Los Cuentos de Juan María
El Dr. Juan María Morales Álvarez, Historiador, Profesor Titular de la Universidad Simón Bolívar en el Departamento de Ciencias Sociales, pero sobre todo CAROREÑO.
LA CASA DE LA CULTURA DE CARORA ERA JUAN MARTINEZ Y
JUAN MARTINEZ ERA LA CASA DE LA CULTURA
POR
JUAN M. MORALES ALVAREZ
El cuento de hoy va de cultura, culturosos, artistas, cantantes, instrumentistas, pintores, historiadores, artesanos, aplaudidores, gente de mal vivir y buenas intenciones. Porque de todo existe en la viña del señor, como diría mi compadre el reverendo Beto. Tiene mucho que ver conmigo y mi generación de cincuentones, porque buena parte de las preocupaciones sociales, culturales y hasta políticas que, como generación compartimos, provienen de nuestra primera escuela, La Casa de la Cultura de Carora. Y, de nuestro primer maestro, Juan Martínez Herrera, por qué no reconocerlo a los cuatro vientos del ciberespacio. Aunque pensándolo bien, no debe haber vientos en el ciberespacio. En ese extraño mundo más bien deben existir ondas eléctricas y satélites, y examinadores del mundo agazapados, para apropiarse de las buenas intenciones. Recuerdan aquellas películas de computadoras diseñadas para controlar el universo y el libro: Un mundo feliz de Huxley. Dejemos las fantasías, no importa que las intenciones de Rolando y Emma sean las de controlarnos por el coroto éste, debemos agradecerle el servicio que nos prestan, aunque decidan controlarnos.
Volviendo al cuento de hoy, la verdad del movimiento cultural caroreño de los años 60 en adelante, hay que buscarla en el título de este cuento. Sin Juan no existiría el movimiento cultural que, partiendo de una gente que quería cantar, Juan incluido, les dio albergue a otros que querían pintar, y a otros más que querían tocar. También se les abrió espacio a los de más allá, que querían ver cine, y a aquellos otros que se reunían en el Interact Club. Fue así como aparte de cantantes, que siempre fueron los más importantes, se reunieron: ceramistas, artesanos, tamunangueros y cuentistas. Para decirlo en dos palabras, artistas de levita y de alpargata llegaron contentos unos, graves otros, ocurrentes, bohemios, un poco borrachos, de frac y toga de orfeonistas, junto con aplaudidores de franelita se unieron a la procesión. Fue así como todos nos congregamos al lado de aquel hombre, bajito de estatura, musculoso, nervioso, rubio, de bigotes, cantante, músico, dentista de profesión, ocurrente, divertido, maniático y fumador empedernido, y hay veces insoportable, con un notable parecido físico, a la imagen que todos tenemos, por los libros de historia, del general federalista Ezequiel Zamora. Aparte de todo esto, el Dr. Juan Martínez Herrera, mi muy querido Juan, era una de las personas más bellas y generosas que he conocido en mi vida.
Caraqueño de nacimiento, hijo del maestro Martínez Centeno, caroreño por decisión, adopción, y por amor a su esposa Teresita, y a sus hijos biológicos: María Teresa, Juan Tomás, Carolina y Jaime y a una lista interminable de hijos adoptivos, entre los que quiero que me cuenten, que fuimos aquellos caroreños vinculados la Casa de la Cultura y al movimiento que giraba en su entorno. Hoy, en el mezzo de mi vida, pienso que Juan nunca llegó a saber cuál era su verdadera significación en mi generación. Si lo llega a entender se aterra, porque él nunca pretendió ser el magister dixi de la época antigua. Supongo que alguna vez aspiró a convertirse en el maestro indirecto. Y es que Juan Martínez, usando el lenguaje del Chavo, hacía las cosas sin querer queriendo. Por eso, sin querer queriendo, fuimos aprendiendo a valorar a los maestros Alirio Díaz, Rodrigo Riera y Don Pío Alvarado. Sin querer queriendo escuchamos a Mozart, Bach y al Indio Figueredo. Sin querer queriendo, como dice mi gran amigo Pablo Arapé, Juan nos enseñó a reverenciarlos a todos, compartiendo el mismo nicho. El que nos gustase más uno u otro, no era la consecuencia del análisis del legado cultural, o del curriculum académico del artista; obedecía más bien, al gusto particular de cada uno de nosotros. Fue así como sin querer queriendo aprendimos a escuchar buena música, nos acostumbramos a ir a conciertos. Muchos aprendieron a cantar y a tocar y a mí, que en vez de oído tengo oreja, no me quedó otro remedio que resignarme a ser un aplaudidor, contador de cuentos, e historiador de oficio.
Así como la generación de mi padre tuvo la marca indeleble de Chío Zubillaga, a quien llamaron maestro de juventudes. La nuestra dispuso de la mano amiga, amble y de la armonía musical de Juan Martínez, que supo entregar buena parte de su esfuerzo vital, sin pedir compensación ninguna. Juan emprendió la ruda labor de cimentar las bases de unas instituciones culturales, partiendo de cero, que sobrevivieron a su desaparición física, y aglutinan en la actualidad, el movimiento cultural caroreño de hoy en día. Dos discípulos de Juan y de la Casa de la Cultura están hoy al frente. Me refiero, claro está, a Cécil y a Yuyita, quienes juntos, desde hace años dirigen el movimiento cultural caroreño con buen criterio, a lo que le debemos añadir virtudes como la formación académica, equidad, rectitud, amor y desprendimiento.
Además de sus hijos biológicos Juan y Jaime, artistas consagrados en sus disciplinas respectivas, sus hijas Maria Teresa y Carolina, sin llegar al virtuosismo musical de sus hermanos, por decisión, elección, o por circunstancias de la vida, también fueron, o son, hace muchos años que no las veo, virtuosas ejecutantes de instrumentos musicales, además de profesionales de provecho. María Teresa es médico y Carolina Ingeniero de Sistemas. Hoy se dirá: médica e ingeniera, disculpen mi machismo que revela mi edad. Juan estaría muy orgulloso de todos sus hijos biológicos. Y lo debe estar Teresita, su esposa, compañera de vida, colega de profesión, y cómplice de aficiones. Protagonista principal de la caroreñidad de nuestro maestro, Teresita fue la responsable principal de la llegada y más que todo de la quedada definitiva de Juan en nuestras tierras. Yo creo fervientemente aquello que detrás de un gran hombre, siempre existe una gran mujer. Así que mucho le debemos nosotros a Teresita Yépez de Martínez, nunca tendremos como pagárselo.
De la Casa de la Cultura de Carora surgieron buenos músicos, guitarristas como Alirio Camacaro, que hace más de 20 años reside en Madrid, impartiendo clases en uno de los conservatorios de la capital española. Buen amigo mío es Don Alirio, cada vez que nos vemos en Madrid, hablamos hasta el cansancio, siempre de Juan y de la Casa de la Cultura. Otro de los músicos es Felipe Izcaray, en la actualidad dirige la Orquesta Sinfónica de Salta. Su esposa Norma Pinto, culturosa compañera de aficiones, escribe maravillosamente. A los músicos debemos unirnos un sinfín de hombres y mujeres de bien, que, con la rectitud y ética aprendida en aquella época, tratamos de sortear las trampas de la vida, con un sentimiento de superación permanente, que muchos aprendimos en la vieja Casa de la Cultura de Carora, escuchando música, viendo cine, leyendo libros, asistiendo al teatro, a conciertos, o simplemente prestando ayuda atenta, aprendimos a formar parte de una comunidad y supimos que era nuestro deber luchar por el mejoramiento paulatino de todos sus miembros.
Y es con Juan y en la Casa de la Cultura hicimos patria, en el buen sentido del término, dejando de lado politiquerías y falsos nacionalismos. En la Casa de la Cultura aprendimos a querer a nuestro país y hasta a llorarlo, sin avergonzarnos. Conocimos nuestros valores y nuestra cultura, sin el menosprecio de esa absurda clasificación de cultura popular y clásica, la cultura para mí simplemente es buena o mala. Por todo ello y por mucho más, pienso que mi generación le debe una estatua a nuestro maestro, Juan Martínez Herrera. Por eso les propongo a todos los que nos sintamos parte de la Casa de la Cultura que escribamos algo parecido a esto o que lo contradiga, eso no importa. Nadie tiene la verdad en la mano para metérsela a cogotazos a los demás. Escritos y recopilados los materiales en este lugar virtual que nos presta Rolando, podemos pensar hasta en editar un libro, u otra cosa que con prudencia y armonía musical pudiera llamarse Juan Martínez y la Casa de la Cultura de Carora Busquemos un título adecuado. Aquí termina el cuento de hoy. Saludos virtuales desde Caracas. Espero sus respuestas.
Juan M. Morales Álvarez
Piedra Azul Noviembre del 2004
BOLIVARIANISMO Y ANTIBOLIVARIANISMO VENEZOLANO
Por
Juan M. Morales Álvarez
Sobre el Libertador hay infinidad de pinturas, esculturas, monumentos, litografías, calles, plazas, aeropuertos, colecciones documentales, libros, folletos, canciones, himnos, piezas teatrales, discos, películas, sociedades, páginas web, y hasta partidos políticos bolivarianos. Bolívar ha sido abordado desde diversas perspectivas, literarias, históricas, artísticas, documentales, cinematográficas o de multimedia y podemos encontrar multitud de proposiciones relativas a Bolívar y su época. Pese a que éste ingente aluvión bolivariano nos ha bombardeado permanentemente desde el siglo XIX hasta hoy, y aunque faltan pocos años para la conmemoración de los 200 años de la independencia; todavía no disponemos de una biografía convincente del Libertador. Ni tampoco de una historia completa y objetiva de la emancipación, porque las anécdotas biográficas, el triunfalismo patriotero y la santificación de los próceres impidieron enfocar a Bolívar y la independencia desde una perspectiva más amplia.
Sobre Bolívar se han escrito innumerables obras en distintos idiomas. En lengua española y portuguesa se calcula que los trabajos sobre Bolívar y la independencia superan los 2.500 títulos. También existe una producción importante en inglés, francés, ruso, chino, alemán, italiano, sueco, rumano, etc. A esta selva bibliográfica, debemos añadir las obras publicadas por el mismo Bolívar, las dedicadas a la compilación sistemática de sus decretos y proclamas, además de las voluminosas colecciones documentales, que ya superan 300 títulos[1]. Ante esta montaña bibliográfica, acercarse a Bolívar representa un ambicioso reto, duro de cumplir.
El historiador venezolano Guillermo Morón, en sus Reflexiones Heterodoxas sobre Simón Bolívar nos apunta que: “Seguramente habría que dedicar toda la vida de trabajo de una docena de especialistas para poner en orden de lectura la inmensa bibliografía bolivariana”[2]. Sobre Bolívar y la emancipación hispanoamericana apologistas y detractores, historiadores y novelistas, cineastas y pintores, políticos y militares, sacerdotes y ateos, han vertido ríos de tintas sobre el papel, pintado cantidad de cuadros, generado infinidad de imágenes, con la intención de mitificarlo, lo que nos complica aún más, en la actualidad, la comprensión de lo esencial en Bolívar, al que le hemos desfigurado hasta su rostro[3].
En el caso específico de Venezuela, uno podría preguntarse ¿Qué es lo que aquí no se llama Bolívar?. Desde el Aeropuerto Internacional de Caracas, pasando por su Plaza Mayor, en todos los pueblos antiguos de Venezuela, salvo raras excepciones, hay una calle Bolívar, y una Plaza Bolívar, que son las antiguas plazas mayores y calles mayores o reales del período hispánico, rebautizadas así, en el siglo XIX, por decreto del entonces presidente, General Antonio Guzmán Blanco, del 18 de noviembre de 1872[4]. Guzmán Blanco, a quien le gustaba que le llamaran el Ilustre Americano, fue el primer gobernante venezolano que se propuso realizar la apoteosis oficial de Bolívar durante su mandato presidencial. Recientemente, las autoridades del ministerio de educación decidieron llamar a algunas de las escuelas públicas venezolanas bolivarianas, pensando que así rescatarían en parte la dignidad perdida. La moneda de curso legal, aunque devaluada, es el Bolívar. Uno de los estados federales ha sido llamado Bolívar, situado en la Guayana venezolana. Su capital federal, la antigua Angostura, se llama hoy Ciudad Bolívar, célebre población por el Mito del Dorado, el Congreso de Angostura, convocado por Bolívar y el fusilamiento de Piar.
Aunque nos ocupamos de averiguarlo, ignoramos las razones que llevaron a los habitantes de Angostura a solicitar el cambio de nombre de su capital. Aunque sabemos que, en honor al Libertador, Angostura empezó a llamarse Ciudad Bolívar, el 24 de julio de 1846. Para esta fecha apenas habían transcurrido 15 años desde la muerte de Bolívar en Santa Marta. Hemos consultado varios libros sobre el tema, como los Anales de Guayana de Tavera Acosta, así como también varias historias regionales, sin éxito. Hasta hoy ignoramos las razones que pudieron tener 34 vecinos notables de Angostura [5] para solicitar, tres años después de haber trasladado los restos de Bolívar de Santa Marta a Caracas, el cambio de nombre de su ciudad. El hecho cierto es que por decreto del 31 de marzo de 1845, aprobado por el Congreso Nacional, la antigua ciudad de Angostura, situada en la margen sur del Orinoco, recibió oficialmente el nombre de Ciudad Bolívar, en los inicios del culto oficial, recordemos que para estas fechas ya existía un país con su nombre, el Alto Perú, rebautizado con el nombre de Bolivia.
En Caracas tenemos a la Universidad Simón Bolívar, donde soy profesor, y la Universidad Pedagógica Experimental Libertador. Con el mismo nombre hay una Universidad Simón Bolívar en México y otra en Barranquilla, Colombia.. Si no se llama Bolívar la calle, la Universidad, la plaza, o el organismo público o privado, decidimos bautizarlo con el nombre del Libertador, que es lo mismo. Por lo que hasta tenemos variaciones con los sinónimos. Hoy, hasta la República cambió de nombre, ahora se llama República Bolivariana de Venezuela. Todavía los venezolanos no hemos empezado a llamarnos bolivarianos venezolanos, que será el nuevo gentilicio. En el artículo 4, título 1, de la nueva constitución vigente, quedó fijada la nueva designación de Venezuela, en estos términos: “La República Bolivariana de Venezuela es un Estado federal, descentralizado en los términos consagrados por esta Constitución, y se rige por los principios de integridad territorial, cooperación, solidaridad, concurrencia y corresponsabilidad[6]. En ésta Constitución se pueden encontrar constantes invocaciones a Bolívar, a sus doctrinas y principios, recogidos en varios de sus artículos, que sería muy interesante estudiar, para ver sus alcances y proyecciones.
Con el paso del tiempo, la figura del Libertador aumentó en sus dimensiones y se convirtió en uno de los factores más importantes del aglutinante nacional, en todos los países liberados de la tutela española, por la acción de sus ejércitos. Y es que el General Bolívar, convertido en Libertador, en una especie de tránsito hacia lo real maravilloso, sustituyó a los santos y a los héroes que nos legaron los españoles. Durante los siglos XIX y XX mitos y leyendas se fueron entretejiendo con la historia patria en un amasijo sincrético. Y, poco a poco, entre mito y realidad se le asignaron a Bolívar los atributos necesarios para encarnar la nación, convirtiéndolo en el Padre de la Patria, así, con mayúsculas. Es por ello que en la actualidad se nos dificulta enormemente la recta comprensión de lo verdaderamente medular, a la vez que desdibujamos su verdadera significación. La lógica resultante de este proceso es que en la actualidad somos tan bolivarianos los venezolanos como los colombianos, los ecuatorianos y los bolivianos, panameños y peruanos, todos los que integramos los llamados países bolivarianos, absolutamente todos, le rendimos culto y veneración. Tanto es así, que hasta nos disputamos los homenajes. Y si bien es cierto que Bolívar llenó con sus empresas militares un espacio histórico fundamental de la fragua nacional latinoamericana, consideramos que el uso excesivo, por no decir abuso, de un bolivarianismo fervoroso, mítico, casi religioso, devoto, lo está convirtiendo en un estorbo, que nos impide comprender la correcta evolución de nuestras sociedades.
Desglosando a los apologistas, rebuscando entre sus detractores, penetrando en sus escritos, en la búsqueda de lo fundamental, no tenemos mas remedio que aceptar un hecho. Bolívar fue un hombre excepcional en su tiempo, y cumplió un papel fundamental en los inicios de nuestras nacionalidades. Hoy yace en el Panteón Nacional, bajo una pesada loza de pareceres, consejas y mitologías. Sin embargo, debemos admitir un hecho, que bolivarianos, aunque nos propongamos lo contrario, somos casi todos los hispanoamericanos, y esta afirmación, aunque lo parezca, no es una revelación de fe. La educación formal, a que estamos sometidos todos, cumple cabalmente su papel de adoctrinamiento. Yo he podido comprobarlo durante mis ya largos años de docencia universitaria. Y aunque los textos son increíblemente aburridos, monótonos, reiterativos, de corte romántico, con un aire decimonónico, cumplen maravillosamente sus objetivos, nos imponen veneración y aburrimiento. Sin embargo, debemos confesar que al acercarnos a sus escritos, sin afeites, comprendemos la magnitud de su obra, e irremediablemente sucumbimos ante su atractiva figura.
Para ilustrar lo que venimos afirmando tomemos algunos ejemplos significativos. Bolivariano fue el historiador venezolano Augusto Mijares, quién escribió una de las mejores biografías sobre Bolívar. Podemos decir que El Libertador de Mijares es una biografía ya clásica, apologética, con una buena dosis de revisionismo, insustituible a la hora de emprender cualquier estudio serio sobre Bolívar[7].Bolivariano también fue el escritor español Salvador de Madariaga[8], considerado persona non grata por la Sociedad Bolivariana de Venezuela. En honor a la justicia, hemos de aceptar que Madariaga en su Bolívar escribió hermosas páginas, en las que se nota su ferviente admiración por el Libertador, y además, debemos reconocerle la rigurosidad de la investigación y el soporte documental.. Sin embargo, cuando apareció el libro, la Sociedad Bolivariana de Venezuela y la Academia Nacional de la Historia consideró a la obra de Madariaga como un insulto al Padre de la Patria, sin fundamentar sus juicios acertadamente[9].
En el terreno político también nos encontramos con una situación similar. El primer presidente de Venezuela José Antonio Páez fue antibolivariano cuando encabezó el movimiento separatista de la Gran Colombia, llamado La Cosiata, por el cual Venezuela se separó definitivamente de la unión colombiana. Pero años después, cuando necesitó un basamento político para justificar su regreso al poder, se convirtió en bolivariano. Tanto es así, que decretó el traslado de los restos de Santa Marta a Caracas. Bolivarianos fueron los mas destacados personajes de la feroz dictadura de Juan Vicente Gómez. Durante su gobierno se celebró el primer centenario de la independencia.
También lo fueron muchos de los más destacados personajes de la última dictadura venezolana del siglo XX, la de Pérez Jiménez. Bolivarianos también son los socialdemócratas, comunistas, ultraizquierdistas, sacerdotes y hasta los terroristas. Y, más recientemente, bolivariano se proclama el movimiento político que apoya al Presidente Hugo Chávez en Venezuela; Bolivarianos son los llamados círculos; así como también, los guerrilleros de las Fuerzas Armadas de Liberación de Colombia. Bolivariano es Fidel y Pinochet. Bolívar, en fin, ocupa un destacado papel en todas las manifestaciones de la vida social, política, económica, cultural y hasta mágico-religiosa hispanoamericana. Es quizás el Quijote de América, como lo llamó el gran filósofo español, Don Miguel de Unamuno[10].
Juan M. Morales Álvarez
Sartenejas 1 de julio de 2002
[1] En el Instituto de Investigaciones Históricas Bolivarium de la Universidad Simón Bolívar de Caracas, que tuvimos el honor de fundar y dirigir por varios años, se adelanta un ambicioso proyecto titulado: Bibliografía General Bolivariana. del cual hemos editado el primer volumen llamado: Bibliografía Directa de Simón Bolívar. compilado por Manuel Pérez Vila y Horacio Jorge Beco. Caracas, Universidad Simón Bolívar Colección Bolivarium Serie Bibliografías, 1986. Esperamos que el proyecto se continúe.
[2] Guillermo Morón: Reflexiones Heterodoxas sobre Simón Bolívar. “Boletín Academia Nacional de la Historia” (en los sucesivo: B.A.N.H.V) (Caracas), Vol. LXIII, Número 252. (1980), pág. 839.
[3] Alfredo Boulton: El arquetipo iconográfico de Bolívar. Caracas, Edic. Macanao, 1984. En una conferencia dictado por Don Alfredo en el Bolivarium dijo que si Bolívar pudiese caminar en la actualidad por Caracas no se reconocería a sí mismo ni en las estatuas, ni en las monedas.
[4] Antes de esta fecha, el 1 de marzo de 1825, la Municipalidad de Caracas acordó levantarle una estatua ecuestre al Libertador, sobre una columna de mármol, levantada en la Plaza de San Jacinto, justo frente de la casa natal de Bolívar, pero este decreto municipal nunca se cumplió, quizás por falta de presupuesto. Tuvieron que pasar 47 años, para que nuevamente se decretase la erección de la estatua de Bolívar. La primera piedra del monumento se puso el 11 de octubre de 1874, y fue inaugurada oficialmente, el 7 de noviembre del mismo año. La estatua es una réplica de la que se encuentra en la Plaza Bolívar de Lima. Actualmente está situada en el centro de la antigua Plaza Mayor de Caracas, que, como hemos dicho, desde esta fecha fue rebautizada con el nombre de Plaza Bolívar. Ver: Graciela Schael Martínez: Historia de la estatua del Libertador en la Plaza Bolívar. Caracas, Ediciones de la Presidencia, 1983.
[5] Aunque hemos buscado referencias sobre el tema, apenas encontramos alusión al cambio de nombre en el Diccionario de Historia de Venezuela tomo I, página 689.
[6] Artículo 4, de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela. Barranquilla, 2000, página 3.
[7] .Augusto Mijares: El Libertador. Caracas, Edic. de la Presidencia, 1987
[8] Salvador de Madariaga: Bolívar. Madrid, Espasa-Calpe, 1975, 2 vols.
[9] A este tema le dedicó la Academia Nacional de la Historia los boletines 135 y 136. Posteriormente siguieron apareciendo críticas, muchas de las cuales contestó el propio Madariaga en las reediciones de su obra, hasta hoy los venezolanos seguimos viendo mal el Bolívar de Madariaga. Ver la Declaración de la Academia Nacional de la Historia sobre el Bolívar del Señor Madariaga. B.A.N.H.V (Caracas) Vol. XXXIV, Nº 135 (1951) pp.233-234. Y: El Centro Bolivariano de Historia condena la obra de Madariaga B.A.N.H.V (Caracas) Vol. XXXV, Nº 138 (1952) pp 115-116.. Catorce años después de la primera declaración: La Academia reitera su declaración sobre el Bolívar de Salvador de Madariaga. B.A.N.H.V. (Caracas) Vol. XLVIII, Nº 191 (1965), pp. 446. Uno de los grandes críticos fue Vicente Lecuna, quién antes de aparecer la obra fue amigo personal de Madariaga. Recomendamos ver los Boletines de la Academia y de la Sociedad Bolivariana de Venezuela entre 1950 y 1953, donde encontrarán una representativa cantidad de artículos sobre el tema.
[10] Miguel de Unamuno: Don Quijote Bolívar Caracas, Sociedad Bolivariana de Venezuela, 1983.
CARORA EN LAS RELACIONES GEOGRÁFICAS DE VENEZUELA
POR
Juan M. Morales Álvarez
En este cuento nos ocuparemos de la Carora colonial. Trataremos de revisar la evolución histórica de Carora según las noticias contenidas en las Relaciones Geográficas de Venezuela. Primero debemos aclarar que las relaciones geográficas eran unos informes que los funcionarios reales enviaban a la corona, donde narraban las particularidades de las provincias ultramarinas. Son de diversa índole y la importancia y pertinencia depende en gran medida de la capacidad narrativa del relacionador, si es que esta palabra existe. Las Relaciones Geográficas las inicia el propio descubridor Cristóbal Colón. Sin proponérselo, y con la intención de quedar bien con los reyes, el Almirante inició éste género literario, con sus célebres cartas a los reyes católicos. En el caso particular de Venezuela, en uno de sus viajes Colón entró en las bocas del Orinoco y quedó tan maravillado y exagerando un poco la nota, consideró que había llegado al paraíso terrenal. Por lo que bautizó a esta parte del mundo como Tierra de Gracia. Se refería a parte del territorio que posteriormente vino a conocerse como Venezuela, por culpa de otro italiano navegante, embustero y fantasioso, que ante los palafitos de Sinamaica, se acordó de Venecia y nos bautizó como Venezuela. Posteriormente, Felipe II, que además de rezandero, gotoso y vestido de negro de pies a cabeza, era un maniático del orden, y en vez de palacio, construyó un monasterio llamado El Escorial, donde vivía con mucho frío, sin calefacción, en el corazón de la sierra del Guadarrama, muy cerca de Madrid, en una habitación pequeña, con ventana para la iglesia. Don Felipe todo vestido de negro dictó las normas que fijaron los procedimientos adecuados para redactar las famosas Relaciones Geográficas. Algunas son de incalculable valor informativo y, a veces, hasta literario. Leyéndolas podemos tener la pintura casi fotográfica de una región. en diferentes épocas y son, a mi entender, una fuente de primer orden, para la reconstrucción histórica de una región.
Hechas estas explicaciones, pasemos a ver a nuestra ciudad en varias relaciones geográficas. La primera noticia sobre Carora la encontramos en la Relación de Juan Pérez de Tolosa. Está fechada en 1546, cuando Pérez de Tolosa era Gobernador y Capitán General de la Provincia de Venezuela. Ahora si es verdad que se subió la gata a la batea pensarán muchos de ustedes. El fulano historiador está hablando de Carora, antes de haberse fundado. En efecto, en el año de Nuestro Señor de 1546, la ciudad de Carora no existía, pero el nombre era indígena. En efecto, Carora aparece en la relación como una sabana de indios caníbales y hostiles, situada entre El Tocuyo y Coro: “Estas sabanas están entre las sierras de Coro y las que confinan con el Valle de Barquisimeto. No hay ningún pueblo en todos ellos...y junto a esta sabana, en unos montes hay cierta cantidad de indios de nación axaguas.” Para el gobernador Pérez de Tolosa, los axaguas comían carne humana y eran extremadamente belicosos. Esta es la primera noticia del toponímico de nuestra población. Carora era una sabana poblada por indios caníbales y belicosos de nombre axaguas. Por último nos dice esta relación que en la sabana de Carora existen muchos venados.
La siguiente noticia sobre Carora la encontramos en la: Corografía de la Gobernación de Venezuela y Nueva Andalucía de Juan López de Velazco de 1571-1574. Primero aclaremos que corografía lo que significa es precisamente Relación Geográfica y López de Velazco fue uno de los primeros en escribir una relación panorámica de las poblaciones de Venezuela, para finales del siglo XVI.. En ella Carora aparece poblada por Juan del Tejo en 1569, y dice que aún no se contaba entre los poblados venezolanos, por su reciente fundación. Situada a 20 leguas de El Tocuyo, tenía 40 vecinos españoles. Para López de Velazco Carora es tierra sana y de pacíficos indios naturales, ¿Qué pasó entonces con los axaguas, comedores de cristianos, que poblaban la región 25 años antes? Lo ignoramos, suponemos que fueron exterminados junto con las manadas de venados sueltos en la sabana. Si alguien lo sabe, por favor, que me lo explique. Recuerden mi correo electrónico, el muy histórico axagua1@yahoo.es en honor a mis ancestros, comelones de cristianos barbudos.
La última relación geográfica del siglo XVI es eclesiástica, escrita por el obispo de Coro, Fray Pedro de Ágreda, en 1581. Refiriéndose a Carora el prelado, preocupado por los asuntos de la fe, dice que no hay indios de doctrina, con lo que no se estaban convirtiendo los naturales al cristianismo, ni hospital, ni capellanía. Apenas hay un cura, llamado Bartolomé Fernández, pagado por el rey. La iglesia de Carora no tiene ni campanas, ni ornamento alguno, por lo que el obispo solicitó al rey que le diera una limosna a esta iglesia tan pobre, donándole la campana y algún ornamento. Aquí vemos la verdad de los orígenes de la mayoría de nuestras ciudades, que, con pomposos títulos, de muy noble y muy leal ciudad de, empezaron su andadura vital dentro de una gran pobreza, no siendo más que un puñado de chozas, en medio de grandes soledades, pobladas de un puñado de hombres y mujeres cristianos, pobres pero honrados, y orgullosos al extremo. Veinte y seis años después tenemos otra imagen de Carora. Esta vez fue la Relación Geográfica hecha por Diego Villanueva y Gibaja, fechada en 1607. En ella nos dice que tiene 50 vecinos, apenas diez vecinos más que los que tenía cuando fue fundada. De ellos, 35 eran encomenderos, tenían encomendados a 800 indios. Ya para esa fecha los caroreños eran agricultores y ganaderos, sembraban maíz, algodón, criaban ganados y mulas y ya tenían algunos trapiches de caña. Eran buenos curtidores de cordobanes y badanas y su comercio se extendía desde El Tocuyo y Barquisimeto hasta Coro, donde los caroreños trajinaban con sus mercancías, en sus famosas recuas de mulas.
Tenemos aquí una visión sintética de los primeros 61 años del encuentro entre europeos y caroreños. En la primera noticia no existe ciudad, sino una sabana poblada de axaguas caníbales y belicosos. Veinte y tres años después se fundó la ciudad, se acotó el terreno y se dispuso el sitio para la iglesia y el ayuntamiento. Desaparecieron como por encanto los axaguas belicosos, porque según la segunda relación, Carora es tierra sana, poblada por naturales pacíficos y 40 vecinos españoles. Diez años después, Fray Pedro de Ägreda nos dice que Carora no tenía aún las instituciones de las ciudades españolas en América, la iglesia no tenía campanas. No había ni hospital, ni capellanías, ni indios de doctrina. Y para 1607 ya tenemos una población asentada, había perdurado sus primeros 38 años. Ya existen agricultores y ganaderos, encomenderos y 800 indios encomendados, lo que sumaba una población total de 850 habitantes. Estos fueron los inicios de nuestra ciudad, comercio, artesanía, agricultura y ganadería fueron las actividades primordiales de la población. El tiempo ha evolucionado y Carora ya es una ciudad donde sigue predominando la agricultura y ganadería como una proporción importante del sustento de su población.
Juan M. Morales Álvarez
Piedra Azul 27 de diciembre del 2002.
POR
JUAN M. MORALES ALVAREZ
Este es un cuento de libros, confieso que he pasado buena parte de mi vida rodeado de ellos. Han sido buenos compañeros de vida. Mi afición por los libros se debe a varias razones. No era el producto de una innata propensión al estudio, o a la investigación. No lo vayan a creer, ese vicio vino mucho después. No, las razones son otras, una de ellas era que la recepción de la televisión en la Carora de mi niñez era muy mala, y nosotros, de niños, apenas podíamos ver un montón de rayas en blanco y negro, e imaginarnos todo lo demás. Fue así como entre la pésima recepción de los aparatos, el calor insoportable y los mosquitos criminales, decidí que lo mejor era no ver televisión. Y para no aburrirme, leía libros. Los libros tenían muchas ventajas, no se enchufan y se pueden leer en hamaca, con ventilador, en el monte, en la plaza, debajo de la matica, o del poste, y, donde quiera que podamos disponer de buena luz. Gracias a Dios, el sol alumbra maravillosamente todo el año, y es una de las pocas cosas gratis en nuestras zonas equinocciales. Otra poderosa razón es mi gran miopía. Nací con ella y la sigo padeciendo, disimulada con los lentes de contacto, fue la causante de muchas de mis incapacidades.
Como dije anteriormente yo soy miope de nacimiento, pero no me pusieron lentes hasta que llegué a primer año de bachillerato, y yo, inconsciente de mi limitación visual, creía que todo el mundo veía igual de mal que yo, y nunca me quejé. Por culpa de la miopía, y la falta de preocupación de mis antecesores tengo mala letra, nunca pude dibujar nada, porque simplemente veía mal la pizarra. Tampoco jugué béisbol, por la sencilla razón de que nunca vi la pelota. Menos aún, ping-pong, la pelota es más chiquita. Y, cuando tuve edad para el billar, ni siquiera me atreví. Yo, sugestionado por el ambiente, y convencido por las evidencias de mi torpeza, pensaba que era como decía todo el mundo, un zurdo maneto. Sin remedio acepté como un dogma de fe mis limitaciones manuales, por aquello de zurdo maneto. De la misma forma que nunca pude cantar, porque en vez de oído, tengo orejas, ni bailar, por torpe y sordo, padecí en silencio mis limitaciones reales y las inventadas. Por ello llegué a la conclusión que no me quedaba otro remedio que leer. A los libros, que los miopes podemos leer, hasta sin lentes, con la edad que me acompaña. Eso sí, con el libro de la nariz pegada. Quizás por todas estas razones me dediqué al estudio de la historia. Ejercitando mi profesión podía ejercitar lo que mejor sabía hacer, que era leer. Fue así como convertí mi afición o mis limitaciones reales e inventadas en un oficio, del que he vivido hasta hoy, cuando cumplo medio siglo.
Mi predilección por los libros siempre tropezó con un pequeño inconveniente, y es la razón del título de este cuento: Mi cultura de vitrina. Y es que la mayoría de los libros que necesité leer en toda mi vida, casi siempre estaban metidos en una vitrina ajena y nunca me dejaban las llaves. No vaya a ser que ese muchacho torpe, zurdo y maneto, los rompa. La primera vitrina con libros de que tengo conciencia no era ajena, estaba encima de un escritorio de madera, pintado de marrón, en el cuarto grande, de la casa de mi abuelo Pedro Nolasco, donde dormía Ricardo mi tío y yo, cuando me quedaba con los abuelos. Allí se guardaban los libros viejos que habían sido de mis tíos abuelos. Uno de ellos había sido escrito por uno de ellos, era la: Historia de la Psiquiatría en Venezuela. Confieso que nunca lo pude leer, lo encontré muy aburrido y nunca pasé de las dos primeras páginas, hoy quisiera leerlo. También recuerdo que encuadernado en pastas verdes, estaba en esa vitrina La Madre de Máximo Gorki, un dramón infame sobre las luchas del pueblo ruso contra las injusticias de la oligarquía, ése si lo leí completo y hasta me gustó. Los nuevos eran de mi tío Ricardo, que más que tío, era como mi hermano mayor, dada la diferencia de edad. De los de Ricardo recuerdo una colección de Selecciones, que leí en muchas noches de insomnio, aterrado por los fantasmas de la casa, que me horrorizaban por las noches, en la casa de abuelo, aunque nunca los pude ver, a lo mejor por la misma miopía. Yo no creo en brujas, pero de vuelan, vuelan. Eran aquellas revistas norteamericanas, donde se publicaban artículos sobre las ventajas de ser paralítico y cosas por el estilo. Estas son parte de lo que yo llamo, a lo mejor por pedantería, mis lecturas perdidas.
Las vitrinas me persiguieron durante toda mi vida. Otra de las vitrinas de mi niñez era la de Don Pablo Arapé, optometrista, padre de mi gran amigo Pablito. De esta vitrina recuerdo muchas novelas juveniles, que nos prestaba Don Pablo, editadas en Buenos Aires, por la colección Tor. Recuerdas Pablo: El Conde de Montecristo, Los caballeros de la mesa redonda y cosas por el estilo, que leímos jugando a ver cuál de los dos podía leer mayor número de páginas en un día. Cuando nos aburríamos de los libros, leímos tiras cómicas, los suplementos. Así llamamos a los comics de la época. Al lado de las grandes novelas, leímos también muchos cuentos de Superman, El Capitán América, y los personajes de Disney. También me acuerdo de las vitrinas de la casa del Dr. Paucho, donde había muchos libros. Eran tantos, que hasta los intentamos clasificar una vez el hoy padre Beto, Gerardo Castillo y yo. De esta biblioteca recuerdo Las confesiones de Rousseau y una Historia de América del gran historiador argentino Ricardo Levene, que pertenecieron a Ramón Pompilio Oropeza. la mayoría de los libros estaban bajo llave, en varias vitrinas, diseminadas por toda la casa. Cuando empecé a visitar Bibliotecas, en Carora estaban las vitrinas de la vieja Biblioteca Riera Aguinagalde, que funcionaba en unos cuartos en la calle Bolívar, donde pedía libros prestados. Cuando la última inundación de Carora, la Riera Aguinagalde estaba en la Casa de la Cultura nueva y Gerardo Castillo y yo salvamos de la pérdida total los fondos de la Riera Aguinagalde, entrando por el solar de su casa. Sus fondos no pasaban de mil ejemplares. Ahora entienden el fundamento de mi cultura de vitrina.
Las vitrinas no se acabaron en Carora, me siguen torturando hasta hoy. Cuando me fui a Mérida, a estudiar mi licenciatura en la ULA, rememoro con un dejo de nostalgia, las vitrinas de la hemeroteca de la Facultad. Allí supe que gran parte de los nuevos conocimientos estaban en revistas especializadas y no en libros. En devoción, casi religiosa, mi único compañero de estudios, otro caroreño amigo, Luis Cortés Riera y yo nos impusimos visitar todas las tardes, como deber religioso, la Hemeroteca de la Facultad y la de la Biblioteca Central, donde siempre que levantamos la vista, nos encontramos rodeados de vitrinas, donde estaban alineadas las revistas. Después, en la Casa Museo de Colón, donde funcionaba el Departamento de Historia de América de la Universidad de Valladolid, las revistas estaban en vitrinas. Para consultarlas era necesario buscar las llaves y tener en la mano revistas como: el Anuario de Estudios Americanos o el Boletín de la Academia Nacional de la Historia, junto a la Revista de Indias y los Cuadernos Hispanoamericanos. Y así, ya con la lectura como oficio sedimenté mi cultura de vitrina, consultando muchas en la Biblioteca de la Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla, en la Biblioteca del Palacio Real, en la Biblioteca de la Real Academia de la Historia y en la del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, en Madrid. En Caracas seguí y sigo hasta hoy consultando las vitrinas de la Academia Nacional de la Historia, de la Biblioteca Nacional, o del Archivo General de la Nación y tantas otras que he tenido necesidad de revisar, ejerciendo mi oficio de lector. Por eso digo que mi cultura es de vitrina.
Y es que esas vitrinas me impiden el contacto táctil con el libro, que considero muy importante. Es algo así como una comunicación sensual con la obra. Siempre me maravillosa la Sala general de Biblioteca Nacional de Madrid, donde la estantería es abierta. Como siempre he sido un fumador incorregible, cuando salía de la sala de lectura para fumar, podía tomar un libro de los estantes, verlo, leerlo, revisarlo y tocarlo, que es lo que se debe hacer con los libros. En la Biblioteca Central de la Universidad Simón Bolívar pasa lo mismo, a excepción de la hemeroteca, los fondos tienen una estantería es abierta y no hay vitrinas que impidan la comunicación con el libro. Esto es una maravilla. Por eso, en mi casa, mis libros y los de mi esposa no están en vitrinas. Se conservan en estantes abiertos, sin llaves, ni vidrios. Allí los libros te esperan alineados en el estante para conversar contigo como una novia, o una amante ansiosa. Abrazos virtuales desde Caracas. Espero sus opiniones.
Juan M. Morales Álvarez
Piedra Azul 25 de enero de 2003
POR
JUAN M. MORALES ALVAREZ
Este cuento va de marchas, no podía ser de otra cosa, teniendo presente la difícil situación que vivimos todos los venezolanos. Ayer, 12 de diciembre del 2002 asistí a la marcha, convocada por la coordinadora democrática, en defensa de los medios de comunicación, acompañado por mi hija María Consuelo. Advierto, para que quede claro, que ni mi hija ni yo somos terroristas, ni oligarcas, ni pertenecemos a la nómina de PDVSA. La advertencia está dirigida a los chavistas y a los círculos bolivarianos, que ven terroristas, golpistas y oligarcas, con oscuras intenciones por todos lados, armónicamente conjurados, contra su revolución bonita. Somos simplemente un padre, profesor universitario y una hija, estudiante universitaria, que no militamos en ningún partido político, ni pertenecemos a sectas, o grupos de ataque. Dos venezolanos, mayores de edad, sinceramente preocupados, al advertir que tal como van las cosas, nos pueden arrebatar el futuro de nuestro país. Pertenecemos a dos generaciones distintas de venezolanos, que simplemente amamos nuestro país y creemos que las cosas no van bien. Pienso que no hay ningún delito en esto y tenemos derecho a asistir a una marcha y a expresar civilizadamente nuestra disconformidad con el actual gobierno, porque, mientras no se diga lo contrario, vivimos en un país democrático.
Así que con estos sentimientos llegamos al punto de concentración, la plaza de la meritocracia, situada frente a la sede de PDVSA, en Chuao. A las 3 de la tarde fuimos recibidos por un sol radiante y parecía que el Ávila nos miraba complacido, con sus canas al aire, como abuelo experimentado, sereno y protector. La marcha había comenzado, nos tocó ir detrás de unos muchachos, que llevaban amarradas las banderas de todos los países americanos, junto a la de España. Entonaban aquel Himno a las Américas, recuerdan aquello de Puerto Rico, Brasil y Bolivia, Argentina Chile y Ecuador. La idea era pasar frente a la delegación de la OEA, que se encuentra en la calle Orinoco de Las Mercedes, para que los representantes de la organización se dieran cuenta de la realidad política de Venezuela. Yo iba pensando en que la Caracas de hoy es el laboratorio social más importante de toda América Latina. La situación venezolana en la actualidad es un fenómeno social inédito. De muy poco nos sirven los viejos manuales de sociología e historia de América Latina que leímos, porque la realidad que nos tocó vivir, e intentamos comprender, desborda continuamente los parámetros de análisis a que estamos acostumbrados. Y es que en la Venezuela de hoy nos encontramos con militares, oficiales superiores y suboficiales, que en vez de dar un golpe de estado, utilizando sus armas al viejo estilo gorila, como rezan los manuales, comportamiento muy extendido en nuestra América. Ahora no, los uniformados se van a una plaza, y armados con un micrófono, le solicitan al presidente su renuncia y la convocatoria de nuevas elecciones. Marinos mercantes quemando las naves de su futuro, por lograr los mismos objetivos. Miembros de la nómina mayor de PDVSA jugándose su estabilidad económica; y gente común, como nosotros, indignados por la aparente sordera del ejecutivo y la violencia desatada por los círculos bolivarianos. Y es que es imposible olvidar que, en defensa de la revolución bonita, los miembros del oficialismo mataron impunemente a ancianos, niñas y profesores universitarios, por el único delito de asistir a la Plaza Altamira. Tampoco debemos olvidar el ataque sistemático a los medios de comunicación.
Quizás por deformación profesional, como historiador que soy, acostumbrado, a preguntarme siempre sobre él por qué de los acontecimientos, no se olviden que la historia es la ciencia de los ¿por qué?. Caminando y viendo la gente a mi alrededor, me preguntaba, camino del puente de Las Mercedes. ¿ Es que acaso estamos en los inicios de la primera guerra civil venezolana de siglo XXI? ¿La guerra civil no es una etapa superada de nuestro devenir histórico? Aún ignoro la respuesta correcta. Inmerso entre un mar de banderas, ondeadas por gran cantidad de compañeros de marcha, oyendo consignas como: al loco le falta poco, y agua y jugo hasta que se vaya Hugo, que voceaba un vendedor ambulante, yo seguía caminando por esas calles caraqueñas, repletas de gente y de vida, hasta que oí a una señora que me decía, no cabe ni uno más. Tenía razón, de verdad que fue una experiencia inolvidable ver el alto grado de civismo de los manifestantes. Esa multitud de personas era parte de mi pueblo, venezolanos de a pié, que, según el ejecutivo, son unos terroristas, traidores a la patria, a la constitución y a la revolución bonita.. No faltó tampoco la presencia de políticos profesionales, por lo que vimos pasar al alcalde mayor Alfredo Peña, montado en una moto, saludando a los manifestantes. Se puede entender este fenómeno social como la consecuencia de una conjura mediática de oligarcas terroristas. Me perdona el presidente Chávez y los círculos chavistas, pero esa etiqueta de oligarcas terroristas es simplemente una gran mentira. Por donde se mire, la explicación del gobierno huele y nos parece una moneda de 15.
El hecho real es que ya no importa si lo creemos o no. Indudablemente asistimos al nacimiento de un nuevo país, donde sus dirigentes se tienen parecen más a Juan Fernández, que a Chávez, la diferencia es que Fernández intenta no mentirnos, nos habla con cifras ciertas en la mano. Dicen que este señor Fernández, ejecutivo de PDVSA, es hijo de un vigilante de una compañía petrolera, que estudió con becas. Sea cierto o no, lo que quiero decir es que la inmensa mayoría de los venezolanos somos así, como dicen que es Fernández, de orígenes humildes. También es verdad que existe una deuda social con los necesitados, arrastrada desde la época de la independencia, que es terriblemente injusta. Pero también sabemos que en Venezuela se ha dado, sobre todo, en el período de la democracia puntofijista, una movilidad social de grandes proporciones. El mismo Chávez, en otro país, diferente al nuestro, jamás llegaría a la presidencia, por sus orígenes y trayectoria. Y lo que no puedo creer es que la forma de resolverla sea incentivando odios y resentimientos sociales que creíamos inexistentes. Incentivar los odios y resentimientos latentes por las injusticias sociales, lo han hecho en Venezuela desde siempre. Lo hizo Boves en nuestra guerra de independencia, por lo que sus huestes de llaneros casi borraron de la faz de la tierra a los mantuanos y dieron el golpe de gracia a la Segunda República. Con el triunfo de Boves se perdió buena parte de la dirigencia patriota. Por los excesos del cuadillo asturiano, Don Pablo Morillo no pudo regresar a la maltratada provincia, al estado social existente momentos antes de la revolución, como le indicaron sus jefes en sus instrucciones. Tampoco lo pudieron hacer, aunque se lo propusieron los caudillos republicanos posteriores. Y es por eso que los venezolanos vivimos una revolución diaria durante casi cien años de nuestro devenir histórico. Los golpes de estado se sucedieron sin ideales, ni programas políticos, convirtiéndonos en una república turbulenta, hasta la época de Juan Vicente Gómez, que liquidó a los últimos montoneros venezolanos. Tampoco lo lograron los dirigentes políticos contemporáneos, ni el propio Chávez.
Es cierto que no existe objetividad en ninguno de los dos bandos, eso casi no existe y menos en una espinosa coyuntura como ésta. Pero, evidentemente, la falta de objetividad es mucho mayor del lado oficialista. Y es que éste régimen nos robó el futuro a todos los venezolanos y a los extranjeros que eligieron vivir con nosotros. A punta de mentiras, justificando groseramente la compra de un avión tipo jeque, la malversación de fondos y el robo. Todo ello justificado en aras de la defensa del soberano. Triste me resulta comprobar que la máxima aspiración de mis estudiantes de la Universidad Simón Bolívar sea la de irse del país, porque no tienen futuro. Y más triste aún es no tener argumentos para contradecirlos, porque simplemente los muchachos tienen razón, la revolución bonita nos arrancó las calles, el futuro. Si los venezolanos formados se van, no nos queda ninguna solución, cerremos el país. El último, al embarcarse que apague la luz y ponga un cartelito, con esta leyenda: Venezuela país cerrado por falta de futuro.
Cayendo la tarde, vimos monjas del Colegio Mater Salvatore ondeando banderas en la colina de su colegio. ¿También son terroristas las monjitas educadoras? La verdad, como siempre, es mucho más simple: es que el gobierno no quiere convocar a elecciones y los rasgos de falta de gobernabilidad son patentes. Por mucho menos de lo que hemos vivido recientemente en Venezuela, en otro país demócrata, el gobierno hubiera renunciado. Por situaciones menos graves tuvo que renunciar el presidente Nixon y en Argentina de la Rua. Pero, aquí no vamos a renunciar, ni lo piensen. Según Chávez, todos los venezolanos sin excepción, tenemos la obligación patriótica de querer a la fuerza a su revolución bonita. Yo me pregunto ¿Cuál es la belleza del asesinato de inocentes y la impunidad de los actos perpetrados impunemente por los círculos mal llamados bolivarianos?. Ayer decía alguien en la marcha, mientras pasamos frente a la casa principal de la firma Cartier en la calle Orinoco de las Mercedes, que si caía el gobierno tendrían que cerrar, porque de ésa marca es el reloj que usa Chávez y mayoría de los dirigentes del MVR. ¿Saben cuanto cuesta un reloj de ésos?
Al finalizar pasamos por el frente del Hotel Tamanaco y doblamos a la izquierda para llegar por la Avenida Río de Janeiro nuevamente a Chuao, a la plaza de la meritocracia, y así terminó la marcha. Con el Ávila sonreído y complacido en nuestro horizonte viendo como regresaban sus nietos ondeando las mismas banderas, buscando el futuro, terminó la marcha. Hoy, con los dolores musculares acogotándome las extremidades escribo estas líneas, solicitando unidad y salidas democráticas. Es necesario entender que lo que está en juego va mucho más allá del gobierno de Chávez, de la venta y distribución de petróleo y gasolina, y de la mal llamada revolución bonita. Lo que está en juego es el futuro de Venezuela como país. Los escuálidos, como nos adjetiva despectivamente el presidente Chávez no somos ni locos, ni tontos comprados o pervertidos por la oligarquía, y la operación mediática. Ni tampoco ricos blanquitos que desprecian al resto de la población, y mucho menos terroristas que no comprenden el proceso. Somos simplemente gente común como somos la inmensa mayoría, algunos ricos, blancos, morenos y negros que solamente aspiramos a tener un futuro cierto y deseamos vivir en paz en esta hermosa parte del mundo que nos vio nacer, o en la patria que decimos adoptar como nuestra. Abrazos virtuales desde Caracas.
Juan M. Morales Álvarez
Piedra Azul 13 de diciembre de 2002.
BOLIVAR SOY YO

Por
Juan M. Morales Álvarez
En los cines de Caracas se estuvo proyectando antes de los sucesos que nos quitaron las calles, los cines y a lo mejor el futuro, la película Bolívar soy Yo, producción colombiana del año 2001, con una duración de 92 minutos, producida y dirigida por Jorge Alí Triana, con guión de Manuel Arias, Alberto Quiroga y del mismo Jorge Alí Triana, protagonizada por Robinson Díaz, Amparo Grisales y Jairo Camargo. La película logró varios premios en los certámenes de cinematografía en que fue presentada. La trama de la película se desarrolla en la grabación de los capítulos de una serie de televisión colombiana sobre Bolívar. Grabando el capítulo relativo a la muerte del Libertador en la Quinta de San Pedro Alejandrino, el protagonista de Bolívar soy Yo, abandona la grabación, porque no está de acuerdo con la decisión de los directores de la serie, que prefieren concluirla con el fusilamiento de Bolívar, previo juicio, en los jardines la Quinta de San Pedro Alejandrino, porque daba más raiting, y no como sucedió en la realidad. En la película, el actor, que representa a Bolívar, aparentemente enloquecido o transfigurado, no queda claro, recordemos que todos tenemos un Bolívar por dentro, se dispone a poner en práctica el antiguo sueño bolivariano de la unificación de los países que integraron la Gran Colombia. El actor, dentro de la trama, es utilizado por el presidente de Colombia para presidir los actos conmemorativos de las efemérides bolivarianos. En uno de los actos patrióticos el protagonista Santiago Mariño, convertido en Bolívar, preside la parada militar, y, harto de las ridículas situaciones que se ve obligado a representar, secuestra al presidente de Colombia y, ayudado por grupos guerrilleros colombianos, que se califican de marxistas, revolucionarios, bolivarianos, pretenden llamar a una cumbre de presidentes bolivarianos, que, convocados para reunirse en el lanchón donde llevan secuestrado al presidente de Colombia, navegando por el río Magdalena, reconstruyan el viejo sueño de la Gran Colombia. Lo que nos recuerda un poco a García Márquez en: El General en su laberinto.
Entre la ficción y la realidad, como en los mejores textos bolivarianos, en la película se pasa revista a la significación mítica de las empresas bolivarianas; así como también, a la importancia y vigencia de la mitificación exagerada del culto a Bolívar, y su diversa significación en la mentalidad de nuestros pueblos. Es además una comedia, que nos hace pensar de una forma más cercana a la realidad vital de nuestras sociedades, en las numerosas tergiversaciones históricas a que hemos sido sometidos todos los habitantes de los países bolivarianos, a través del catecismo bolivariano cándida o intencionalmente impartido en los programas de nuestra educación formal. Y es que los responsables de la programación escolar, con una dosis suficiente de buena voluntad, convencidos de que hacen patria, nos han convertido en bolivarianos fanáticos. Casi se podría afirmar que con mucho romanticismo, confundidos por narraciones históricas similares a las vidas católicas ejemplares de los santos, pretendiendo afirmar lo nacional, diseñamos, creamos e impartimos un nuevo catecismo nacional bolivariano. Algo así como la vieja institución del patronato regio de la corona española, que justificó la conquista, con la salvación de las almas, convertidas al cristianismo por la benéfica acción de la labor pastoral.
El director, utilizando como excusa la supuesta locura del protagonista, llamado Santiago Mariño, representado como un actor de teatro popular de Bogotá, soltero, joven, de poca importancia en el mundo del escenario, quién vive con su madre, en una urbanización de clase media baja bogotana, poco a poco, con fino humor, nos va introduciendo en la curiosa significación que ha tenido Bolívar, en las diferentes clases sociales colombianas, lo que puede extenderse, con algunas variantes, a todos los países de la antigua Gran Colombia. Y así, el personaje, creado por una novela de televisión por capítulos, convencido o no de que Bolívar es él, es utilizado por el presidente colombiano y sus asesores, para darle mayor impacto a las celebraciones patrióticas bolivarianas, tan comunes en todos nuestros pueblos, con paradas militares, desfiles y toda esa representación teatral, que hemos decidido llamar ceremonial patriótico. El personaje es aprovechado a placer por los asesores del presidente, y prácticamente obligado a participar activamente en los actos y desfiles. Es precisamente en uno de esos desfiles conmemorativos, donde el personaje, harto de los abusos, y, aparentemente enloquecido, decide secuestrar al presidente, para llevar a la práctica el sueño frustrado del Libertador, la unificación de nuestros pueblos. Porque, bueno es recordarlo, el cadáver de Bolívar ha sido explotado por la mayoría de nuestros dirigentes políticos, desde Paéz hasta hoy, con el único fin de consolidar su poder.
Por otra parte, aunque un tanto exagerado, vemos como las ilusiones frustradas de nuestro pueblo llano se dirigen al actor, para conseguir todo tipo de necesidades, como si fuera el santo local. Se le pide su intermediación para lograr desde las becas de estudio para los muchachos, hasta aclaraciones históricas, que le son solicitadas por un celador de la Quinta de Bolívar en Bogotá, al que le preocupan, sobre todo, los amores del Libertador. Y es así como Bolívar, revivido por la novela de televisión, puede escuchar los sueños y miserias de una prostituta, en un local nocturno bogotano, las ilusiones amorosas de un vigilante, las necesidades políticas de los partidos de gobierno y las expectativas de un pueblo, que, desde la independencia, siempre ha sido traicionado y postergado por sus dirigentes. Esto nos recuerda el Bolívar de carne y hueso de Herrera Luque. Y es que para nuestros pueblos, muchas de sus apremiantes aspiraciones postergadas pueden ser resueltas mágicamente, con la presencia real, o mágica del Libertador, que murió antes de tiempo.
De esta manera, el film, que pretende ser comedia, y no podemos afirmar que no lo es, nos muestra una nueva visión de Bolívar, más refrescante que la tradicional, y no por ello menos medular. La verdad sobre la significación que Bolívar tiene para nuestros pueblos está mucho más cerca de la película que de los libros escritos, no nos equivoquemos. Por ello recomiendo ampliamente ver esta película. Es como una nueva lectura de Bolívar, mucho más cercana de la realidad actual. Es una significación diferente del ideario bolivariano que todos los latinoamericanos llevamos por dentro. Lo que nos hace pensar que muchos latinoamericanos creemos seriamente que Bolívar es de todos y además, con extrema facilidad, sin abandonar los senderos de la racionalidad podemos perfectamente llegar a la conclusión que Bolívar soy yo.
Juan M. Morales Álvarez
Piedra Azul 2 de diciembre de 2002