
| Felipe Izcaray Yépez |
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Este artículo fue solicitado por el CONAC para publicarlo en un boletín que sería enviado a las embajadas venezolanas en el exterior.
(10-09-06)
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Sonido
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La posición geográfica de Venezuela ha servido de plataforma para el desarrollo
de una música especialmente rica en contrastes y en combinaciones de elementos
rítmicos, melódicos y armónicos. La extensa costa caribeña de Venezuela la hace
receptora de la influencia cultural europea y africana. Por otra parte, los
Andes de Venezuela la convierten en parte de la columna vertebral de todo el
continente; mientras que las fronteras entre Colombia y Venezuela se disipan en
los llanos, y la selva amazónica hermana a Venezuela con Brasil y las Guayanas
vecinas. Es por eso que Venezuela presenta una gran variedad de matices
musicales a través de su geografía. Si bien los ancestros musicales indígenas,
europeos y africanos están identificados en distintos géneros musicales, a veces
ciertas piezas poseen características tan entrelazadas que es imposible
identificar un origen específico. Un calipso guayanés tiene marcada influencia
de las islas caribeñas de habla inglesa, y la cadencia andaluza del polo
margariteño o coriano se identifica plenamente con su origen peninsular, pero
ciertos movimientos del tamunangue larense presentan una intricada combinación
de elementos africanos y europeos. El joropo, fiesta originaria de los llanos y
de los valles del Tuy, ha prestado su nombre para identificar géneros musicales
de identidad propia como el corrido, la chipola, el golpe, y el seis por
derecho. En las costas centrales venezolanas y sus ciudades circunvecinas, se
encuentran los ritmos inspirados por una rica percusión con identidad propia
pero de evidente origen africano, tal es el caso de la fulía, el merengue, la
parranda y, curiosamente, el aguinaldo navideño. Una interesante combinación se
genera en el estado occidental del Zulia, donde la danza y la gaita combinan
elementos europeos y africanos a base de un poderoso acompañamiento percusivo.
La región oriental es también rica en ritmos como el galerón y el golpe y
estribillo. En el plano más poético, Venezuela toda es prolífica en canciones,
serenatas, valses y bambucos en los que el texto enriquece el pausado ritmo. La
región andina ha sido especialmente privilegiada por esta atractiva combinación
de texto y poesía.
La música académica venezolana tuvo un desarrollo paralelo a la música popular
desde la colonia hasta mediados del siglo XIX, cuando el vals europeo y el vals
popular experimentaron una feliz unión a manos de compositores de música para
piano como Ramón Delgado Palacios, Federico Vollmer, Manuel Guadalajara y
Salvador N. Llamozas.
A partir del desarrollo del vals, la identificación del compositor venezolano
con los ritmos y melodías de su pueblo se hace más intensa que en otros países
latinoamericanos. La generación inicial de músicos como José Antonio Calcaño,
Juan Vicente Lecuna, Juan Bautista Plaza, Moisés Moleiro y Vicente Emilio Sojo,
que en el siglo XX enriqueció esta unión del elemento popular con el académico,
dio paso a la Escuela de Santa Capilla (llamada así por el nombre de la esquina
donde está situada la Escuela Superior de Música), conformada por alumnos de la
cátedra de composición del maestro Sojo. Vicente Emilio Sojo, eminente prócer
civil venezolano, no solamente organizó los estudios formales de composición,
además de fundar el Orfeón Lamas y la Orquesta Sinfónica Venezuela, sino que
enriqueció el repertorio nacional con cientos de arreglos de melodías
venezolanas que estaban en peligro de caer en el olvido. Estos compositores
escribían y participaban activamente como miembros de la Orquesta Sinfónica y
del Orfeón Lamas, orientados y estimulados por su fundador para ejecutar sus
obras. De esta experiencia de corte eminentemente nacionalista, surgen obras de
arraigo venezolano con calidad internacional. Como ejemplo del nacionalismo
musical venezolano del siglo XX, podemos destacar algunas obras de Vicente
Emilio Sojo: Obertura Festiva, Bordoneo, Solo de Marimba Endecha y Quirpa para
guitarra. De Juan Bautista Plaza: Fuga Criolla, El Picacho Abrupto, El Curruchá,
Vigilia, Pico-Pico y Campanas de Pascua. De Evencio Castellanos: Suite Avileña,
Santa Cruz de Pacairigua, de Antonio Estévez: Cantata Criolla, Mediodía en el
Llano, Mata del Ánima Sola, Concierto para Orquesta y 17 piezas infantiles para
piano, de Inocente Carreño: Margariteña, La Ciudad de los Techos Rojos, Suites
para orquesta, Gota de breve rocío, Obertura Galleguiana y Poema a Carabobo; de
Antonio Lauro: Natalia, Yacambú y valses diversos para guitarra, Giros
Negroides, Concierto para Guitarra y Misterio de Navidad, de Gonzalo
Castellanos: Suite Caraqueña, Imitación y Antelación Fugaz y de Modesta Bor: Son
Venezolano, Obertura Sinfónica, Genocidio, Manchas Sonoras, Acuarelas y
Concierto para Piano y Orquesta..
La música coral experimentó un marcado crecimiento a partir de la fundación en
1943, del Orfeón de la Universidad Central de Venezuela. Otras instituciones
educativas siguieron el ejemplo de la UCV y formaron coros estudiantiles. Más
tarde comenzaron a desarrollarse agrupaciones corales en organismos oficiales y
empresas privadas, especialmente en las instituciones bancarias. Para la década
de los años 70 se funda el Movimiento Coral “Cantemos” y la Fundación Schola
Cantorum de Caracas, que hoy en día agrupan a cientos de coros adultos e
infantiles. Dada la importancia de movimiento coral venezolano, en abril de 2000
se escoge a Caracas para celebrar el festival América Cantat III, con la
participación de agrupaciones nacionales y corales provenientes de todas partes
del mundo. Es significativo el número de coros venezolanos que han obtenido
importantes premios de excelencia artística en prestigiosos concursos de música
coral de Europa y Asia.
El perfil de la ejecución musical en Venezuela cambia definitivamente en 1975, a
raíz de un movimiento orquestal sin precedentes en la historia musical del país.
Un discípulo de Vicente Emilio Sojo, el Maestro José Antonio Abreu, quien para
ese entonces ejercía también las profesiones de economista y parlamentario,
funda en Caracas la Orquesta Nacional Juvenil “Juan José Landaeta”, organización
que posteriormente pasaría a convertirse e Fundación de Estado en 1978, y que se
multiplicaría en diferentes núcleos orquestales juveniles diseminados por toda
la geografía nacional. Estas orquestas juveniles e infantiles convirtieron a la
música sinfónica en un Programa Social del estado venezolano, ya que hoy en día
es posible que niños y jóvenes de todos los estratos sociales, tengan acceso a
una formación musical integral a partir de la ejecución de un instrumento. La
masificación de la enseñanza musical a través de estas agrupaciones artísticas,
ha originado un público cada vez más numeroso en los sectores populares y en la
provincia, permitiéndole la familiarización con la música de los grandes
maestros venezolanos y universales, convirtiéndolos a su vez en elementos
críticos importantes en cada una de sus comunidades.
Otra consecuencia de este movimiento de orquestas juveniles e infantiles, ha
sido la creación de orquestas sinfónicas profesionales y semi-profesionales en
diversas ciudades de Venezuela. Justamente, estas orquestas regionales se nutren
principalmente de jóvenes músicos que han escogido la música como profesión y
que han egresado de las orquestas juveniles. Las orquestas regionales, muchas de
las cuales han alcanzado niveles artísticos de excelencia, reciben su principal
aporte económico del estado venezolano a través del Consejo Nacional de la
Cultura -CONAC- apoyados en algunas casos por sus respectivas gobernaciones.
A la par del desarrollo de la música “clásica”, la música popular del país
presenta también variados matices importantes que la han colocado en un sitial
de preferencia, tanto local como internacionalmente. Junto a los mencionados
géneros autóctonos, las expresiones musicales del continente como el bolero,
salsa, balada, rock, jazz latino y otros géneros urbanos, tienen igualmente
calificados compositores e intérpretes en la escena musical venezolana.
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