
Edición, Montaje y Fotografía por Ing. Emma Rosa O. de Herrera
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Dedicatoria:
En primer lugar quiero dedicar este libro
a mi madre, Josefina Yépez de Álvarez, verdadera protagonista en estas
crónicas conjuntamente con sus padres “El Bachiller” Fernando Yépez Bracho y
Luz de María Gutiérrez Riera de Yépez: Los tres son la columna vertebral de
esta historia.
En segundo lugar quiero mencionar de manera muy especial a Nicolás Rodríguez,
encargado del El Docoro, finca que administré en un momento crucial de mi
vida. De él aprendí lo maravilloso y grande que es nuestro pueblo, y me hizo
sentir una especie de “Fe Ciega” en tener esperanza de que tengamos como
pueblo latinoamericano, una posibilidad de tener rostro propio, cultura
propia, en los próximos siglos que nos esperan por recorrer. Nicolás fue una
escuela, de moralidad, de rectitud ante los negocios, y de tener un sentido de
la vida práctico y creativo, que no espera nada de la vida porque ésta la vive
todos los días y en todos los momentos.
En tercer lugar, a mi pueblo, Carora, pues las energías emanadas de él me han
mantenido encayado en mi ciudad y todo mi drama se sucede en torno a ese
pedazo de tierra del que no he podido desprenderme y que me ha enajenado hasta
el extremo de no poder trascender ese lenguaje coloquial que nos caracteriza.
Carora se convirtió en la verdadera protagonista de estas crónicas noveladas.
A Manera de Introducción
La historia de la literatura en el mundo, o de la filosofía, o
la de cualquier pensamiento escrito, es la de tener modelos. Nietzche tuvo a
Shopenhauer, Hesse y Mann a Nietzche, y este último también tuvo como modelo a
Kant, a quién llego a amar y a criticar con toda su alma.
Yo quisiera tener también como modelo a Kant, guardando por
supuesto la distancia cierta que hay entre los dos, y concebir una especie de
introducción que explique el porque de lo escrito y resuma, al mismo tiempo,
el trabajo que será presentado en páginas posteriores.
Es también mi deseo tratar de exponer claramente otro filósofo
que he leído durante toda mi vida, mas no así, creo haberlo entendido en su
totalidad. En verdad existen aforismos y sentencias de Nietzche que me han
llegado a lo más profundo de mi ser y aquí voy a transcribir uno de ellos,
tomado de “Más allá del Bien y del Mal”, me refiero al número 200 que dice
así: “El hombre perteneciente a una época de disolución, la cual mezcla unas
razas con otras, el hombre que, por ser tal, lleva en su cuerpo la herencia de
una ascendencia multiforme, es decir, instintos y criterios de valor
antitéticos y, a menudo, ni siquiera sólo antitéticos, que se combaten
recíprocamente y raras veces se dan descanso, - tal hombre de las culturas
tardías y de las luces refractadas será de ordinario un hombre bastante
débil (El resaltado es nuestro): su aspiración más radical consiste en que
la guerra que él es finalice alguna vez; la felicidad se le presenta ante
todo, de acuerdo con una medicina y una mentalidad tranquilizantes (por
ejemplo, epicúreas o cristianas), como la felicidad, de la tranquilidad, de la
saciedad, de la unidad final, como <<sábado de los sábados>>, para decirlo con
el santo retórico Agustín, que era él mismo, uno de esos hombres.— Si, en
cambio, la antítesis y la guerra actúan en una naturaleza de ese tipo como un
atractivo y un estimulante más de la vida, - y si, por otro lado, una
auténtica maestría y sutileza en el guerrear consigo mismo, es decir,
en el dominarse a sí mismo (resaltado nuestro), en el engañarse a sí
mismo, se añaden, por herencia y por crianza, a sus instintos poderosos e
inconciliables: entonces surgen aquellos seres mágicamente inaprensibles
e inimaginables (resaltado nuestro), aquellos hombres enigmáticos
predestinados a vencer y a seducir, cuya expresión más bella son Alcibíades y
César ( - a quienes me gustaría añadir aquel que fue, para mi gusto, el
primer europeo, Federico II Hohenstaufen), y, entre artistas, tal vez
Leonardo da
Vinci. Ellos aparecen cabalmente en las mismas épocas en que ocupa
el primer plano aquel tipo más débil, con su deseo de reposo: ambos tipos se
hallan relacionados entre sí y surgen de causas idénticas.” (Nietzche,
Friedrich. Más allá del bien y del mal. Alianza editorial. Madrid.
1983).
En este aforismo se encuentra resumido el conflicto de mi vida,
agravándose más aún, debido a que en Latinoamérica la mezcla de razas es más
profunda y radical.Otro filósofo, éste ya, latinoamericano y venezolano, José
Manuel Briceño Guerrero, vino a aclararme mis dudas después de muchos años de
conflictos internos, y fue muy tardío, en lo que se llama la tercera edad, que
pude entender, y a veces conciliar, en su totalidad, lo escrito por el
filósofo alemán: los dos seres, el fuerte y el débil nacen de causas
idénticas.
Cuando vivía el conflicto de las tres razas dentro de mi alma,
saltaba de contradicción en contradicción y sabía que no tenía un rumbo
definido. Es más tarde, cuando me instalé en el guerrero que habla Niestzche,
que hube de crear una especie de conciencia de mis contradicciones, que
calmaron mi espíritu, pues entonces supe que se podía tener una salida, tanto
yo como hombre corriente, como los países de Latinoamérica en general, los
que aparentemente no tenían esperanzas dentro de la cultura occidental. Esa es
la razón verdadera por la que decidí escribir mis experiencias y lo hice desde
mi yo caroreño, el que se formó dentro de Carora, mi ciudad, con todo lo
bueno, que huele a silvestre y a rural, y con todo lo malo. Lo rural limita,
en algunos casos, el pensamiento.
Aunque parezca pedantería, tomé la narración en primera
persona
(después cambié esta impresión como se aclara mas abajo) y la manera
de unas memorias personales, porque después de mucho meditar, resultó
imposible para mí, que no perdieran fuerza los personajes, sino los nombraba
con sus nombres originales: Es decir, Nano Yépez es Nano Yépez, mi abuelo el
Bachiller es mi abuelo, un hombre que influyó mucho en mi vida y en la de
todos sus nietos; y lo que yo cuento aquí, es esa forma irónica que tuvo para
ver la vida, haciendo de la ironía y el aguardiente su refugio para superar la
monotonía y mediocridad del medio, él, que era un espíritu bastante inquieto y
de luchas internas. Hoy por hoy, en sus nietos existe una sonrisa que nuestras
mujeres definen como risa de Nano Yépez, pero que nosotros sabemos que la
tienen todos los hijos y nietos del Bachiller, y viene, entonces, heredada de
mi abuelo. También mi abuela es ella misma, y fue la que me educó dentro de
los cánones familiares de lo que en la jerga de mi pueblo se llama “godarria”,
allí aprendí de donde venía.
Cuento de Chío Zubillaga, lo que vivieron mis padres y mis
abuelos, y trato de presentar al Chío humano, al que vivió en un pueblo y en
donde hizo todo lo que en esa sociedad era permitido y a veces no tan
permitido, pero creo que con ello, me acerco más a ese hombre genial que formó
a los caroreños en la primera mitad del siglo XX.
En fin, no hice de mis experiencias una novela, en el sentido
estricto del término, porque creía, y aún lo creo, que mi narración perdía
fuerza al no nombrar los hechos y las cosas por su verdadero nombre. Esto trae
como consecuencia que se pueda ver este acto como “pedantería extrema”, pues
mis vivencias pueden ser comunes a la de los habitantes de mi pueblo. Cierto,
y es por ello válido que también otros se aventuren a narrar sus experiencias.
Intenté también acercarme al lenguaje hablado, dado que tengo
conciencia de las diferencias profundas que existen entre el lenguaje escrito
y el hablado: Este último trata de salirse de la rigidez occidental y denota
otras culturas que tratan de irrumpir para poder manifestarse. Todo el mundo
en Latinoamérica, cuando se oyen en grabaciones, saben, y lo dicen, lo mal que
hablan. He visto a doctores de todo tipo, graduados en universidades de los
Estados Unidos, hablar como cualquier campesino de mi tierra, y no es
solamente en Carora, es en el país en general. Es por ello que García Márquez
dijo que se debían acabar las diferencias entre la “c” y la “s”, pues nosotros
no hacemos tal diferencia cuando estamos hablando, cuestión que si hacen los
españoles.
Hablando por cierto del “Gabo”, he de declarar que nunca he
entendido, y con ello quiero decir con todo “mi ser”, eso que se ha llamado
“Realismo Mágico”. Es decir lo he entendido desde mi mente, pero no he llegado
a comprenderlo en su totalidad, pues no se que es lo mágico del
latinoamericano. Mucho de ello es invento de los escritores para parecer
fantasiosos ante el mundo occidental, y es por ello, que también quise hacer
mi narración, en forma directa para que reflejase, de alguna manera, algo real
y concreto, como se hace en las culturas que están definidas. No pretendo ser
crítico literario y mucho menos cuestionar a un premio Nóbel, solamente
expreso lo que siento dentro de mi ser, y que en el fondo está también de
acuerdo con la esencia del Gabo, pues hace poco declaró que la verdadera
novela suya latinoamericana no era “Cien años de soledad”, sino “El amor en
los tiempos del cólera”, lo que quiere decir que las búsquedas del premio
Nóbel todavía continúan.
En resumen, en esta historia, que es mi vida, se cuenta la lucha por encontrar un lugar definido claro y cierto, que señale los caminos a seguir. Es una lucha interna de las tres culturas que caracterizan al ser latinoamericano, y es una lucha, también, por tratar de sobreponerse a esa “lucha” y llegar a un estado mucho más creativo que se equipara con el estado creativo de los artistas, para buscarle salida a un espíritu encajonado en esas contradicciones. Allí se plantea un nuevo estado de conciencia, donde cese toda contradicción y se pueda expresar el ser libremente, y eso es simplemente “arte”. Por ello que creo que el camino es la “música”, como expresión artística, para poder manifestar ese estado de “no contradicciones internas”, y es la música porque es el medio artístico mas fuerte en Venezuela y por supuesto en Carora, ciudad donde nací y me crié. Numerosas y fructíferas han sido las discusiones con Jaime Martínez, Juan Tomás Martínez, Felipe Izcaray, Fausto Izcaray, Valmore Nieves, Juan Carlos Álvarez y Álvaro Álvarez, músicos todos reconocidos en mi tierra y que de una u otra manera se han dedicado al desarrollo de la música culta u occidental, pero que también han incorporado, a esa técnica de corte occidental, la música venezolana, la música de su tierra y han contribuido conjuntamente con otros grandes músicos del país, como Luís Julio Toro y Cheo Hurtado, a enriquecer esa música espontánea que tiene como raíz la misma raíz del barroco Europeo y como forma de cantar, el canto, casi “ad libitum”, de los andaluces, ligada también a los ritmos negros y a la forma melódica de las culturas prehispánicas de nuestras tierras. Ese es el gran dilema de nuestra tierra, de Latinoamérica, y no podía ser menos en Carora, donde aún se conservan intactas esas formas de ser y en donde no ha penetrado todavía la influencia norteamericana y su “american way life”.
En Carora, en cuatrocientos y tantos años que se ha vivido,
desde los godos hasta el último habitante, sienten un arraigo telúrico que los
hace aparecer como un pueblo con “alma”, según la definición de Arnold Toynbee.
La narración pues, que ustedes leerán a continuación, si
después de esta introducción les sigue interesando el tema, trata de reflejar
cómo un niño, joven y adulto campesino, que en este caso soy yo,
vio
y ve
actualmente al pueblo donde nació. Es pues un recuento, casi un anecdotario,
de las experiencias vividas y por ello los cuentos anecdóticos tienen una gran
cabida en esta narración. Se trata de una crónica sobre Carora y sus
habitantes. Se refleja también ese conflicto interno del ser venezolano y
latinoamericano y en el penúltimo capítulo, se narra, en forma de diálogo, en
una forma un tanto superficial, las innumerables discusiones que se
desarrollan en nuestros viajes a Mérida, que se hacen, religiosamente, una vez
al mes, desde el año 83. Hace ya diecisiete largos años mis hermanos y yo,
Juan Carlos y José Ricardo Álvarez Yépez, visitamos al maestro Briceño
Guerrero en Mérida, y durante el viaje vamos aclarando nuestras ideas, tanto
de ida, como de venida. Así hicimos contacto con Kant por ejemplo, y ello nos
llevó a otros niveles de entendimiento del mundo y de las cosas.
Digo que “un tanto superficial” porque resulta difícil
escribir todo lo que allí se discute y este acercamiento inventado por mí, no
refleja, en su totalidad, las discusiones que formamos en esos viajes. Sin
embargo, ese intento escrito ya plantea lo “rico y fructífero” que resultan
esos viajes religiosos, aunque en el seno de nuestra familia no entienden
todavía el motivo de los mismos. Hemos dicho que así cómo algunos caroreños
viajan, todos los fines de semana, al hipódromo a jugar caballos, nuestro
juego es leer a Kant, y la repuesta es: “¿Y por qué no le leen en Carora?, y
hemos respondido en estos largos años ¡Porque es necesario la presencia del
maestro! Aún así no lo entienden y ello ya entra de ese modo en lo anecdotario
del asunto.
Mi intento de introducción no llego a ser sino una “caricatura”
de la hecha por Kant, a quién quise imitar, en su “Crítica de la Razón Pura”,
pero ello también entra dentro de ese dilema del “SER” latinoamericano, por
ello pido disculpas a mis lectores.
Quiero agradecer a Fernando Briceño, quién ha tenido la
amabilidad de revisar los textos, con el objeto de hacer unas buenas
correcciones de gramática y evitar que mis localismos sean de tal tamaño, que
resulten incomprensibles para el público en general. Agradezco también a mi
Maestro, José Manuel Briceño Guerrero, por haberme posibilitado hacer contacto
con su obra, en este caso lo referente a Latinoamérica, y haberme permitido
llegar a mis días postreros, con una claridad interior del drama de mis
búsquedas, planteadas éstas, sobre todo, en años juveniles.
Ya para terminar y esta vez la promesa es verdad, quiero
aclarar que después de entregar estos escritos a algunos de mis amigos, éstos
manifestaron su preocupación de porque no lo hacia en forma de novela. Les
insistí en que yo quería un relato real para que no perdiesen fuerza los
actores que aparecen en esta páginas, y después de muchos años de meditación,
creo que encontré una fórmula intermedia al ponerle un nombre diferente al
actor que soy yo, y narrarlo en tercera persona, le puse el nombre de Fernando
para seguir con la tradición de la familia donde ese nombre tiene ya más de
cinco generaciones. Debo ya como última reflexión, hacer una observación donde
concluyo, que después de haber trajinado este texto por más de veinte años, la
ciudad, Carora, sustituyo el protagonismo de Fernando y se hizo ella misma
protagónica en estas crónicas que narran la historia de un pueblo de más de
cuatrocientos años.
Muchos grandes escritores siempre han dicho que todo relato es
de alguna manera autobiográfico. Aquí es realmente así, y que aquello de que
“cualquier coincidencia con la realidad es casualidad” habría que decir que en
este caso, no hay coincidencia ni casualidades pues el relato es totalmente
autobiográfico, aunque escrito en tercera persona: Los personajes son
auténticamente reales.
Que ello tenga un valor literario, simplemente no lo sé. Sólamente es lo que vivo por dentro.
Cécil Álvarez Y.
Carora, Navidad del año 2005
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