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Reportajes, artículos de
opinión, crónicas de viajes, comentarios de lectores, fotografías,
documentos relacionados con
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www.encarora.com se complace en dar el enlace hacia el interesante blog de José Ángel Ocanto, excelente periodista caroreño y consecuente colaborador de esta website... además podrán leer también algunos de sus artículos, no presentados allí. |
campanaeneldesierto.blogspot
joseaocanto@yahoo.com
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Pareciera que la urbe está siendo flagelada, sin asomo de compasión, a
cuenta de un formidable castigo, que se manifiesta por todos lados, en
todos los aspectos, porque ningún ámbito logra salvarse de este indecible
azote |
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Carora en el Olvido |
No es exagerado decir que bajo la presente administración, Carora pareciera
estar padeciendo, azufre incluido, la célebre y recurrente Maldición del
Fraile.
Nos referimos,
está claro, a aquella leyenda que se arrastra desde mediados del siglo XIX,
tras la expulsión, en 1859, de Fray Ildefonso Aguinagalde, a quien, conforme a
la tradición, muy caroreña por cierto, apodaban Papa Poncho.
Se cuenta que el fraile, que llegó a ser el cura párroco de una iglesia,
sentía una inocultable antipatía hacia los conservadores de la época, quienes
debieron ser muchos, no cabe duda. Cecilio Zubillaga Perera se encargaría,
después, de dividir socialmente a los caroreños en dos bandos: los "cara
colorada", los ricos, y los "cara mojosa", la anónima y silvestre gente del
común.
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Pues bien, la versión, desmentida por Ambrosio Perera, relata que al
quisquilloso Fray Aguinagalde cuando le tocaba realizar los oficios fúnebres
frente a los despojos de algún conservador, solía rezongar sin empacho frente
a los deudos:
―"¡Agua bendita perdida,
alma de godo no se salva!"
El cura, no faltaba más, fue echado de la levítica y procera ciudad. La
imagen, según la refieren, debió ser todo un espectáculo, una graciosa estampa
al estilo candoroso del mismísimo Quijote.
El fraile iba, muy a propósito, montado en una burra, al revés, es decir, con
la vista puesta hacia la cola del animal. Era su parca forma de protestar y
denunciar la nada gloriosa desazón que debió sentir, más allá del comedimiento
al que lo obligaban sus oscuros hábitos. Así habría de recorrer el camino,
lentamente, con arrogante indiferencia, en medio de las burlas colectivas de
los curiosos que en enjambres salían a su encuentro; y al llegar justo al
límite del cantón, se bajó, sacudió sus sandalias, como para no llevarse ni
siquiera las partículas de polvo que se adherían a ellas, y cuidándose de ser
oído exclamó:
―"¡Malditos
sean estos godos, hasta la quinta generación!"―
El término "godo" se aplicó primero, con fuerza despectiva, a los españoles
peninsulares. Luego a los realistas, o contrarios a los patriotas, y, más
tarde, a los conservadores, como bien apunta María Josefina Tejera, en el
Diccionario de Historia de Venezuela.
Si se saca la cuenta, fácilmente se advierte que la maldición está vigente
aún. ¡Hasta la quinta generación...!
Y como en Carora cada vez que se produce un acontecimiento fatal, o
deplorable, una catástrofe, pues, suele recordarse la grave y teatral
Maldición del Fraile, esa es la oculta explicación que la memoria colectiva
puede encontrar a cuanto está ocurriendo ahora mismo con la preclara ciudad,
sometida como está a un atroz abandono sin punto de comparación a lo largo de
toda su historia.
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Pareciera que la urbe está siendo flagelada, sin asomo de compasión, a cuenta
de un formidable castigo, que se manifiesta por todos lados, en todos los
aspectos, porque ningún ámbito logra salvarse de este indecible azote.
Comencemos por la encopetada Zona Colonial, antes pulcra, elegante, bien
parecida. En estos instantes el aristocrático sector compite en su aspecto
lamentable, fatal, con el rincón más olvidado, a donde no llega nunca la
equívoca mirada del gobierno local, ni la del regional, y mucho menos la del
nacional, distraído como está en atender necesidades lejanas y dispersas. Y en
comprar flotas de helicópteros artillados y miles de fusiles rusos, "para
defender la soberanía", que ya tienen en su haber su primera masacre.
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Los adoquines de la Zona Colonial han sido
arrancados por una desidia enseñoreada, desbocada, inconcebible. ¡Cuanta
indolencia se concentra en estas cuadras! La iglesia de San Dionisio, al final
de la emblemática calle San Juan, es un afligido monumento a la apatía
oficial. Está, literalmente, a punto de caerse. La Plaza Bolívar está sucia,
desastrada, llena de monte y de aguas empozadas a lo largo de la cerca, debajo
de los bancos y alrededor de la estatua del Libertador. ¡Cuántas veces se
llenan la boca invocando al Padre de la Patria y recitando sus proclamas, y no
son capaces siquiera de mantener presentable la grama y servibles los faroles
de sus plazas!
Las calles que bordean el dique de contención del río Morere dan miedo. Las
alcantarillas han sido desplazadas por troncos de árboles que anuncian el
peligro de aventurarse por allí.
¿Qué podía esperarse, entonces, de La Greda, El Roble, Loyola, La Osa, y otras
barriadas populares? Las calles son un verdadero espanto. Hace largos años que
no saben lo que es un bacheo, una capa de asfalto nueva, el arreglo de una
acera descuartizada o la reposición de un poste venido abajo. Los antiguos
semáforos, inservibles y destripados casi todos, son un grotesco adorno que
ridículamente pretende lidiar con un tránsito entumecido por el tormento con
los cráteres.
¿En qué gasta el presupuesto la revolucionaria
Alcaldía?
Este despacho es ágil y eficiente, eso sí, en una cosa: en colocar por
dondequiera afiches, pancartas, vallas. En embadurnar paredes. A la entrada de
Carora, un costoso cartel con la cara del alcalde, que el pudor debiera
esconder, da la bienvenida a su calamidad particular. A la entrada de
Curarigua hay una inmensa valla que, a un lado de la imagen de la Divina
Pastora, menciona el eslogan: "Hacia los 10 millones". Y en todos los
vehículos oficiales, la cara del alcalde. La cara del Presidente. Las dos
manos levantadas. Las consignas rojas, amenazantes, excluyentes. Consignas
ensangrentadas. Bolívar al lado del Ché Guevara. El léxico gubernamental no
conoce la palabra respeto. Ni otra: urbanidad. Ni otra: recato.
La plaza José
Herrera Oropeza, erigida con motivo del 40º aniversario de la muerte del
fundador de El Diario, ¡tiene un pedestal pelado, sin busto alguno! ¿Es que
nadie, revestido de un dejo de autoridad, pasa por allí? Muy cerca, un campo
deportivo luce desmantelado, arruinado, con unos árboles chamuscados, como si
allí se hubiese sentido el penetrante estrépito de una bomba atómica.
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La calle Bolívar, la principal, es un patético campamento de informalidad y
sordidez. La plazoleta del general Pedro León Torres, el héroe epónimo, tiene
el piso completamente deshecho, levantado, como si el desguarnecido monumento
que preside el cuadrante estuviera pugnando por mudarse a otra parte. La plaza
que lleva el inmortal nombre de Chío Zubillaga, céntrica, no ha corrido mejor
suerte.
Las quebradas están obstruidas por la basura, los escombros. Los puentes,
intransitables, un peligro siempre latente. El alumbrado público es una
lástima. Las escuelas exhiben el rostro del espanto. Los propios alrededores
del Concejo Municipal hablan del mismo fastidio, del mismo hastío que tutela
casi todas las acciones, o descuidos, de unos gobernantes que ambicionan más y
más poder, sin saber qué hacer con el que tienen ya.
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Los Barrios de Carora, carecen de la atención que requiere el Soberano, tan "importante" para la Revolución. atentando contra su dignidad de ciudadanos. |
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El comercio está exhausto, empobrecido. Las industrias han cerrado paulatina y
sordamente. Las fuentes de empleo se extinguen a causa de la mengua, esparcida
como aceite.
El hospital
Pastor Oropeza
carece de todo, hasta de una ambulancia. Sólo la heroica mística de su
personal lo mantiene, a duras penas, en pie. No hay ayuda alguna a disposición
de las instituciones culturales, ni de las que se dedican a la obra social, a
la caridad. El aeropuerto, sin rastro de equipos ni de uso hasta quién sabe
cuándo, es un espeso y desfachatado pajonal cuya apariencia niega que allí
alguna vez aterrizara cada tarde un vuelo comercial. Eso ocurrió, admítase, en
la difamada Cuarta república, cuando éramos felices sin saberlo.
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Pero el alcalde, Julio Chávez, vive pendiente, eso sí, de las ceremonias y de la insomne persecución. A esos dos aspectos de su gestión le imprime un carácter solemne. Al camarada podrá olvidársele que al Roble Viejo no llega agua, ni tampoco los camiones del Aseo Urbano, pero nadie podrá desconocerle cómo sudó y se afanó, hace poco, para que en Carora estuviera muy a la altura y coqueta la celebración del Día Internacional de la Capa de Ozono. Antes, había ido a Milwaukee y a Chicago, para dictar elocuentes conferencias ante los imperialistas que están a punto de invadirnos, sobre "el protagonismo popular y la democracia participativa". Resulta bochornoso como el Alcalde dirige personalmente las invasiones a tierras productivas, por eso mismo apetecibles, junto a los atropellos a sus legítimos dueños, y en sus ratos libres vocea sobre su proyecto maestro, el que lo lacrará en la memoria y el aplauso agradecido de las futuras generaciones: La constituyente municipal. Ningún proyecto podrá ser concebido y ninguna obra podrá ser echada a andar en Carora hasta ese memorable día en que corone esta excelsa meta.
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Sólo la grandeza inmarcesible de tal conquista hará palidecer el brillo de su
primer decreto, dictado de su puño y letra el mismo día imborrable en que
asumió el cargo. Su primer decreto fue, ¿no lo recuerdan?, para arrebatarle a
Monseñor
Eduardo Herrera Riera la ridícula pensión que en su frugal retiro recibía.
Nadie ignora que el Obispo
Emérito de la Diócesis de Carora es un sacerdote
pobre, necesitado, sensible, bienhechor, humilde como el que más. Pero tiene
apellido de rico, le gritaron por la radio. ¡Apellido de godo!, le
reprocharon.
Sin saberlo, la revolución estaba rehabilitando, 147 años después, los
fantasmas y el viejo rencor del bueno de Fray Ildefonso Aguinagalde, echado de
este cantón, puesto de revés, como correspondía, e indiferente a las burlas,
sobre los lomos de una burra.
―"¡Agua
bendita perdida…!" ¿Tendrá algo que ver eso con esta nueva maldición?―
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Dedico a Eduardo Lapi, cuya celda se abrirá pronto de par en par. Escríbalo. |
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Es contigo, ni-ni |
30-10-06
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Foto: JAO
En la vía a El
Ujano, usted puede observar esta
curiosidad. Un letrero en la defensa del puente
anuncia:
“¡Comunismo
o muerte!”...
Más allá, como complementando ese mensaje, un
aviso oficial nos advierte: “El que tenga ojos que vea”
Varias empresas encuestadoras serias y libres de sospecha (Datanálisis no aplica) coinciden en que entre Hugo Chávez y Manuel Rosales existe en estos momentos, a casi un mes de las elecciones, un empate técnico. Una especie de cabeza a cabeza. Eso es un verdadero milagro. Algo que, ciertamente, seis meses atrás era impensable hasta para el más iluso o ingenuo de los opositores.
Todavía a mitad de año la oposición, desarticulada y a la deriva, transitaba,
o mejor, daba tumbos sobre las arenas movedizas de las primarias de Súmate,
¿se acuerdan?, fijadas primero para el 16 de julio y después, con menos
convicción y más desconcierto aún, para el 13 de agosto. Todo esto, pasando
por el hecho, nada alentador, de que el 27 de junio a María Corina Machado le
tocó anunciar al país que la organización civil renunciaba a la coordinación
de ese proceso, vapuleado sin compasión desde todos los flancos.
Por esos días todos los indicadores parecían concluir que no había nada qué
hacer. El escenario lucía condenado, quién sabe por cuánto tiempo más, al
señorío de una sola presencia, al estruendo atosigante de una sola voz. La
abstención volvía a asomarse, dramáticamente, como la única salida visible,
otra vez. ¿La salida hacia dónde? ¡Nadie estaba en condiciones de saberlo!
Fue cuando escribimos, en esta Campana, con irreprimible amargura:
”Deprimente e irresponsable espectáculo el que está dando, ahora, la oposición
venezolana. A escasos 26 días de las primarias y a menos de cinco meses de las
elecciones presidenciales de diciembre, lo que abunda es la polémica de
bagatela, menuda, miserable, en un mar de voces destempladas y vacías, acerca
de la conveniencia de medirse internamente o no, o de adivinar quién saldrá
mejor librado del atentado suicida que amenaza con achicharrarnos a todos y
que tanta gracia habrá de hacerle al tirano, dondequiera se encuentre”.
Hoy, a la terrible reprobación que una inmensa mayoría de venezolanos hace a
gritos del gobierno, en una abrumadora agenda diaria de espontáneas protestas
populares, se une la incuestionable novedad de que la oposición, por fin, ha
logrado ensartar la aguja. Se ha reinventado. Ha sacado provecho de las duras
lecciones de un largo pasado de aparatosas pifias e inconsecuencias. Ha
unificado una propuesta, aún cuando la maticen diversas banderas, que le
imprimen pluralidad. Notable contraste frente a la triste figura del único y
su partido único, tratando de celebrar sus propios ecos únicos. De este lado,
a la cabeza de las masas, anónimas, marcha afanoso e inspirado un líder con
rostro propio, mensaje coherente y obra pulcra qué exhibir.
Hinterlaces ha revelado que 87% de los venezolanos rechaza la “regaladera” de
dinero a otros países. 82% de los consultados considera que el gobierno ha
fracasado en el combate de la inseguridad, primer motivo de angustia
colectiva. ¿A quién podría sorprender eso? 68% percibe que la pobreza continúa
igual o peor; 79% asegura que la corrupción está igual o peor. ¿Qué gobierno
en el mundo ha logrado revertir en el corto lapso de un mes tan devastador
balance?
Esa sólida impresión, encima, era reforzada por la grosera sucesión de viajes
presidenciales injustificados, a cualquier parte (¡cinco veces a la China!);
la compra a manos llenas de armamento, fusiles y helicópteros artillados, para
una guerra improbable, mientras los secuestros se multiplican y la guerrilla
colombiana penetra más y más en nuestro territorio; los repugnantes
escándalos, como el protagonizado por un histérico Juan Barreto; las impunes
masacres de mineros en La Paragua; la seguidilla de derrotas de Ollanta Humala
en Perú y López Obrador en México; y, por último, la descarada humillación
infligida en la ONU, por más de un socio aparente, a una risible diplomacia de
pacotilla. Rodilla en tierra, ¡qué ridiculez! La peor propaganda, en un mundo
globalizado, al poder adquisitivo de una chequera.
Septiembre debe ser registrado como el mes del punto de quiebre. El 48% de
intención de votos que hasta unas semanas atrás atesoraba un confiado Chávez,
acusó un poderoso deslave, capaz de elevar varios grados definitivos la
temperatura política. Era un calor no decretado por la autoridad. De repente
habían surgido elementos desconocidos en el entorno. El tipo daba ahora
perturbados manotazos a la defensiva, como espantando moscas que sólo estaban
en sus ardores. Había perdido la propiedad de la calle, de las mareas rojas.
Todo se empeñaba en salirle al revés. No imponía la agenda de cada día, de
cada contienda. ¿Qué es ese murmullo allá afuera, quien se atreve? Sintió un
frío que pretendía desconocido. La excusa de viajar es ahora reparar en ese
aburrido y diplomático desprecio, por todas partes. Caras puntiagudas que cada
día se le parecen más a una caja registradora. Dejaba de ser el centro del
universo. Los aplausos que oía llevaban el sello de lo tarifado. Los
inocultables conflictos internos dentro de los factores del “proceso”, el
vacío y la ausencia de emoción en los actos con públicos uniformados y
ambulantes, y la generalización del malestar ante las promesas oficiales
incumplidas, eran el molesto marco de una opción
reeleccionista que empezó a acusar cansancio, desaliento, extravío, y a
perder el aura de la invencibilidad. Entonces la idea de que Chávez pudiera
perder las cercanas elecciones dejó de ser un exceso. Un cruel espejismo. Los
sorprendentes efectos de la polarización se habrían de afianzar el sábado 7 de
octubre, en la Avalancha de Caracas. En esa fecha, curiosamente quizá en un
palaciego arrebato de cólera, alguien pensó que era conveniente tender la
mirada hacia el cielo y hablar de amor, con un trozo de azul tapándole el
buche.
Total, en este instante la grave decisión que deberá ser tomada el 3 de
diciembre reposa en manos de los indecisos. Un elevado 46% de electores se
identifica como ni-ni. ¿Es tu caso? Si se trata de una espera reflexiva,
cautelosa, a fin de dar el paso que estimes más prudente, es aceptable. Si, en
cambio, tal vacilación es obra de la indiferencia, del no sentir ni atracción
ni rechazo frente a todo lo que estará en juego, eso está mal. Muy mal. Nada
bueno puede esperarse de tal escurridiza languidez. El profesor de filosofía
Mario Fuentes Bizama ha advertido que “un ser vacío de todo deseo, de todo
objetivo, que no tenga nada de nada que aportar”, es, “en una palabra un ser
miserable”.
Tu indiferencia, a fin de cuentas, no será neutral, ni ajena a las
consecuencias que sufriríamos todos. Los atentos y los indiferentes, por
igual. Tu frialdad habrá de repercutir en el porvenir, mucho más allá de ese
destierro social al que falsamente te crees con derecho. Sería necio, y ruin,
tratar de ignorarlo. Tu indolencia evasora, y cómplice, servirá de aval para
que el actual estado de cosas prosiga su marcha aniquiladora, desquiciante.
Mañana, en la ebria recurrencia del triunfo, el poder concretará todos los
delirios claramente anunciados. ¿No tendrás nunca hijos, ni hermanos, ni
sobrinos a quienes proteger del plan “estudio, trabajo, fusil”, impuesto en
Cuba a sangre y fuego y promocionado en estos días entre nuestros muchachos?
Aquí habrá llegado el momento de producir el zarpazo final. Quedará vulnerado
todo espacio de libertad. ¿No rayan las paredes, a todo lo ancho, con el
eslogan “comunismo o muerte”, o “con Chávez todo, sin Chávez plomo”? La
palabra estará reducida, la crítica engrillada. Y tú habrás otorgado.
Tus labios ahora sellados y tu cabeza inclinada habrán dicho “conforme”,
término que equivale, ya, al fascista “ordene, ordene” que la revolución pone
en boca de jóvenes alucinados. ¿Se puede llegar a tal grado de mortal
frivolidad y ausencia como para mirar hacia otro lado cuando esto ocurre? No
podrás decir mañana que no eres responsable de nada, echando manos al
oportunista argumento de que la decisión no fue directamente tuya. ¡Claro que
sí! ¿No eran tuyos esos ojos que nada vieron y esos músculos que permanecieron
quietos cuando sonaban las alarmas y otros trataban de guarecerse del
desastre, de los desgarros de la piel, y de la voluntad sometida? ¿Intentarás
justificar, acaso, que no fue tu voto el que inclinó la balanza del lado del
mal?
El eco de mil voces desgañitadas te responderá que tampoco provino de tu
conciencia la rectificación anhelada. Quizá valdría la pena recordar que el
peor crimen de la humanidad no fue el de Caín cuando le asestó el garrotazo a
su hermano Abel, sino el de Pilatos, cuando se lavó las manos frente a la
tragedia de un hombre inocente.
¿Hemos dejado de comprender nuestro compromiso social, nuestro deber para con
el bien común, basado en el principio de que el bien de todos es también mío?
Digámoslo con palabras de Edmund Burke: "Para que triunfe el mal, sólo es
necesario que los buenos no hagan nada", y en eso estamos justo en esta hora,
que vuelve a ser crucial.
La suerte de muchos que en diciembre no estarán en edad para votar puede
depender de quienes dejen de hacerlo por insensibilidad, o por miedo egoísta.
¿No da más miedo que en el país se vuelva agria rutina esta división, esta
ruptura que nos bloquea y anula? ¿No hay nada que decir frente a la masacre
sin autor y la inseguridad que hiela? El silencio del ni-ni certificará al
corrupto amurallado e intocado. Y la perversa alianza oculta con sátrapas
lejanos. La primera burla del poderoso será en su honor. En premio a su
indiferencia. Y el primer disidente preso de la nueva y larga era. El primer
periódico clausurado por la mordaza final. Todo perseguido por una justicia
tumultuaria. El nuevo estrado para el pensamiento único. El primer colegio
asaltado y el primer niño adoctrinado correrán por su cuenta. Y los primeros
milicianos enviados a derramar en otros suelos la sangre ofrecida. Todos los
llantos y desesperanzas de esa noche sombría le harán coro.
Será tarde entonces para acatar aquella áspera palabra de la Biblia.
Apocalipsis 3: 15-16:
“Conozco tus obras; sé que no eres ni frío ni caliente. ¡Ojala fueras lo uno o lo otro! Por tanto, como no eres ni frío ni caliente, sino tibio, estoy por vomitarte de mi boca”.
joseaocanto@yahoo.com
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"Hay un momento en que los pueblos no quieren reponerse ni resistir, sino escapar" Diderot |
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De ingenuidades y riesgos |
Deprimente e irresponsable espectáculo el que está dando, ahora, la oposición venezolana.
A escasos 26 días de las primarias y a menos de cinco meses de las elecciones presidenciales de diciembre, lo que abunda es la polémica de bagatela, menuda, miserable, en un mar de voces destempladas y vacías, acerca de la conveniencia de medirse internamente o no, o de adivinar quién saldrá mejor librado del atentado suicida que amenaza con achicharrarnos a todos y que tanta gracia habrá de hacerle al tirano, dondequiera se encuentre.
Es lo que todo este tiempo ha puesto a dudar a la comunidad internacional. Por
eso tantos líderes que pudieran influir, en nuestro Continente y más allá, en
lugar de decidirse a alargar una mano amiga, solidaria, optan por inhibirse,
se hacen los desentendidos, y hasta encuentran una regalona excusa a la hora
de justificar sus aproximaciones al engreído y turbulento manirroto de
Miraflores. En un mundo en el cual la globalización impone un efecto de
vecindades inmediatas, fuera del país desde hace rato se tiene clara
conciencia de la verdadera personalidad de Hugo Chávez y del carácter
siniestro de sus planes. Pero, entre tanta algarabía, entre tantos bufidos,
jadeos, chismes y arranques de corto aliento y bajísima estofa, en medio de
semejante barahúnda infértil e incierta, ¿quién se hace, por sí mimo,
merecedor de la confianza, por más de 15 minutos?
¿Dónde está el mensaje encaminado a cohesionar la maltrecha esperanza, a darle
identidad y sentido al dolor disperso y a la angustia de tantos, a despejar
miedos y dudas pegados como garrapatas al desamparado espíritu de millones?
¿Dónde está la figura que se plantará sin vacilaciones ni sospechas frente al
ídolo de plomo con pies de barro? ¿Quién, al fin, reunirá suficiente
autoridad, decisión y coraje, para desafiar en nombre de todos al estruendoso
héroe acostumbrado, en la hora chiquita, a la aparatosa rendición y al refugio
en la temblorosa madriguera?
Entonces, es natural que el común del venezolano esté hundido, como está, en
esta pastosa incertidumbre, en una mortal irresolución que lo paraliza y
desconcierta. ¿Puede alguien sorprenderse, con honestidad, de que esto sea
así? La candidez mayor que pudiera exhibirse en estos momentos es esperar que
la gente salga a las calles en resueltas multitudes convocadas por semejante
enredo de consignas deplorables, tras un torpe derrotero que nadie tiene
claro, y atendiendo convocatorias que giran en los más contradictorios e
indescifrables sentidos.
¿Quién puede entender que en un país en el que se le exige a gritos al Presidente que se cuente, y que el árbitro electoral verifique en las urnas voto a voto, al propio tiempo los líderes de la oposición hacen alarde de la misma desfachatez y evasión para negarse al escrutinio democrático, que conduzca a la escogencia de una fórmula unitaria en la que todo el mundo coincide?
La arrogancia presidencial es combatida, desde el lado opositor, por un
borroso liderazgo “emergente” e improvisador que a cada momento ostenta una
carga no menor de arrogancia y desplante hacia quienes pretende representar y
redimir. Es más, la intolerancia de quien gobierna nada tiene que envidiar a
la estrafalaria intolerancia de quien, en la competencia por desplazarlo, es
capaz, por ejemplo, de decir que ni renuncia ni va a primarias porque, desde
el foso de dos menguados puntos en las encuestas, “no es candidato del
gobierno ni de la oposición”. En el fondo, allí en el fondo, ¡tiene razón!
Y, qué decir de cuando se hace tronar la voz y a coro con el oficialismo se
arremete y acosa sin la más mínima consideración al facilitador, a Súmate,
calificando de “imposición inaceptable” el emplazamiento, urgente, claro, a
definirse, a concentrar en una sola figura un cuadro tan abultado y hasta
ocioso y ferial de opciones, ¡por Dios, una docena de candidatos!, cuando es
harto sabido que el tiempo para los guabineos y retrasos ya está más que
vencido, y no hace falta probar que los formalismos y múltiples engañifas del
proceso electoral los pauta el gobierno conforme a su entera y puntual
conveniencia.
Se alega que Súmate ha actuado con ingenuidad. Eso es posible. Advierten que
las primarias tienen sus riesgos. Eso es verdad. Pero, ¿qué astucia o picardía
política se anteponen a la pretendida ingenuidad de Súmate? ¿No acabamos de
oír a un precandidato, uno de los tres principales, cuando proclamaba a los
cuatro vientos que “no debemos seguir llorando por condiciones electorales que
el CNE no nos va a dar”? ¿Llama usted “llorar”, señor candidato, la forzosa
exigencia de transparencia y garantías, por parte de quienes creen en usted y
quieren elegirlo? ¿No concuerda usted en que sin esas garantías esta elección
de diciembre será otra grotesca e intragable farsa y, por esa trágica vía,
pasará a ser nada menos que la antesala de la implantación del anunciado
socialismo? ¿Qué tan sincero es usted cuando pide que cada voto cuente? ¿No se
trata, acaso, de un derecho democrático fundamental? Y, ¿adelanta usted que el
CNE no va a “dar” las condiciones que se exigen? Perdone usted, pero ¡con
luchadores así…!
Es la democracia, y las libertades, lo que está en juego, se ha dicho y
remachado una y mil veces. ¿Qué importan, pues, la necia vanidad, las
hinchazones, postines y ventoleras, y el destino mismo de individualidades o
grupos, en el marco de ese compromiso superior? Aquí, en verdad, no hay más
actor que un país sediento de creer y confiar en alguien que se enganche a sus
sentimientos y apremios. Sin embargo, con los graves peligros que son telón de
fondo en la absurdidad que padecemos, bajo el agudo ruido de semejantes
alarmas, acentuadas por una militarización demencial y el implacable avance
del totalitarismo, en medio de esa atronadora emergencia, usted, amable
lector, debe saber que el tarjetón para las primarias del 13 de agosto tiene
una forma redonda porque, hasta da pena decirlo, una de las polémicas más
agrias y cruciales que se suscitó fue en cuanto al lugar en que cada
precandidato aparecería allí retratado. Súmate concibió la idea salomónica de
la boleta circular, ante el glorioso y experto berrinche de quienes la tildan
de ingenua. Todos, con solo girar el cartón, podrán colocarse de primero. Un
tarjetón redondo no sólo disuelve artificialmente las preferencias, sino que
configura y pinta con exactitud la disminuida e infeliz coyuntura que nos ha
tocado vivir. Es la “olla de grillos” de la cual Elías Pino Iturrieta habla
con natural propiedad.
Por cierto, en estos días, al padre Luis Ugalde se le ha escapado una terrible
frase que resume esta terrena impotencia:
“Si no somos capaces de ponernos de acuerdo, entonces es mejor que Chávez siga gobernando”.
Es preciso negarnos a esa derrota final. Aún en las circunstancias más
adversas y angustiosas, es obligante mantener la compostura moral, reparar día
y noche las grietas que debiliten la capacidad de resistir, hacer de tripas
corazón, no transigir, como nos sacudía, una y otra vez, con incorruptible
gallardía, la voz del Dr. Juan Manuel Carmona, presente siempre.
Esto pasa indefectiblemente por la agónica necesidad de deponer petulancias
necias y embotamientos inútiles. Entender que la unidad de objetivos no es una
opción sino un ultimátum histórico, dictado por la supervivencia. Que la
suerte del país y de su gente está por encima de todo, y de todos, incluso de
los sueños y la ambición del más preclaro o creído de sus hijos. Pasa por no
jugar, tras bastidores, al fracaso de las primarias, en la mezquina y
lastimosa esperanza de demostrar, más tarde, que se tenía razón, aunque el
brillo de esa “razón” acabe por arruinar todas las posibilidades y salidas. Y,
fundamentalmente, esto pasa por entender que sin enteras garantías y
condiciones dignas, justas, no habrá elección. Así de sencillo.
José Ángel Ocanto
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31-05-06 |
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El milagro es posible |
Cuesta trabajo reunir algo de optimismo, de confianza, y animar la posibilidad de ir a elecciones en diciembre, mientras, al propio tiempo, a Jorge Rodríguez, a ese inextinguible Jorge Rodríguez, lo echan a patadas del Perú, cazado en la descarada intención de implantar allá sus pillajes; y aquí, su CNE, con nuevos rostros pero repitiendo las mismas mañas, sigue invariable su línea de convertir la expresión de una voluntad en la tortura y en el ahogo de un nuevo y alevoso secuestro. Un acto de votación trocado en anunciado despojo y tecnificado atraco colectivo, en un país ya desahuciado en el que nadie, al ser asaltado por el hampa, o por los uniformados, o por la guerrilla, ni siquiera se atreve a llamar a la policía.
Es difícil convencer a alguien de que haga una cola para votar, cuando, a
través de su Sala Electoral, el mismísimo Tribunal Supremo de Justicia, TSJ,
convertido justo por estos días en monstruoso estercolero, en tabernario de
mafias y tablado de espinosas acusaciones de un bando –¿o banda?– hacia el
otro, se rebaja, el más alto tribunal de la república, recalcamos, a la vulgar
impudicia de suspender, una semana antes, las elecciones estudiantiles de la
Universidad de los Andes, ULA, sólo porque el pupilo del oficialismo, Jehyson
Guzmán, no había forma de que remontara la cuesta. La misma cuesta que, dicho
sea de paso, si cada voto valiera, y contara, tendría que escalar un
Presidente cada día que pasa más atolondrado, y peligroso, ciertamente, y que
es fiel al ideario bolivariano de la integración latinoamericana, pero al
revés, ¡y a qué desastroso costo!
Hace unos días, hasta los mismos oficialistas clamaron por contar las boletas,
al calor de las elecciones del municipio Carrizález, en el estado Miranda. Los
camaradas sabrán bien a qué le temían cuando repudiaban los trucados registros
electorales y las maquinitas electrónicas de Smartmatic. ¿Qué es lo que saben?
Sus razones tendrán para estar convencidos, como parecían estarlo con tal
firmeza, de que las nocturnas fuerzas del fraude pueden obrar en distintos
sentidos: para aniquilar a los adversarios de fuera, pero también a modo de
arrasar y castigar, según convenga, a los de adentro. Fraude endógeno, esta
vez.
No obstante, Tibisay Lucena, empeñada en aparentar la imparcialidad que
desdice bien pronto su rastrera y ominosa actuación durante el referendo
revocatorio presidencial, y la de siempre, ha dicho que en diciembre tendremos
otro proceso automatizado, porque ella y los suyos están allí “para escuchar,
no para negociar”. Es decir, para escuchar y acatar sólo a unos y cerrarse y
hacerse los sordos ante los reclamos del resto, por justos, válidos y
elementales que fueren sus planteamientos.
Y reiteró, con la ensayada inocencia de quien no ha roto un plato, que los
equipos de captahuellas, pese al efecto sicológico, y material, sembrado por
la lista Tascón y el programa informático Maisanta, que contiene los datos
personales y las preferencias políticas de más de 12 millones de ciudadanos,
“no violan el secreto del voto”.
Pero negociarán, lo juro. Negociarán. Comerciarán. Subastarán ante el único
postor reconocido. Ahora procederán a negar todas las garantías y peticiones,
y después, cuando exista menos margen para reaccionar, y los lapsos estén
solapados y ahogados, y la atomización de los factores de oposición sea
irreversible, y no haya forma de meter la lupa ni de remediar nada, entonces,
sólo entonces, soltarán algo por aquí, esto otro por allá, ¿sí, comandante?,
harán un remedo de ceder a las presiones, de cara a los observadores
internacionales, simulacro que bañará en una lluvia de teatrales elogios el
Centro Carter –¡ya están aquí, no tienen la mas mínima vergüenza!– y la propia
OEA de Insulza, parapeto insulso e insultante también, a la hora de ignorar
los desmanes sin frontera del hombre de la chequera alegre. ¡Qué
magnanimidad!, recitarán, en angelical coro, Mr. Jimmy Carter y Mrs. Jennifer
McCoy. ¡Qué ejemplar largueza, qué universal muestra de transparencia! El CNE
hará como el hábil comerciante que pide un precio exagerado para su mercancía,
a fin de llegar al importe deseado tras el presentido regateo.
Volvamos un instante más con la señora Lucena. Dijo también ella en estos días
que si el gobernador Manuel Rosales formaliza su inscripción como candidato,
tendrá que separarse del cargo en el acto. Pero, claro, eso después lo
arreglará la rectora, y el portátil TSJ, siempre listo en estas coyunturas, se
apresurará a ratificarlo, en nombre y por autoridad de la ley, porque, qué le
vamos a hacer, cómo no decirle lo mismo a Chávez, cuando ya el jefe del
cuartel dijo que él no veía por ningún lado razones para dejarle por un ratico
el coroto a José Vicente Rangel. Total, no es necesario ya sentenció él, que
no son más que “interpretaciones de alguna gente que quiere alterar la buena
marcha de las instituciones”. ¿Con qué palabras lo acomodarás, Tibisay? ¿Ya se
lo explicaste a él?
La alusión inicial al inefable Jorge Rodríguez en esta Campana es porque, si
en Perú, donde fue vetado, actuó en forma tan reprochable, ¿cómo dudar de
todas las inmoralidades que aquí amparó, y sigue monitoreando, por obediencia
al amo, y porque, resentido, tenía que vengar, lucro de por medio, la muerte
de su padre, de la cual nos separan ya 30 largos años, una generación entera?
Y si el TSJ interviene para proteger al oficialismo del bochorno de una
derrota en el seno de la ULA, y el Ejecutivo no duda a la hora de violar con
sus tanquetas la autonomía universitaria, ¿a qué no se atreverán cuando lo que
esté en juego sea la permanencia en el poder de quien llegó para quedarse y
ahora mismo está entretenido, correteando de aquí para allá, con tal de salvar
al mundo?
“La confianza no se decreta”, dejó asentado la Misión de Observación de la
Unión Europea, en su informe sobre los comicios parlamentarios de diciembre de
2005. “La falta de confianza en el proceso electoral es el principal problema
que hemos observado”. Bah, espantará aburrido, de un manotazo, el “nuevo”
CNE. ¡Grosera intromisión!
El senador Iñaki Anasagasti, de la misión de observadores de España
(pertenece al
Partido
Nacionalista Vasco, PNV), escribió por su parte, aquella vez, algo más fácil
de digerir que su apellido:
“Hicieron bien los partidos opositores en no presentarse. Esta iniciativa
podía haber salido mal y sin embargo el resultado oficial de sólo un 25% de
participación le deja a Chávez ante sus vergüenzas. No es el líder del país,
los pobres no le han secundado, la gente está harta, y tiene como tenía antes
un parlamento a la cubana, a la búlgara. Ahora el rey, ante su pueblo y la
comunidad internacional inteligente, está desnudo”.
Desde la obligada lejanía de Bilbao, el mismo 4 de diciembre, antes de que cayera la tarde, el jesuita Mikel de Viana –¿se acuerdan?– describía la tragedia en términos mucho más amargos e íntimos: “Me ha humillado una vez más ver a la sociedad venezolana discutiendo si hoy debía ir a votar o no. Me han dado asco los correos que volvían a poner en dos columnas los ‘pro’ y los ‘contra’. ¿Saben por qué? Porque no puedo creer que en Venezuela haya tanta gente absolutamente insensible a un limpio, elemental y brutal argumento moral: una persona decente no se ofrece a ser comparsa de su propio verdugo”.
Yo, por lo menos, leo esto y siento un acuciante ardor en las entrañas, una
sensación más desoladora y angustiante que la peor de las
úlceras pépticas. Ahora, ¿qué hacer?, ¿cruzarnos de brazos?,
¿echarnos a llorar?, ¿rumiar impotencias, desalientos, apatías?, ¿entregarle,
acaso, las banderas a quienes están dispuestos a revenderlas, una y otra vez,
en siniestro bazar, y anteponen sus cálculos egoístas, grupales, o son
probados torpes sin remedio, o tibios, o vacilantes, o cobardes espantadizos?,
que de todo vemos en ese deprimente elenco.
NO. Anótese aquí un NO rotundo, tajante, absoluto. A esta hora la oposición
venezolana está aún a tiempo de evitar su mayor catástrofe, la cual, de darse,
será apuntada como la última, porque después, más allá de diciembre,
simplemente, no existirá.
Esto que ahora llamamos disidencia, confusa y contrahecha, en adelante pasará
a ser fragmentos de un presente que se volverá pasado, con hervor y violencia.
Será así, puntualmente, al mediodía de ese mismo domingo 3 de diciembre, fecha
que, cosa curiosa, acabo de saberlo, desde 1992 ha sido declarada Día
Internacional de los Impedidos, por la ONU.
Envueltos todos ya en la larga noche, habrán sellado su ruina colectiva, por
igual, tanto las viejas y postradas figuras de la política tradicional, como
las que han pretendido emerger. Apelar a los argumentos más desafortunados y
ridículos al precio de dinamitar la necesaria unidad. Hacerle el juego al
gobierno emprendiéndola, gratuita e indignamente, contra Súmate, y ayudar a
que María Corina Machado sea conducida al patíbulo, como lo ansía sin
ocultarlo el poder desde hace tanto. Renegar de los indiscutibles logros de la
democracia bajo el pretexto de diferenciarse del “pasado”.
Disimular la estrategia de llegar hasta el final del proceso electoral sean
cuales sean las condiciones imperantes. Servir de propaladores de todas las
intrigas que echa a rodar el Departamento de Guerra Sucia de Miraflores contra
los candidatos opositores que les son molestos. Y hasta tirar la toalla sin
antes dar una pelea sin cuartel. Cualquiera de estas actitudes tiene un solo
nombre: traición, colaboracionismo. ¡Bajeza!
Es incurrir en el peor pecado que se puede cometer en una hora –tic, tac– como
la que corre: atragantarnos de ambición, del mismo personalismo que combatimos
en los actuales detentadores de la autoridad, cuando lo justo es el
desprendimiento, y, afinar el sentido histórico, lo único razonable.
(Y si ahora, cuando todavía se puede arengar desde las postreras tribunas y
recorrer el país con relativa libertad, ¿qué será de nuestros héroes de la
resistencia cuando las circunstancias aprieten?, ¿cuántos han emigrado ya?,
¿cuántos han sido honestamente leales con sus presos, con sus víctimas, con
sus perseguidos?, ¿a cuántos se los han tragado las fauces del silencio, la
evasión, el disimulo, o el acomodo?)
Y, ¿cuáles garantías debemos exigir, a una sola voz, para concurrir a las
elecciones presidenciales del 3 de diciembre? ¡Todas!: La depuración del
Registro Electoral, la eliminación de las captahuellas y los cuadernos
electrónicos, el conteo manual de las papeletas –aún si son emitidas por
máquinas–, acceso a la revisión del software, claridad en el mecanismo de las
auditorías y una observación internacional plural y calificada. En suma, una
elección transparente, limpia, inobjetable. ¿Es mucho pedir?
Queremos ver, y verificar, esos diez millones de votos que el repartidor de
barriles petroleros nos va a meter por el buche.
Razones para desconfiar de las máquinas electrónicas de votación sobran, pero
una computadora –hasta el sol de hoy– no piensa, sólo hace aquello para lo
cual la programan. La doctora Rebecca Mercuri, una de las más reconocidas
expertas en votación electrónica, en el mundo, es miembro, en la actualidad
del Instituto Radcliffe para Estudios Avanzados de la Universidad de Harvard.
Se le conoce por haber popularizado la iniciativa de las papeletas
verificables, el “Método Mercuri”, y su testimonio en el caso Bush vs. Gore
fue citado en los informes de la Corte Suprema de los Estados Unidos.
Y, ¿qué es lo que dice esta dama tan competente? Veamos:
“Los
sistemas completamente electrónicos no proveen de ninguna forma en la que el
votante pueda verdaderamente verificar que el voto emitido corresponde al que
está siendo grabado, transmitido o tabulado. Cualquier programador puede hacer
un código que muestre una cosa en la pantalla, grabe otra y hasta imprima un
resultado diferente.
No hay ninguna forma de asegurarse de que esto no esté sucediendo dentro de un
sistema de votación.
Cualquier proceso de elección computarizado está entonces en
las manos del pequeño grupo de individuos que programan, construyen y operan
las máquinas.”
¿Demoledor, verdad? ¿Ahora entiende usted, así en todas sus letras e
intenciones, por qué esa tremenda inquina oficial contra los organizados y
despiertos chicos de Súmate? Si a todos juntos nos resulta difícil, ¿por qué
hacerles el favor de fracturarnos?
La oposición no puede llamar a la abstención antes, porque necesita la
constancia del CNE, el papelito con su sello en el que asiente que niega, por
escrito, las garantías que son aconsejadas por la decencia y la pulcritud. Un
candidato en la calle, escogido a mediados de julio por el método de las
primarias (procedimiento que es respaldado por 7 de cada 10 venezolanos
encuestados), habrá recibido un ungimiento unitario que lo blindará de
indiscutible legitimidad y de verdadera aclamación popular, para darle cuerpo
y ponerle orden a este espantoso desconcierto en el que estamos envueltos
ahora y en el cual nadie cede nada, todos sospechan, todos tienen malas
espinas, desconfían, desconocen, y a todo se le consigue un pero.
Sólo un candidato unitario, resuelto, dispuesto, que recupere y mantenga
erguidos en la calle los ideales, la lucha, y encendida la esperanza
colectiva, podrá hacer realidad el milagro. Un milagro que es del todo
posible. Porque si pese a la presión y la movilización nacional el oficialismo
se niega a conceder garantías electorales que son a todas luces innegociables,
le caerá encima la segunda parte de la derrota que ya recibieron traducidos en
la soledad y en el silencio abstencionista y activo a la vez de diciembre de
2005, ahora con un rigor irreparable, mortal. Y si aceptan las garantías, ay,
si aceptan las garantías. Entonces estarán perdidos.
joseaocanto@yahoo.com
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