemos en un museo de la moda y no en la urgente necesidad de rescatar al peor de los sistemas de gobierno -a excepción de todos los demás- como se dice en la ya clásica sentencia.


De esta manera los que recurren al acto político se convierten en sastres y no en hombres de Estado o en pensadores de nuevos códigos de ADN. Cuando uno habla de nuevas concepciones dicen que fulano de tal es su modelo, sin darse cuenta que se refieren a un pensador del siglo XIX. Cuando uno requiere de nuevos incentivos conceptuales para modificar la asamblea y el acto político, argumentan que la academia acabó con los “neo” y que todo es como lo dijo el clásico de comienzos del siglo XX. Así, la democracia se queda vestida con los trajes antiguos, mientras uno trata de rescatar a la mujer que embadurnada con tales telas acompaña a Aristófanes a los baños públicos de Atenas.


A estas alturas habremos entendido que no se trata de trajes lo que requiere la democracia. Lo que requiere es una reinvención, porque ofrecerle a los pueblos incentivos para que haga quórum en el acto político es como triplicar los óvalos que tanto molestaban a Aristóteles. Y como los griegos eran unos verracos y se las pasaban en la academia fuera de Atenas, siguieron inventando con la esperanza de que estas sociedades de origen cultural greco-latino mantuviesen la invención en lugar de dedicarse a hacer desfiles de moda. En buena parte la República Romana lo hizo, hasta el punto de que aquellos granjeros ilustrados que son llamados padres de la nación norteamericana la tuvieron más que presente.


Ahora andamos en esto que llaman el siglo XXI. La tecnología ha transformado el concepto de poder. Los ciudadanos ahítos de tanta tela vieja se marchan al sonido de las renovadas flautas del populismo y de los raídos vestidos ideológicos. Y los de la democracia lo único que pretenden es desempolvar los baúles, sacudir la telarañas, pedir restitución de la vieja monarquía que dejó a la gran dama expuesta ante las acciones de la rapiña militarista. Asocian –indebidamente es obvio- a democracia con mercado, cuando el asaltante de la dictadura desnuda se va en lenguaradas sólo atinan a reclamar respeto absoluto ante el altar de la propiedad privada. Eso se llama desconocer la evolución del pensamiento, sobre todo porque la dama de la que nos estamos ocupando no es un cuerpo con vida eterna que simplemente no envejece, sino que es un conjunto de pensamiento e ideas que se llevan a la realización en lo que he recordado a lo largo de este texto se llama acción política.


O el endeble cuerpo se reconoce como más importante que los vestidos o los restauradores del ancien régime se van a quedar con los crespos hechos. Lo peor no es que se queden ellos, es que dejen a toda una sociedad a merced de los depredadores. De manera que para tranquilidad de Aristóteles hay que reinventarse la democracia, hay que hacerla de este siglo, hay que dar respuesta a las quejas, como esa que va sobre el eclipse de la representación y de los partidos como dueños totalitarios de las postulaciones.

En definitiva, hay que dejar a Blépiro resolviendo su estreñimiento y darle un poco de descanso a Aristófanes, también porque ya Aristófanes no hay, lo que queda son simples Awards.

teodulolopezm@yahoo.com




La dictadura desnuda
Teódulo López Meléndez

29-07-2010
 

Las dictaduras son mundos desnudos. Permiten ver todo lo que no se debe ver, no por su voluntad, sino por una propia idiosincrasia. Las dictaduras trazan fronteras y se vigila atentamente lo que todos hacemos. Podemos decir que la psicología de la dictadura lo es de la desnudez. La dictadura es un mundo de fronteras, especialmente civiles, lingüísticas y mentales. Las dictaduras procuran injertar en las personas una dependencia de los actos dictatoriales, una que se refleja en una paradójica transparencia: en la dictadura podemos mirar con más claridad en las acciones gubernamentales y en el comportamiento de las sociedades que las padecen. Puede alegarse que en un régimen de libertades existe una expresión que nos permite conocer los intríngulis del poder, lo cual es cierto hasta cierto punto, pero la dictadura nos permite redirigir la mirada hacia el cuerpo social con mucha mayor claridad.


La dictadura procura la reducción al absurdo lo que clarifica la mirada hacia adentro. En democracia existe demagogia, mentiras, alteraciones, hipocresías, pero el ejercicio de la libertad se convierte en un manto que nos dificulta la mirada en el espejo. La dictadura se especializa en grandes montajes teatrales derivados del nacionalismo y el patriotismo, todo envuelto en una gran producción de amedrentamiento. Ello conlleva al reconocimiento rápido de las carencias psicológicas y de las deformaciones sociales.

En democracia se soporta en mejor grado la vida cotidiana. En dictadura se vive bajo la esperanza de que en algún momento se saldrá de la pesadilla. En democracia a la gente no le interesa comprender, la apatía es su norma, el interés por lo  público se marchita En dictadura se entiende poco, o se procura no entender. El país pasa a convertirse en un lugar donde hay que estar, si no se tiene la fuerza económica para la emigración. En democracia se tiene el apoltronamiento de que llegarán nuevas elecciones y otro vendrá. En dictadura se sabe que el medio de transporte no llegará, a no ser la implosión o la explosión.


La dictadura es una fábrica de mundos, una permanente industria de paraísos ahora perfectamente armables sobre el territorio donde ella se ejerce. Se nos convence que basta la lealtad para ser uno de los privilegiados habitantes de este territorio paradisíaco. Basta que pongamos todo nuestro esfuerzo en la asunción de estos mundos virtuales de signos que la dictadura fabrica con una eficacia que no muestra ni para desarrollar un real aparato productivo ni para alimentar a una población ni para dar la tenue apariencia de ejercicio del poder con eficacia.


La dictadura es perversa pues nos lleva a imbuirnos hasta tal extremo de un mito que semeja una religión de Estado. Ella pasa a ser la promesa y la garante de la promesa. Una de los primeros elementos que así entran en crisis es la subjetividad dado que las referencias en el fondo padecen de una extrema precariedad. Pero hay algo que a la dictadura se le escapa: que dentro de ese cuerpo social dominado nace el deseo de crear, de inventar. Y sucede porque no hay otra solución. La dictadura agobia de tal manera que la manera ideal de enfrentarla es creando sentido. El régimen identitario se hace combinación de dictadura y democracia. La dictadura lucha por cambiarlo todo, pero sólo en apariencia, mediante el procedimiento de renombrar, rebautizar y reinaugurar. La democracia perdida se empeña en recuperarse partiendo de una imagen estable de sí misma,  no acepta la necesidad de crear sino de restituirse, colaborando así con la dictadura en el aumento de la fragilidad.


Inmiscuirse en la psicología de la dictadura no es nada nuevo. Los intentos de analizarlas desde este ángulo han sido muchos, especialmente en casos de gran traumatismo como Argentina y Chile. Puede verse siempre el intento de implantar un nuevo ser social con sus consecuentes constructos subjetivos provocados intencionalmente desde el poder. Los especialistas han llegado a hablar de “dictadura de la psicología” en este proceso de abordar la mente humana y las triquiñuelas del poder dictatorial.

La dictadura, especialmente la populista e ideologizada, se la pasa, pues, haciendo psicología y construyendo mundos. En estos intentos se despoja de las ropas, se muestra desnuda y es allí, en su exposición carnal, donde hay que pescarla, domeñarla y exorcizarla. Para ello se requiere el combate en su terreno, no en el de la añoranza, sino en el de la obligada creación de ideas y de desafío mediante el señalamiento de una fortaleza de futuro fundada sobre una concepción nueva del mundo político y social.

teodulolopezm@yahoo.com




Las fronteras de La Haya

Teódulo López Meléndez

23-07-2010

Allí está el bello edificio, en La Haya. No lo he visto, no lo conozco, apenas en fotografías. Desconozco su historia, si fue construido especialmente para albergar lo que alberga o si fue cedido para el loable propósito que cobija. Es la sede de la Corte Penal Internacional, lo que algunos otros llaman a veces Tribunal Penal Internacional.

 

No está allí para derrocar gobiernos, para intervenir Estados o para hacer el trabajo de los ciudadanos de un país que consideran viven bajo una dictadura. En cualquier caso, encarna uno de los más importantes avances jurídicos logrados por la humanidad, eso sí, con la reticencia y el rechazo de algunos de los más poderosos Estados del planeta que se niegan a suscribirlo por temor a que sus nacionales puedan enfrentar alguna vez la justicia penal internacional.

 

En mi país, Venezuela, parece desconocerse en grado sumo lo que representa. Era una vieja aspiración frustrada una y otra vez hasta que se presentó el genocidio yugoslavo (1991-1995) y el genocidio ruandés (1994). Tales acontecimientos conllevaron a la Convocatoria Diplomática de Plenipotenciarios de las Naciones Unidas sobre el establecimiento de una Corte Penal Internacional. La reunión se celebró en Roma bajo un intenso calor. El 17 de julio de 1998 se aprobó lo que los lectores conocen como “Estatuto de Roma” que es el documento u acta que crea esa Corte.

 

El caso de la ex Yugoeslavia y el caso de Ruanda fueron, así, los primeros en saber de una nueva forma jurídica para no dejar impunes los crímenes. Pero veamos como se puede iniciar una investigación allí. El artículo 13 señala que se inicia por la remisión de un Estado Parte de una situación particular, por solicitud del Consejo de Seguridad de la ONU o de oficio por parte del Fiscal de la Corte. Esto es, ningún particular puede presentar allí una solicitud de apertura de investigación, lo que los venezolanos deben tener muy claro. Ahora bien, los ciudadanos comunes pueden llevar ante la Fiscalía recaudos o pruebas, ir acumulando en las oficinas del dedicado equipo acusador documentación para que esa órgano vaya armando un caso, si de eso se trata, y si alguna vez tiene un caso que considere sólido proceda a presentarlo ante el tribunal. Está claro, como en cualquier juicio, que un Fiscal no procederá si no considera que va a ganar. Digamos que el fiscal que ha estado manejando esos documentos que le han sido consignados acude ante el Fiscal Primero y será este quien decide si procede. Citemos, a manera de ejemplo  el extraordinario caso de Sudán donde el Primer Fiscal, Luis Moreno Ocampo, se atrevió a presentar una acusación, por vez primera, contra un Jefe de Estado, contra Omar al-Bashir, obteniendo el estupendo resultado de ordenar la Corte un auto de detención por el genocidio de Darfur.

 

La Corte no puede destituir a ese Presidente, no puede enviar una policía de la que carece a detenerlo y mucho menos un ejército, puesto que detener a alguien con esa investidura equivaldría a una invasión armada. Emite el fallo y hemos visto a Omar al-Bashir asistiendo a Conferencias Africanas impunemente. Pero ese auto de detención está allí, se suma a las presiones de la comunidad internacional sobre el régimen que encarna ese presidente y si el mismo sobrevive al tiempo y llegare a perder el poder de que dispone finalmente el dictamen utópico caería sobre su cabeza. Larga o corta espera, largas o cortas circunstancias. La sanción moral de La Haya tomó cuerpo y el Fiscal Primero entró en la historia de un Derecho Penal Internacional que seguirá desarrollándose. Le endilgué a Moreno Ocampo el título de “el gran perseguidor”.

 

II

 

Ahora bien, ¿cuáles son los delitos por los que se puede juzgar a alguien en La Haya? Por genocidio, crímenes de guerra y de lesa humanidad (esclavitud, el apartheid, el exterminio, los asesinatos, las desapariciones forzadas, las torturas, los secuestros y el delito de agresión, el terrorismo, entre otros). El delito de agresión está mencionado, pero no definido, lo que hace que si un Estado toma esta vía forzaría a una jurisprudencia innovadora.

 

Se entiende que penar el delito de agresión lo que busca es someter a castigo a quienes organicen, avalen o realicen guerras de agresión o de conquista. Ya en la Carta de las Naciones Unidas está su sustento conceptual (art.51). Por lo demás tal delito ya está en el Derecho Internacional Consuetudinario. Esto es, prácticamente su busca condenar al agresor y sólo se permite una guerra de autodefensa.

 

Un crimen de lesa humanidad es el que ofende a la humanidad toda. Se requiere que sea cometido como parte de un ataque generalizado o sistemático contra una población civil y con conocimiento de dicho ataque.

 

De manera que la Corte no sirve para tumbar gobiernos ni para resolver problemas políticos internos. No se puede acusar Estados ni gobiernos, porque como en el Derecho Penal Nacional y en los principios fundamentales del Derecho, la responsabilidad en este campo es personal. Quien acuda a ella o vaya depositando documentos ante la Fiscalía deberá saberlo y puntualizar muy bien el nombre de a quien acusa o pretende sea acusado.

 

¿Es oportuno o conveniente almacenar en las oficinas del Fiscal en el bello edificio de La Haya documento tras documento, video tras video, prueba documental tras prueba documental? Lo es, es una acción complementaria o supletoria, es un apostar al por venir, es una paciente tarea de fe en la obtención de justicia, en la evolución y consolidación del Derecho Penal Internacional.

teodulolopezm@yahoo.com




La separación de las voluntades

Teódulo López Meléndez

17-07-2010

Las nuevas formas del país llaman a la injerencia. Se trata del ejercicio de una política ciudadana, de una relación muy distinta del viejo paradigma ciudadanos-autoridad. Hay que inventar nuevas formas de escribir la historia.

 

En los procesos revolucionarios del siglo XVIII se comienza el proceso de conversión política de los derechos naturales. El siglo XIX se mueve sobre la idea del progreso. A pesar de las guerras del siglo XX se establece firmemente la forma política que algunos han denominado la “era de las Constituciones” y el traslado de la soberanía de la nación al pueblo. El programa demoliberal, luego de no pocas luchas, concede el sufragio y las mujeres libran una de sus batallas más vistosas, el voto también para ellas. La reacción fascista se extiende sobre Europa, pero el resultado de la II Gran Guerra hace renacer la condena a los poderes absolutos aún en medio de la Guerra Fría y entramos de lleno en el ciclo del liberalismo democrático, las democracias pluralistas y un ritmo keynesiano de la economía. Los partidos políticos viven su época de esplendor. El mercado reina encontrando su máxima expresión en la era Reagan-Thatcher.

 

A finales del siglo XX asoma la crisis plenamente. La democracia comienza a dejar al descubierto sus profundos vicios y la desconexión del ciudadano del sistema resalta sus falencias. La representación y la delegación del poder se resquebrajan. La democracia representativa comienza a diluirse como el sistema económico donde funcionaba. Es lo que bien se denomina una crisis de legitimidad. Los partidos políticos se convierten en “partidocracias”, en cotos cerrados que ya no cumplen su función de servir de vehículo a las aspiraciones de la gente común y su papel de intermediación entre el poder y la gente se oscurece por sus mafiosos comportamientos. De allí al brote del populismo habría poco espacio. La nueva expresión telegénica saltaría a la palestra con la oferta de soluciones “revolucionarias” milagrosas. Mientras tanto, otros comenzábamos a pensar en un  movimiento alternativo.

 

La representación puede ser tomada de entrada como la imposibilidad del ejercicio de una democracia directa. En sus orígenes se planteaba como la vía para que los gobernantes ejercieran el poder con la aceptación libérrima de sus gobernados. Esas élites gobernantes o representativas fueron degenerando en castas opuestas al espíritu original. Podríamos aceptar que tal evolución era concerniente a un sistema que en sí portaba el germen de reducción de la democracia. No obstante, se consideró la mejor manera de administrar las complejas sociedades de la era industrial. Estos mensajeros llamados representantes, tal como su nombre lo indican, representan una ficción a algo que no está presente. Al nacer el concepto y la práctica de representación la sociedad no se gobierna a sí misma sino que pasa a ser recipiendaria de las políticas y decisiones tomadas por los representantes, aunque se sometan a referéndum o plebiscito, conforme a las formas conseguidas para atenuar la paradoja de la representatividad.
 

Tal como lo señala Bernard Manin (Principes du governement représentatif, Calmann-Levy, París, 1995.), uno de los mayores estudiosos del tema, esa representación puede tomar tres formas: parlamentarismo, democracia de partidos y democracia de “audiencia”. En el primer caso, se les puede llamar fideicomisarios. En el segundo, que es el caso venezolano y de la práctica totalidad de los países latinoamericanos, se vota por un partido más que por una persona. Estos diputados o senadores son delegados de sus partidos que generalmente ejercen sobre ellos esa detestable práctica llamada “disciplina partidista”. La tercera, esto es, la denominada en las ciencias políticas “democracia de audiencia”, son los partidos los que se ponen al servicio de los candidatos y cuya elección dependerá de su propia personalidad y capacidad de interpretar a sus electores.


En cualquier caso de los mencionados se mantiene una independencia de los representantes sobre los criterios de los representados. Ocurre así la primera falla grave: la mediocridad de los  representantes las más de las veces señalados para tal posición por su subordinación y obediencia a los distintos factores que le permiten ser electos. La segunda falla grave proviene del desinterés de los electores sobre el tema de a quien eligen, más los negociados con los poderosos medios massmediáticos; sobre este caso particular la historia venezolana muestra la cesión de curules a cadenas periodísticas a cambio de apoyo, en lo que constituyó uno de los puntos claves de la decadencia de la democracia. En tercer lugar, a pesar de permitirse la existencia de los llamados “grupos de electores” está claro que de hecho existe un monopolio partidista en la postulación de aspirantes. Finalmente, la falta de ética y de un comportamiento moral adecuado.

 

Pero Manin, al pasar revista a las instituciones propuestas en lo siglos XVII y XVIII encuentra una continuidad notable con lo que hoy llamamos “democracia representativa”, lo que lo lleva a recordar una significación crucial: ese régimen del que han salido las democracias representativas no fue concebido en modo alguno por sus creadores como una forma de la democracia. Por el contrario, en los escritos de sus fundadores se encuentra un acusado contraste entre la democracia y el régimen instituido por ellos, régimen al que llamaban “gobierno representativo” o aun “república” y cita a Madison argumentando que el papel de los representantes no consiste en querer en todas las ocasiones lo que quiere el pueblo. La repreentación abre la posibilidad de una separación entre la voluntad (o decisión) pública y la voluntad popular. Manin: “Tanto para Siéyès como para Madison, el gobierno representativo no es una modalidad de la democracia, es una forma de gobierno esencialmente diferente…”.

teodulolopezm@yahoo.com




Volvamos a la política como fenómeno pensable

Teódulo López Meléndez

09-07-2010

Es cierto que vivimos el tiempo de la imagen. Ello implica que las finalidades concretas sean innecesarias, como bien se practicó, de manera que la simulación se convierte en la cabeza de algunos poderosos extraviados en el nuevo principio, una donde está el modelo mismo que se muestra, lo importante, y donde se enseña a los espectadores deseosos de esperanza un juego al que ya han sido habituados a jugar que termina convirtiéndose en dispersión y anulación de lo político.

 

El actual régimen venezolano ha logrado crear una imagen del pensamiento en el cual ya casi no se puede pensar sino desde dentro de la centralidad pensamiento-Estado. Por ello en su discurso hay siempre elementos de verdad, una muy minoritaria, pero que crea efectos de verdad. De allí su permanencia a pesar de sus errores y de su incompetencia. Hay que oponerle un nuevo pensamiento, una organización simbólica distinta, mientras hacemos lo contrario: una repetición constante, la muestra en pantalla del doppelgänger, en pocas palabras, un simulacro de representación que refuerza la imagen. A falta de una estrategia política original el gobierno funciona a sus anchas con la puesta en escena de sus “cadenas” o de sus “Aló, Presidente” de solicitación espectacular ahora impregnada de expropiaciones e insultos casi a diario.

 

Si hay incoherencia o contradicción en el discurso del dictador es simplemente porque no hay necesidad de discursos articulados. Su único interés es el desarrollo de una estrategia de poder basada en el ansia de espectáculo, el que vemos haciendo delirar a las masas comprometidas previamente y arreadas al lugar del espectáculo. Romperla no pasaba por la vía del doppelgänger porque el orden original de la imagen copiable era la de cambiar la escala entre sistema político y la esfera masiva. Reproducir era, como hemos dicho, convertir el propósito en un instante perpetuo.

 

En estas condiciones no puede decirse que la política es una posibilidad por hacer, a menos que de alguna manera se busquen los intersticios para vencer la llamarada del odio. Ello no equivale a la inacción de resistencia frente a la dictadura, pues tal comportamiento equivale a complicidad o a obstinarse sólo en una participación electoral obviando las magras condiciones en que ella se produce. En este contexto manifestarse continuamente dispuesto al diálogo se percibe como una disposición a un entrevero de piernas con un régimen que sólo permite la fidelidad más absoluta.

 

La sociedad venezolana está omitiendo el replanteamiento de que es la democracia. Lo que no se renueva perece; lo que ante los ojos de la gente es ya conocido, con sus virtudes y vicios, carece de la atracción de la novedad. Hay que conceptuar para la demostración práctica de una democracia sin adjetivos, sólo ubicada en un contexto de tiempo: siglo XXI, con todo lo que ello implica. 

 

Bien podría argumentarse que la sociedad civil se ha convertido en un simulacro de lo social. La democracia, por ejemplo, parece alejarse de su marco de drenaje y composición. El poder que amenaza con surgir en el siglo XXI trabaja –ya lo hemos dicho hasta la saciedad- con la velocidad y con la imagen, más con la velocidad de la imagen. Su alzamiento por encima de una sociedad civil débil le permite recuperar el sueño del dominio total, de la modelación de los “contemporáneos” (antes ciudadanos) a su leal saber y entender. Así, el poder de la dominación se hace total.

 

Nos preguntarnos porque el venezolano ha abandonado el papel de descifrador. La insatisfacción con lo existente parece haber perdido su capacidad de motorizar el viaje hacia fuera del presente ominoso. El venezolano ha perdido la fuerza para imponer la sumisión de la realidad al orden simbólico. Esto es, ha dejado de interrogarse.

 

Es necesario rescatar la política como “fenómeno pensable”, en su “operatividad como acontecimiento”. Es decir, liberarla del sentido centrado en una filosofía de la historia y de su carácter superestructural. Acontecimiento es lo que detiene la mera sucesión de los hechos y exige una interpretación.

 

Hay que partir de lo cotidiano para reencontrar lo social. Hay que innovar en las actitudes y comportamientos y en las bases teóricas que los sustentan. Hay que entender las posibilidades del nuevo tejido social para fijar objetivos compartidos que puedan convertirse en propósitos y objetivos de la lucha

teodulolopezm@yahoo.com



 

Este conjunto borroso

Teódulo López Meléndez

01-07-2010

 

El hombre venezolano sigue marcado por su “realidad personal” con convicciones pasadas aún sin comprender  las formas emergentes. La existencia de otros como él aún le sigue pareciendo un ensamblado extraño y el desconocimiento de su poder le lleva a caer en el divertimento de un luego político a todas luces absurdo. Ahora deberá sumarse a la novedad de una pluralidad emergente con un sistema de redes que se moverán horizontal y verticalmente, uno donde se hará, por fuerza, ciudadano y en el cual deberá ejercer una democracia en proceso de invención. Ya no habrá mundos autárquicos como los que describe Fossaert, volcados hacia adentro, apenas transformados por un leve influjo gatopardiano.

 

La situación venezolana no admite lecturas lineales o simplistas. Esto de Venezuela es lo que podríamos denominar un “conjunto borroso”, uno donde habría que hacer un abordaje analítico con conceptos como caos y fractales. La razón lógica siempre conduce a los mismos resultados y en nuestro caso esa parece ser la consabida frase de “no hay salida”. Es necesario plantearle al país que existe una “virtualidad real” en la cual cambia el concepto de poder y las experiencias engendran nuevas realidades.

 

Hemos perdido la capacidad de multiplicar los enfoques y actuamos desde una mirada tradicional que preside a los dirigentes como el cuento de la zanahoria delante. La zanahoria la porta el régimen y el burro sigue mansamente detrás. Hay que recurrir a una dinámica no lineal, a la invocación de análisis capaz de partir de una dinámica caótica, hay que fomentar un sistema organizativo autógeno. No estamos ante una sucesión lineal de causas y efectos. Desde este punto de vista podríamos reproducir el viejo cuento del vaso medio lleno o medio vacío para asegurarle a los venezolanos que esto no es un desorden sino la génesis de un nuevo orden.

 

La posibilidad está, pues, en trastocar esta forma de pensar, de torcerle el brazo, de reventar el lenguaje habitual. Mientras sigamos en las lecturas lineales sólo florecerá el “humor” que esconde, las conclusiones de la imposibilidad y la visión del poder desde un ángulo trasnochado. Entiendo que romper un paradigma es en sí muy difícil. Entiendo que enseñarle a un país a pensar es tarea nada fácil, pero las burbujas que envuelven a una república a veces son frágiles y se pueden pinchar con el verbo repetido.

 

La inutilidad de los viejos paradigmas queda de manifiesto cuando el hombre comienza a sospechar que ya no le sirven exitosamente a la solución del conflicto o de los problemas. Está claro que la revocatoria de los anteriores requiere de un esfuerzo sostenido pues se deben revalorar los datos y los supuestos.

 

La posibilidad pasa por la creación de articulaciones, es decir, mediante un despliegue de la sociedad sometida a un proceso de imaginación que cambie las significaciones produciendo así la alteración que conlleve a un cambio sociohistórico (acción). He allí la necesidad de un nuevo lenguaje, la creación de nuevos paradigmas que siguen pasando por lo social y por la psiquis. Partimos, necesariamente, de la convicción de que las cosas como están no funcionan y deben ser cambiadas (psiquis) y para ello debe ofrecerse otro tipo de sentido. La segunda (social) es hacer notar que la persona puede lograrlo sin tener un poder explícito (control de massmedia, un partido, o cualquier otra de las instituciones que tradicionalmente han sido depositarias del poder). Hay que insinuar una alteración de lo procedimental instituido. Se trata de producir un desplazamiento de la aceptación pasiva hacia un campo de creación sustitutiva. Se requiere la aparición de una persona con su concepción del Ser en la política, uno que se decide a hacer y a instituir. El asunto radica en que domesticar al venezolano –gobierno de Chávez- no es posible. El planteamiento correcto es inducir que la vida humana no es repetición, y muchos menos de los enclaves políticos, y encontrar de nuevo en la reflexión y en la deliberación un nuevo sentido. No estamos hablando de una “revelación” súbita sino de la creación de un nuevo imaginario social. Así, sin llenarse de ideas y pensamiento sobre el futuro por hacer no será posible cambiar lo existente. Este gobierno venezolano pone en duda todos los días su razón de ser y ello es condición a nuestro alcance para edificar el nuevo paradigma. La posibilidad instituyente está oculta en el colectivo anónimo. De esta manera hay que olvidar la terminología clásica. El máximo valor no es un Poder Constituyente. Lo es un Poder Instituyente, lo que no quiere decir que no se institucionalice lo instituyente, para luego ser cuestionado por la nueva emersión de lo instituyente. La democracia es, pues, cambio continuo. Todo proceso de este tipo transcurre –es obvio- en una circunstancia histórica concreta. En la nuestra, en la de los venezolanos de hoy, no podemos temer a lo incierto del futuro La democracia del siglo XXI que concibo es, entonces, una permanente puesta al día. La sociedad venezolana actual está en fase negativa. La protesta es una simple pérdida de paciencia y la lectura de columnistas que insultan al gobierno un simple ejercicio de catarsis.

teodulolopezm@yahoo.com



 

El efecto copia 

Teódulo López Meléndez

25-06-2010

Se ha establecido un patrón de comportamiento, el del odio social, el de la violencia, el de la mentira, el del desprecio, el de un individualismo patológico que, para poner un ejemplo aparentemente secundario, no soporta fracciones de segundo para tocar la corneta del auto sin importarle nada más. El cerebro humano funciona sobre la base de reconocer patrones y esos que tenemos están siendo copiados hasta un nivel insoportable. Se está uniformando el comportamiento sobre los patrones deleznables. Y se hacen hábito. La experiencia cotidiana se estructura y a su vez estructura a la sociedad, esta que vivimos marcada por los rasgos descritos. Podríamos decir que tenemos una “cultura del desvarío”. Esta es la verdadera revolución cultural del régimen que padecemos.

  

Nuestra manera de vivir en este mundo social es el del mundo social. Reproducimos, así, el estado de violencia, de desprecio, de mentira y de cerco. Esta es ya la manera de vivir de los venezolanos. La revolución ha tenido éxito en el cambio tan ansiado del comportamiento social. Ya somos otros. Ahora somos un capital social disminuido. La educación se está rediseñando para reforzar estos nuevos  contravalores. Por otro lado tenemos la convicción de la derrota, sobre la base de la abstención en el actuar, porque, según el módulo implantado, nada podemos hacer sino adaptarnos. Dentro de esta sociedad reconformada se está haciendo inviable el ejercicio democrático, no se le considera forma de expresión lógica; como bien lo decía el proyecto de reforma constitucional, no se expresará el poder popular por vía de elecciones. En otras palabras, hemos dejado de exigir formas más abiertas y completas de participación, puesto que el Estado está a punto de determinar en que consiste, una, obviamente, determinada por el caudillo. El Estado se yergue, no ya como garante, sino como “padre” que ordena y manda.

 

Los principios esenciales han sido trastocados y ya no funcionamos derivando de ellos, ahora actuamos sobre los parámetros del régimen. De manera que si trasladamos a términos de política actual la palabra “colaboracionistas”, lo son –qué duda cabe- los que han adoptado los hábitos y comportamientos de quienes consideran sus adversarios.

  

Esto es, en este lamentable país de hoy el cuerpo social copió los signos del invasor nacido de su propio seno. Es posible cambiar la subjetividad humana, para bien o para mal, y para cambiarla hacia algunos valores de lo que ha sido la venezolanidad, más la suma de cese del egoísmo, de la implantación de la solidaridad social y del abandono de teorías ancianas como de teorías trasnochadas, es necesaria la multiplicación de la voz de la inteligencia hoy adormecida y echada en una hamaca. Por ejemplo, el hábito del crecimiento ha sido cambiado por el hábito de la supervivencia. El hábito de la tolerancia ha sido cambiado por el hábito de la agresión. El hábito de no rendirse ha sido cambiado por el hábito de perorar palabras insultantes y anunciar violencia.

  

Es obvio que la conformación de hábitos y comportamientos depende tanto del exterior como del interior. El exterior lo conocemos en todas sus taras, pero el interior nos está mostrado una profunda fragilidad psicológica, una falta de densidad, una vulnerabilidad total, una falta impresionante de consistencia en el prototipo venezolano.  Sin un mundo interior propicio no se internalizaría el mundo exterior despreciable. Ni se produciría este círculo de personas con los nuevos hábitos y comportamientos constituyéndose en la sociedad devaluada. En consecuencia, es necesario explicar e introducir una idea nueva. Si no logramos hacerlo, si nos limitamos a repetir el rechazo sin proponer alternativa, respetando la raíz en lo viejo reciente que aquí se llama democracia y libertad, no habrá nunca la posibilidad de una reacción colectiva de verdadera resistencia, palabra que uso en su justa dimensión, no en el de una acción política estrafalaria.

  

Ya lo dije hace tiempo: esto implica un nuevo lenguaje, para empezar. Es obvia la necesidad de diseñar un futuro. Con estos hábitos y estos comportamientos, si permitimos que se establezcan endurecidos, esto es, que seamos una sociedad totalitaria sin capacidad de resistencia, no se podrá luego modificar nada, a no ser desde  el final que siempre llega y el reinicio desde el vacío. Si cada quien no se autoanaliza y mira lo que hace a diario en la vida cotidiana y se examina en sus reacciones frente a nuestro actual drama, no tendremos inteligencia produciendo el porvenir ni liderazgos emergentes que puedan conducirnos hacia la reconstrucción de nuestro interior y de nuestro exterior.

  

Esta adaptación a los hábitos de crisis impone este comportamiento que se está haciendo natural en definición de una normalidad enferma. Así como el cuerpo se calienta, produce fiebre, como advertencia de que los anticuerpos han comenzado a funcionar y el organismo se defiende, así sería indispensable que esta sociedad nuestra en disolución en la disolución sintiera conciencia de que el cuerpo social  es la suma de cada uno de nosotros y si cada uno de nosotros se ha intoxicado uno a uno deberemos desintoxicarnos. Sucede, a veces, que los pueblos despiertan. El nuestro parece caracterizado por la autoflagelación y sus respuestas, a lo largo de la historia, se han tardado tanto que siempre terminamos volviendo a empezar, dejando sobre el piso el tiempo perdido y generaciones destruidas.

teodulolopezm@yahoo.com


 

El efecto fútbol

Teódulo López Meléndez

18-06-2010

Una especie de patología masoquista se ha apoderado de buen número de venezolanos, a diferencia de la alegría que parece ocupar a una parte importante del planeta. En las redes sociales puede encontrarse una queja sobre lo que sucede mientras vemos el Mundial de Sudáfrica. Se alega que tal cosa ha sucedido mientras veíamos tal partido, en una constante de autoflagelación que me ha llevado a preguntar en más de una ocasión que cosa veían los compatriotas antes de que comenzara el gran evento deportivo mundial.

 

Se alega que el régimen se aprovecha de nuestra distracción con el fútbol para hacer carambolas y maniobras, pases y corte de salami, avances y rebanadas de lo que va quedando, como si antes el régimen hubiese estado en la quietud, en la inercia, en una especie de inacción patética.

 

Esta sensación de culpa pudiera responderse, de igual manera, preguntando qué diablos deberíamos estar haciendo en lugar de sufrir por la derrota alemana o por el hundimiento de España en su primer partido. Como antes del Mundial, al igual que antes del Mundial, no estaríamos haciendo otra que lamentarnos, porque lo que sucede no se le debe a él, se le debe a que aquí tenemos un equipo sin director técnico, sin atacantes y sin defensas.

 

No somos más que un grupo dedicado a llorar los goles del adversario, a buscar escondrijos donde justificar la propia impotencia. La psicología de buena parte de los venezolanos va a refugiarse en la autoacusación, en la pretendida culpabilidad por sentarnos frente a una pantalla a ver las hazañas y fallos de los jugadores que pueblan Sudáfrica y el planeta todo.

 

Es más, tal distorsión encuentra otros canales, como referirse a Maradona como Maradroga o simplemente drogadicto o extrapolar la intimidad del gobierno argentino con el régimen de aquí para desatar una fobia contra la oncena albiceleste. Patología, es la única palabra posible, puesto que quien sale de las drogas tiene méritos enormes y en el caso de Maradona puede afirmarse que la inmensa responsabilidad que le pusieron sobre los hombros lo ha hecho madurar aceleradamente. Maradona no es un drogadicto, es un exdrogadicto y quien se levanta debe ser reconocido. Es más, esto puede emparentarse con la pérdida de las más esenciales condiciones humanas. El hombre serio que está dirigiendo a la perfección a su equipo merece respeto y colocarlo en la picota por sus desplantes políticos, como el de la vecindad con el régimen venezolano, parece una muestra de una seria enfermedad de odio, de una enfermedad disociadora, distorsionante, de una que puede llamarse con exactitud alienación.

 

He dicho que los venezolanos exigen acción, pero no quieren que nadie actúe. De allí comienza la explicación del fenómeno masoquista del que somos testigos. El pueblo venezolano, como cualquier pueblo de la tierra, tiene derecho a disfrutar del evento sudafricano sin descuidar nuestra preocupación de la atenazadora y peligrosa realidad que nos envuelve, pero la impotencia aprovecha el evento para encontrar causes, como el que todo sucede porque miramos los partidos. No, todo sucede porque el régimen se mantiene en su proyecto y el mundial le va a durar hasta septiembre y mientras tanto este equipo sin atacantes ni defensa ni director técnico recibirá goles a montón, como los seguirá recibiendo después de la fecha mágica de la supuesta llegada del rey sobre el caballo blanco, posterioridad para el cual habrá otro evento que les permita seguir haciendo goles a la población que se da golpes de pecho quizás en busca de su propia absolución, pues la culpa no está en mirar el mundial, la culpa está en el abandono de toda resistencia al régimen opresor.

 

El efecto fútbol ha servido para mostrar a un país en sus falencias, en sus contradicciones, en sus complejos, en su impotencia. Como el náufrago mira a quien lo acompaña en la isla desierta como su espejo y en la imagen quiere depositar todas sus frustraciones y culpas. Por supuesto él no tiene la culpa, es que sus compatriotas están mirando el fútbol en lugar de hacer algo, aunque nadie sabe qué deberían estar haciendo; es más, si alguien propusiera hacer algo sería rechazado de inmediato, dado que existe la fecha mágica en que el rey llegará sobre su caballo blanco a restituir el viejo orden perdido.

 

Se desviven contra la MUD porque no habla y menos hace, lo que es cierto, mientras afirman que tal país será el campeón, para momentos más tarde asegurar que durante el partido tal PDVSA gastó tanto en comida podrida, mientra nosotros, pueblo distraído, miraba el fútbol. ¿Entonces? ¿Dónde va a ir a parar esta opinión pública descompuesta, desarmada, este equipo que no es tal, sin director técnico, sin atacantes y sin defensas?

 

Este equipo que no es tal carece de criterio político, carece de cultura política, es uno a la desbandada que sólo parece podrá tal vez adquirir la experiencia necesaria para esta competición arriesgada y peligrosa en una serie de revolcones interminables, en el encaje de gol tras gol.

 

He dicho muchas veces que estamos en el callejón sin salida donde nos metieron a la fuerza obviando todo acto de resistencia. La protesta brota de la boca o de las redes sociales a manera de desahogo quizás contra sí mismos, en una especie de catarsis devoradora que busca explicar la indefensión. Cuando ya no exista espejo que devuelva imagen a quien culpar, cuando por efecto avasallante de la propia dinámica dictatorial nos introduzcamos en el espejo, entonces se decidirán a conformar su propia “vino tinto”, con despido incluido de todos los técnicos acomodaticios, con la escogencia de una nueva oncena que poner en la cancha, con atacantes aguerridos y con defensores impenetrables.

teodulolopezm@yahoo.com




El efecto Robin Hood
Teódulo López Meléndez

11-06-2010

Leyenda o mito pertenece al primer Medioevo, al bosque, a la inexistencia de legalidad. El príncipe Juan Sin Tierra parecía querer cambiar de nombre, despojarse de una condición determinada por su apellido y derivaba su poder hacia el sheriff. La villa de Nottingham era su aposento y lo que podríamos denominar, quizás con un exceso, la “autoridad civil”, ejecutaba su mandato con eficiencia y con saña.


El príncipe robaba a los nobles que se le oponían, pero de la invención colectiva, o de la transformación imaginaria de algún personaje hacia la mitificación, apareció Robin Hood, la oposición al ejercicio despótico, la encarnación romántica del justiciero, el hábil arquero que devolvía a ricos y pobres robados el dominio de los bienes usurpados y ejercía desde el bosque de Sherwood una justicia redistributiva a la espera de que apareciese en el horizonte el caballo blanco con el rey encarnado, mito transportado incluso hasta la literatura portuguesa. Según se cuenta, especialmente por los cineastas entre los que aún no está incluido Oliver Stone, el rey sí apareció y era nada menos que Ricardo, quien entre sus primeras actuaciones sacó a Robin del bandidaje y lo restituyó a la nobleza.


Quizás debamos recurrir a este incidente apto para la filmación en momentos en que Juan Sin Tierra las quiere todas, en momentos en que desde su poder usurpado e ilegítimo, expropia a voluntad y ofrece maíz a algún noble que se le resiste. La expropiación de las cosechas, lo sabía bien el príncipe, era condición natural a su poder, al control irrestricto y al ejercicio abusivo de su denominación.


Lo hacemos en momentos en que Jorge Luis Borges se nos aparece de nuevo, pero desde un ángulo distinto. El llamado escritor “derechista” se nos asemeja más bien a un pensador complejo y de mirada lateral y profunda, a un actuante en la realidad de su tiempo por encima de las convenciones y de los parámetros en que la sociedad que lo contemplaba vivía. Este ángulo de mirada sobre Borges nos sobreviene por los planteamientos innovadores y peor entendidos que han surgido en algún país de esta América y que son la aplicación real de un trastoque total de la forma de mirar.


El bosque de Sherwood quedaba en las narices del palacio de Juan Sin Tierra, pero nunca intentó una redada sobre el perturbador que allí se escondía. Esperaba sus travesuras o riesgos para recurrir a la defensa y el sheriff encarcelaba a alguno que otro que caía más por su impericia que por su concepción clara de lo que se proponía. Juan tenía una corte, como era lo indicado, y su séquito aprovechaba las rentas mal habidas. La “autoridad civil”, vamos a llamarla los Poderes, dependían absolutamente de su voluntad y, claro está, corrían con las arbitrariedades para mantener sobre ellos los favores y continuar disfrutando de la riqueza.


Robin Hood era propiamente un guerrillero que no se proponía derrocar a Juan Sin Tierra. Era un asaltante sin pretensiones de poder y el cambio de régimen sólo lo acariciaba con el sueño de que apareciese el caballo blanco con el rey encima. Como no había elecciones no le quedaba otra que esperar la restitución de la monarquía de voluntad divina.


Los films nos lo muestran ya encontrado de manera definitiva con su amada Mariana y envuelto en los trapos que a su condición de noble le eran apropiados, despojado ya de su carcaj y de su arco y de la vestimenta apropiada al clima húmedo y boscoso. Se había hecho justicia, Juan Sin Tierra castigado y restituido el orden sobrenatural que emanaba del Derecho Divino.


Las leyendas medievales sólo pueden ser recordadas como tales, porque la historia ha vivido numerosas etapas y porque en el siglo XXI no se puede esperar a Robin Hood aunque la imaginación colectiva descocada y desquiciada pretenda endosarle todas las acciones de resistencia a las que ella no se atreve. Eran otros tiempos aquellos en los cuales hasta los nobles miraban con simpatía al romántico que robaba a los ladrones. Lo que es también menester recordar es que Juan Sin Tierra de tanto expropiar se fue quedando sin contribuyentes a quienes cobrarle los impuestos y el almacenamiento en los conteiners de las cosechas dejaron a la población sin comida lo que no hacía otra cosa que provocar la colaboración velada y hasta alguna participación activa de la población en la protección del romántico del bosque.


El efecto Robin Hood parece caminar por las calles de un lejano país donde ahora se vive el Medioevo. Juan Sin Tierra tiene su sheriff pero multiplicado. La población vive en las contradicciones: se queja de falta de acción, pero no quiere ninguna; se queja de inmovilidad pero desecha cualquiera que se le proponga; se pregunta por qué nadie actúa pero se opone a que alguien actúe; se apega a que el rey sobre el caballo blanco llegará en la  precisa fecha del 26 de septiembre, pero no quiere admitir la improbabilidad. No hay Robin Hood que distraiga, que ejerza su resistencia más bien motivada por la ausencia de Mariana que por un afán de justicia. Y se quejan de que no existe Robin Hood, cuando la verdad es que no hace falta; más bien una voz dura de moral y de principios pronunciando la verdad, pero la población arruinada no quiere oír voces duras cuando espera en fecha precisa la llegada del rey sobre el caballo blanco.


Han convertido un momento a utilizar para la resistencia y el desarrollo de una estrategia en un efecto Robin Hood. Uno se interna en el bosque de Sherwood a la búsqueda de una explicación medieval para una situación política de finales de la primera década del siglo XXI. Uno recuerda que en verdad gobierna Juan Sin Tierra.

teodulolopezm@yahoo.com




El efecto Alka Seltzer

Teódulo López Meléndez

03-06-2010

De repente el hombre de la transición parece observar los destellos del futuro y como en un proceso de acrecentamiento recibe los materiales de su expansión. Aplico algunos términos propios de la astrofísica para describir el crecimiento del hombre contemporáneo hacia nuevas formas políticas. En efecto, vivimos momentos muy similares a los de la formación de los planetas, en el sentido de la atracción y encaje de diversas piezas flotantes.  En el campo de la política parece existir el convencimiento del cansancio, pero también el de la zona del limbo, uno en que el viejo procedimiento y la manera de concebir no desaparece y no termina de cuajar la claridad del mundo nuevo.


Se produce el relámpago del alerta y el hombre de la transición siente el atractivo de ver manifestada en fórmulas concretas sus ansias, las que le ofrecen nuevas formas de respuestas en el modo de conducir la organización social, especialmente en lo que se refiere a las manifestaciones político-estructurales. La primera reacción es la de la alegría, la de la celebración de ver ante sus ojos la nueva forma de entender la política, la nueva manera de concebir al liderazgo y el planteamiento real y efectivo de las nuevas ideas.


Los estudios de opinión comienzan a mostrar el entusiasmo y la esperanza, especialmente en los sectores jóvenes de la población, aburridos y cansados de las viejas prácticas, los mismos que alegan su desinterés por el destino colectivo por la repetición, la perversión y de los desvíos de todo orden ético. Efervece la alegría del descubrimiento, los ideales vuelven a brillar como motor de la vida, por momentos se tiene la certeza de la novedad, la emoción del descubrimiento, la sacudida del letargo y los jóvenes se identifican de nuevo con la política, con la posibilidad de un mundo regido por parámetros distintos y por paradigmas novedosos que disuelven el pasado en una nueva posibilidad latente.


El entusiasmo dura poco, para que los sabelotodos comiencen a hablar de efecto massmediático,  de emociones de Facebook y de Twitter, de encuestas realizadas en la vida de Internet y no de la realidad real. Esa emoción, en efecto, se apaga; quienes esperanzados miraron el planteamiento transformador lo dejan en el camino y vuelven a sus hábitos de indiferencia. En otras palabras, no concretan los sentimientos que los animaron, no van a votar, no ejecutan el cambio, se diluyen en lo que en este texto he dado en llamar el efecto Alka Seltzer.


Se trata ahora de unas encuestas que reflejan literalmente lo que no ha de suceder. Esto es, no se trata de que estén amañadas o de que sean realizadas sin el habitual rigor. Se trata de que el momento de evaporación de las burbujas de la pastilla para la digestión es tan efímero que casi estamos llegando al momento de hablar de la imposibilidad de medición real y efectiva de la intención electoral de una población dada. Si bien se acepta que una encuesta refleja un momento específico, no es ese el argumento válido para reflejar lo que está sucediendo. Uno llega a plantearse si se requieren elementos sociopsicológicos incorporados a las viejas maneras de determinar la intención de voto o si la complejidad de los tiempos de transición convierte en misión imposible el adelantarse a los resultados de una consulta electoral.


No obstante, el futuro económico de las encuestadoras o su adaptación a un tiempo movedizo será problema de los interesados y de los planificadores de campañas electorales y de quienes quieran saber los entresijos de los electores para adaptar a ellos la procura de apoyo. El asunto del fondo de este período de transición y la llegada definitiva del futuro es el que nos interesa. Es el porqué sucede, especialmente entre los jóvenes, el efecto Alka Seltzer, el problema de fondo. Se distraen rápidamente del objetivo de sus ilusiones políticas, pero debemos comenzar por advertir que son así en todos los aspectos de la vida. La quema de adrenalina parece exigirles nuevos estímulos a cada instante, no sin admitir la existencia de excepciones en aquellos que permanecen sobre el atractivo nuevo planteamiento. La necesidad de estímulos exteriores pasa por una concepción de la existencia misma producida seguramente por nosotros los adultos en nuestros fracasos de haberles entregado un mundo más adecuado a sus sueños. A pesar del éxito que individualmente hayamos podido alcanzar hemos incurrido en la manía positiva de atosigarlos de deportes, de alternativas educativas de todo tipo, de necesidad de adrenalina. En los sectores más pobres de la población este requerimiento viene obviamente de otras causas pero es muy similar, como la necesidad imperiosa de producir ingresos o de asumir tempranamente responsabilidades familiares pesantes.


Lo efímero se siembra en la mentalidad de estos tiempos de intemezzo o de interregno. Hay que vivir con tal prisa y obtener las satisfacciones a tal velocidad que el condicionamiento propio de los procesos sociales parece gozar de una lentitud no atractiva. Abandonan rápidamente, se disuelven en el vaso de agua cual Alka Seltzer, duran un segundo en su consistencia. En otros casos, es también obvio, son atrapados por los viejos modelos, por las antiguas concepciones y un pragmatismo devorador y sin ideas los lleva directamente a entregarse de cuerpo y alma a lo conocido y a lo aparentemente práctico. Es el caso de los líderes del primer gran movimiento estudiantil contra el presente régimen venezolano, idos casi todos a militar en los partidos tradicionales porque “sin partido no se puede hacer carrera política”. Terminaron devorados por las partidocracias en sus ilusiones de utilizar el aire de la rebelión juvenil como instrumento para ocupar cargos de elección popular.


Abandonan el desafío con rapidez o porque se distraen con la inmediatez de la vida que los reclama al benessere o a la satisfacción personal o por el convencimiento de que la ilusión era vana, que fue simplemente un espejismo y no puede ser verdad lo que los llenó momentáneamente de interés, de manera que sirvió sólo y simplemente para un momento de renacer de un autoengaño. Son los más, sin que falten los que “reflexionan” sobre la supuesta practicidad de la vida y regresen de inmediato a lo “seguro”, a lo conocido, a lo establecido donde se mantienen las generaciones anteriores.


El asunto no es, entonces, un mero problema de las encuestadoras y de sus dueños, transformados, por la ausencia de políticos verdaderos, en una suerte de profetas u oráculos que dicen lo que hay que hacer. El asunto es la invención del pegante, del fijador, del elemento que amalgame y mantenga la ilusión despertada en una verdadera fuerza del cambio que arribe a la materialización real y efectiva del futuro encarnado en las nuevas formas de pensar y ejecutar la política. Quizás de este descubrimiento dependerá que el nuevo mundo nazca o que se prolongue el limbo del interregno y veamos a la juventud disolverse una y otra vez como un Alka Seltzer lanzado en un pequeño pozo de agua remanente de un pasado que nos frustra y envilece.
 

teodulolopezm@yahoo.com




Migraciones y cultura

Teódulo López Meléndez

28-05-2010

 

Migraciones humanas siempre hubo, pero en este mundo global se les toma con especial interés. La ONU habló en el 2005 de 191 millones de personas. Es uno de cada 40 de los habitantes del mundo subdesarrollado. En estos momentos son las normas restrictivas las que prevalecen. Algunos se mudan con relativa seguridad, pero otros no tienen ninguna. Algunos lo hacen por guerras civiles, persecuciones políticas y los más por razones económicas. Europa se protege con una “Agencia para la Protección de las Fronteras Exteriores”. Algunos países hacen esfuerzos por regularizar a los extranjeros ilegales, otros –caso de Estados Unidos- se debaten en una interminable puja por encontrar una solución. Buena de parte de estos ciudadanos que cambian de residencia viven en condiciones deprimentes, bajo constantes violaciones de sus derechos humanos. Se exagera sobre los porcentajes de flujo migratorio y se exagera sobre ilegalidad y criminalidad y se exagera sobre la competencia en el mercado de trabajo, pues buena parte de esos ciudadanos realizan trabajos que la gente del mundo desarrollado ya no quiere para sí.

 

Esa población migratoria generalmente se ve afectada por la discriminación, coacción a la asimilación y otros procederes lo que conlleva a un movimiento de defensa frente a las pretensiones de asimilación. Es necesario recordar que los diversos flujos (objetos, personas, imágenes y discursos) no son convergentes y que tienen velocidades diferentes y diferentes relaciones. Ciertamente, quienes emigran producen cambios no sólo en su destino sino también en su lugar de origen. Estamos frente a un proceso complejo, ni único ni original, pero que ahora debemos medir con los términos de la globalización.

 

Es necesario admitir que las nuevas identidades se construyen a través de una transgresión sistemática. Hay que hablar de “hibridación cultural”. Es difícil entender lo que cambia y la manera como lo hace. Estamos en lo que será un proceso largo y multifacético, uno irreducible a categorías simplistas. Quizás la palabra “glocalización” (de globalización y localización) sea la más adecuada de este entrelazamiento al que asistimos.

teodulolopezm@yahoo.com




La salud económica de lo humano

Teódulo López Meléndez

21-05-2010

Hemos conocido un mundo económico internacional por seis décadas, uno que quedó en evidencia con la reciente crisis y uno que comienza a ser modificado con las reformas que implementa el presidente Obama y que Europa aún vive en carne propia con la crisis de la zona del euro.  Una cosa es un mundo de relaciones internacionales entre Estados-nación y una cosa muy distinta es una reglamentación económica para un mundo globalizado.

 

De la muerte o enfermedad terminal de viejo Bretton Woods se habla desde hace desde hace muchos años, sólo que ahora ha debido pasarse de las palabras a los hechos. Los requerimientos para la transformación y adecuación de esas viejas instituciones de postguerra ha sido una constante. Es obvio, además, que ya no nos movemos en un plano de relaciones internacionales, sino en uno de relaciones globales, diferencia a recalcar pues el mundo que se derrumba no es el mismo que emerge.

 

La resistencia a todo cambio quedó de manifiesto cuando el todavía Presidente George W. Bush insistió en que bastaba una reforma del sistema de mercado liberal, al segurar que en momentos de incertidumbre económica no se podían estar cambiando “métodos probados para crear prosperidad y esperanza” mientras numerosas conferencias de la ONU sobre bienes públicos globales y desigualdad social se vieron obstaculizadas por las restricciones fiscales de la ortodoxia vigente. Instituciones del viejo Bretton Woods y la Organización Mundial del Comercio definieron las políticas macroeconómicas. Ejercieron un papel vigilante e interventor para procurar el crecimiento, pero la reducción de las desigualdades o la pobreza en aumento no fueron temas de su interés.

 

Quizás debamos mirar las instituciones económicas aptas para el mundo global con la misma óptica que hemos mirado la organización política. Para bien o para mal se crearon normas de gobernanza supranacional, inspiradas en el modelo descrito, pero con instituciones sin efectividad. Ya hemos hablado de las tendencias equivocadas. El mundo se ha hecho interdependiente en los ámbitos del comercio y del movimiento de capitales y personas, aunque falta avanzar en temas como la salud, la energía y el medio ambiente. Con la crisis quedó al descubierto que los movimientos financieros a corto plazo eran los peor regulados.

 

Es evidente la necesidad de reformar o de construir nuevas organizaciones globales para lo económico. La crisis reciente puso de manifiesto la capacidad dañina del dinero fácil y la urgencia de acelerar la evolución del sistema financiero internacional. Ese capital voraz vivió sumido en el apetito del retorno cada vez más rápido. Sin embargo, la degeneración toca profundamente las concepciones de lo ético y de lo moral, lo que ha replanteado la necesidad de crear reglas restrictivas a un mercado desaforado.

 

Hay que agregar, en este último concepto, lo que los economistas llaman “efecto esloveno”, esto es, la existencia de pequeños mercados sin crecimiento y sin reformas estructurales y sin atractivo para la inversión extranjera. Es lo que el profesor  Adolfo Castilla (Catedrático de Economía Aplicada de la Universidad Antonio de Nebrija) llama “Los cinco dedos de la muerte económica”, tomando la expresión del inglés “The five fingers of death” utilizada por las películas americanas del cine negro. Al “efecto Eslovenia” agrega la subida continua de los tipos de interés, el decrecimiento de los Estados Unidos, la presión fiscal al alza y la apreciación continuada de los tipos de cambio. El peligro radica en una eventual reactivación de la crisis por una actuación incorrecta de las instituciones reguladoras de la economía mundial.

 

Hay que agregar que las tensiones políticas cambian el marco en que se hacen negocios en el mundo. Las economías emergentes ofrecen peligros de este tipo, por la disparidad en sus ingresos. Ya, en buena parte, el éxito no depende del uso de avanzada tecnología o de los costes sino del juego político, especialmente antinorteamericano. Sumemos la corrupción y la inseguridad jurídica.

 

En definitiva, la reciente crisis dejó heridas en lo que Marcelo Manucci (Doctor en Ciencias de la Comunicación -USal-) llama la hasta ahora “estructura económica forzadamente idealizada”. Más aún, la crisis afectó severamente un modelo de realidad. El nacimiento del nuevo mundo global presenta desafíos y acontecimientos inéditos. Ahora el cambio en el manejo económico mundial o es coherente con esta nueva realidad o marchará hacia otro ciclo de paradojas. Es necesario abandonar aquí también los viejos paradigmas e inmiscuirse en el nuevo sentido y es precisamente lo que los Estados Unidos de Obama entiende.

 

Vivimos en un entorno circular en movimiento. “No hay ni comienzo ni terminación del proceso”, asegura Jay W. Forrester, considerado el padre de la “Dinámica de sistemas”. Stefano Zamagni (Departamento de la Economía de la Universidad de Bologna y experto en economía del Tercer Sector Europeo) nos recuerda acertadamente que las teorías económicas no son nunca neutrales y también que el paradigma vigente hasta ahora llamado “neoliberal” olvida esta verdad. Ahora bien, la crisis nos planteó el recuerdo de la reunión de Rambouie (1975), en las cercanías de París, en la cual los jefes de los seis países más desarrollados acuerdan poner en marcha la privatización y la liberalización. Y es precisamente eso lo que ha quedado desestructurado y donde puede poner el énfasis de lo que yo he llamado repetidas veces el predominio de la economía sobre la política. Y un dato que Zamagni injerta, el que las guerras civiles desde los años 70 se han dado en gran medida por el aumento de la desigualdad (Kosovo, tutzis y hutos, Eritrea y Somalia, Chechenia, etc.). Y por supuesto, la segunda emersión, la de nuevas formas de totalitarismo. De allí la teoría neo-estatatista que se practica en Venezuela, la de un Estado voraz que se lo come todo, que se enfrenta al desmoronamiento del Estado-nación considerándolo una simple maniobra neoliberal, olvidando que ese poder está perdido en el altar global y que no conduce más que a un neomercantilismo.

 

El nuevo mundo económico tiene que estar marcado por una subsidiaridad horizontal que implica el reconocimiento de una sociedad civil transnacional. Esto es, una buena parte de la cooperación internacional para el desarrollo tiene que ir a la sociedad civil organizada y no a las instituciones del Estado-nación desfalleciente. La preocupación por lo humano conlleva a lo que ha sido mi planteamiento base sobre el tema: la política debe recobrar su primacía sobre la economía, las estrategias deben dirigirse a atender la pobreza creciente y las emigraciones consecuentes, más los nuevos grandes temas como la salud, la salud ecológica y la energía, en un envoltorio de lo humano.

teodulolopezm@yahoo.com




Una nueva manera de pensar la política

Teódulo López Meléndez

14-05-2010

El hombre de estos tiempos muy posiblemente no ha asumido a plenitud los rasgos dominantes y sufre en la nostalgia del pasado. Vive así en semiverdades.

 

El hombre ha dejado de conceptualizar de manera compleja. Las contradicciones se manifiestan en toda su magnitud ante la ausencia de la utopía totalizadora.

 

Los viejos paradigmas están agotados. Basta oír para comprobar que estamos en lo que podemos con exactitud denominar un mundo viejo. Ello, a pesar de vivir en un mundo de cambios acelerados. Quizás estos cambios lo sean de mera transición, lo que quiere decir que están impregnados de los mismos conceptos de lo anterior. El sentido mismo de la realidad se hace así borroso, sobre todo se hace borrosa la cotidianeidad, donde hábitats psicológicos fundamentales se ven alterados, como el trabajo, la alimentación y hasta el aspecto sanitario, como comprobamos con las recientes epidemias que nos asolan.

 

Seguimos viviendo sembrados en la trayectoria de lo pasado, una que conduce a ninguna parte. Hasta la forma de pensar sigue siendo la misma, en una especie de parálisis cerebral que nos impide comprender que debemos generar nuevos paradigmas que puedan producir una transformación de la realidad inmediata.

 

Las sacudidas se suceden unas tras otras. Las anteriores convicciones lucen desgastadas, perdida toda su capacidad explicativa y de protección. La expresión sobre el deterioro de las instituciones se ha hecho lugar común, pero las que muestran debilidad extrema son las políticas, incluidas las llamadas intermedias que cumplían el rol de puente entre el poder y la comunidad. De manera que las viejas formas jurídicas se han deshilachado y los intermediarios han perdido toda capacidad de dar excitabilidad y coherencia, así como han perdido los viejos instrumentos de coercibilidad, lo que ha llevado a los medios a procurar alzarse como los nuevos controladores.

 

Las llamadas instituciones muestran una incapacidad manifiesta para transformarse, más aún, no es transformación lo que requieren. Frente a un nuevo paradigma cultural, aún en pañales, su rompimiento con la realidad es visible, pues pertenecen a paradigmas superados, parten de la base de una inmovilidad que les es consubstancial. El hombre regido por la institución desaparece, se ha aislado de ella.

 

No puede pretenderse la aparición de un nuevo cuerpo de doctrina infalible y totalizante, una especie de renacimiento de las ideologías. La sociedad de la comunicación que habrá de venir es un cambio de paradigma en sí misma. Sobre ella se alzará la nueva realidad. Sin obviar el peligro totalitario de control de la pantalla-ojo, el rompimiento de la unidireccionalidad de los medios que pone en entredicho la noción de receptor indefenso y la continua tesis de control del mercado producida por la reciente crisis, debe empujar al pensamiento a la siembra de nuevas concepciones democráticas. Esto es, la tarea de los pensadores de hoy no es entregar un diseño de sociedad del futuro, sino crear las ideas para que el hombre comunicado protagonice. No se puede hacer a la manera de los viejos ideólogos que diseñaban una nueva realidad utópica. Lo que ahora corresponde es proponer una nueva lectura de la realidad, esto es, la creación de una nueva realidad derivada de la permanente actividad de un república de ciudadanos que ejerciendo el poder instituyente cambian las formas a la medida de su evolución hacia una eternamente perfectible sociedad democrática.

 

El vencimiento de los paradigmas existentes, o la derrota de la inercia, debe buscarse por la vía de los planteamientos innovadores e inusuales que, con toda lógica en los procesos humanos, serán descartados al inicio por el entorno institucionalizado.

teodulolopezm@yahoo.com




La ruptura de las viejas complicidades

Teódulo López Meléndez

22-04-2010

Ante el cierre de los canales de la democracia del siglo XX, y equivalente a la era industrial, surgen por doquier nuevas formas de organización que practican una democracia deliberativa. La creación de una nueva democracia para la era postindustrial o para el mundo global, implicará, implica ya, un traslado de los asuntos sociales hacia las asociaciones democráticas que emergen. El ciudadano, es decir, el habitante del espacio geográfico que ha abandonado el desinterés por los asuntos públicos, está retado a un acercamiento con el otro, a la construcción de una red de comunicación que deberá extenderse a una red de redes donde los elementos de interés común permitan la creación de un nuevo tejido democrático.

 

Nacerá así, lo que bien podemos llamar con propiedad y exactitud, la voz de los ciudadanos que creará el nuevo lenguaje, uno por encima de los viejos paradigmas en que se mueven los actores tradicionales. Ello conlleva, necesariamente, a un aumento de la intervención colectiva en un debate público del cual se alejó y al cual las evidentes fallas lo han hecho regresar, esta vez para quedarse. Sólo que los cauces tradicionales para esa expresión están obturados y así debe recurrirse a otros medios.

 

Los escépticos arguyen que no hay respuesta colectiva y que la multiplicidad de criterios produce, en cambio, la inmovilidad y la falta de toma de decisiones o, al menos, la pérdida de su eficacia. Los realistas arguyen que las decisiones nunca resultan neutras, que nada se logra si el colectivo no participa y, finalmente, ponen sobre la mesa el argumento de la autonomía moral; esto es, resulta inaceptable que otros tomen las decisiones que afectan nuestras vidas. Por lo demás, se gana eficacia con el conjunto decidiendo, sólo ejerciendo los derechos se aprende a enfrentar la complejidad de los problemas y la única forma de evitar que otros decidan por nosotros es inmiscuyéndonos. Si participamos en la toma de la decisión se reduce al mínimo cualquier expresión de resistencia social al propósito que se busca.

 

Hay que afincarse en un proyecto de transformación social mediante la creación de formas de sociabilidad inconformistas, la reinvención de la ciudadanía y la maximización de la participación política. En cualquier caso, lo que se exige es una “repolitización global de la práctica social”, esto es, superar la mera participación electoral, lo que significa “identificar relaciones de poder e imaginar formas prácticas de transformarlas en relaciones de autoridad compartida”.

 

De allí la imperiosa necesidad de construir espacios que deliberan e influyen o determinan las decisiones políticas. Esto es, hay que levantar sujetos políticos abiertos a la diversidad y a la tolerancia, con suficiente poder adquirido y derivado de la práctica de lo deliberativo. He dicho que la democracia es siempre una posibilidad en camino donde no se congela un ordenamiento institucional y donde el Derecho no es un simple instrumento de mineralización del pasado. La política, vista así, no es más que una práctica continua, una transformación incesante marcada por la toma de decisiones de los nuevos actores ciudadanos.

 

Hay una hegemonía que, obviando en este instante viejos factores ideológicos, podemos referir a los partidos políticos, como monopolizadores de las prácticas de la democracia representativa. Las prácticas articuladoras de los diversos sectores sociales emergentes que deliberan se producirá tarde o temprano para hacer saber que terminó al fin un predominio abusivo. Siempre aparecerá el elemento identificatorio del todo, el que produzca el sentido común. La incompletitud de cada sector emergente encontrará la articulación, una que puede ser circunstancial para el ejercicio de un movimiento de poder, una que puede ser de mediano alcance para propósitos de lento perseguir o, inclusive, el nacimiento de bases permanentes sobre la cual continuar manteniendo la diversidad. Para lograrlo se requiere de la conformación de nuevas demandas subjetivas que confluyan mediante un sistema de equivalencias democráticas. No se trata de alianzas sino de un proceso de modificación de la identidad de las fuerzas actuantes. Esto requiere que ninguna lucha se libre en términos que afecten negativamente a los intereses directos de otras fuerzas posibles a la articulación y que subsista la confrontación de diversas posiciones.

 

Cierto es que frente al nuevo mundo que aparece ante nuestros ojos estudiar la democracia y procurar innovar en ella se ha tornado en una tarea esencial.  Ciertamente la asociación entre los factores emergentes criticará los conocimientos y los prejuicios,  se dará cuenta de la insostenibilidad de los viejos paradigmas y la claridad saliente lo impulsará al ejercicio de la toma de decisiones. Una de las características será de inmediato la puesta bajo sospecha de la soberbia de los “expertos”, llamados también dirigentes partidistas. El ciudadano no será, pues, un ser aislado en lo político, pues tendrá muchas interlocuciones de las cuales ocuparse. La asociación implicará que cada quien se haga representante de sí mismo. El ciudadano pasivo que vemos en la democracia del siglo XX llegará, por fuerza, a su extinción. Lo político regresa. La política cesará como privilegio. Las viejas complicidades se están rompiendo. Los viejos cimientos se están hundiendo. 

teodulolopezm@yahoo.com




La ausencia de desafíos emocionantes

Teódulo López Meléndez


16-04-2010

El país venezolano ha dejado atrás los grandes proyectos ahora mirados con una sonrisa picaresca que expresa aturdimiento, desolación y hasta burla por haberlos concebido.

 

La respuesta es el pragmatismo, uno que no puede ser leído como negación de lo utópico, más bien como el desatar de una imaginación sin carriles, entubamiento o corsés de ortodoxia. El pragmatismo con ideas que reclamo como motor alterno al movimiento venezolano lo concibo como un desafío novedoso al hombre como sujeto y actor de la cultura, como aquel –como tantas veces se ha dicho- que se empeña en dejar huella.

 

En la política conseguimos el factor clave de la incertidumbre. La política se agotó y con ella la forma claramente preferida, esto es, la democracia, dejando el vacío presente. El poder se ha hecho vacuo, es decir, inútil, arrastrando consigo a las luchas por obtenerlo, como es lógico en todo proceso de degradación. Ya  no miramos a las formas políticas de organización social como paradigma emergente que siembre la posibilidad de un objetivo a alcanzar. Parece carecer del envoltorio de las ideas convirtiéndose en praxis realizada. Hemos vivido de espasmos o de convulsiones sin conseguir un nuevo envoltorio protector. Hay una  ausencia de desafíos emocionantes. El venezolano vive las consecuencias atormentadoras de la falta.

 

Quizás como nunca hemos dejado atrás el pasado sin que exista un presente atrayente. La ausencia de verdades proclama como necesaria la reinvención del venezolano, de uno que se debate entre una mirada resignada y un temor hasta ahora intraducible a acción creadora.

 

El peligro inminente es este poder totalitario que se aprovecha de la incertidumbre. El peligro inminente es la pérdida de la voluntad de un venezolano que preferiría dejarse dirigir antes que desafiar de nuevo al pensamiento

 

El deterioro de lo social-político refuerza pues al venezolano en la incertidumbre. El depositario mismo y real del poder se ha hecho indefinible. El temor por el futuro colectivo se convierte –otra paradoja- en una angustia personalizada de autoescondite. Ante la falta de protección suplicamos por una, encerrados en envoltorios de fragilidad pasmosa. El hampa desatada –también un  fenómeno global, aunque en algunas partes cohacedora del necesario temor para el desarrollo de una revolución- incrementa de manera notable la inseguridad general que hemos llamado incertidumbre. Asistimos, entonces y como parte de la ruleta, con factores que siembran incertidumbre en procura de una legitimación falsa. Las acciones colectivas se tornan cada día más difíciles y que sólo vemos ante trastoques políticos puntuales, ante amenazas puntuales, y que de origen están condenadas a apagarse, como hemos sido testigos en los meses recientes.

 

Seguimos viviendo sembrados en la trayectoria de lo pasado, una que conduce a ninguna parte. Hasta la forma de pensar sigue siendo la misma, en una especie de parálisis cerebral que nos impide comprender que debemos generar nuevos paradigmas que puedan producir una transformación de la realidad inmediata.

 

El hombre se queda sin los amarres del pasado y sin una definición del porvenir. Es una auténtica contracción del futuro indefinido. Ante la intemperie el venezolano está tendiendo a sumirse en la simplicidad. Es necesario producir un desgajamiento de los viejos paradigmas, o para decirlo en otras palabras, se hace indispensable el brote de una nueva cultura, pues han terminado las formas políticas democráticas ancladas en los viejos paradigmas.

 

Las sacudidas se suceden unas tras otras. Las anteriores convicciones lucen desgastadas, perdida toda su capacidad explicativa y de protección. La expresión sobre el deterioro de las instituciones se ha hecho lugar común, pero las que muestran debilidad extrema son las políticas, incluidas las llamadas intermedias que cumplían el rol de puente entre el poder y la comunidad. De manera que las viejas formas jurídicas se han deshilachado y los intermediarios han perdido toda capacidad de dar excitabilidad y coherencia, así como han perdido los viejos instrumentos de coercibilidad, lo que ha llevado a los medios a procurar alzarse como los nuevos controladores.

 

Las llamadas instituciones muestran una incapacidad manifiesta para transformarse, más aún, no es transformación lo que requieren. Frente a un nuevo paradigma cultural, aún en pañales, su rompimiento con la realidad es visible, pues pertenecen a paradigmas superados, parten de la base de una inmovilidad que les es consubstancial. El hombre regido por la institución desaparece, se ha aislado de ella.

 

Al futuro no se le pueden dar formas inmóviles. Al futuro se le da forma ejerciendo el pensamiento bajo la convicción de una voluntad instituyente en permanente movimiento. Es mediante el pensamiento que se puede afrontar el laberinto propio del siglo XXI, pues la mezcla de elementos previsibles e imprevisibles, fortuitos, causales o indeterminados, replantea con toda su fuerza el cabalgar fuera de dogmatismos. 

teodulolopezm@yahoo.com




Tiempo entre paréntesis

Teódulo López Meléndez

25-03-2010

L
a creación de una nueva realidad se le asemeja a los venezolanos a una especie de misión irrealizable para la cual se alega carecer de fuerzas. La palabra solución parece haberse escapado como un errante cuerpo celeste no sometido a gravitación alguna. Ya pensar en las salidas posibles se le antoja una característica baldía de su antepasado de tiempos históricos terminados. Ya podemos llamar a este tiempo en el que estamos uno entre paréntesis.

 

Hoy mira la realidad con cansancio y el pesimismo se establece como un pesado herraje que impide el poder transformador de la voluntad. El nuevo paradigma capaz de despertarlo no se asoma o lo hace impotente para sacarlo de las tragedias históricas que lo sumieron en el letargo o es manoseado y escondido debajo de la alfombra por los representantes de un pasado que no volverá.

 

Es una particular ataraxía que sustituye con  imperturbabilidad la condición alerta. Nos preguntarnos porque el venezolano ha abandonado el papel de descifrador. La insatisfacción con lo existente parece haber perdido su capacidad de motorizar el viaje hacia fuera del presente ominoso. El venezolano ha perdido la fuerza para imponer la sumisión de la realidad al orden simbólico. Esto es, ha dejado de interrogarse.

 

Este espacio atascado entre dos símbolos que uno sólo es y se llama paréntesis congela y desarticula, se va constituyendo en una especie de limbo donde sólo cabría esperar una decisión superior que determinara de una vez por todas la duración del castigo previo al ascenso a nuevas instancias.

 

Los dos extremos del paréntesis mantienen encerrada a una república mientras algunos alegan que el símbolo que cierra a la derecha se romperá el 26 de septiembre en un aluvión de maná. Desde el lado del poder se mira con complacencia el tiempo escondido en el paréntesis mientras afuera desata una catarata de hechos y desgarramientos aprovechando el tiempo del paréntesis.

 

La inacción caracteriza al tiempo del paréntesis. Se conoce por la teología cristiana que el tiempo del paréntesis termina, que es apenas un pasaje, pero la concepción del tiempo es curva como el enrollamiento de una serpiente sobre sí misma que busca la cola para mordérsela como un relato bien escrito con las técnicas literarias apropiadas. Se insiste en el lado derecho del paréntesis y se arguye que tiene fecha, que basta la paciencia para salir del tiempo del paréntesis.

 

En el mundo exterior, por el contrario, el tiempo corre veloz, se apresa, se conculca, se pasa por encima, se arropa porque la república está encerrada en el paréntesis.

 

Este país tiene dos tiempos: el del paréntesis donde está encerrada la república y el de los usurpadores. La pestilencia tiene dos tiempos: la de los gatos que escarban y la de los que la exhiben. Hay dos teorías: la de quienes dentro del paréntesis comienzan a sostener que el tiempo no existe y la de quienes nos interrogamos sobre la interacción que permita el renacer de la energía. Concluimos que hay que buscar el grupo más alto de simetrías posibles lo que siempre conduce a energías inimaginablemente altas.

 

Es posible que el país esté simplemente empujando el lado derecho de este signo ortográfico-político y extendiendo el tiempo del paréntesis. Es menester abrir el paréntesis, interrumpir el discurso encerrado, dejar claro que el discurso va sobre toda la expresión y no sobre el encierro de un tiempo. Aquí no puede haber ni santos ni patriarcas esperando la redención del género venezolano. Tenemos que quitarnos la placa que nos han colgado al cuello. No podemos seguir ignorando los entresijos ni evaporándonos con el humo del Ávila que se quema solo.

teodulolopezm@yahoo.com




La demagogia de la solución concreta

Teódulo López Meléndez

18-03-2010

 

Tenemos enfrente eso que han llamado “socialismo del siglo XXI” y hay que producir una respuesta que he considerado no puede ser otra que la “democracia del siglo XXI”, no sin la aclaratoria sobre la natural presencia de un verdadero socialismo de estos tiempos en estos tiempos.

 

Sin embargo, algunos anuncios que comienzan a circular pareciera entramos en lo colectivo sin colectivo, esto es vamos hacia una la concepción de una democracia contra sí misma, pues no se conjuga en la ciudadanía lo general y lo particular, o lo que es lo mismo, la asunción por cada uno del punto de vista del común desde su propio punto de vista. En lo que ahora tenemos prevalece la disyunción: cada uno hace valer su particularidad. Pareciera que estamos en un ejercicio profesional de la política basado en la “demagogia de la diversidad”.

 

Es necesario rescatar la política como “fenómeno pensable”, en su “operatividad como acontecimiento”. Es decir, liberarla del sentido centrado en una filosofía de la historia y de su carácter superestructural. Acontecimiento es lo que detiene la mera sucesión de los hechos y exige una interpretación.

 

Hay que partir de lo cotidiano para reencontrar lo social. Hay que innovar en las actitudes y comportamientos y en las bases teóricas que los sustentan. Hay que entender las posibilidades del nuevo tejido social para fijar objetivos compartidos que puedan convertirse en propósitos y objetivos de la lucha

 

La apuesta fundamental es que hay que innovar o la democracia retrocederá. La desconfianza en la política hay que vencerla y ello pasa por la formación de ciudadanos y por darles a esos ciudadanos un poder que exceda la simple participación electoral.

  

Los cambios hacia una democracia del siglo XXI implican, a mi entender, meter el análisis en todos los conceptos, inclusive el de libertad. Hemos venido entendiéndola como la posibilidad de hacer todo lo que la ley no prohíba o lo que no dañe los intereses de los terceros y colectivos o la posibilidad de opinar y de expresarse libremente o de postular o ser postulado a los cargos de elección. La libertad debe implicar la capacidad de controlar efectivamente a los elegidos para desterrar los vicios de la democracia representativa, de organizarse en lo que alguien llamó “sindicalismo de masas” y en otro que es el de la capacidad de imaginar, pues esta última nos permite convertir la democracia en un campo permanente de crecimiento de la libertad misma. El clima de lo que me propongo denominar la “libertad creativa” impide la conversión de la democracia en un campo estéril agotable como un recurso natural no renovable cualquiera, para hacerlo un recurso natural renovable. 

  

El principal partidario de la destrucción es el grupo de políticos tradicionales que se niegan a regar la planta o a abonarla, pretendiendo que la planta es así y no se le debe intervenir. Tenemos, pues, que ensanchar la “libertad creativa”, la intervención directa de los ciudadanos en el control de la gestión pública y la organización social de masas en nuevos tejidos. Todo como una forma de restablecer las instituciones de intermediación entre el poder y la sociedad, cuya pérdida es una de las causas fundamentales de la crisis democrática. Sabemos bien que entraron en crisis todas las instituciones que cumplían ese rol. Los procedimientos que he estado mencionando restituirían el equilibrio entre un poder desbordado e inepto  y una sociedad contralora de lo público.

 

La legitimidad surge del acto electoral, la confianza proviene del convencimiento moral de que un gobierno busca el bien común. Sin confianza no hay estabilidad. Una mayoría electoral no es equivalente a una mayoría social. El voto es una preferencia, la confianza una sensación convincente de pertenencia. Frente a las exigencias sociales no puede producirse una reacción populista reactiva. Hay que partir de una programación de ejecución gradual, consistente y constante. Quiere decir, una acción incesante sobre las situaciones. Las mayorías electorales son una suma de votos. Las mayorías sociales son una suma que se llama pertenencia.

 

Hay que revalorizar los principios: los básicos de la libertad y de la democracia, entendidos no como parabas hechos de granito, sino como un proceso permanente de vuelo hacia la justicia y la equidad. Los relativos a una economía social inclusiva, con diversas formas de propiedad conviviendo pacíficamente. Hay que sacar a flote al Derecho, entendido como una construcción jurídica que procura una conformación social para la equidad. Hay que poner sobre el salvavidas la concepción de ciudadano que interviene y participa y recurre a toda forma de organización para hacer sentir su voz.

  

No podemos seguir considerando a la democracia como algo establecido sobre la que ya no hay nada que decir. Elecciones, Estado de Derecho, independencia de los poderes, respeto y tolerancia, todo eso sí, pero el fardo ya no aguanta más. Hay que renovar todos los conceptos, desde la economía hasta el derecho mismo, desde la concepción de la política hasta el criterio sobre los liderazgos, desde lo que se considera un partido y la determinación de su rol social hasta la organización horizontal de los ciudadanos, desde la participación permanente hasta una inclusión social progresiva y acelerada. Hay gente que se empeña en hacer política con los mismos instrumentos y las mismas declaraciones falsas.

teodulolopezm@yahoo.com




La inercia de la entrega

Teódulo López Meléndez

11-03-2010

E
l país luce desencajado, con los músculos fláccidos, con la respiración entrecortada, con el aliento perdido, con una dejadez que pesa como un somnífero.

 

El país está desarticulado, con los encajes óseos oxidados, con la voluntad disipada, con los enclaves cerebrales divagantes.

 

Hay una atmósfera que entrecorta la respiración. No se trata sólo de la calina y del intenso calor lo que amodorra y mantiene al país en una somnolencia alarmante. Se trata de una inercia originada en un cansancio casi patológico. El país está entregado a los vaivenes, se deja llevar y asiste al proceso destructivo con la mirada perdida.

 

Los ojos del país muestran una pérdida de la visión, un extravío, una ausencia próxima a la entrega final al azar, a la caída de unos dados sobre el tapete de un destino sobre el cual le luce imposible incidir.

 

El país parece sufrir de osteoporosis múltiple, de parálisis sobre una silla de ruedas, de abandono y desaliento, de automatismo en el comportamiento y de inconciencia próxima a un letargo autoinducido.

 

El país sufre de impotencia. El país se hace sinónimo de letargo. El país parece un enfermo terminal echado sobre una cama de hospital y a la espera de lo inevitable. El país ya no intenta un ejercicio de voluntad. El país parece creer que los hados de la fortuna han decidido por él y no le queda otro recurso que inmovilizarse ante lo inevitable.

 

Este país entregado está muy mal. Ya percibe los hechos destructivos con un pequeño lamento, con la exhalación de una queja disminuida, con un leve gesto que parece indicar resignación. Este país oye como lo hace el sordo que da a entender ha entendido lo que se le dijo aunque en su cerebro haya procesado nada más que un arroyo de sonidos inconexos.

 

Este país asiste a los sucesos como si fuesen lejanos y no le atañesen. El país está entregado, a la espera de unas elecciones que aún lucen lejanas y a las cuales asistirá por acto reflejo. El país se conforma con que no vengan médicos y enfermeras a jorungarlo en su estado anormal y confía en levantarse el día señalado para ir a votar con la misma resignación que el paciente muestra cuando le traen la siempre detestable comida de hospital.

 

Si el sujeto suspende su perorata agradece el silencio. Si el sujeto lanza su perorata emite gruñidos de respuesta a quienes comparten su inmensa sala de internado hospitalario como si una distracción se hubiese asomado por entre los intersticios de las paredes de su reclusión.

 

El país está echado en su cama de enfermo. El país está alejado, distante, acostumbrado a la dosis de morfina que le evita los dolores. El país da pena, pero al país no le importa dar pena, le basta con que lo dejen allí, tirado, sumiso, entregado, inerte.

 

Las enfermeras le encienden la televisión y el país mira con la boca abierta. No se sabe si ve u oye, pero la distracción y el escape le resultan suficientes para matar las horas de su inercia. Hasta que llega la hora del sueño, uno que lo aleja de la realidad, que lo saca del ensimismamiento del día para hundirlo en la inconciencia de la noche. Cuando el sol  se pone entre el calor y la calina, el país agradece que haya terminado el día. El país quiere reducir los ruidos, la sensación de estar despierto, las incongruencias de la semiatención a una cotidianeidad oprobiosa.

 

El país asemeja a un paciente terminal. El país no es más que un montón de huesos y pellejo a la espera del punto sin retorno. El país ha perdido toda voluntad. El país existe, pero alejado, inconexo, ajeno, extraviado, paralizado en su lecho de enfermo sin la tentación de volver a levantarse, de mirar por la ventana, de salir afuera, de intentar una modificación de la realidad exterior que parece no tentarlo más que la placidez adormecida.

 

El país parece sentir que allí hay un desfile. Escucha lo que parece ser una banda con trompetas y timbales y puede, quizás, anticipar que estamos en carnaval, que alguien celebra una fiesta, que alguien participa de una fecha festiva, que alguien ajeno a sus penurias está dedicado a una celebración ruidosa.

 

El país observa las aspas del ventilador que gira perezoso sobre su lecho. El país no se pregunta. El país está en pijamas. Ni siquiera está esperando a Godot porque no tiene ni la más puta idea de quien es Samuel Beckett. El país languidece, la modorra lo satisface, aunque afuera las taladoras corten, desmalecen, echen abajo árboles y destino.

 

Ahí está el país. No se apiaden. Habrá que seguir hablándole aunque sus oídos sólo perciban ruidos guturales. Habrá que seguir poniéndole suero, aunque sus venas perforadas semejen un surtidor. Habrá que hacerle una traqueotomía para hacerlo respirar a la espera de una reacción reconstructora. Ahí está el país, en la inercia de la entrega.

teodulolopezm@yahoo.com




06-03-2010

Teódulo López Meléndez lee su poemario La edad de siempre

Teódulo López Meléndez habla de La sombra de la imagen

Especial en homenaje a Chopin por su bicentenario
 

 http://worldtv.com/cuervo_tv

 

Nuevo material en http://aladecuervo-vocablos.blogspot.com

 

teodulolopezm@yahoo.com




La creación de nuevos campos de historicidad

Teódulo López Meléndez

05-03-2010
N
o se puede seguir hablando de democracia pensando que es un sistema donde se vota o donde hay representatividad o participación. A la democracia tenemos que hincarle los dientes, revisar todo y ahora mismo debemos ir sobre el concepto de política. Indispensable entrar en él porque en este país la gente dice estar “harta de política” cuando en verdad lo que está es harta de falta de política. Política es participar en la actividad social. Es necesario terminar con la desnaturalización del concepto mismo, con la creencia generalizada de una particularización “profesional”. Toda acción sobre la vida pública o, dicho de otra manera, sobre los intereses colectivos, es una acción política. Otra cosa distinta es lo que podríamos denominar “actividad política” (proselitismo, búsqueda del poder, etc.) que es propia de los activistas políticos. 

  

La sociedad venezolana está omitiendo el replanteamiento de que es la democracia. Lo que no se renueva perece; lo que ante los ojos de la gente es ya conocido, con sus virtudes y vicios, carece de la atracción de la novedad. Hay que conceptuar para la demostración práctica de una democracia sin adjetivos, sólo ubicada en un contexto de tiempo: siglo XXI, con todo lo que ello implica. 

 

La sociedad venezolana está atomizada por muchas causas: desvío y confusión por la profusión de “aprendices de brujo” que pululan en los medios radioeléctricos, la conversión de los encuestadores en analistas con las consecuentes barrabasadas, la determinación de los medios de “escoger” cuidadosamente quienes asisten a sus programas de entrevistas, los negociantes que se dirigen a sobrevivir en el actual régimen. La sociedad venezolana ha perdido la capacidad de reacción, está sentada frente al televisor esperando que la pantalla le diga como debe comportarse. La sanación del cuerpo social implica un largo proceso que debe partir de la inserción en la cotidianeidad.

  

La escasa influencia del pensamiento sobre la democracia en la democracia misma se debe a la crisis de todo pensamiento trascendente en un mundo de bodrios repetitivos, de insubstancialidad y a la ausencia de lo que diagnostica de modo diferente a como se construyeron las ideologías derruidas. No se trata de un plano que se proclame poseedor de la verdad ni pretenda proclamar la solución de los problemas del hombre. Se trata de un conjunto de diagnósticos y de advertencias. Las clases medias, actores claves en toda acción política, sólo se movilizan cuando creen amenazados sus derechos. Son las clases medias el ejemplo de inacción funcional inducida por la pantalla-ojo o por los activistas políticos colapsados o el instrumento manipulable para los intereses particulares disfrazados de colectivos.

 

Bien podría argumentarse que la sociedad civil se ha convertido en un simulacro de lo social. La democracia, por ejemplo, parece alejarse de su marco de drenaje y composición, para elevarse por encima de las fuerzas conflictivas que se mueven en su seno. El poder que amenaza con surgir en el siglo XXI trabaja –ya lo hemos dicho hasta la saciedad- con la velocidad y con la imagen, más con la velocidad de la imagen. Su alzamiento por encima de una sociedad civil débil le permite recuperar el sueño del dominio total, de la modelación de los “contemporáneos” (antes ciudadanos) a su leal saber y entender. Así, el poder de la dominación se hace total. En el campo del sistema político la democracia comienza a ser mirada como un impedimento, como un estorbo.

  

Ya no estamos, pues, y a veces mucha gente no se da cuenta, en una sociedad industrial. En consecuencia las formas de poder son otras. En consecuencia, las viejas formas (sindicatos, partidos políticos, asociaciones empresariales y todas aquellas “instituciones” de la sociedad civil) se derrumban, al igual que los sistemas de valores tradicionales, la familia, los sistemas de poder (la democracia en peligro). Hay nuevas formas de poder y también nuevas formas de política, sólo que la tendencia es a la eliminación de esta última, es decir, a un neo-totalitarismo. Si vemos, por ejemplo, la inutilidad de los sindicatos y la impotencia absoluta de los partidos para unir en torno a ideologías, debemos admitir que la nueva estructura política pasará por un entramado de redes de acción y presión política. Lo que hay que entender es que la política dejó de ser un espacio de acción individual o uni-organizativo para convertirse en una gran red de redes de transmisión de información, creación de coaliciones y alianzas y en articulación de presión política.

  

En su postdata sobre Las sociedades de control, Gilles Deleuze nos recuerda el proceso, con Foucault, de las sociedades disciplinarias de los siglos XVIII y XIX, en plenitud en los principios del siglo XX, donde el hombre pasa de espacio cerrado a espacio cerrado, esto es, la familia, la escuela, el cuartel, la fábrica y, eventualmente, la prisión, que sería el perfecto modelo analógico. Este modelo sería breve, apenas sustitutivo de las llamadas sociedades de soberanía, donde más se organiza la muerte que la vida. Deleuze considera el fin de la II Guerra Mundial como el punto de precipitación de las nuevas fuerzas y el inicio de la crisis de lo que llamamos sociedad civil. En otras palabras, entran con fuerza las sociedades de control que sustituyen a las sociedades disciplinarias. Virilio habla así de control al aire libre por oposición a los viejos espacios cerrados. El gran diagnóstico sobre este proceso lo hace, qué duda cabe, Foucault, pero es a Deleuze a quien debemos recurrir para entender el cambio de los viejos moldes a lo que él denomina modulaciones. La modulación cambia constantemente, se adapta, se hace flexible. La clave está en que en las sociedades disciplinarias siempre se empezaba algo, mientras que en las de control nunca se termina nada, lo importante no es ni siquiera la masa, sino la cifra. Es decir, hemos dejado de ser individuos para convertirnos en “dividuos”. No hay duda de la mutación: estamos en la era de los servicios, la vieja forma capitalista de producción desapareció. He definido esta era como la de la velocidad, pues bien, el control es rápido, cambiante, continuo, ilimitado. Si algunos terroristas colocan collares explosivos a sus víctimas, la sociedad de control nos coloca un collar electrónico.

 

Esta república desanda, retrocede, recula, repite. Esta república marcha hacia cuando no era república. Volvemos a ser una posibilidad de república, una harto teórica, harto eventual, harto soñada por los primeros intelectuales que decidieron abordar el tema de esta nación y de su camino. Nos están poniendo en un volver a reconstruir la civilidad y en el camino de retomar el viejo tema de civilización y barbarie. Por lo que a mí toca tengo una negativa como respuesta. Hay que plantear una democracia del siglo XXI, hay que dotar a este país de herramientas que le permitan salir de la inconsciencia de los retrocesos, hay que extinguir la mirada biliosa. Aquí la única risa que cabe es sobre los esfuerzos miméticos del caudillo, sobre el viejo lenguaje y los viejos planteamientos regresados como si aquí no hubiese habido cuatro décadas de gobiernos civiles. Aquí lo que cabe es reconstruir las ideas, darle una patada en el trasero a la Venezuela decimonónica y a la Venezuela “sesentona” para hacerle comprender que estamos en el siglo XXI. Este país necesita pensamiento, no abajo-firmantes; esta nación necesita quien la tiente a la grandeza de espíritu, no amodorrados en silencio; este país necesita quien proyecte un nuevo sistema político, no quienes vengan a repetir el viejo lenguaje podrido o a convertirnos en objetos de estudio psiquiátrico. Hay que crear nuevos “campos de historicidad”, para utilizar palabras de Alain Touraine. Ello implica abandonar viejos temas que se insisten en poner sobre el tapete evitando una discusión seria sobre los nuevos modos del deber ser del cuerpo social.

teodulolopezm@yahoo.com




Recuento de un simulacro de representación

Teódulo López Meléndez

19-02-2010

Si la posibilidad de un pensamiento nuevo abreva en la imagen o en su ausencia es una vieja discusión. Durand lo remite al imaginario, mientras Deleuze nos sostiene uno sin ellas. Otros, más arriesgados, sostienen que es necesaria una desubicación estructural para dotarse de visión.

 

La imagen puede ser vista como engaño, deformación u opacidad, viejo tema recurrente, aunque también como efecto de realidad o como voracidad posmediática. En la tradición cultural que nos movemos andamos sobre lo enunciable y lo visible, sobre la pantalla todopoderosa que permitió a algunos construir un imperio de órdenes y de imposición superior al de los editores de periódicos impresos. Se puede inducir historia a partir de una realidad política ficcional y producir una ciencia de las soluciones imaginarias. Llegamos al punto en que sólo se podía pensar desde la perspectiva de la dictadura presente. Lo que no se permitió jamás en el mundo del recién caido zar mediático fue un contrapensamiento que sacara la dicotomía perdida de una estrategia política centrada sobre el fracaso hacia la emersión de nuevas actitudes e ideas. De esta manera su canal pasó a convertirse en la imagen del presente permanente, uno insuperable.

 

Esta hipertrofia comunicacional acabó con la posibilidad de toda mirada y, por supuesto, con todo reconocimiento de una oportunidad diversa. Una que terminó convirtiendo el uso de las imágenes reales en mera apariencia. Así, Venezuela fue convertida en una imagen entre paréntesis, en un mundo desrealizado jamás convertible en factibilidad. Todo sucedía en la pantalla, nada fuera de ella. Convirtió al país, desde su mirada oblicua, en una cámara de vacío y de descomprensión. Una simulación de la realidad fue lo visto, con sus “invitados predilectos” que repetían la necesidad de la participación electoral o que convertían las imágenes del dictador pronunciando sus contradicciones en una ilusión óptica. Esto es, una obsesión por la imagen en su artificialidad hasta convertirla en fetiche. Las imágenes de algunos micros se convirtieron en copia de la copia. Baudrillard lo explica muy bien con su teoría de la simulación, que no es otra que un mundo donde las referencias y los referentes han desaparecido, algo así como una constante simulativa. Ahora bien, es obvio que tal mecanismo no afecta sólo al mundo que se narra sino también a las ficciones que lo hacen, todo en un proceso de transfiguración adulterada. Imposible así el surgimiento de un nuevo discurso que creciera fuera de la sombra del poder.

 

Al fin y al cabo la representación estuvo instalada y perdimos la capacidad de distinguir el territorio del mapa conforme a la acertada expresión de Baudrillard. Disimular deja intacto el principio de la realidad, pero enmascarada. O en otras palabras, se nos construyó una hiperrealidad. Se produjo una recreación desenfrenada de imágenes donde no había nada que ver. Es lo que se ha denominado con una palabra alemana, doppelgänger, que no es otra cosa que el doble fantasmagórico de una persona.

 

Es cierto que vivimos el tiempo de la imagen. Ello implica que las finalidades concretas sean innecesarias, como bien se practicó, de manera que la simulación se convierte en la cabeza de algunos poderosos extraviados en el nuevo principio, una donde está el modelo mismo que se muestra, lo importante, y donde se enseña a los espectadores deseosos de esperanza un juego al que ya han sido habituados a jugar que termina convirtiéndose en dispersión y anulación de lo político. En suma, un Apocalipsis  de canal de televisión y no más.

 

El actual régimen venezolano ha logrado crear una imagen del pensamiento en el cual ya casi no se puede pensar sino desde dentro de la centralidad pensamiento-Estado. Por ello en su discurso hay siempre elementos de verdad, una muy minoritaria, pero que crea efectos de verdad. De allí su permanencia a pesar de sus errores y de su incompetencia. Hay que oponerle un nuevo pensamiento, una organización simbólica distinta, mientras el caso que comentamos fue lo contrario: una repetición constante, la muestra en pantalla del doppelgänger, en pocas palabras, un simulacro de representación que reforzaba la imagen y el original en una simbiosis tal que podía conducir a pensar si el monstruo en realidad existía. A falta de una estrategia política original el gobierno funciona a sus anchas con la puesta en escena de sus “cadenas” o de sus “Aló, Presidente” de solicitación espectacular ahora impregnada de expropiaciones semanales. La presentación de pantalla, la copia que hacía el canal de la catástrofe ayudaba al mantenimiento de la catástrofe. La propia conversión de la imagen en realidad.

 

Si hay incoherencia o contradicción en el discurso del dictador es simplemente porque no hay necesidad de discursos articulados. Su único interés es el desarrollo de una estrategia de poder basada en el ansia de espectáculo, el que vemos haciendo delirar a las masas comprometidas previamente y arreadas al lugar del espectáculo. Romperla no pasaba por la vía del doppelgänger porque el orden original de la imagen copiable era la de cambiar la escala entre sistema político y la esfera masiva. Reproducir era, como hemos dicho, convertir el propósito en un instante perpetuo.

teodulolopezm@yahoo.com




El proyecto de una espina dorsal

Teódulo López Meléndez

29-01-20009

El 23 de enero de 1958 caía la dictadura militar de Marcos Pérez Jiménez. El 23 de enero de 2010 una multitud avanzaba en sentido contrario al sitio donde se localiza el poder. Al final, la multitud se encontró con oradores que no hicieron referencia alguna a los problemas claves que afectan a la democracia venezolana.

 

La misma tarde, un gobierno empecinado y embrutecido, sacaba de la “parrilla” de la televisión por cable a RCTV, ya previamente echada de la señal abierta. Ello condujo a la reacción de manifestaciones estudiantiles en Caracas y en una cuantas ciudades del país, manifestaciones que asemejaron a una protesta puntual sobre un hecho puntual y, en ningún caso, un estado de insurrección popular contra el presente régimen.

 

Se produce la renuncia del Vicepresidente y de su esposa la Ministro del Ambiente. El régimen alegó “razones personales”, pero es evidente que se trató de una ruptura. El término “renuncia” tiene sus implicaciones. Los funcionarios renunciantes fueron sustituidos por incondicionales “duros”.

 

El régimen recurrió a soltar a sus perros de presa encarnados en las bandas armadas que le sirven de apoyo, desencadenando, especialmente en la ciudad de Mérida, enfrentamientos mortales entre civiles, lo que a simple vista pudieron verse como atisbos de guerra civil.

 

La conclusión: víctimas mortales, numerosos heridos, destrozos al por mayor, al no existir un Estado que recurra con prudencia al uso de los recursos de contención, o que los mezcla o los intercambia con civiles armados. Luego, hemos visto como las protestas se apagan, a excepción de algunas ciudades del interior del país, donde las causas provienen más bien de los contantes apagones a los que están sometidos.

 

Ciertamente, los reclamos por el cierre de un medio de expresión parecen, en esta ocasión, de más corta duración. Así mismo, hemos visto como los estudiantes no han sido acompañados por la sociedad civil que anduvo el 23 de enero en una nueva acción de “marcha” absolutamente intrascendente, a excepción de algunas zonas del interior del país donde se han producido ataques directos contra zonas residenciales. Han sido, pues, acciones estudiantiles sin que nada nos haga observar un estado de conmoción interna parecido a una acción popular de desobediencia o de insurgencia.

 

Los estudiantes dan luego una rueda de prensa no satisfactoria. Adoleció de consistencia y una especie de cortina parecía cubrirla. Un aire de presencia diluida fue la característica predominante. Pocos momentos después la alianza de partidos denominada “La mesa” se vio en la obligación, cinco días después del inicio de los sucesos que nos conmueven, a emitir una declaración de apoyo a las acciones estudiantiles y a ratificar que esa alianza se mantenía en lo que denominaron “ruta democrática”. Esto es, al dar su apoyo tibio a los estudiantes la alianza de partidos ratificaba de manera precisa que su objetivo seguía siendo la participación en las elecciones legislativas supuestamente de septiembre, con lo que advertía que las protestas debían mantenerse en los límites de esa estrategia absolutamente electoral.

 

Asistimos al para algunos insólito enfrentamiento entre la Guardia Nacional y un grupo armado en la ciudad de Mérida. Ese grupo armado, a la luz de todas las constancias que emiten los habitantes de la ciudad, actúa en connivencia o bajo coordinación con el poder local. Ese grupo armado, a pesar de una tensa calma producida por una supuesta suspensión de los cortes de energía eléctrica, se dedica al pillaje, a secuestrar un camión cargado de bombonas de gas, peligroso instrumento. Esto es, el grupo armado de Mérida mantiene una actitud de agresión y la Guardia Nacional, que en otras ciudades reprime a los estudiantes, esta vez debe enfrentar a un sector íntimamente vinculado al régimen.

 

Durante meses he estado planteando que el protagonismo le corresponde al interior. Pues bien, se produjo un asomo de ello, aunque sin conexión, sin coordinación y sin que se estableciese una red de comportamiento acordado. Lo importante es que en el interior no se hacen ecos de los manipuleos caraqueños o los manipuleos caraqueños no llegan al interior. Cualquiera de las dos versiones apunta, en cualquier caso, a un interior de Venezuela asumiendo protagonismo.

 

La cadena presidencial mostró un cinismo ultramontano, cuando, por ejemplo, se refirió a los GN heridos en Mérida sin mencionar con quien se enfrentaban esos efectivos y dejando caer un general “disparan contra la guardia”, haciendo creer que fueron estudiantes o gente de la oposición o simple ciudadanos merideños quienes practicaron tiro al blanco, cuando todo el mundo sabe que quienes disparaban eran miembros de un grupo armado que opera en la ciudad andina. El resto de su disertación encadenada no merece otros comentarios, pues es la misma cháchara de costumbre, con sus amenazas y sus retos y sus chistes de mal gusto.

 

Lo que ha quedado patéticamente en evidencia es que el país no tiene columna vertebral. No hay todavía una conexión osteofibrocartilaginosa articulada y resistente, fuerte y flexible, lo suficientemente extendida para unir a las regiones en acciones conjuntas y en una estrategia común. El apaciguamiento final será cosas de horas y entonces los candidatos a diputados podrán hacer uso pleno del escenario. El proyecto de una sensible espina dorsal de la república ha quedado allí, expuesta, a la espera de que la mejor inteligencia venezolana –la que vive en la provincia- se decida a asumir el reto de la conducción y de la armazón de una sustitutiva de la deteriorada dirigencia caraqueña. Cuando digo Caracas me refiero a ese anticuado concepto de “dirección nacional” que los partidos de la democracia vencida del siglo XX han practicado y siguen practicando y a una provincia que las espera con las últimas instrucciones.  Cuando digo Caracas me refiero a ese monopolio de toma de decisiones que al parecer otorga vivir en la capital.  Cuando digo Caracas me refiero a una especie de sincretismo en relación al poder. El poder está donde se ejerce y la provincia debe aprender a ejercerlo.

 

Ahora mismo asistimos a los estertores de esta dramática semana. Hagamos memoria y veremos como los ataques salvajes contra la Universidad Católica se practicaron también en el penúltimo drama y como los estudiantes redujeron su presencia al Metro y a algunos semáforos. Recordemos el uso que el régimen da a sus bandas armadas. Este parece un copión del libreto conocido. Las consecuencias de su interpretación están demasiado claras en nuestra memoria como para olvidarlas. Mientras tanto la alianza de partidos llamada la “Mesa” anuncia para dentro de unos días el anuncio de los sitios donde harán primarias para escoger candidatos. Quiere decir que ya están listos los candidatos donde no hay necesidad de primarias. En definitivas palabras, la “ruta democrática” que la alianza de partidos ha trazado sigue su rumbo mientras el país se estremece frente a todo lo que vendrá en los meses que faltan para septiembre. Entonces las condiciones no serán sólo “electorales”, serán de resquebrajamiento total de la ya escasa vida misma de un país. 

teodulolopezm@yahoo.com




La obligación de incidir
Teódulo López Meléndez

23-01-2010


S
omos en un país donde estamos obligados a incidir. Es necesario el recurso de la reflexividad, de una profundización en nosotros mismos. Atrás deben quedar la antipolítica, la despolitización y el individualismo autista. Las nuevas formas del país llaman a la ingerencia. Se trata del ejercicio de una política ciudadana, de una relación muy distinta del viejo paradigma ciudadanos-autoridad. Hay que inventar nuevas formas de escribir la historia.

Este viejo cuadro clínico ha conllevado al rebrote de totalitarismos en versiones más o menos renovadas. No obstante, ante el cierre de los canales de la democracia del siglo XX, y equivalente a la era industrial, surgen por doquier nuevas formas de organización que practican una democracia deliberativa. La creación de una nueva democracia para la era postindustrial implicará, implica ya, un traslado de los asuntos sociales hacia las asociaciones democráticas que emergen. Aquí cabe mencionar que el proceso de descentralización gubernamental es el camino ya asumido y sólo una reproducción extemporánea de modelos del pasado se empeña en centralizarlo todo, no como una forma de eficacia, sino como una manera de concentrar el poder, lo que permita el establecimiento de un nuevo Estado totalitario. El ciudadano, es decir, el habitante del espacio geográfico que ha abandonado el desinterés por los asuntos públicos, está retado a un acercamiento con el otro, a la construcción de una red de comunicación que deberá extenderse a una red de redes donde los elementos de interés común permitan la creación de un nuevo tejido democrático.

 

Nacerá así, lo que bien podemos llamar, con propiedad y exactitud, la voz de los ciudadanos que creará el nuevo lenguaje, uno por encima de los viejos paradigmas en que se mueven los actores tradicionales. Es necesaria la aparición de lo que en inglés llaman moral commitments, es decir, las obligaciones morales que se asumen en el orden de la acción común. En las democracias aparentes se burlan estos propósitos.

 

Si un cuestionamiento se hace presente en el mundo que se asoma es al del llamado “conocimiento experto” en su capacidad de tomar decisiones. Ello conlleva, necesariamente, a un aumento de la intervención colectiva en un debate público del cual se alejó y al cual las evidentes fallas lo han hecho regresar, esta vez para quedarse. Sólo que los cauces tradicionales para esa expresión están obturados y así debe recurrirse a otros medios.

 

Si lo queremos decir en palabras más precisas,  para bien, se marcha hacia una politización creciente. Es una buena noticia porque el abandono del interés por la Polis ha sido la causante de una inmensa cantidad de vicios que han afectado al proceso democrático. La lucha es por eliminar ciudadanos dependientes que esperan del Estado y pronuncian la inefable y dañina frase: “Es que este gobierno me da”. El ciudadano, inclusive más allá de comportarse como tal, estará sometido en el mundo que se asoma a un permanente desafío para que asuma deberes en la comunidad socio-política a la que pertenece y deberá procurar que esa comunidad le reconozca como miembro suyo y le facilite el acceso a los bienes sociales.

 

Boaventura de Sousa Santos elaboró un modelo que denominó democracia de alta intensidad o democracia emancipatoria. El autor portugués (Limites y posibilidades de la democracia, entre otros varios) parte en su análisis de una demoledora crítica a lo que llama “pensamiento democrático hegemónico”. Lo basa en un proyecto de transformación social mediante la creación de formas de sociabilidad inconformistas, la reinvención de la ciudadanía y la maximización de la participación política. El sociólogo lusitano describe a la perfección las fallas de la democracia tal como la hemos conocido, en su origen teórico, en sus procedimientos electorales y en sus consecuencias de falta de ingerencia ciudadana, de manera que procede a reelaborar una teoría democrática, lo que evidentemente es absolutamente necesario en el mundo actual.

 

Propone una democracia radical socialista y la búsqueda de alternativas epistemológicas para devolver la esperanza de emancipación. Los adjetivos pueden ser redundantes; por ejemplo el adjetivo radical es cada vez más usado en Ciencias Sociales  en relación a la democracia y el adjetivo socialista se puede prestar a confusión. En cualquier caso, lo que el investigador portugués exige es una “repolitización global de la práctica social”, esto es, superar la mera participación electoral, lo que significa “identificar relaciones de poder e imaginar formas prácticas de transformarlas en relaciones de autoridad compartida”. En síntesis, debemos reclamar las tesis de inclusión, los planteamientos de redención social y la participación creciente que conlleve a nuevas formas de poder, lo que nosotros hemos denominado las decisiones colectivas.

 

No estamos pensando en un modo de democracia directa. En el fondo, la variante representativa ha materializado la posibilidad de la dictadura de las mayorías. De allí la imperiosa necesidad de construir espacios que deliberan e influyen o determinan las decisiones políticas. Esto es, hay que levantar sujetos políticos abiertos a la diversidad y a la tolerancia, con suficiente poder adquirido y derivado de la práctica de lo deliberativo. He dicho que la democracia es siempre una posibilidad en camino donde no se congela un ordenamiento institucional y donde el Derecho no es un simple instrumento de mineralización del pasado. La política, vista así, no es más que una práctica continua, una transformación incesante marcada por la toma de decisiones de los nuevos actores ciudadanos.

 

Hay una hegemonía que, obviando en este instante viejos factores ideológicos, podemos referir a los partidos políticos, como monopolizadores de las prácticas de la democracia representativa. Las prácticas articuladoras de los diversos sectores sociales emergentes que deliberan se producirá tarde o temprano para hacer saber que terminó al fin un predominio abusivo. Siempre aparecerá el elemento identificatorio del todo, el que produzca el sentido común. La incompletitud de cada sector emergente encontrará la articulación, una que puede ser circunstancial para el ejercicio de un movimiento de poder, una que puede ser de mediano alcance para propósitos de lento perseguir o, inclusive, el nacimiento de bases permanentes sobre la cual continuar manteniendo la diversidad. Para lograrlo se requiere de la conformación de nuevas demandas subjetivas que confluyan mediante un sistema de equivalencias democráticas. No se trata de alianzas sino de un proceso de modificación de la identidad de las fuerzas actuantes. Esto requiere que ninguna lucha se libre en términos que afecten negativamente a los intereses directos de otras fuerzas posibles a la articulación y que subsista la confrontación de diversas posiciones. Ernesto Laclau, virtual padre del término “democracia radical” asegura que “la democracia es radical porque cada uno de los términos de esa pluralidad de identidades encuentra en sí mismo el principio de su propia validez, sin que ésta deba ser buscada en un fundamento positivo que establecería la jerarquía o el sentido de todos ellos, y que sería la fuente o garantía de su legitimidad”.

teodulolopezm@yahoo.com




Lectura no lineal de un país complejo

Teódulo López Meléndez

15-01-2010

L
a situación venezolana no admite lecturas lineales o simplistas. Vivimos una híper complejidad que hay que analizar recurriendo a “pensamiento complejo” y/o a “pensamiento lateral”. Esto de Venezuela es lo que podríamos denominar un “conjunto borroso”, uno donde habría que hacer un abordaje analítico con conceptos como caos y fractales. La razón lógica siempre conduce a los mismos resultados y en nuestro caso esa parece ser la consabida frase de “no hay salida”. Es necesario plantearle al país que existe una “virtualidad real” en la cual cambia el concepto de poder y la experiencias engendran nuevas realidades.

 

Hemos perdido la capacidad de multiplicar los enfoques y actuamos desde una mirada tradicional que preside a los dirigentes como el cuento de la zanahoria delante. La zanahoria la porta el régimen y el burro sigue mansamente detrás. Hay que recurrir a una dinámica no lineal, a la invocación de análisis capaz de partir de una dinámica caótica, hay que fomentar un sistema organizativo autógeno. No estamos ante una sucesión lineal de causas y efectos. Desde este punto de vista podríamos reproducir el viejo cuento del vaso medio lleno o medio vacío para asegurarle a los venezolanos que esto no es un desorden sino la génesis de un nuevo orden.

 

Por supuesto que las variaciones diarias disparan desde ese “humor”, que ahora se hace pesante, de nuestros compatriotas frente a la realidad que ven como inmodificable, hasta el reclamo de organización que nadie o pocos procuran sin darse cuenta que la realidad agobiante es la mejor posibilidad de conseguirla.

 

El gobierno ha sido incapaz de imponer su “nueva cultura” al tiempo que la sociedad admite que la vieja estaba imbricada con el error y la omisión y originada en un comportamiento de desinterés culpable. Ambos elementos modifican conductas, si bien lo hacen hacia una indefinición de queja vana. Hay que agregar la mediocridad de los actores que diariamente nos repiten una cantidad inasimilable de sandeces con la ayuda del monopolio de opinión que le suministran los dueños de los medios sobrevivientes.

 

Si el gobierno recula frente a Caracas y suspende, por variadas razones, el racionamiento eléctrico la provincia protesta que allí no son menos y aparecen los “dirigentes”, en una letanía insoportable, a reclamar que todos somos iguales, es decir, que si el interior tiene cortes en Caracas también los deberíamos tener o, en el mejor de los casos, que nadie debe padecerlos, olvidando que tenemos un grave problema multicausado que de una u otra manera debemos enfrentar. La provincia no se plantea que ahora le tocó el liderazgo, que es la hora de su voz, sino que mira con aprehensión a la capital. Los “dirigentes” no piensan sino en posturas demagógicas. Queda así demostrado que en el interior se creen lejanos, sin poder protagónico, en lugar de asumir una constante de nuestra historia, la venida de la provincia a ejercer el poder desde Caracas. Este problema puntual nos revela una mirada en línea recta, en lugar de una mirada lateral que porta a conclusiones muy diferentes. Si la provincia quedó sufriendo los cortes, es a la provincia que le toca la respuesta, sería la conclusión obvia de un pensamiento sin gríngolas. En Caracas está el Poder, en consecuencia es Caracas la que debe responder, piensan, olvidando así que en esta hipercomplejidad el poder no es el mismo de antes, que el poder en el caos se ejerce donde el poder se manifieste y que el ejemplo de su ejercicio sería inmediatamente seguido por una población perpleja.

 

He dicho muchas veces que la mejor inteligencia venezolana está en la provincia, pero esa inteligencia sigue sin asumir protagonismo. Antes he analizado las posibles causas, pero ahora me parece que la mentalidad centralista no está sólo en el gobierno sino internalizada en una provincia que piensa que sólo por su número de votantes es “tomada en cuenta”, cuando el verdadero planteamiento no es “ser tomada en cuenta” sino imponer caminos por la vía de las ideas y la acción. Esto es, ejercer protagonismo como nuevos polos del nuevo poder. Caso patético, sin duda, de análisis y comportamiento lineal donde debe haber un análisis lateral y complejo.

 

Cuando se reclama “aquí no somos ciudadanos de segunda” se está omitiendo la verdadera expresión que debe ser “los ciudadanos de primera somos nosotros” y, en consecuencia, somos quienes aportamos los hombres y mujeres, las municiones (léase ideas) y los que señalamos el camino que debe seguir la república toda.

 

Pedirle al gobierno “luz” equivale a asumir un papel parecido al de las universidades autónomas que le piden dinero, cuando lo que deberían platearse es su transformación y generar las ideas de la sustitución real de los paradigmas en el poder.

 

El país entra fácilmente en el juego siniestro de imposibilidad de transformar los símbolos en realidades emergentes. He leído, por ejemplo, a un prelado de la Iglesia Católica diciendo algo así como “lo que el país quiere es agua, electricidad, paz…etc”. Semejante barbaridad implica una adecuación a la circunstancia, no un esfuerzo por trascenderla. Semejante cretinismo refleja en toda su magnitud la crisis de liderazgo de los portavoces con acceso a los medios por ahora sobrevivientes. Y refleja que el país no ha podido cambiar la mirada lineal que conduce siempre a la misma conclusión de pesimismo agónico por otra lateral o compleja que le muestra cien salidas donde ahora no ve ninguna.

 

La posibilidad está, pues, en trastocar esta forma de pensar, de torcerle el brazo, de reventar el lenguaje habitual. Mientras sigamos en las lecturas lineales sólo florecerá el “humor” que esconde, las conclusiones de la imposibilidad y la visión del poder desde un ángulo trasnochado. Entiendo que romper un paradigma es en sí muy difícil. Entiendo que enseñarle a un país a pensar es tarea nada fácil, pero las burbujas que envuelven a una república a veces son frágiles y se pueden pinchar con el verbo repetido.

 

teodulolopezm@yahoo.com




La disociación de las apariencias objetivas

Teódulo López Meléndez

08-01-2010

En el Manifiesto futurista se hablaba de la belleza de la velocidad, de una, claro está, representada por los medios de transporte, revolución ya comenzada en el siglo XIX. Lo curioso es que se condenaba la inmovilidad a la que, pensaban, la literatura había condenado al hombre. En consecuencia, se exaltaba el movimiento agresivo, el insomnio afiebrado, el salto mortal. En El manifiesto técnico de la pintura futurista se hablaba del “dinamismo universal” y de la “sensación dinámica”, del concepto de la energía de la materia cuya esencia no era lo formado sino el continuo formarse.

   

Filippo Tommaso Marinetti encontraría hoy que sí, que más allá de como él lo quería, la identificación del hombre con la máquina se aproxima a límites impensados que podrían conllevar a un cambio de la fisonomía misma del cuerpo humano y también encontraría que la máquina que él asociaba a velocidad impone hoy la inmovilidad.

 

¿Qué es belleza? ¿Qué será belleza? Dentro del mundo que viene de la ruptura de la doble visión del ojo, de una humanidad disléxica, de la pérdida absoluta de distancia y de los relieves, de la desaparición del aquí, el arte abandonará la perspectiva del espacio para asumir la perspectiva del tiempo. En cualquier caso, como lo quería Marinetti, belleza estará asociada a velocidad, pero no puedo concebir como será esta "belleza", si es que no llegamos a concluir que ambas palabras se harán sinónimas. Entre otras cosas, el mundo postindustrial ya no fabricará grande objetos, pues bien se sabe que estamos ante una miniaturización del producto tecnológico. Mañana nos tragaremos micromáquinas que recorrerán nuestro cuerpo, micro robots que andarán nuestras arterias y píldoras inteligentes que transmitirán información sobre los restos de carne que nos queden. Paul Virilio lo sabe y por eso acuñó la palabra “anímatas” para describir a esos extraños visitantes que a la larga se irán integrando a nosotros como nuevos órganos sustitutivos de aquellos atrofiados o inservibles o, simplemente, para cubrir otras necesidades, unas no propias de la evolución de la especie, dado que el caso parece ser que esa evolución ha terminado. Sí, el sueño dislocador de Marinetti de una identificación plena del hombre y el motor se asoma. Esa será la nueva salud, anunciada por el propio Nietzsche y convertida ahora en un espacio reducido y circunscrito, dado que lo exterior se anula. Si el hombre es ahora el espacio a conquistar debemos tener en cuenta que la metafísica reaparece en la forma más insospechada, puesto que este hombre postevolucionista intervenido por los objetos de la biotécnica se convertirá, literalmente, en un hombre metafísico.

  

El futurismo asociaba velocidad a automóvil. Con él a tren y a todo lo que se moviera por motor. Hoy la velocidad está en las ondas electromagnéticas. Dentro de poco Internet entrará por la vía de la electricidad, no del teléfono. Bien podemos decir que la velocidad de la luz es el nuevo límite, uno en que nos paralizamos. Ya no hay interpretación subjetiva o disociación de apariencias objetivas. Ya no sabemos bien que es realidad. Está rota la unidad de percepción del hombre y su relación con lo real, si es que a algo podemos seguir llamando así. El ojo humano ha sido superado por la imagen de síntesis. En los tiempos de Marinetti la velocidad equivalía a disminución de tiempo, a un ahorro entre llegada y partida. Ahora sólo llegamos y no es necesario partir. Velocidad se ha convertido así en absoluta inmovilidad. Virilio nos lo recuerda al hablarnos del hombre inicialmente móvil, luego automóvil y finalmente mótil, es decir, uno que ha limitado sus movimientos y en cuyas casas pronto no existirán ventanas, ventanas como las de Shakespeare y Pessoa en sus sonetos, más sólo pantallas y cables que ocupan los antiguos lugares de ellas. Ya no puede decirse que estar signifique aquí. La transmisión entra directa convirtiendo a este planeta en uno sin espacio y distancia. No necesitamos desplazarnos, el violento aire removido por la máquina que ha podido conmover a los futuristas ha sido sustituido por la paradoja de que todo acontece en este lugar en ninguna parte donde estamos fijos o clavados nosotros receptores de las ondas electromagnéticas.

  

Al desaparecer la distancia lo lejano es lo que tenemos “cerca” y lo cercano se hace intolerable. El hombre queda contraído, por la velocidad, en un mismo sitio, en uno que ya no se llama “aquí” sino “ahora”. Las consecuencias son previsibles. En el campo de la literatura la eliminación de las distancias ha conllevado a la aparición de una sin distancia; es lo que se denomina literatura “light”. Sólo podremos derrotarla viajando hacia el interior del hombre, pues hacia fuera todo está comprimido. Si queremos escribir sobre lo planetario hay que ir a buscarlo en el único planeta que todavía subsiste, el hombre. Él está inmovilizándose y llegará a un sedentarismo total, a una parálisis que hace de su cuerpo un ghetto. En ese ghetto debemos introducirnos  y buscar lo intermitente, que será lo único que quede. Así, deberemos aprender a manejarnos en el tiempo, no en uno histórico desaparecido, sino en el “real” de la onda electromagnética y hacer tomar a la literatura su papel de alimento del alma en sustitución del narcótico del vacío llamado “light”. La tecnología paralizará al humano, pero podemos los escritores combatir la atrofia de los miembros que esto traerá impidiendo que las ondas electromagnéticas de la transmisión en vivo nos hagan meros receptores de una “luz” aséptica alimenticia en sí misma, suministrando la otra luminosidad, la que siempre ha anidado en aquello que está por ser paralizado.

  

La clonación puede hacerse, pero existe otra, la del “doble”, uno electroergonómico, la proyección de una “imagen” a la que podemos dotar de los “sentimientos” de aquél que la origina. Ya está planteado que el astronauta viaje desde su casa siguiendo una proyección virtual a partir de una sonda espacial. “¿Velocidad es belleza” como lo planteaba el viejo furor futurista? Los pintores deberán aprender a pintar la perspectiva del tiempo, los poetas deberán comprender de una vez por todas que están colocados en el espacio en blanco entre las palabras, los escultores deberán tomar en cuenta la existencia de otra materia (el tiempo ya lo es) y cambiar el humano rostro desfigurado. Nuestra labor deberá ser la de inferirnos de la luz, comprehender el lugar del no- lugar. 

teodulolopezm@yahoo.com




El terrorista suicida

Teódulo López Meléndez

02-01-2010

Lo que estamos viviendo parece ser el punto final de una evolución ya detenida, lo que, si queremos, podemos ver en Nietzsche como el proceso desde la elevación maníaca hasta la mediocridad semidepresiva. Por supuesto que este camino no ha sido lineal. La decadencia aparece como un gráfico de movimiento de las economías, con aristas de subidas y caídas, pero siempre marcando la decadencia hasta el hombre estupefacto de hoy. Los dioses ya no hablan, mantienen un larguísimo silencio que ha llevado a los hombres a producir su propio entusiasmo bajo directa administración materializada en esta huida hacia delante que se empeña en mantener la historia de la especie.

  

Conocemos la casa global demasiado bien, lo sabemos todo sobre ella, esta “casa” ha sido desprovista de todo secreto. Nuevas formas de huida han aparecido, nada novedosas, sólo que más macabras. Una falsificación producida por la obnubilación encarnada en hombres que creen en la salvación dejando atrás esta casa, ahora marcada por el viejo sentido apocalíptico que dominó al hombre en algunos momentos de la historia: la manera de huir es destruyéndola. Existir deja de ser una droga lo suficientemente poderosa y se procura sustituirla con la otra de la nada, sólo que el terrorista que se inmola parece no confiar sólo en su propia destrucción, tiene dudas sobre la permanencia de la casa después de su partida y busca una “utilidad” (al fin y al cabo le enseñaron siempre que este mundo era utilitario) llevándose por delante pedazos, al menos, de aquello que debe ser abandonado. El seno de la nada está teñido de ofertas, fundamentalmente el de la salvación, pero también de algunas más prácticas como un exquisito número de vírgenes a la espera, aunque eso sea banal, lo importante es volver a encontrarse con los efectos opioides del seno materno. El terrorista es, así, un drogadicto al que ya no basta la acción en este mundo, alguien que ambiciona la máxima dosis, la de la huida final con métodos utilitarios de destrucción La acción del terrorista suicida no combate a un ejército enemigo ni es una acción guerrera, es la búsqueda desesperada de drogarse, de escapar, de restituir el viejo anhelo de salvación. Los primeros cristianos que morían en los circos romanos estaban impregnados por una religión que inventó el amor, en consecuencia no podían partir hacia la salvación destruyendo, se dejaban ir con la seguridad de encontrar el objetivo. El hombre de este mundo, uno donde los dioses no hablan, ha llegado al paroxismo extremo y bajo interpretaciones equivocadas de otras religiones de salvación se dispone a partir matando.

  

¿Acaso el terrorista suicida no ha podido hablar, conforme a lo que estableció el psicoanálisis sobre que los secretos patógenos dichos no pueden actuar mas? ¿O es que el terrorista suicida ha seguido el camino desconcertado de la glorificación posmortal del Yo en Dios? La batalla entre psicoanálisis y filosofía en procura de una respuesta parece ganarla el primero. EL “instinto de muerte” freudiano que ha llevado al hombre a buscar salida de este mundo encuentra la expresión contemporánea de disolución, para no tener que sentir más, en la muerte “útil” que reconcilia con Dios, dando lugar a una mezcla con la antropología metafísica. Quien sobrevive en este mundo, como algunos pueblos e individuos, al margen del éxito y del dinero, y sin tener que recurrir a la droga sustitutoria de los químicos, es aquél que ha elevado su espíritu por encima de la época denigratoria y pleno de energía para morir sobrelleva sabio las consecuencias de estar-aquí.

 

El terrorista suicida ve fluir todo hacia un mal fin. Sobrevivir sin el cuerpo, tesis de las religiones de salvación, es su premisa. La segunda es que forma parte de un grupo que vive, física y moralmente, peor de lo que debería vivir. Ambas premisas pueden responder también a mentes superiores, en el primer caso a un filósofo, en el segundo a un revolucionario, cuando las revoluciones eran posibles. En el caso del terrorista suicida hay un elemento de descontrol, de dominio total de la desesperación. El que se siente con el agua al cuello y es víctima del pánico, encuentra una “verdad” propiamente terrorífica: hay que destruir al infiel, a quien no cree en “mi Dios”, al culpable perfectamente identificado de la crueldad de la existencia en lo personal y en lo grupal. Las ideas de coexistencia religiosa o de tolerancia son absolutamente contrarias a la mente que quiere viajar hacia la nada huyendo de la casa injusta. La convicción de que el tiempo de desdicha, el infierno de dolores, es insuperable conlleva a la trágica mezcla de matar al prójimo con la propia inmolación, a una acción entrelazada entre la derrota psíquica adosada con deseos de integración a la divinidad. De esta manera se trastoca la convicción de un fin malo por la seguridad de que no hay otro bueno que el representado en la acción suicida-homicida. Podemos decir que el terrorista suicida es alguien que sólo ve lo exterior real, aunque se ampare en una falsificación, en una ceguera total que lo lleva al argumento deico como justificación última. Sloterdijk lo explicaría así: "La conocida afinidad de mística y alienación recuerda que, en espacio psíquico, altura y hondura son equivalentes y que la impulsión hacia arriba difícilmente se deja diferenciar de la absorción hacia abajo".

  

El problema radica en la falta de atención del hombre al estado de ruptura actual. El hombre, inmerso en la globalización y atado a una red de Internet donde los Dioses no tienen una página web, paradójicamente no está captando lo general extenso imbuidos como están en lo particular obtuso. La paradoja radica en que lo mismo hace la cultura occidental nacida de lo metafísico y llegada a este estado de un hombre-mamarracho hasta las religiones como el islamismo, en su manifestación obcecada, olvidadas de desarrollar argumentadamente y encerradas en un hombre que es incapaz de abandonar momentáneamente su fe puesto que si lo hiciera se convertiría en alguien pensante. Lo cierto es que nadie da una idea segura del mundo y de la vida, menos quienes pretenden destruirlo apostando a un fe ciega en un mundo donde lo imprescindible es quitarse la venda. Aquí, en este mundo posmoderno que, como insisto en decir, es originario de la modernidad y de allí a todo lo que ha sido la historia de las culturas, no hay un continuum de certezas.

 

Ciertamente no estamos para manifestaciones religiosas apocalípticas. Estamos, sí, para dar resolución, para usar un término de imagen, a la casa. Muchos han definido al hombre como un animal que se muda. Pues nos estamos mudando y la mudanza es inevitable. La nueva casa hacia donde marchamos es la global, la de todos. Deberemos encontrar, usar y desarrollar una inteligencia multirracional. Esta casa es finita, no hay duda, pero de ello debemos sacar conclusiones. Esta casa no podrá funcionar basada exclusivamente en la economía, como no podría basada solamente en una especulación metafísica. Estamos metidos en una carga de comunicación absoluta. Ya lo dije, cuando no veíamos muy lejos el mundo era fácil de comprender. Sobre este mundo hay que lanzar un cable universal e ininterrumpido de mediación que impida verlo todo o con los ojos de la desesperación o como mercancía. No trato de trazar una perspectiva piadosa. Estoy plenamente consciente de lo que ahora también podríamos llamar realpolitik. No obstante, déjenme decir, que no considero piadoso el reclamo de una escala humana. Los filósofos del posmodernismo se han encarnizado contra el humanismo en medio de una confusión que no me atañe. Lo que sé es que tenemos casa para el mundo, pero no tenemos mundo, a no ser uno cansado bajo una apariencia de dicha.

teodulolopezm@yahoo.com




Mensaje de fin de año

Teódulo López Meléndez

 

26-12-2009

Termina la primera década de un siglo y podemos asegurar que el valor fundamental que se ha puesto en discusión ascendente ha sido el de la ciudadanía. El reclamo por el cambio de los viejos paradigmas que guiaban el comportamiento político ha estado presidiendo de manera insistente el mundo inmenso de la comunicación interpares.

 

La vieja democracia representativa ha sido señalada como perteneciente a otra centuria, a otro proceso socio-histórico-económico. Las decisiones se aproximan cada vez a más a una voluntad colectiva formada de manera inédita y por medios insurgentes.

 

Hemos vivido en estos diez años la agonía de un viejo mundo y los balbuceos de otro. El economicismo estalló, no sólo como repetición de una crisis puntual, sino como el brote de exigencias de edificación de justicia en el mundo económico.

 

Hemos asistido, quizás de manera imperceptible, a los indicios de reorganización de la distribución del poder y a modificaciones en su esencia misma.

 

Hemos visto –inclusive en el día de Navidad- brotes de intolerancia, violaciones a los derechos humanos, pero al menos la humanidad no ha asistido del todo impasible a estas incidencias de un trasnocho ideológico que como polución pervive en el aire planetario y se arrastra persistente sobre la medición del tiempo.

 

En nuestro país venezolano ha sido la década de una incidencia histórica muy parecida a una repetición de lo que ha sido nuestro pasado. Podemos admitir que aún no se conforma una voluntad nacional coherente de salto hacia adelante. Se perciben confusiones, incongruencias, no asimilación plena del desafío hacia lo político que planteo la ocurrencia de este suceso plenamente explicado por un comportamiento que lo generó y por una sociedad abstraída de todo interés por el destino colectivo. La multiplicidad que como un torbellino nos sacude se parece más bien a un brote anárquico, a una incoherencia improductiva, a una asimilación distorsionada del nuevo papel ciudadano protagónico que aún no ha madurado.

 

La tendencia venezolana a que cada año que llega será peor que el anterior no se modificará en 2010. Este diciembre triste nos ha indicado lo que nos espera. El torbellino del caos aparece en el horizonte como una visión de tornado que gira amenazante. Amalgamar las partes dispersas de este conglomerado social requiere aún del cemento y de la voluntad, de una maduración que es parsimoniosa, de un asegurar de posibilidades que aún se sitúa  en el territorio de la incógnita.

 

No obstante, hay que admitir que las lecciones de la historia indican cohesiones rápidas, impensadas, sorprendentes. El maniqueísmo de pesimismo u optimismo debe ser reemplazado por la atención que no descansa, por un alerta permanente, por lo que he denominado durante esta década como “una interrogación ilimitada”. Debemos preguntarnos aunque muchas de las demandas no obtengan respuestas, dado que la falta de respuesta lo es al obligar a una reformulación de los términos de su lanzamiento, a una modificación de las palabras que usamos para redactarlas, a una alteración de las palabras y de la sintaxis de las frases.

 

La asunción de una nueva cultura puede parecer un largo proceso y de hecho lo es, sólo que el empuje humano lleva a la determinación antes de que esté plenamente constituida y obliga a su asimilación plena a una velocidad no sujeta a previsión ni cálculo. Se debe partir que es hacia delante que se marcha, nunca hacia atrás.

 

En sustitución de un “Feliz Año” que escapa a las proyecciones del análisis digo que estaré en el 2010 con la mente puesta en mi país, como lo estuve en la década que termina. Es poco, lo sé. 

teodulolopezm@yahoo.com




El poder de  crear

Teódulo López Meléndez

18-12-2009

 

Los analistas que se han ocupado del poder lo instituyen como esencial a la cohesión humana. Es potestas y auctoritas. Se le puede identificar con fuerza o con autoridad. No obstante hay un paradigma premoderno del poder y otro atribuible al siglo XVIII. Esto es, ya el poder no controla por infundir miedo sino a través de instituciones de gobierno. Se ejerce por la vía jurídica, por la vía de la conciencia social o por la vía de la imposición histórica.

 

Poder significa, desde Max Weber, imponer la propia voluntad, aún contra toda resistencia y cualquiera sea el fundamento. Quizás de aquí provenga el cruce de los conceptos de poder y dominación. El poder para los marxistas es atribuible a la capacidad de una clase social de realizar diferentes objetivos específicos. Hanna Arend consideraba opuestos violencia y poder.

 

El ejercicio del poder se ha hecho así inherentemente conflictivo. Este concepto de poder se ha hecho ineficaz. Arend le dio su toque cuando lo llamó la capacidad de actuar concertadamente. Es lo que otros autores han llamado “poder con”. Lo que debemos derruir es el poder como “poder sobre”. Foucault habla de una convocatoria más bien a una serie indefinida de distribuciones horizontales de poder.

 

La crisis de las instituciones obsoletas pueden conducir al extremo del horizontalismo absoluto, pero está claro que la falta total de organización no funciona, lo que puede replantear épocas autoritarias en respuesta al desorden. A su vez, el desprecio justificado por los dirigentes puede plantear la aparición de lo que se ha dado en llamar “el poder de la referencia social”, una no perteneciente a quien la tiene sino a la gente que la otorga o la quita.

 

No podemos extender el concepto de poder de la modernidad a la posmodernidad por un razón muy sencilla: el hombre no es sólo un depositario de derechos sino un “empoderador” que gestiona. Foucault es el contemporáneo más próximo que se ha ocupado del poder. Ya hemos visto como habla de “distribuciones horizontales”. En efecto, el poder vertical es resistido por una red de redes en la era presente de lo tecnológico que coadyuga a la sustitución de una sociedad informada por una sociedad comunicada.

 

La identidad entre poder y dominación ha llevado a este dañino paradigma del poder como “poder sobre”. Los rasgos del poder desafiado por una cultura que llama al intelecto a “empoderarse” en imbricación con los demás del devenir histórico apunta ahora al nuevo paradigma del poder como  “poder hacer”, uno que podemos definir como  el poder como un derecho de creación.

teodulolopezm@yahoo.com




Así se gobierna en Barataria

Teódulo López Meléndez

11-12-2009

Barataria es una isla barata. Barataria es una donación. Barataria es un experimento. Barataria es una ficción. Barataria es una ópera cómica. Barataria es en lo que nos hemos convertido. Barataria es el regalo de unos nobles acomodaticios al escudero.

 

En Barataria se entremezclan lo bufo y lo trágico. Nuestro señor Don Quijote está perplejo. Barataria ya no es ya la república de Sancho, insigne gobernante. Arthur Sullivan y WS Gilbert aseguran que Barataria no es su obra estrenada en 1889. Arguyen que la pureza de las dictaduras excede a la época victoriana y a la concepción de la “ópera Savoy”. Barataria es ahora una creación colectiva. Barataria es una nueva invención literaria, una novela menor, en el fondo una regeneración literaria que abandona la decadencia del género y se alza en el siglo XXI como máxima expresión de la locura.

 

En Barataria se cruzan los personajes de la invención y de la realidad. Montesquieu se ha introducido en Barataria y cuando ha oído que hay que eliminar la separación de poderes se ha declarado en huelga de hambre. Cuando ha visto que en Barataria se llevan presa a la jueza que dicta sentencia ha suspendido la ingesta de líquidos y ha radicalizado su huelga. Personajes de todos los colores abandonan la ficción de los libros donde vivían y se dirigen a Barataria, la materialización en ciudad terrena del absurdo, la realización literaria suprema de la opereta, de la zarzuela, de la obra menor.

 

Barataria existe. Barataria nos envuelve. Barataria es la prueba de que la imaginación no ha cedido paso, de que no se puede hablar de una decadencia ficcional. Vivimos en Barataria. Somos Barataria. Sancho Panza arguye que renuncia a gobernarla. Asegura que es un escudero serio. Incluso ha dicho que exige su nombre no sea considerado para las legislativas. Barataria es ingobernable, Barataria es el entrecruce de los cómicos medievales, en las plazas hay festejos y la lengua vulgar que precede al nacimiento de la nueva lengua sirve de expresión a las fiesta carnavalescas y a las parodias.

 

Orwell quiere robarse a Barataria. Melville quiere cambiarle el nombre a su ballena. Los grandes juristas y los historiadores pretenden estudiar a Barataria. Sócrates anda diciendo por allí que el veneno que se bebió se llamaba Barataria y no cicuta. Shakespeare está pidiendo autorización para venir a Barataria bajo el alegato de que quiere volver a sus andanzas de representar en los mercales, en los pedevales. Pretende  incrementar un tanto su penetración en el poder de los monarcas.

 

Hay conmoción en el mundo de la ficción. Mientras los habitantes de Barataria, los baratos, huyen en balsas, este humilde escribidor busca desesperadamente a Mijaíl Bajtín en procura de una explicación de la literatura paradójica. Quieren reformar la constitución de Barataria. Van tres anuncios de reforma, mientras los resolvedores de Sudoku dicen que están cerca de descifrar los enigmas numéricos y encerrados sólo piensan en elecciones, mientras los gobernantes hacen de Barataria un cuartel donde ya no hay civiles, sólo oficiales que gritan “patria, socialismo o muerte”. Los civiles han sido erradicados de Barataria. “1984” se ha convertido en 2009. Sólo hay uniformes. Para vivir en Barataria hay que uniformarse, encadenarse, batir las aletas.

 

Vienen de todas partes, a constituir la Quinta Internacional, a organizar la continental de Barataria para proclamar a las FARC como beligerantes, a sustituir a los baratos que observan los bajeles en los cuales flotar hacia la huída. Barataria es un imán, Barataria atrae, Barataria tienta a los que quieren dejar a Robinson en una isla desierta. La literatura renace, la música marcial recobra su esplendor, Chaplin observa y sus oficiales le dicen que debe pronunciar un discurso. Lo pronuncia, está grabado, alega ante los baratos sobre lo humano y sobre la libertad y sobre la renuncia a la guerra. Para su sorpresa los baratos reaccionan y lo aplauden. La mujer que llora ante el medio radioeléctrico presto a autocensurarse se levanta esperanzada. Piensa que Barataria ha terminado. Piensa que ya no es originaria de Barataria y que no es una barata ante el ojo totalitario en forma de pantalla. Es un film. Chaplin era un actor. Darwin vacila y reflexiona sobre Barataria como mejor laboratorio que Las Galápagos.

 

Hay que hacer negocios con Barataria, se dice en las grandes islas. Hay que tener un diálogo franco con Barataria, dice el sesudo chileno Valenzuela desde su cargo obtenido en la capital del imperio a cambio del cambio de un sombrero tejano en las honduras de Centroamérica. Los Balcanes se estremecen ante la declaración solemne de Barataria de que Kosovo no existe. El gran vecino de Barataria, en ensayo de su condición de imperio bufo naciente, estudia el envío de un procónsul a gobernar a Barataria si se pone molesta. Se apellidará García y será investido para gobernar a la nueva provincia en las ruinas de Itamaraty.

 

Barataria está aquí. Barataria es un regalo. Barataria es la gran atracción universal. Barataria es ella misma la nueva Exposición Mundial. Los científicos búlgaros que tienen contacto con los extraterrestres han incluido en su cuestionario de 20 preguntas una sobre Barataria. Los extraterrestres no han contestado. Primero están procesando en sus computadoras toda la literatura bufa del planeta terrestre recalentado.

 

Nos toca asumir la voluntad y escribir la nueva historia. 

teodulolopezm@yahoo.com




El almanaque de los días rojos

Teódulo López Meléndez

04-12-2009

Lunes:

 

Annus terribilis ha designado la organización Foro “Siglo XXI” al presente y agonizante 2009. Su documento, presidido por la vieja frase latina, es prolijo en enumerar los azotes que hemos recibido en este espacio de tiempo. No queda nada más que agregar a ese texto, abundante en el desbordamiento de las crisis, de los atropellos, de las ignominias y de los fracasos.

 

El gobierno venezolano se ha hundido en su propia esencia. Ha cometido todas las tropelías, ha desencajado al lenguaje, ha hundido a la república en una pavorosa crisis. Advierte el documento que comentamos que en 2010 la presente situación de caos hará eclosión. De ello no hay duda, ya ni siquiera, por ejemplo,  un repunte espectacular de los precios del petróleo podrá poner a flote la economía, diezmada PDVSA y vista la falta de probidad en el manejo de los dineros públicos. No hay tampoco recomposición política a la vista, más bien una descomposición interna del régimen y un agravar de los abusos de todo tipo que conducirán a la pérdida definitiva del escasísimo barniz de legitimidad que ha ido largando con el uso ilegítimo del poder.

 

Martes: El que se resbale

 

No, el padrino no va por la banca, es lo que pienso, contrariamente a la mayoría de los analistas. No puede comprar esos bancos, intervenirlos sin motivo, procurar alegatos falsos. Produciría una situación de quiebre definitivo, para lo cual no está en condiciones. Lo que ha hecho significa, si miramos bien, un fortalecimiento de la banca privada, pues hacia allí emigrarán los depósitos de los ahorristas. Lo que ha hecho –aparte de los alegatos de lucha interna- es dejar patente el fracaso del esfuerzo por crear una “burguesía revolucionaria”, una nueva clase emergente, tal como lo intentó Carlos Andrés Pérez en su momento. Esto es, la “revolución” pretendía crear sus propios “aliados ricos” y el castillo de naipes se le desplomó. Entre otras razones porque la intervención que acabamos de vivir es una advertencia frente a las conspiraciones internas, lo que significa, más que menos, “tal como se los permití se los puedo quitar”. Aquello de “el que se resbale” no era contra los banqueros, era contra sus aliados. Ahora bien, los “aliados” verán que hacen, se quedan quietos y disfrutan de lo obtenido o se ponen hipersensibles y deciden que es mejor prescindir del hasta ahora benefactor. En mi opinión optarán por lo primero y apenas asomarán algún antojo el congreso del partido procurando algunos escalones que los protejan. Por supuesto que no se puede dejar de lado la voracidad de la “burguesía revolucionaria” que puso en práctica aquello de “mientras más tengo más quiero”. ¿Los demás?, los demás parten del principio de “mientras no se meta conmigo”. Cosas del poder corrupto.

 

Miércoles: 2010: ¿Annus mirabilis possibilis?

 

El 2010 amenaza con ser el año de la hecatombe, pero los venezolanos podemos convertirlo en el año del reinicio, del recomienzo, en un año bueno, esto es, en un annus mirabilis. Un año bueno significa ponerle coto a la desesperanza, organizar al país unido en su esencia, ejercer la resistencia con coherencia y determinación, torcerle la mano al régimen. No se logrará con olvido de los males, sino resaltándolos en su verdad; no se logrará haciéndose falsas ilusiones de optimismo para ocultar lo que es obvio y patético; no se logrará con diversiones políticas falsas sino resaltando la evidencia  de este caos disolutivo en que la república desfallece.

 

Jueves: Guerra

 

Contrariamente a lo que todos piensan creo que la guerra es posible. Las bravuconadas tienen la verdad en el fondo. Este alumno mal aplicado de la academia militar tiene en su memoria las viejas enseñanzas de Colombia como el enemigo, ahora acrecentada por la muralla que el país vecino encarna ante sus apetencias de expansión “revolucionaria”. Dará y dará vueltas, si hay otro presidente distinto a Uribe mantendrá con él una breve luna de miel y luego volverá a las andadas, tal como ha hecho con Obama. Si Uribe continúa la posibilidad estará más cercana. Mientras tanto espera pacientemente que arriben sus juguetes desde Rusia, se arma hasta los dientes, sueña con los mercenarios que le acompañarán en la aventura. La guerra es posible, aunque es probable que sea distinta, no abierta, como es factible que también se pelee en otras latitudes. Honduras, por ejemplo, es una “espina clavada en el corazón”, como dice el viejo bolero, y el “cantante” Zelaya aún aguanta otra interpretación.

 

Viernes:

 

Todos los Judas se lavan las manos, a la espera de que no vayan por ellos y alborozados aplauden las decisiones gubernamentales. Todos los “comeflor” alzan sus plegarias al cielo por el “diálogo”, por la concordia, por la armonía con el gobierno, por un comportamiento “civilizado” ante las bandas armadas que agreden. Todos los calculadores de oficio se muestran tan decentes, comedidos, comprensivos y fraternos. Celebran, como descerebrados, la falta de competencia, unos, y otros el monopolio de las postulaciones. La cobardía la identifican con democracia, su irritante falta de valor con armonía, su peculiar estilo de adaptación a la dictadura con moderación, su condición de adoradores del dios dinero con comprensión.

 

 Sábado:

 

Los judíos descansan, es Shabat. Hay judíos que no descansan en Shabat.

 

Domingo: ¿De resurrección?

 

El país se enerva, el país se engrincha, el país se arrecha, el país se sacude, el país se pone en guardia, el país asume su destino, el país se sacude las cenizas del Ave Fénix y emprende vuelo. El país mira los resultados y se pregunta cómo pudo caer de nuevo en la misma trampa. El país suelta un manotazo, el país comienza por los más cercanos, por aquellos que dijeron estaban a su lado. El país decide, el país asume, el país arenga, el país dirige, el país hace caída y mesa limpia. En domingo se descansa, piensan los cristianos, a menos que haya que revivir. La construcción del mundo no terminó en domingo, volvió a la vida en domingo, se inició en domingo. El domingo, el último día que será el primero de la nueva historia. Al tercer día resucitó. El país resucitó al tercer día. Y comenzó la Pascua de Resurrección. El domingo es el tercer día. Este almanaque anda equivocado, el almanaque deja de ser rojo, el almanaque se destiñe para colocar sobre el tercer día la impronta del comienzo. Los días se llaman “padrino”, “cabrones” y resurrección.

teodulolopezm@yahoo.com




El rompecabezas que se convirtió en Sudoku

Por Teódulo López Meléndez

26-11-2009

Cuando un país se convierte en un rompecabezas se comienza a utilizar la expresión rompecabezas político. Ante una situación difícil en el plano político se habla de rompecabezas político. La tablilla babilónica que contenía el primer rompecabezas parecía para el juego, pero el acertijo se introdujo en el juego de unos hombres que comenzaron a mirar la palabra como juego. Se dice que Homero quedó perplejo ante el acertijo que le platearon unos pescadores y lanzó su vida al olvido rendido ante la imposibilidad de armar el rompecabezas.

 

La unidad se ha convertido en un puzzle, pero en uno muy sencillo y muy complejo. Lo único que hay que unir es al país. Para ello hay que comenzar por sacar del esfuerzo a las piezas que no pertenecen al puzzle de nuestros desvelos. Recuerdo de niño que cuando se mezclaban dos o más rompecabezas lo primero que había que hacer era la paciente tarea de recolocar a cada uno en su caja. Cuando dos o más rompecabezas se mezclan tenemos una confusión de rompecabezas. Y entonces las cabezas se rompen en vano.

 

Los japoneses inventaron el Sudoku. Y así, como ahora en este país de rompecabezas hay más ventas de sushi que de arepas, ya nadie se ocupa de los rompecabezas sino de los números. Jamás he intentado resolver un Sudoku, pero tengo entendido que se trata de rellenar la cuadrícula de modo que cada fila, cada columna y cada caja de 3x3 contenga los números del 1 al 9. Esto es, resolver a quienes tienen entre todos el 9. En eso anda mi buen amigo Ramón Guillermo Aveledo, manejando y administrando con su gran capacidad de mediación los equipos que compiten en la Liga de Política Profesional de Venezuela. Él se ha dedicado al Sudoku. Yo sigo empeñado en los rompecabezas, en los políticos, claro está.

 

El rompecabezas lo han convertido en un Sudoku. Craso error. La unidad es un rompecabezas, no un Sudoku. El país es un rompecabezas, no un Sudoku. El país es un cuerpo complejo, no un conjunto de equipos minusválidos que decidieron –obligados y constreñidos- no competir más entre sí sino hacerse el mismo equipo. Los jugadores de los equipos son pocos. El país es una muchedumbre compleja, un tejido, un cuerpo, la multitud a la que hay que apelar para que resuelva el rompecabezas mediante su armazón para restituir la figura original. La figura original de este rompecabezas, la imagen que aparece cuando se arma, se llama país, se llama Venezuela. Es la multitud la que toma las decisiones, la primera estructurarse, la segunda producir las respuestas. El rompecabezas armado es la unidad. No hay otra unidad. Esta es la unidad.

 

Hay que recordarles a los venezolanos que somos una nación. Hay que recordarles a los venezolanos que somos un pueblo. Hay que recordarles a los venezolanos que el hecho de vivir aquí nos ha dotado de una cultura inicial que ha venido siendo fracturada inmisericordemente hasta el punto de convertirnos en millones de piezas de un inmenso rompecabezas. Hay que recordarles a los venezolanos que debemos recuperar la atracción del imán que llevamos en nuestro ser y volver a conjugarnos unos con otros para luego hacer desaparecer las costuras y transmitir de nuevo la idea de un cuerpo social que sabe administrar las necesarias contradicciones y conseguir puntos de conjunción y de marcha. Es necesario advertirles a los venezolanos de propósitos y de metas. Es menester decirles a los compatriotas del sistema político que vamos a establecer cuando pase el interregno y como vamos a hacer con el sistema económico que de este se derive y como vamos de una vez por todas a despegar a la plena vigencia del siglo XXI. Debemos comenzar por la unidad, abajo, en nuestro ser venezolano. No hay otra unidad. Esta es la unidad.

 

Debemos especificarles como vamos a lograr la transición. Hay que advertirles que limitarse al acto electoral es un Sudoku trampeado. Se va o no se va a elecciones si ellas forman parte de una estrategia, porque cuando las elecciones son ellas mismas la estrategia se cae en una aberración decepcionante llamada electoralismo que no admite explicación alguna ni justificación matemática. Tal vez tengamos que vivir la decepción como el detonante que le permita al país dejar de ser un rompecabezas para volver a constituirse en nación. Tal vez, pero las enseñanzas de los resolvedores de Sudoku deben servirnos para entender de una vez por todas que unidad es el pueblo con una decisión en la mano, una que pasa por resistir hasta que resistir se hace sinónimo de acción.

 

Cuando se es un niño se mira al rompecabezas como una tarea harto difícil y casi imposible. Cuando se ha adquirido la madurez no se hacen ya rompecabezas porque los rompecabezas desaparecen ante la fuerza espeluznante de la voluntad reunida en haz. Hablo de los rompecabezas políticos, pues yo me ocupo de ellos, no de los rompecabezas que tienen castillos y hadas, magos y arlequines o imágenes de ciudades de la mitología. Menos me ocupo de Sudoku, resuelto ya en la Ley de Procedimientos Electorales.

 

Llamo a la unidad. Soy un fiel partidario de la unidad. La unidad es un imperativo. No hay otra unidad. Esta es la unidad. Dejemos de ser un rompecabezas, busquemos la metamorfosis, lo inesperado. Esta es la unidad. No hay otra unidad.

teodulolopezm@yahoo.com




Llamado a la unidad

Por Teódulo López Meléndez

20-11-2009

La unidad es absolutamente necesaria. La unidad es un imperativo del que no se puede huir. El país está reclamando la unidad. Es menester unir a los trabajadores de Guayana con los miles que deambulan pidiendo viviendas frente a los organismos oficiales. La unidad es un requerimiento de los tiempos. La unidad en una solicitud de la historia. Hay que unir a los merideños sin luz con los trabajadores burlados de la costa oriental del lago de Maracaibo. Hay que unir a todas las amas de casa que han visto dañarse sus electrodomésticos con los trabajadores de la UCV a quienes se burlan sus derechos laborales. No querer la unidad es un delito político imperdonable. La unidad toca desesperadamente a nuestras puertas reclamando la acojamos. Se hace indispensable unir a los miles de comerciantes al borde de la quiebra con los habitantes de esa vasta zona que está entre Caracas y el litoral central. Es indispensable unir a los productores agrícolas expropiados con la gente de Barinas que asiste estupefacta al desgobierno local. La unidad es imperiosa, la unidad no puede seguir esperando por nosotros, la unidad está comenzando a desesperar por la falta de unidad. Hay que unir a las “mujeres de negro” de Mérida con los sindicalistas que ven como el gobierno burla la contratación colectiva. Es necesario unir a las barriadas caraqueñas que no tienen agua con los empresarios honestos que han visto deshechas sus empresas. Hay que unir.

 

La unidad es el reclamo, la exigencia, la necesidad, lo urgente. Hay que unir a los miles de indigentes que duermen en las jardineras del Metro, de las plazas y de los parques con una posibilidad de esperanza dada por los intelectuales que quieren la unidad. Hay que unir a la gente que no puede comer tres veces al día con los abogados que denuncian la constante destrucción de todo vestigio del Estado de Derecho. Hay que unir a los defensores de los derechos humanos con aquellos que están en pobreza crítica. Hay que unir a aquellos que no tienen cloacas con la gente que se moviliza por carreteras y autopistas en pésimo estado. Hay que unir a los dirigentes sociales con la gente por la que se preocupan en una unidad indestructible. Hay que unir a los dirigentes que creen que hay que borrar los paradigmas anticuados y los procederes nefastos con la población desengañada. La unidad  es el pedido del país, la unidad es el reclamo, la unidad es una orden que nos está dando la historia.

 

Hay que hablar de unidad, hay que resaltar la unidad, hay que iluminar la unidad con plantas, con velas, con fósforos, con leña, pero la unidad debe estar alumbrada, la unidad debe saber que vamos en su procura. Hay que unir a las mujeres y a los hombres mayores con los estudiantes que buscan un futuro. Hay que unir a los adolescentes con la idea de una república atractiva. Hay que unir a los sindicalistas con los pobres que pululan por el campo engañados por las expropiaciones y por las ofertas mentirosas. Hay que unir. Todos debemos dedicarnos a construir la unidad. La unidad es el planteamiento clave de esta hora histórica. La unidad es la oferta fundamental que nos permitirá salir del atolladero. Coincidimos con quienes nos venden la unidad como la panacea: sí, hay que unir a la doñita que no puede salir de noche y mira triste desde la ventana enrejada de su rancho con el empresario que da trabajo y está pensando seriamente abandonar, en tirar la toalla ante la permisología aberrante que le obliga a sacar docenas de autorizaciones y que tiene su empresa al borde del colapso, uno ayudado por la corrupción que pide y pide comisiones.

 

Yo soy un fiel partidario de la unidad. La unidad me obliga, la unidad corre por las calles llenas de huecos exigiendo que la adoptemos, que la acariciemos, que le demos albergue. Hay que unir a católicos, protestantes, judíos y musulmanes con los ateos, es urgente congregar al culto pastor con el analfabeto, es urgente la conjunción del profesor universitario con el maestro de la destartalada escuela del lejano y polvoroso pueblo interiorano. La unidad es nuestra divisa. Hay que unir al soldado y al oficial medio con sus vecinos que padecen los apagones, la inflación y la escasez.  Hay que unir al oficial que va al restaurante y se siente observado con la gente que está en las otras mesas y así juntos recobren la identidad venezolana.

 

La unidad es la condición esencial para tener éxito. Sin unidad no habrá salida. Sin unidad no habrá cambio. La unidad es como el agua, amalgamada en gotas, conjunta en mole, esencial para la vida. La unidad puede devolvernos la existencia, reponernos la luz apagada, reparar las turbinas del Guri, con paciencia, con constancia, con parsimoniosa tarea de reconstrucción. Primero hay que abrir las compuertas, hilvanar en un solo haz de fuerzas a todos los que protestan. Hay que tejer los vínculos, los entendimientos, las comprensiones entre todos los sectores que andan cada uno por su lado y no han visto a la unidad. Hay que unir el engañado con el desengañado y con el nuevo desengañado. La unidad es la prioridad. La unidad debe ser adoptada. La unidad no puede seguir por allí, realenga, vestida con ropa raída, decepcionada. Hay que unir a los sesudos economistas que nos señalan contracción deflación, pérdida de empleo, con los escasos pulperos que sobreviven aquí y acullá. Es urgente la unidad entre las clases que todavía se permiten el matrimonio, la primera comunión y el cumpleaños con una buena fiesta con los jóvenes de los barrios que trasiegan cerveza parados en una esquina y expuestos a que unos distribuidores de droga los acribillen. La unidad nos mira lánguida, extenuada, a nuestra espera. Hay que responderle a la unidad. Es urgente darle una respuesta a la unidad.

 

Cuando la unidad nos abrace habrá salida. La unidad habrá demostrado así que ella era la panacea. Cuando todos abracemos la unidad seremos de nuevo un cuerpo social. Cuando todos nos hagamos uno con la unidad seremos imbatibles. Seremos de nuevo un pueblo capaz de determinar su destino, de echar la dictadura y de comenzar una reconstrucción sostenida. La unidad es necesaria. El intelectual que teoriza sobre los nuevos parámetros del mundo debe abrazar a la ama de casa que pelea entre el mantenimiento del hogar y el trabajo, entre revisar las tareas escolares por si Stalin ronda los cuadernos y hacer mercado con un dinero que no le alcanza. La unidad nos hala las orejas, la unidad toca el timbre del condominio, la unidad golpea las puertas protegidas del despavorido habitante del barrio azotado por el hampa. La unidad debe ser respirada, absorbida, introyectada. Hay que unir al policía con el ciudadano que lo mira angustiado. Hay que unir al transportista con el pasajero. Hay que unir al comprador con el vendedor. Hay que reconstruir un tejido social unitario. Entonces la esperanza volverá. Estaremos listos para definir una transición. Para conceptualizar lo que vendrá a sustituir al presente malévolo. La transición entonces no nos agarrará desprevenidos, pues ya habremos definido sus bondades, sus condiciones y su ruta.

 

La unidad anda por todas partes. Hay que asirla, hay que soldarla entre todos quienes protestamos, entre todos los que están resignados y entre todos los que abajo aún creen. Hay que ponerle fin a la inconexión, a la falta de amalgama, a la ausencia de vasos comunicantes. Debemos constituirnos en albañiles de unidad, en ingenieros de unidad, en edificadores del gran edificio de unidad. Entonces veremos la transición, entonces veremos como se abre ante nuestros ojos la reparación de los exámenes en los que fuimos aplazados, entonces veremos la restitución democrática alejada de los vicios del ayer y de su aberrante verruga del hoy. Entonces seremos un pueblo de ciudadanos levantando ciudadanía y una nueva república, ya liberados, ya disfrutando de los resultados de nuestras acciones que pusieron fin a la decadencia y al desastre.

 

Esta es la unidad. La unidad permitirá restituir la gobernabilidad perdida, procurar la paz en la transición, cohesionar, converger, rehabilitar la libertad, mantener el orden en la mudanza. Esta es la unidad. La unidad es la mudanza. La unidad es la apertura de las puertas y de las ventanas sin rejas. No hay otra unidad. Esta es la unidad.

teodulolopezm@yahoo.com




“Mis soldados”

Por Teódulo López Meléndez

13-11-2009

El diario “VEA”, órgano semioficial de la bastardía gobernante en Venezuela, el 11 de noviembre de 2009, tituló “Nueve soldados de Uribe caen ante las FARC”. Así, los soldados no son de Colombia, son de Uribe. No son miembros de las Fuerzas Armadas Colombianas, son de Uribe. La concepción que la bastardía tiene es que los soldados son propiedades personales. Son los soldados de Uribe, esto es, son miembros de un ejército personal.

 

Es obvio que tal concepción proviene de su propia conciencia. Los soldados venezolanos no son de las Fuerzas Armadas Nacionales, son los soldados de Chávez. Son propiedad personal de Chávez, las Fuerzas Armadas Venezolanas son ahora el ejército personal de Chávez.

 

El titular indica, además, una morbosidad. Hay en él un festejo de que hayan caído nueve soldados de Uribe. Mientras tanto, el inefable nos agregó que su anuncio de guerra era una tomadera de pelo. Sólo se refería a un adagio, asegura. Fue el mundo mediático el que manipuló su declaratoria bélica. Adagio es una sentencia, aunque también musicalmente un movimiento lento. Ni una cosa ni la otra, aunque el mundo entero emitió una sentencia de condena, lo que quiere decir que el mundo entero le puso el adagio.

 

Se mueven al son que Chávez toca. Carecen de capacidad de respuesta. Son bailarines al son del clarinetista de las burlas sangrientas y de la irresponsabilidad manifiesta.

 

“¿Yo amenacé con guerra?” “¿Cuándo?” Surge días después la inefable voltereta de quien cree que tiene un ejército personal, que los soldados venezolanos son suyos, de su propiedad y que ya dejaron de ser miembros de las Fuerzas Armadas Nacionales.

 

El titular de VEA “Nueve soldados de Uribe caen ante las FARC” debería, al menos, provocar una reflexión en las Fuerzas Armadas Venezolanas. ¿Son ustedes propiedad de Chávez? ¿Son ustedes el ejército personal de Chávez? ¿Esperarán a ver otro titular en “VEA”, cuando se produzca el hipotético y fantasioso conflicto bélico, señalando que cayeron tantos soldados de Chávez? Afortunadamente jamás lo verán porque colombianos y venezolanos lo impediremos, pero nada más la hipótesis debería mover a una profunda cavilación.

 

Afortunadamente los únicos que han caído en estos días son otros soldados de Chávez… los que salieron a pedir paz, a llamar al diálogo, a halarse los pelos por la guerra que se inventó en un domingo estresante el dueño de los soldados de Chávez. El dueño de los soldados de Chávez habló de “mis soldados”.

teodulolopezm@yahoo.com




La “antipolítica” como nuevo chantaje

Por Teódulo López Meléndez

06-11-2009

Ahora corren presurosos los “politólogos” y los “lastres” que se amparan en seudónimos a lanzar acusaciones de “antipolítica” a todo aquel que trate de vislumbrar una salida por encima de estos que no hacen oposición ni recuerdan el drama nacional de deterioro y caída sino que se muestran tan ponderados en la organización de unos candidatos a unas elecciones peligrosas.

 

“Antipolítica”, gritan, ignorando el concepto mismo, tergiversando descaradamente, mintiendo para llamar a todos a que caigan postrados frente a los encantos mediadores del personaje tranquilo y frente a los entreveros de quienes no ven otro problema en el país que la consecución de una unidad y de un modo de seleccionar que son absolutamente secundarios frente al mar de fondo que preside una crisis de grandes y graves proporciones.

 

Lo de la última encuesta que indica que todos los que están allí sentados representan apenas el 9 por ciento les parece un “dato estadístico circunstancial” y seguramente eyaculan con las declaraciones de todos los lunes del “partido” que es señalado como el poseedor del 0,1 por ciento de las preferencias nacionales. El programilla de televisión indica porcentajes de encuestas con descaro, señalando, por ejemplo, que el noventa y tanto por ciento dice que se producirá la lluvia de “maná”, esto es, que el 9 por ciento logrará la unidad, pero se abstiene, impúdicamente, de indicarle a los oyentes cuantos votaron en sus encuestas fantasmagóricas.

 

Han conseguido la acusación de “antipolítica” para desdeñar la evidencia de que el país no los quiere, que de encuesta en encuesta se reducen, que son unas portavoces sobrevivientes gracias a los medios que han decidido mantenerlos vivos con encuestas engañosas y con espacio tutelar a las necedades que dicen cada lunes, con la falsificación vil de que aquí el único problema radica en que el 9 por ciento consiga la “unidad”, obviando que el país está siendo destruido ante su silencio cómplice.

 

En cuanto me resguarda nadie me venga con “antipolítica”, cuando este año he publicado seis e-books defendiendo la política, reclamándola, colocándola por encima de la economía por ejemplo, proclamando a los cuatro vientos que no hay cansancio de la política sino todo lo contrario, esto es, de la falta de política. Lo que sucede es que para los “lastres” y los politólogos cómplices la política es la que se ejerce en las reuniones de los comandos partidistas del 9 por ciento, la que se construye descubriendo “estadistas” o manifestando sin pudor los enamoramientos por los hombres, primero el gran “estadista” y luego el viajero convertido en su propio Ministro de Relaciones Exteriores mientras le toca ser candidato presidencial.

 

No tienen ideas los Hernández y los lastres de que cosa es política fuera  de los contubernios. Para ellos “política” son los “buenos contactos” y las “jaladas de bolas” oportunas. Para otros política implica sentido de nación, interpretación de las realidades y, sobre todo, hacer oposición, lo que ellos sólo hacen con palabrerío insulso. Política es diseño de república, estrategias y tácticas para enfrentar el problema puntual venezolano, concepciones de país, rediseño institucional, ideas transformadoras y sustitutivas de la agotada democracia representativa.

 

No entienden, no saben, son francotiradores enanos que se permiten el tupé de llamar así a quienes vemos en la inmensa población que no quiere saber de pasado ni de presente un chance único de producir una transformación redentora y la construcción de una democracia del siglo XXI. Son expresiones burdas, estos seudónimos y estos enmascarados de “politólogos”, del pasado que no retornará, la encarnación seudointelectual de las viejas mañas, las únicas en las cuales conciben la “política”.

 

Estos manipuladores de la “antipolítica” como arma acusatoria son resabios del escondite, de la reunión secreta, de la buena amistad con el dueño del medio que ofrece pantalla, del subterfugio de los viejos métodos; son arañitas que van tejiendo su tela en procura de que algo caiga y algún día cobren sus halagos incendiados o sus posturas de freno a toda innovación que se asome porque las innovaciones le suenan trágicas, enemigas de sus estructuras mentales, contrarias a sus procedimientos engañosos, a sus prácticas soterradas.

 

Los manipuladores de la “antipolítica” como arma acusatoria no saben sino de encuentros subterráneos para arreglar la candidatura de fulano o tratar de colar la aspiración de zutano, mientras las encuestan repiten que se deshacen, que ya pertenecen al territorio de un solo dígito (9 %). Nada saben de una sociedad organizada, de una sociedad instituyente no dejándose burlar, de una organización social comunicada que se libera de dictaduras partidistas y las reduce a un miembro más de una complejidad social múltiple. No, para ellos son protagonistas y condenables artífices de la “antipolítica” los que no se postran frente a los “dirigentes” huecos y sin seso donde pueden (ellos) cumplir su papel de alabarderos, de limpiadores de escudos oxidados, de cometintas que salen a defender lo indefendible.

 

La política es otra cosa. El líder es el que suministra insumos en procura de la decisión de la multitud. El líder no es el que se ampara detrás de una estructura alicaída y prácticamente inexistente a decirnos a los venezolanos lo que tenemos que hacer y en las omisiones criminales en las que tenemos que caer para hacerle el juego a sus cálculos electoralistas y de omisión frente a una responsabilidad que ignoran. La política no es contubernio, placidez fingida, tibieza asumida “para armonizar en procura de la unidad”. La política es combate, ideas, concepciones, delineación de medios no cobardes de enfrentar la dictadura.

 

Tienen demasiado lastre para saber que es política. Tienen el lastre de su pasado extremista y ya sabemos que los conversos son inestimables. Los conversos se arrugan en su arrepentimiento, se meten debajo de las alas neoliberales y de los empresarios televisivos, proclaman la bondad de los fariseos que les pasan el brazo por encima del hombro y de allí van a acusar de “antipolítica” a quienes no medramos en los tabernáculos de la política enferma, cancerosa, podrida y detestable.

 

Soy un político, he dicho miles de veces, y se lo reitero a estos nuevos cruzados de la falsificación seudointelectual y de las armas que recogen en el fango.

teodulolopezm@yahoo.com




El deterioro sostenido

Por Teódulo López Meléndez

03-11-2009

El país se está cayendo a pedazos. La frontera con Colombia se ha convertido en un pandemónium atizado por las matanzas indiscriminadas y las declaraciones irresponsables. La delincuencia hace de las suyas en un entrevero donde las investigaciones no determinan si se trató de un asalto o de un uso político del hampa. La cesta básica está muy vecina a los dos mil bolívares fuertes. La inflación devorará los aguinaldos y las utilidades dejando sembrada para febrero una nueva posibilidad de estallido social. El agua y la luz se escurren en un torbellino de irresponsabilidades y dejadez. Los atentados a la propiedad privada se disfrazan de declaraciones irresponsables de “patrimonio cultural”, lo que no resiste un análisis desde el punto de vista jurídico, pero tampoco desde el ángulo estrictamente arquitectónico y de protección histórica.

El deterioro de las formas políticas corre paralelo. Cae el gobierno por su ineptitud y caen los llamados “partidos” de la democracia representativa por su consistencia de barro. La organización sociopolítica del país se diluye, se apaga como la luz o no emerge de los grifos como el agua. Los habitantes de este campamento minero o apagan sus miedos en el encierro del entorno cercano o botan sus angustias en los portales de las frases desesperadas o entierran la cabeza en la arena del desierto o se dedican a litigar en torno a unas elecciones que llevan en sí mismas un veneno mortal o simplemente se encogen de hombros y aseguran que hay que seguir viviendo mientras se pueda.

 

Eso que se llamaba “calidad de vida” se ha perdido en las alcantarillas semitapadas o confundida con las vertientes de las quebradas o se ha ocultado en la psicología de un país desconocido para muchos que abarrota los centros comerciales como nuevos parques quizás a la espera de que sean cerrados por la incontinencia sin pañales que asegura que allí sólo van los ricos.

 

Una observación de los transeúntes de las calles o de la población que deambula en los sistemas del transporte o se que amontona en los pequeños espacios sobrevivientes a los desamparados que duermen en las otrora jardineras, nos indica un deterioro humano cercano a la catástrofe. La otra cara está representada en los privilegiados del régimen que comen langosta y beben vino bajo la canícula del mediodía en los clubes privados o en los resquicios de las clases media y alta que atiborran los restaurantes a pesar de los altos precios y por la simple lógica que parece presidir a la nación: mientras se pueda.

 

Me pregunto por el estado psicológico que emergerá de la Navidad, muy posiblemente sin la Cruz del Ávila, emblema del diciembre caraqueño, o sin adornos de luces en las avenidas o sin árboles de Navidad iluminados o con la precisión de que la alegría de haber cobrado se hace espuma frente a los precios inflacionarios y ante el fracaso del intento de amortiguar la diferencia entre el dólar oficial y el paralelo o frente a la imposibilidad de atender serenamente a los familiares que han venido de visita debido a los apagones o a la ausencia de agua.

 

Este diciembre se presenta casi como cruzar el Rubicón. Este diciembre está allí atravesado como una herencia gregoriana inapelable en esta medición cristiana del tiempo. Quizás los venezolanos puedan percibir en sus días otrora de felicidad el drama simple y a la vez complejo de un país que se deteriora como afectado por ácidos de extremo poder corrosivo. Quizás.

 

La discusión pública es banal. Las ondas de transmisión están infectadas de intrascendencia. La discusión gira en torno a los fantasmas y al acomodamiento cómplice. Se habla de elecciones mientras los pedazos de país caen a nuestros pies como cornisas desprendidas por el efecto indetenible de una lluvia ácida. Nos miramos los dedos de la mano sin nada que asir, sin futuro predecible a no ser el de la ruina nacional, nos hundimos en las nuevas costumbres y en los nuevos hábitos que bien pueden definirse simplemente como adaptación al caos.

 

La república vive los tiempos de la oscuridad. Deambulamos, no vivimos. A ratos recordamos a Platón y a su cueva y nos preguntamos si alguien trata de escalar para salir y ver y regresar a contar a los encerrados que hay un mundo distinto que se puede perseguir. Algunos soltamos a diario el desafío, por si algún oído está aún abierto, mientras recordamos a Lewis Carroll y a la pequeña Alicia con su frase “en nuestro país no hay más que un día al mismo tiempo” o sentimos la presencia inefable de Dionisio, tirano de Siracusa, utilizando su peñasco en forma de oreja para oír lo que sus prisioneros decimos.

 

La república está viviendo una hora sórdida, preñada de incógnitas aunque no tan incógnitas. En medio de las tinieblas el futuro se va armando y no somos nosotros los que ponemos las piezas. Se va armando por la inercia de una pieza que se mueve en la falta de gravedad y al desgaire se encuentra con otra y van constituyendo un cuerpo que reclamará su independencia de nosotros. El futuro así se gana el mote de impredecible, aunque no tan impredecible.

 

La república padece un gran apagón donde apenas pueden distinguirse las pequeñas llamas de un astro que se consume hacia adentro para hacerse hueco negro invisible, materia oscura, desaparición de nuestras posibilidades.

 

Hay que decírselo a los venezolanos para tentar la comprobación de que aún tienen los cinco sentidos funcionando o si se han apagado como la luz o evaporado como el agua.

teodulolopezm@yahoo.com




¿Quién es el dueño del agua?

Por Teódulo López Meléndez

30-10-2009

Los ciudadanos tenemos un poder que no ejercemos. Nos hemos habituado a una delegación intolerable. Lo que es propiedad nuestra lo hemos cedido a ese ente que llamamos Estado. Cuando no ejercemos nuestro poderío sobre el bien común ese poderío se degrada. Se precisa una determinación incontrastable de rescate. No terminamos de entender que el fin de la era industrial trajo consigo el fin de la democracia representativa y de todas sus estructuras de mando. Las recetas del pasado son recetas del pasado y no funcionan. Es necesario recrear el poderío ciudadano que retoma el control de decisiones claves, esto es, sobre los recursos que conforman el patrimonio común, sobre el acceso a esos bienes y la correspondiente justicia distributiva que debe emanar de la relación entre la gente y su entorno natural. No se trata de repartir, se trata de compartir.

 

¿Quién es el dueño del agua? En Caracas, los dueños del agua somos quienes habitamos la ciudad. ¿Qué derechos tiene el Estado sobre nuestros derechos? En la práctica no ejercemos ningún poder sobre el agua, sobre su control y asignación. Es obvio que el Estado se manifiesta también a través de un gobierno que debe hacer las inversiones necesarias en administración del patrimonio común y realizar las tareas de mantenimiento adecuadas, pero no existe ninguna institución jurídica o administrativa para que dejemos sentados nuestros criterios sobre la esencia misma de la vida, como lo es este líquido cuyos derechos hemos cedido sin pestañear. No tenemos ninguna injerencia en la asignación del agua en Caracas, agua que es nuestra como bien común. Estamos excluidos de ejercer nuestros derechos. Hay una burocracia del agua representada en oficinas del Estado que toman las decisiones por nosotros. Un primer paso sería acercar el agua a los ciudadanos, mediante la decisión de otorgar su gestión a los entes locales lo que daría lugar al brote de una ciudadanía sustantiva aproximándose a mecanismos  de control por parte de la gente. Para ello se han inventado formas como los llamados presupuestos participativos o los denominados Consejos de Participación.

 

Usted, amigo lector, se ha enterado de que viene un racionamiento de agua. Se le ha dicho que este año llovió menos. No tiene un razonamiento sobre el estado de las represas que surten a la capital o sobre el estado general de las tuberías o sobre las gestiones que podría haber emprendido el ente tutelar que se apropió de nuestro bien común. Usted no dijo nada sobre como enfrentar el problema y menos se enteró de la eventualidad del problema. Usted, amigo lector, es un ciudadano formal. Debe convertirse en un ciudadano sustantivo, lo que no es posible en esta democracia representativa agotada ni en la excrecencia de esa democracia que ahora nos gobierna.  

teodulolopezm@yahoo.com




Elinor Ostrom, el signo de los tiempos

Por Teódulo López Meléndez

23-10-2009

Podrá recordarse mi continua afirmación que la primacía de la economía sobre la política ha sido una de las causantes de la mayor parte de los males que se han originado en la modernidad en cuanto corresponde a la depauperación social. He reclamado, así, que la política debe retomar su primacía sobre la economía y señalado que esa es una de las características deseables al mundo global en nacimiento.

 

El hecho de que una politóloga gane el Premio Nobel de Economía indica, creo yo, un signo de este reordenamiento de prioridades. También podría ser llamada la doctora Ostrom una socieconomista, porque es válido ahora el hablar de ciencias que se entrelazan y forman nuevas especialidades. La economía no puede ser siendo una ciencia fría donde lo social se diluye en lo macroeconómico o donde los ordenamientos no priorizan al hombre, verdadero objeto de toda acción económico-política.

 

Por si fuera poco, Elinor Ostrom se ha dedicado a la diversidad institucional, a la acción colectiva, al uso de la tierra y a la teoría de la acción pública, entre otros temas donde ha sentado una auténtica escuela. El Nobel lo gana por sus demostraciones de “como los bienes comunes pueden ser administrados de forma efectiva por un grupo de usuarios”. En otras palabras Ostrom se aparta de la economía clásica. Su trabajo ha influido sobre biólogos, sobre las consideraciones referentes a los ecosistemas y al desarrollo de las tesis de lo que se ha denominado procomún. Una visión simplista de los sistemas económicos jamás tomó en cuenta la inmensa oportunidad existente entre el mercado y las políticas intervencionistas de los Estados centralistas. Ese procomún es el de la construcción de individuos y grupos que generan riqueza en nuevas formas de propiedad y con mecanismos que se diferencian del mero capitalismo.

 

Ostrom es la maestra de lo que en inglés se denomina commons, lo que no es otra cosa que la visión sobre el interactuar de los seres humanos en la producción de los recursos comunes, lo que ha sido reducido y escondido por los neoclásicos que creen que sólo existe la propiedad privada o los sectores de intervención estatal. El ataque constante de que es imposible que una propiedad común funcione ha encontrado en Ostrom la mayor cantidad posible de pruebas en contrario. La bondad de la interacción humana queda demostrada en el manejo eficiente y racional de los recursos y coloca contra toda prueba la auto organización de las comunidades como un ejemplo preciso de desarrollo sustentable.

 

Ostrom es, entonces, una estudiosa de lo que hemos llamado bien común. Seguramente los enemigos de las cooperativas, por ejemplo, habrán saltado indignados ante este premio, como seguramente lo han hecho los propulsores del neoliberalismo a ultranza. Sin embargo, Ostrom no se quedó jamás en el planteamiento teórico y demostró como los bandos que no ven otra cosa que mercado o Estado andaban dando su contribución a la crisis, La politóloga recurrió a ejemplos vivos, como los ejidos mexicanos, los bosques de la India, pesquerías como las del río Maine o múltiples ejemplos africanos. En pocas palabras, Ostrom dejó claro algo muy sencillo, esto es, que la clave no estaba en la propiedad sino en la administración. De los términos económicos se ha saltado hasta la psicología social para demostrar que la flamante Premio Nobel de Economía tiene la razón.

 

Ostrom demostró que los recursos en manos comunes no estaban destinados a la destrucción y echó por tierra la tesis de la solución única. Es, por supuesto, posible el fracaso en cualquier área, pero en la multiplicidad de formas se encuentra un antídoto. Es claro que no todas las áreas pueden ser manejadas por el inmenso espacio del procomún, pero para resolver los problemas que se presenten en el área del Estado y de la propiedad privada sobran economistas, de manera que Ostrom se centró en la cooperación de la agrupación común, partiendo de tres elementos, a saber, identidad, contexto grupal en el que toman decisiones y la reciprocidad para ganarse la confiabilidad. Todo precedido por el concepto de institucionalidad, lo que implicaba el diseño de una gobernanza multiescalar  que va desde una dependencia nacional que monitorea, un gobierno local atento y un intercambio permanente entre estas diversas formas para decidir la producción que generarán. El análisis completo está en los libros y artículos de Ostrom, pero todos sus conceptos están ubicados en lo que debe ser una economía solidaria en el nuevo mundo global, uno donde deben ser abandonados los conceptos estrechos y excluyentes.

 

Quienes creemos en diversas formas de propiedad conviviendo pacíficamente, quienes creemos en el inmenso espacio del procomún, quienes defendemos una economía con rostro humano, estamos felices por Elinor Ostrom y por la prueba tangible de la llegada de un nuevo mundo. Alegría por el signo que nos ofrece, pero también desafío para ponerse a estudiar y creo que debemos seguir haciéndolo con el maravilloso libro “Genes, bytes y emisiones: bienes comunes y ciudadanía”, editado por la Fundación Heinrich Böll y que tiene como compiladora a Silke Helfrich y donde están recogidos textos de Acselrad, Henri-Barnes, Peter-Benkler, Yochai- Bollier, David-Brand, Ulrich- Bravo, Elizabeth- Castro, José Esteban- Duchrow, Ulrich- Earle, Michael-Flores, Martha -Flórez, Margarita- Haas, Jörg- Heinz, Federico- Helfrich, Silke-Hünemörder, Katrin--Ibarra, Ángel-Lafuente, Antonio-Lerch, Achim-Leroy, Jean Pierre-Loya, Nayelly-Madrigal, Roger-Merino, Leticia-Metzl, Jamie-Mojica, Odin-Moldenhauer, Oliver--Mooney, Pat-Narain, Sunita-Ostrom, Elinor-Ribeiro, Silvia-Ritthoff, Michael-Rodríguez, Silvia-Salazar, Milagros-Sánchez, Consuelo-Stallman, Richard-Thalheim, Lisa-Thomas, Hernán-Türk, Volker-Vercelli, Ariel y Wilbanks, John.

 

Hay que construir la democracia del siglo XXI.

teodulolopezm@yahoo.com




Las elecciones trágicas

Por Teódulo López Meléndez

 

20-10-2009

 

Si algunas elecciones merecen el calificativo de trágicas son las parlamentarias que nos tocan en suerte. Exceden a una mera consulta, van más allá de la supuesta renovación del parlamento, dejan de ser un acto electoral para pasar a ser el clásico “nudo gordiano”.

 

Lo que llega a su clímax con estas elecciones es la crisis de la democracia representativa. He sostenido que los partidos de la llamada “oposición” y el régimen que nos atosiga son las dos caras de la misma moneda. El segundo un producto no deseado, pero causado por este tipo de democracia propio de la era industrial terminada.

 

No deja de ser paradójico que el arribo a este punto sin aparente retorno se produzca bajo este régimen, lo que lo convierte, sin lugar a dudas, en un suceso revolucionario. Esto es, la excrecencia no deseada de los vicios representativos once años después confirma su carácter, uno que ya nadie podrá negar con argumentos baladíes como ese de que no es más que un mal gobierno. En otras palabras, este debate inútil y marginal sobre las formas, maneras y procedimientos de cómo la “oposición” participará en las elecciones parlamentarias debe hacer entender que el presente régimen es uno revolucionario, pues ha llevado al país al punto de una ruptura final, la de la muerte y entierro de la democracia representativa y su sustitución por formas no democráticas, aún en las eventuales alternativas a su propio mantenimiento en el poder.

 

Este proceso excede a que elegiremos candidatos en primarias o por consenso o con cesión de cuotas a la sociedad civil. Es tal la magnitud del nudo que se haga lo que se haga se marcha mansamente al pozo séptico que la historia reserva para los acontecimientos aparentemente inevitables. No se trata sólo de las matemáticas que indican con precisión cuántos diputados podrá elegir la llamada “oposición” bajo la vigencia de la Ley de Procedimientos Electorales y la conformación de circuitos a capricho de conveniencias. Es el juego en sí el problema de fondo, pues implica la decisión de participar en una consulta que no se puede ganar, es la confirmación de que se irá a elegir unos pocos que tratarán de mantener un juego falso de democracia para estirar lo que no es estirable y para persistir en desatar el nudo, lo que no es posible.

 

El nudo es de tipo gordiano, esto es, no se puede desatar. El nudo gordiano sólo se puede cortar. El remedo se mantendrá una vez que tengamos los resultados en la mano, pero ya será parodia, mucho más de lo que ya es. El ejercicio de la democracia representativa que se mostrará no será más que la comprobación de su muerte.

 

Nos sucede en Venezuela, un país sin organización social que permita sustituir a los instrumentos de intermediación que están muertos (partidos, gremios, sindicatos, organizaciones empresariales, etc.). El país no sabe de una transición de una democracia representativa a una democracia avanzada del siglo XXI, una donde se produce -en primer lugar- la ruptura de la hegemonía dictatorial partidista mediante la emersión de una sociedad instituyente que los reduce a no más que instrumentos adicionales de expresión colectiva. El país carece de poder instituyente y en consecuencia sigue con la cerviz doblada frente a una dictadura partidista tan totalitaria como el régimen que se pretende suplantar. Son los mecanismos perversos de la democracia representativa que, aún a punto de morir, sigue oliendo mal desde la tumba abierta y que la espera.

 

El país está en el desorden frente a un acontecimiento histórico de importancia fundamental. Ello implica lo que vamos a vivir, el juego de las apariencias. Ello incluye unas ilusiones que no tienen relación con la verdad trágica que enfrentamos. El caos también tiene un orden. Debemos recordar que el nudo gordiano sólo era posible de resolver mediante un corte tajante y que los “dioses aprobaron” la solución como una forma válida de resolver el enredo. Alejandro cortó el nudo con su espada y se aprovechó de una terrible tormenta para afirmar que esa era la manifestación del asentimiento de los dioses. Si lo traducimos, fue la voluntad de Alejandro la que consiguió la forma de desatar el nudo y de utilizar la supuesta voluntad de los dioses para seguir con su camino hacia Persia. Quizás no haya ejemplo más claro de determinación y al mismo tiempo de pensamiento lateral que este del gran conquistador macedonio, expresión militar de la imponente cultura griega.

 

Este nudo gordiano de las elecciones parlamentarias no puede desatarse con pensamiento lógico o convencional, con el agravante de que quienes fungen de dirigentes no tienen ni siquiera esta forma de razonar. Tratan de calmar aquí y allá, los ineptos politólogos que son “invitados predilectos” de los nefastos programas de opinión piden un matrimonio entre partidos y sociedad civil y hasta se permiten acusar a los ciudadanos de impaciencia e injusticia pues supuestamente corren a acusar a los partidos de cada derrota. No se trata de eso. Con estructura mental de esta calaña no se puede analizar y menos concluir en algo razonable. El nudo no es desatable y, en consecuencia, hay que marchar hacia el “pensamiento lateral”, como lo asomaba arriba.


El pensamiento lateral, por si alguien no sabe de qué estoy hablando, equivale al rompimiento de la forma habitual de pensar. Hay que deshilachar los caminos conocidos y abandonar la identificación entre objeto y sujeto, o mejor, entre significante y significado (por ejemplo, esto es una cama y las camas sirven para acostarse). Es lo que trato de hacer al hablarle a un país que no tiene siquiera las formas del pensamiento habitual.


Tal como están las cosas, estas elecciones trágicas –de las que he dicho marcarán una década de la vida de este país- pueden transformarse más bien en varias décadas sin luz. La tragedia está en una paradoja que ni Esquilo, Sófocles y Eurípides pudieron imaginar y es que unas elecciones nos reduzcan las alternativas a dictadura o dictadura.


Las desleídas apariencias que sobrevivirán irán cayendo hecha jirones por acción de las piedras revolucionarias. La imagen que me viene a la mente es la de la sin par actriz griega Irene Papas cayendo como en  Clitemnestra, Anticlea o Electra.  Entonces la única alternativa no será democrática, lo será  de la sustitución de una dictadura por otra.

Por la causa que sea: porque estén en peligro las fortunas amasadas, porque el aire se haga irrespirable, porque la ingobernabilidad llegue a  amenazar con la disolución, porque la honradez de una juventud militar harta haga eclosión, porque las amalgamas de la historia se combinen todas en un torbellino llamado caos que produzca una sobrecarga que queme las conexiones de la república. Y sobre todo, por la inexistencia de dirigentes civiles que mantengan el camino civil, por la falta de dirigentes que merezcan tal nombre y sepan hablar el lenguaje de la democracia posible, por la falta de talento y probidad que entiendo muchos desean encontrar con la esperanza de cambiar los términos dramáticos de esta ecuación.


Es por ello que hay que recurrir al pensamiento lateral, conceptualizar una nueva democracia, clamar ante la inmensidad del desierto contra la impotencia y mantener sobre la palma de la mano una pequeña llama que si bien queme la piel se atreva a competir con el poder abrasador de los acontecimientos que se alzan con toda la fuerza del nitrógeno, hidrógeno y silicio que están listo para quemar las entrañas de la república.

teodulolopezm@yahoo.com




La lista

Por Teódulo López Meléndez

 

15-10-2009

Fiesta “patrias” celebradas en las escuelas conforme a nuevo pensum, expropiaciones de hoteles, declaratorias de patrimonio cultural de viejos edificios con que sabe quién ulteriores propósitos, creación de las milicias al servicio del autócrata y una lista interminable, donde podríamos incluir las peleas internas por la designación de los nuevos rectores del CNE y la conformación de circuitos electorales amañados.

 

La inflación es insoportable, la escasez está a la vista, los conflictos estallan por doquier mientras aparecen las áspid que los aplacan, crecientes rumores de negociados, patéticos bisbiseos sobre acomodos y acuerdos, silencio cómplice o declaratorias altisonantes, peleas por la designación de candidaturas, versiones sobre constantes reuniones, identificación de “negociadores” autonombrados, continuos llantos de vírgenes plañideras que no saben que hacer y llenan a Face y Twitter de manchas de lamento inconsciente e inservible.

 

Repeticiones sobre “el cruce de las líneas” en las encuestas, uso de un lenguaje aparentemente desafiante al régimen pero que no resiste una mirada para la comprobación de “paja loca” conforme al léxico venezolano, llamadas a la “unidad perfecta” cuando la única perfecta es la deposición de excretas, manifestaciones de voluntad “unitaria”, negativas sobre el adelanto de las elecciones cuando se abre el REP y se cumplen los lapsos para dejar abierta la posibilidad de marzo y se estudia si en ese mes los sondeos serán favorables al gobierno multiplicador de dinero en la calle  o si se aplaza para mayo o si será necesario esperar que la clase media se vaya de vacaciones en agosto.

 

Los matemáticos nos explican con pizarrón y tiza que la máxima posibilidad de la llamada oposición es la de obtener 34 diputados, se multiplican las versiones sobre los acuerdos eventuales para que se suba un  poco esa cuota, los correos electrónicos de los lectores advierten que el problema no es ninguna “unidad” sino el desprendimiento que no se ve por ninguna parte, algunos columnistas ilusos hacen sus listas de “candidatos ideales” y denuncian que serán los mismos desgastados y que las peleas por imponerlos serán feroces.

 

Algunos serios y responsables se niegan a que en la Plaza Brión de Chacaíto se coloque la placa que diga: “Aquí fue enterrada la segunda gran oleada estudiantil. Lo fue con las nalgas al aire”.

 

La gran paradoja es la de un país donde no pasa nada y, al mismo tiempo, pasa todo. No pasa nada porque el régimen es especialista en vaselina. No pasa nada porque no hay resistencia alguna, porque la llamada “oposición” es banal, electorera, cómplice, estúpida y alcahueta. ¿La LOE era inofensiva? ¿La nueva Ley Electoral intrascendente? ¿Las milicias no son el establecimiento oficial de la represión violenta interna? El listado podría llenar páginas enteras.

 

II

 

La línea de abstención en soledad carece de sentido. Si aquí se decidiese no participar en las elecciones legislativas tendría que ser como consecuencia de una patada a la mesa electoral e implicaría la decisión de no ir a las presidenciales del 2012. El planteamiento de cambiar esta línea tendría que ser precedida de cambios profundos en el sistema electoral, de la convicción de que habría poderosos factores dispuestos a  hacer reconocer el resultado o a la convicción de que sería el puntillazo final para el régimen. Ya tenemos el antecedente de las pasadas legislativas donde se obtuvo la deslegitimación de una Asamblea Nacional sin que nadie pasara la factura, mientras salían los candidatos a borbotones a proclamarse presidenciables y a arruinar el efecto logrado, lo que concluyó con la candidatura de Manuel Rosales.

 

La línea electoralista en soledad carece de sentido. Se va a las elecciones por argumentos banales, como ese de que hay que aprovechar todos los espacios, de que es necesario tener una cuota parlamentaria, todo bajo el olvido absoluto de resistencia a la dictadura que no deja día virgen en jorungar los derechos de los venezolanos. Ir a elecciones por ir a elecciones, sin ejercer resistencia, sin combatir al régimen, es una muestra clara de colaboracionismo. Todo indica que la llamada “oposición” no tiene ni el más remoto chance de ganar esa consulta. En primer lugar, porque dictadura no pierde elecciones. Es segundo lugar porque están dadas todas las condiciones, absolutamente todas, para que el gobierno se quede con el 75 por ciento de la asamblea y las caras archiconocidas “oposicionistas” que nos presentarán harán el mismo papel histriónico y de fachada que ahora hace “Podemos”.

 

Entre tanto, los columnistas de opinión gritan por la “unidad perfecta”, falsificando de nuevo la realidad, vendiendo la llamada “unidad” como la panacea cuando en verdad no es más que un cascarón vacío, un aire flatulento oloroso. Mientras tanto, Antonio Ledezma se pasea por Europa pidiendo dinero –para vergüenza nuestra- para “actividades” que no está en condiciones de realizar y tomándose fotos en lo que no es más que una preparación, un barniz exterior, una pinturita en el rostro, un maquillaje de candidato presidencial. Eso es lo único que le interesa al señor Ledezma. Su “asesor” de Relaciones Exteriores Milos Alcalay, quien poco días antes del “carmonazo” llamaba a sus colegas diplomáticos para hablarles de las bondades de la revolución y que el día en que cayó su amado régimen se precipitó a ponerse a la orden del que suponía gobierno entrante, -las volteretas se pagan- se ha convertido en el gran operador del disfraz de Ledezma como presidenciable.

 

Por supuesto que no se tomará la vía de la abstención militante y sus consecuencias. Ya está descrito porque no. Los partidillos escuálidos harían cualquier cosa –como mostrar las nalgas, como lograron al momento de reducir la huelga de hambre estudiantil a paseíllo a la Cancillería a entregar un horrendo documento- por tener sus diputados haciendo de comparsas a la imagen democrática del régimen, cosa que el régimen agradece con abundancia.

 

Irán a las elecciones sin ejercer resistencia, sin protestar, sin tomar acción de ninguna naturaleza, sin exigir condiciones justas, sin hacer siquiera oposición que exceda a la de las declaraciones en los medios.

 

Cabe advertir que estas elecciones parlamentarias son sumamente peligrosas. De su resultado puede quedar cantado el del 2012, elecciones que Chávez ganaría muerto de la risa. Si eso es lo que se consigue y el país no reacciona como un tsunami enfurecido y echa al cesto de la basura a estos remedos de dirigentes, pues habría que decir que el país no existe.

teodulolopezm@yahoo.com




A los pies de la izquierda caviar

Por Teódulo López Meléndez

09-10-2009

 

Si algo no me gusta es discutir sobre los premiados con el Nobel. Como escritor deberían interesarme más los concedidos a la literatura, pero hacerlo equivaldría a hablar de literatura europea, pues los últimos 15 han sido concedidos a ciudadanos de ese continente, incluido un chino que escribe en francés.

 

No me opongo a que se le entregue el galardón a autores desconocidos, pues hay que admitir que muchos desconocidos lo son por el desprecio de la industria cultural hacia todo lo que se salga de la rutina, del aburrimiento y supuestamente, de aquello que se vende. Resulta innecesario hacer la lista de escritores sin méritos que lo han recibido, como contrapartida al principio justo de sacar desconocidos a la luz de la fama.

 

Menos me atrevo a discutir sobre los Nobel en el campo científico, aunque es claro que en este campo se entregan con no menos de una década de retardo sobre el hallazgo que lo produjo.

 

Pero en el punto donde la polémica es grande es en el campo de la paz. Lo es, entre otras razones, porque la vigencia misma de los Premios Nobel entra en discusión y comienza a recordarse como la Academia Sueca parece envuelta en una especie de izquierdismo caviar que condiciona todo lo que toca. Y porque el paso de los años va corroyendo todo, incluido los premios.

 

En pocas palabras, la academia sueca ha dado suficientes muestras de óxido político en su toma de decisiones.

 

Ahora tenemos a Barak Obama como Premio Nobel de la Paz. La discusión va a ser intensa. Admitamos a favor del presidente de los Estados Unidos sus discursos de apertura hacia el mundo islámico, sus esfuerzos por reducir el armamento nuclear, sus empujes a la reducción de la contaminación planetaria. Y algo más, la formulación conceptual de cese de una acción norteamericana como potencia unipolar. Esto es, el reconocimiento del fin de una época y el llamado a una acción colectiva para enfrentar los problemas del mundo.

 

Estos son los méritos, no pocos, pero la concesión de un premio a un jefe de estado norteamericano que apenas inicia su período es altamente riesgoso. Ahora mismo ese presidente tiene sobre su escritorio en la oficina oval de la Casa Blanca una solicitud de aumento de tropas en Afganistán, a la cual seguramente accederá, entre otras razones porque esa guerra contra los talibanes se está perdiendo y podría empantanarse como una especie de nuevo Viet-Nam y tiene pendiente el retiro de una guerra que no inició, la de Irak.

 

Para Obama mismo el premio es un peso. No podrá dejarse condicionar por él a la hora de tomar decisiones, pero siempre estará rondándole la disyuntiva de merecerlo.

 

Una cosa es cierta. En cada decisión la Academia Sueca mide con precisión de esteta las consecuencias políticas de tal otorgamiento. En este caso hay que reconocerle que ha privilegiado el sentido de una posición conceptual por encima de los inmensos riesgos que implica las decisiones que el premiado deberá tomar en el futuro.

 

El caricaturista de “El País” de Madrid ha dado su opinión al respecto pintando la paloma de la paz de color negro y sosteniendo, como es debido, su ramito de oliva en el pico. En América Latina ya sabemos que ese ramito de entrega es delegativo a Brasil, el imperio emergente que deberá ocuparse de mantener el orden en este continente por delegación gringa, ya que quienes han entregado la concesión andan muy ocupados en otras regiones del planeta. ¿Un sub-premio Nobel de la paz para Lula el alcahueta estará entre los planes de la Casa Negra? A juzgar por los idiotas comentarios que casi todos los días hacen voceros del Departamento de Estado sobre Venezuela uno diría que la señora Clinton ve a los halcones del pentágono, del senado y de la derecha republicana a los pies de la Academia Sueca.

teodulolopezm@yahoo.com




La sociedad que envuelve

Por Teódulo López Meléndez

02-10-2009

Las iniciativas aparecen en infinidad de ocasiones de manera espontánea y de fuentes inesperadas. Son cristalinas unas, las más, y otras un tanto turbias. Una sociedad alerta las diferencia y en una madurez avanzada logra hacerlo de forma automática o instantánea.

 

He dicho, hablando de política, que el aire de la provincia no tiene la contaminación del aire caraqueño, uno lleno de polución propia de un valle, uno donde desde la colonia se ejercen prácticas reñidas con la ética. No quiero decir que la provincia es un angelical sitio donde no hay trapisondas o donde las intrigas no vuelen. Lo que quiero decir es que en el interior está depositada la mayor parte de la inteligencia nacional y una pureza de ánimo visible sin mucho esfuerzo.

 

Por ello acostumbro repetir que cuando la provincia despierte asistiremos a una posibilidad hasta ahora inédita de redención del tejido social venezolano. Mucha de esa inteligencia o no tiene donde expresarse o simplemente permanece en silencio afectada por el centralismo típico que ha caracterizado a este país donde nada que no provenga de Caracas parece ser  considerado. Desde especialistas en diversas áreas de la ciencia hasta escritores de alto vuelo, desde empresarios conscientes hasta intelectuales complejos, desde luchadores sociales hasta excepcionales columnistas de prensa, de eso y más está hecha nuestra provincia.

 

Los centros de estudio del interior aparecen minimizados a la hora de encabezar lo que la burocratizada Caracas –centro de maniobras y negociaciones- parece incapaz de emprender o al emprenderlo muestra las costuras de hábitos perjudiciales. Mi buen amigo Guillermo Morón acostumbra repetirlo, “Caracas no es el país”, y por eso anuncia que viaja constantemente al interior a reunirse con los maestros de escuela. Cada vez que lo hace se le nota recargado.

 

La provincia, término que ha sido utilizado como sinónimo de minusvalía, es considerada en estos países latinoamericanos una especie de lejano territorio. En Europa, Estados Unidos y Japón, los grandes semilleros de líderes o los focos de saber pueden estar ubicados en una pequeña ciudad lejana y muchos grandes diarios salen desde otra parte diferente a la capital. Mucho me temo que en la provincia no se hace un uso adecuado de los avances tecnológicos de la comunicación.

 

Hemos visto recientemente iniciativas de estudiantes del oriente, más la suma fortalecida de otras regiones, que comprueban el aserto. Si la sociedad venezolana tuviese un mínimo de organización hubiese reaccionado de otra manera frente a las iniciativas que ellos tomaron. No estoy obviando la asistencia que se les prestó, de todo tipo y calidad, pero siempre por grupos minoritarios, voluntariosos y decididos, a los que todos agradecemos, pero no se produjo una reacción masiva por parte de una entelequia aún desorganizada que no asumió como cuerpo el planteamiento de resistencia y desafío.

 

Cuando uno llama a la organización en células base de construcción del país muchos argumentan que no hay interés en tal tema y que los venezolanos no prestan interés a estos llamados. La respuesta es que el planteamiento debe ser hecho y que debe quedar allí para que lentamente vaya surgiendo la conciencia de tal necesidad. Lo repito: si esa organización hubiese existido a niveles más avanzados la sociedad en su conjunto hubiese  envuelto a los estudiantes de oriente que vinieron a Caracas en un gran manto y los resultados hubiesen sido simplemente diferentes.

 

No es la hora de quejas, más bien es la hora de la reflexión. A este país le cuesta darse cuenta de las magnitudes de los sucesos. Este país está sumergido en una lentitud peligrosa. Este país todavía permite que los factores tradicionales contaminados corran a envolver en lugar de hacerlo él. La sociedad venezolana aún está lejos de ejercer el protagonismo que se dispara hasta por instinto cuando olfatea la limpieza y la trascendencia de un hecho. Hay una especie de apagón mental y, obviamente, una falta de organización que alerte y actúe.

 

Para que cambien las formas de organización política es absolutamente necesaria la previa reconformación del tejido social. Esa sociedad reconstruida sobre nuevos paradigmas es la que podrá producir el sistema político sustitutivo de lo presente, uno también diferente al del pasado. La tarea que presento es difícil y compleja, pero de obligatorio emprendimiento. Hay que decir de las ideas que conforman el cuerpo conceptual de una democracia del siglo XXI, hay que insistir en el llamado a la organización social en células, hay que hacer entender a la población de la existencia de un lenguaje político completamente diferente al que infecta diariamente nuestros oídos. Hay que hacerlo hablando ese nuevo lenguaje, no hay otra manera. Frente al argumento de que ese lenguaje diferente no es entendible hay que argumentar que desplazar lo instituido no es nada fácil, pero que la repetición del nuevo lenguaje comienza por hacer entender que existe y lentamente la aceptación de su existencia se irá convirtiendo en alternativa frente a las prácticas aberrantes, frente al discurso vacuo y repetitivo, frente a la disonancia demagógica y maniobrera.

 

Frente a la pregunta sobre qué pasó la respuesta es tan sencilla que angustia: la sociedad venezolana aún no está en capacidad de envolver.

teodulolopezm@yahoo.com




El nada sencillo futuro económico del mundo

Por Teódulo López Meléndez

25-09-2009

L
a cuestión no es tan sencilla como partir de Immanuel Wallerstein y afirmar que el capitalismo se acabará en determinado número de años o proclamar con Thomas Friedman que donde hay un MacDonald no hay guerras.

 

La historia es larga desde la postguerra. Había que diseñar la institucionalidad económica y política de un mundo bipolar. Cuatro conferencias fueron necesarias para lo segundo: Teherán (diciembre 1943); Yalta (febrero 1945); Potsdam (julio 1945); Londres (septiembre-octubre 1945). Para lo primero la clave está en Bretton Woods (1944), con asistencia de 45 países y donde se decide que es el dólar la reserva monetaria mundial y donde se crean dos organismos, el Banco Internacional de Reconstrucción y fomento (BIRF), que luego se transforma en el Banco Mundial (1946) y el Fondo Monetario Internacional (FMI). En el plano político surge la Organización de las Naciones Unidas resultante de las conferencias de Dumbarton Oaks (septiembre-octubre 1944) y San Francisco (abril-junio 1945).  Desde 1948 el sistema de comercio vino a ser regulado por el Acuerdo general sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT). La Organización Mundial de Comercio nació el 1o de enero de 1995,  como consecuencia de una ronda de negociaciones que fue conocida como la Ronda Uruguay, efectuada por los largos años que van desde 1986 hasta 1994.

 

Es esta la estructura del mundo económico internacional que hemos conocido en algo más de seis décadas.  Una cosa es un mundo de relaciones internacionales entre Estados-nación y una cosa muy distinta es una reglamentación económica para un mundo globalizado. El Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz ha señalado algunas de las políticas fracasadas, como la contracción fiscal y monetaria. Esto es, el mundo económico internacional se manejó bajo la égida neoliberal.

 

De la muerte o enfermedad terminal de viejo Bretton Woods no se habla desde la presente crisis, se hace desde hace muchísimos años, especialmente con la incidencia de la
crisis asiática. Los requerimientos para la transformación y adecuación de esas viejas instituciones de postguerra ha sido una constante. El dominio ejercido por Estados Unidos
sobre BM y FMI se originó en una realidad económica mundial que ya no existe. Es obvio, además, que ya no nos movemos en un plano de relaciones internacionales, sino en uno de relaciones globales, diferencia a recalcar pues el mundo que se derrumba no es el mismo que emerge.

 

La resistencia a todo cambio quedó de manifiesto cuando el todavía Presidente George W. Bush insistió en que bastaba una reforma del sistema de mercado liberal, al segurar que en momentos de incertidumbre económica no se podían estar cambiando “métodos probados para crear prosperidad y esperanza”. Por su parte, frente a la situación actual, el G-20 decidió una millonaria inyección al FMI que parecía destinado a la desaparición. Podemos admitir los requerimientos de la emergencia, pero la emergencia terminará y entonces no habrá excusa válida para enfrentar las reformas.

 

Tanto BM como FMI en verdad han ido perdiendo facultades y entorpeciendo iniciativas. Numerosas conferencias de la ONU sobre bienes públicos globales y desigualdad social se vieron obstaculizadas por las restricciones fiscales de la ortodoxia vigente. Instituciones del viejo Bretton Woods y la Organización Mundial del Comercio definieron las políticas macroeconómicas. Ejercieron un papel vigilante e interventor para procurar el crecimiento, pero la reducción de las desigualdades o la pobreza en aumento no fueron temas de su interés. Es necesario mencionar el desempeño del FMI durante la crisis financiera asiática de 1997 ya que contribuyó al empujar a esos países a eliminar los controles de los movimientos de capitales y a liberalizar sus sectores financieros, favoreciendo tanto la entrada masiva de capital especulativo. El Fondo empujó a los gobiernos al recorte presupuestario con la teoría de que la inflación era el problema. Tal medida pro-cíclica terminó acelerando el colapso regional, convirtiéndolo en una recesión. Finalmente, miles de millones de dólares de los fondos de rescate del FMI no fueron a parar al rescate de unas economías colapsadas, sino a compensar las pérdidas de instituciones financieras extranjeras.

 

Como un Nuevo Bretton Woods fue saludada la reunión de abril de 2009. Sin embargo, amén de la escasa participación (20 países) –si se compara con los más de 40 de Bretton Woods-  el G-20 se dedicó a un reciclaje: Más dinero para el FMI, reflote del Forum de Estabilidad Financiera (FSF) y el Banco de Pagos Internacionales. En verdad una comisión de expertos en reforma del sistema monetario y financiero, presidida por Joseph Stiglitz, ya ha hecho el trabajo para la convocatoria de una asamblea que diseñe el nuevo orden económico global. De esa eventual asamblea podría salir un “Consejo de Coordinación Global” y una regionalización de estructuras para enfrentar los asuntos financieros.

 

Quizás debamos mirar las instituciones económicas aptas para el mundo global con la misma óptica que hemos mirado la organización política. Para bien o para mal se crearon normas de gobernanza supranacional, inspiradas en el modelo descrito, pero con instituciones sin efectividad. Ya hemos hablado de las tendencias equivocadas. El mundo se ha hecho interdependiente en los ámbitos del comercio y del movimiento de capitales y personas, aunque falta avanzar en temas como la salud, la energía y el medio ambiente. Con la crisis quedó al descubierto que los movimientos financieros a corto plazo eran los peor regulados. Ya hemos llamado la atención sobre la obsoleta distribución del poder en el seno de las viejas instituciones de Bretton Woods. Es claro que toda reforma en la supranacionalidad del asunto económico va paralela con una reforma en las instituciones políticas.

 

¿Hacia donde vamos? Vamos hacia dos millardos de pobres. Ante un mundo no polar hay que resaltar la oportunidad de recreación de las instituciones económicas internacionales. Es aquí donde entra con fuerza la necesidad de lo que denominaremos el pacto social-global. El llamado Estado de Bienestar ha colapsado y se hace necesario defender al ser humano. Es cierto que ha habido hechos como la “cumbre social” de Copenhague (1994) territorio para una batalla seguramente equivocada entre reformistas y revolucionarios. Lo cierto es que definir el futuro económico del mundo que se asoma es harto difícil.

 

Es evidente la necesidad de reformar o de construir nuevas organizaciones globales para lo económico. La crisis reciente puso de manifiesto la capacidad dañina del dinero fácil y la urgencia de acelerar la evolución del sistema financiero internacional. Ese capital voraz vivió sumido en el apetito del retorno cada vez más rápido. Sin embargo, la degeneración toca profundamente las concepciones de lo ético y de lo moral, lo que ha replanteado la necesidad de crear reglas restrictivas a un mercado desaforado. A pesar de los planteamientos del G-20 parece haber países que se niegan a abandonar Bretton Woods.

 

Hay que agregar, en este último concepto, lo que los economistas llaman “efecto esloveno”, esto es, la existencia de pequeños mercados sin crecimiento y sin reformas estructurales y sin atractivo para la inversión extranjera. Es lo que el profesor  Adolfo Castilla (Catedrático de Economía Aplicada de la Universidad Antonio de Nebrija) llama “Los cinco dedos de la muerte económica”, tomando la expresión del inglés “The five fingers of death” utilizada por las películas americanas del cine negro. Al “efecto Eslovenia” agrega la subida continua de los tipos de interés, el decrecimiento de los Estados Unidos, la presión fiscal al alza y la apreciación continuada de los tipos de cambio. El peligro radica en una eventual reactivación de la crisis por una actuación incorrecta de las instituciones reguladoras de la economía mundial.

 

Hay que agregar que las tensiones políticas cambian el marco en que se hacen negocios en el mundo. Las economías emergentes ofrecen peligros de este tipo, por la disparidad en sus ingresos. Ya, en buena parte, el éxito no depende del uso de avanzada tecnología o de los costes sino del juego político, especialmente antinorteamericano. Sumemos la corrupción y la inseguridad jurídica.

 

En definitiva, la reciente crisis dejó heridas en lo que Marcelo Manucci (Doctor en Ciencias de la Comunicación -USal-) llama la hasta ahora “estructura económica forzadamente idealizada”. Más aún, la crisis afectó severamente un modelo de realidad. El nacimiento del nuevo mundo global presenta desafíos y acontecimientos inéditos. Ahora el cambio en el manejo económico mundial o es coherente con esta nueva realidad o marchará hacia otro ciclo de paradojas. Es necesario abandonar aquí también los viejos paradigmas e inmiscuirse en el nuevo sentido.

 

Vivimos en un entorno circular en movimiento. “No hay ni comienzo ni terminación del proceso”, asegura Jay W. Forrester, considerado el padre de la “Dinámica de sistemas”. Stefano Zamagni (Departamento de la Economía de la Universidad de Bologna y experto en economía del Tercer Sector Europeo) nos recuerda acertadamente que las teorías económicas no son nunca neutrales y también que el paradigma vigente hasta ahora llamado “neoliberal” olvida esta verdad. Ahora bien, la crisis nos planteó el recuerdo de la reunión de Rambouie (1975), en las cercanías de París, en la cual los jefes de los seis países más desarrollados acordaron poner en marcha la privatización y la liberalización. Y es precisamente eso lo que ha quedado desestructurado y donde se puede poner el énfasis de lo que yo he llamado repetidas veces el predominio de la economía sobre la política. Y un dato que Zamagni injerta, el que las guerras civiles desde los años 70 se han dado en gran medida por el aumento de la desigualdad (Kosovo, tutzis y hutos, Eritrea y Somalia, Chechenia, etc.). Y por supuesto, la segunda emersión, la de nuevas formas de totalitarismo. De allí la teoría neo-estatalista que se practica en Venezuela, la de un Estado voraz que se lo come todo, que se enfrenta al desmoronamiento del Estado-nación considerándolo una simple maniobra neoliberal, olvidando que ese poder está perdido en el altar global y que no conduce más que a un neomercantilismo.


Tal vez inspirados en el espíritu de Rambouie hoy todavía muchos sostienen “dejar pasar”, olvidando la obligación humana de la economía. El nuevo mundo económico tiene que estar marcado por una subsidiaridad horizontal que implica el reconocimiento de una sociedad civil transnacional. Esto es, una buena parte de la cooperación internacional para el desarrollo tiene que ir a la sociedad civil organizada y no a las instituciones del Estado-nación desfalleciente. La preocupación por lo humano conlleva a lo que ha sido mi planteamiento base sobre el tema: la política debe recobrar su primacía sobre la economía, las estrategias deben dirigirse a atender la pobreza creciente y las emigraciones consecuentes, más los nuevos grandes temas como la salud, la salud ecológica y la energía, en un envoltorio de lo humano.

teodulolopezm@yahoo.com


 

El nombre que los encuestadores no encuentran

Por Teódulo López Meléndez

21-09-2009

Comenzaron por llamar “Ni Ni” a la inmensa mayoría de los venezolanos no caídos en la trampa del enfrentamiento entre pasado y presente. Los ponían allí, como una referencia apenas. Los números indicaron que esa inmensa mayoría seguía creciendo y así algunos encuestadores han comenzado a llamarlos “neutrales” y otros “no alineados.

 

Vaya manera de simplificar las cosas. Ese 51 por ciento de los venezolanos no tiene nada de neutral. Simplemente no quiere ni una cosa ni la otra, lo que quiere es algo distinto.

 

Recurrir a la expresión “no alineados” es ridículo, como si aquí estuviésemos en plena guerra fría y se necesitara del Mariscal Tito. En verdad ese 51 por ciento de los venezolanos está alineado, está alineado con una nueva opción de construcción del futuro distinto.

 

Sólo que polarizar entre el régimen y la llamada oposición es útil a esos dos bandos. Si no hay más alternativas, pues todos deben militar en alguno de los dos. Los venezolanos, en este caso más inteligentes que oficialistas y llamados opositores, se mantienen firmes en su posición no polarizante.

 

Es esta inmensa mayoría de venezolanos la que ha impedido que en este país se desate una guerra  civil fraticida. Es esta inmensa mayoría llamada falsamente “no alineados” o “neutrales” donde está la verdadera unidad nacional. Como les gusta tanto hablar de unidad es necesario recordar que la verdadera y única está en la construcción del porvenir, y que ese 51 por ciento lo único que necesita, para hacerse homogéneo y compacto, son ideas claras y planteamientos conceptuales, un proyecto concreto de país y el diseño de una democracia superior a la representativa agotada.

 

Los encuestadores no tienen imaginación. La verdadera polarización está entre dos bandos: por un lado, el pasado (encarnado por la llamada oposición) y el presente (encarnado por la dictadura), que son caras de la misma moneda, y por el otro la inmensa mayoría de los venezolanos a quienes llaman “neutrales o “no alineados”.

 

Vamos, señores encuestadores, llamen a la mayoría por su nombre, llámenla opción de futuro, llámenla democracia del siglo XXI, llámenla mayoría. Déjense de tonterías con eso de “neutrales” o de “no alineados”. No sigan vendiendo esa tesis peregrina de un enfrentamiento entre gobierno y oposición complaciente. Aquí el enfrentamiento es entre la mayoría del país que reflejan las encuestas y las dos opciones agotadas que una sola es.

 

La llamada oposición aparece con un 12 por ciento y el gobierno con el resto de esa opción que una sola es. El verdadero país, el país del mañana, tiene el 51 por ciento. Entonces, ¿cómo es eso de “neutrales” o “no alineados”? Los no alineados son el gobierno y la llamada oposición. Son los no alineados porque no están alineados con el país mayoritario que tiene el 51 por ciento.

 

Al verdadero país hay que darle ideas, propuestas, soluciones, para que se homogeneice y cuando eso pase se va a producir un tsunami de la sociedad civil encarnada en un nuevo poder ciudadano. Entonces adiós gobierno y adiós llamada oposición. Habrá llegado el futuro y entonces, en la diversidad, todos tendremos que construirlo. 

teodulolopezm@yahoo.com




El nuevo episteme de la comunicación

Por Teódulo López Meléndez

17-09-2009

Deberemos comenzar por decir que la comunicación no es otra cosa que la expansión de las conciencias. La incomunicación del hombre actual ha impedido su plena realización. El “darse cuenta” no es un proceso fácil. La comunicación principalmente entre distintos grados de conciencia, produce cambios cualitativos. La insuficiencia de la comunicación conlleva a la sustitución con imágenes como método simplificador. Es la famosa tesis de Platón en “La caverna”. Los medios masivos de difusión no son inocentes, pues ven desde sus propios intereses. La comunicación horizontal que nace puede permitir el despertar ciudadano, el  “darse cuenta”.

 

Debemos mirar, entonces, la comunicación como un derecho, como uno que es distinto al de estar informado por la simple razón de que no existen “productos neutros”. El mundo mediático llega a su fin para abrirle paso a un mundo comunicacional y lo será no sólo por los avances tecnológicos que lo permiten sino por el acceso a esos medios. Las formas políticas han dependido de la información unidireccional. Ahora deberán depender de la comunicación horizontal.

 

Conocemos los graves problemas del planeta. El nuevo mundo está naciendo en medio de serias injusticias. La comunicación es la panacea para la conformación de nuevas mentalidades. Son necesarios nuevos marcos éticos, bajo nuevas formas políticas y con nuevos grados de conciencia.

 

La única manera de salir del “no me doy cuenta” es mediante la comunicación. Comunicarse es establecer relación con el otro (con los otros) para intercambiar mensajes, información e ideas. La reconfiguración del orden físico y espiritual ha estado asociada a los medios de comunicarse. Muchos de esos medios inventados por el hombre han contribuido a su alienación. En el mundo global que se asoma debemos llevar la comunicación a grado de medio de liberación.

 

El intercambio de ideas se concreta en ideas nuevas que al anunciar salidas novedosas reducen la incertidumbre. Por supuesto que los medios tecnológicos de hoy son la clave, pero la invención humana no terminará y aparecerán nuevas maneras. Hoy debemos ocuparnos de las disponibles, sistemas, herramientas, software, redes, bases de datos. Son herramientas, el desafío está en que permiten conformar sociedades del conocimiento donde el mundo pasa a centrarse en el capital humano. Los llamados medios de comunicación de masas emiten el mismo mensaje, en infinidad de casos manipulado de acuerdo a los intereses del emisor, esto es, en el fondo medios impersonales, mientras ahora la comunicación es personalizada y permite la interacción. En Internet caben todos los medios que hemos conocido, por lo que se convierte en algo más que un medio en sí, dado que universaliza el conocimiento, impide la manipulación en mucho mayor grado que la que se produce en los massmedias, integra y personaliza. Debemos admitir que en países como Venezuela la tecnología se toma como juguete y no como elemento de liberación. Se habla de seis millones de venezolanos conectados a la red pero el ejercicio práctico de buscarlos para una comunicación resulta imposible. En pocas palabras, los venezolanos no hemos aprendido a comunicarnos.

 

Los medios

 

Los medios tradicionales poderosos tienden a la fusión, pero también se multiplican los medios locales. Los periódicos impresos incluyen video y audio y los que no son capaces de producir una innovación en la manera de hacer periodismo desaparecen, pues nadie los compra para enterarse de una noticia que ya fue difundida masivamente horas y días antes. Los medios locales divulgan la vida de la colectividad a la que sirven. Estamos antes fenómenos paralelos: se acentúan las transnacionales de la comunicación y pululan nuevas expresiones regionalizadas, las grandes cadenas globales y los medios localizados.

 

Es cierto que cada día cierran pequeños diarios abrumados por la falta de publicidad y que los publicistas se están planteando una emigración en masa hacia Internet. Paralelamente se multiplican los millones de sitios web o blogs. A la vuelta de los años los periódicos como los hemos conocido parecen condenados. Es esta la revolución verdadera en el campo de la información. Es de lógica que se produzca una concentración y abundantes fusiones, pues de otra manera les sería muy difícil la supervivencia.

 

Variantes de defensa o aniquilamiento y cierre, lo cierto es que los medios tradicionales de información están en peligro. Deberán buscar nuevas formas, pues los actores sociales somos o seremos todos comunicadores. Los parámetros sociales son ya parámetros comunicativos. El periodismo se origina en el acontecimiento que se torna informativo al ser incorporado al discurso del medio. Los medios ordenan la importancia, pero están perdiendo esa capacidad. Ahora la interrelación detecta cuando una noticia es ocultada de manera intencional.

 

En la red se pueden utilizar toda clase de recursos, es obvio, pero la diferencia estriba en que no es estática y además rompe el carácter lineal de la comprensión y rompe el carácter inamovible del texto. Los roles se han invertido, pues es el receptor el que dirige el discurso y no el emisor. Con Internet la sociedad reclama su cualidad de productora y hace perder a la llamada sociedad mediática su monopolio. Además, productor y receptor pueden ser el mismo sujeto. Ahora enfrentamos un proceso reconstructivo de la realidad.

 

Ahora bien, la publicidad fue un elemento necesario a la era industrial. Ahora el prefijo pos se ha agregado también a la vieja palabra para constituir pospublicidad. En otras palabras, si la publicidad era tan necesaria como las máquinas para la producción, ahora la producción se enlaza con comunicación y la publicidad se ve relegada a un elemento decorativo en las oficinas de las empresas. Lo que las empresas procurarán, en lugar de hacer público lo que producen,  será extender la comunicación con la sociedad abierta, en la cual la publicidad pasa a ser una rama más, pues lo esencial será compartir conforme a los intereses de los emisores, pero con la variante de que pasa a ser vital el feed back absolutamente separado de la compra del producto que era la respuesta a la publicidad. A todas estas variantes deberán adaptarse quienes emigren a Internet. Lo que ahora nos interesa destacar es que al transformarse la vieja publicidad arrastra con ella a los viejos medios receptores de los pagos publicitarios. La verdadera oposición a los medios masivos es Internet.

 

El pilar de la comunicación

 

En la comunicación reposa buena parte del hecho globalizador. Sobre ella,  y a través de ella, se interconectan las culturas, se alza como un corte transversal sobre todos los aspectos y en el eje fundamental de la proyección social. La posibilidad de ejercicio de las modernas técnicas compartimenta las audiencias, en una compactación que, paradójicamente, comienza con una ruptura de la homogeneización y se hace múltiple para luego converger en lo que hemos denominado una sociedad de multitudes.

 

Como todo estudio de la comunicación, esta que se ha asomado, tiene que ser abordada desde una multiplicidad de ángulos partiendo de los modelos epistémicos de la postmodernidad que son muchos y variados: neocomunidades, el poder de las ciudades, multiculturalidad, identidad, conformación psicológica, etc, algunos de los cuales ya hemos abordado.

 

Debemos, los que pretendemos influir sobre la construcción de una nueva realidad, montarnos sobre temas como la articulación colectiva, la restauración de un tejido social derruido y en el reforzamiento de la solidaridad y el intercambio entre la multiplicidad de los nuevos focos de poder ciudadano.

 

El asunto fundamental para estudiar la comunicación del nuevo mundo es volver al hombre como fuente de conocimiento. Hay que abordar temas como el intercambio simbólico o los problemas del sentido. Debe afrontarse la teoría de la comunicación con un episteme diferente al de la era terminada.

teodulolopezm@yahoo.com




La democracia en el contexto globalizado

Por Teódulo López Meléndez

12-09-2009

Los males de la democracia han sido enumerados hasta el cansancio, pero de relieve han sido puestos la desintegración del orden civil, la debilidad inherente a una mediocridad aplastante de los dirigentes políticos y una quiebra casi irreversible en la confianza. Este cuadro clínico ha conllevado al rebrote de totalitarismos en versiones más o menos renovadas. No obstante, ante el cierre de los canales de la democracia del siglo XX,  equivalente como sistema político a la era industrial, surgen por doquier nuevas formas de organización que practican una democracia deliberativa. La creación de una nueva democracia para la era postindustrial o para el mundo global, implicará, implica ya, un traslado de los asuntos sociales hacia las asociaciones democráticas que emergen. Aquí cabe mencionar que el proceso de descentralización gubernamental es el camino ya asumido y sólo una reproducción extemporánea de modelos del pasado se empeña en centralizarlo todo, no como una forma de eficacia, sino como una manera de concentrar el poder, lo que permita el establecimiento de un nuevo Estado totalitario. El ciudadano, es decir, el habitante del espacio geográfico que ha abandonado el desinterés por los asuntos públicos, está retado a un acercamiento con el otro, a la construcción de una red de comunicación que deberá extenderse a una red de redes donde los elementos de interés común permitan la creación de un nuevo tejido democrático.

 

Nacerá así, lo que bien podemos llamar con propiedad y exactitud, la voz de los ciudadanos que creará el nuevo lenguaje, uno por encima de los viejos paradigmas en que se mueven los actores tradicionales. Es necesaria la aparición de lo que en inglés llaman moral commitments, es decir, las obligaciones morales que se asumen en el orden de la acción común. En las democracias aparentes se burlan estos propósitos.