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La magia de Carora se encuentra en sus tradiciones, en sus leyendas, que nos cuentan su historia de forma mística, con tintes de fantasía preñada de misterios y de una manera muy singular... Nos ha sido transmitida generación por generación con toda la pesada carga que ello significa a través del tiempo.
Pareciera que pudiéramos oír aún los susurros de las voces de ese pasado, en la penumbra producida por las sombras de la noche, sortilegio que se ahoga en la luz artificial que nos trajo el modernismo. De forma indeleble llevamos en nuestra mente desde niños, los relatos que nos causaban una verdadera fascinación, acompañada a veces del natural temor que nos quitaba el sueño cuando el narrador de turno ponía todo su esfuerzo en dejar en nosotros el grato sabor de lo desconocido y la avidez de continuar escuchando lo que en ese momento nos contaba.
Pasa el tiempo y cuando al fin te detienes a pensar y más que eso, te pones a investigar los hechos de nuestra historia, te das cuenta de cuantas mentiras repetidas pretenden ser verdades y cuantas verdades omitidas intentan caer en el olvido, atendiendo al sentimiento del momento y a sus necesidades sociales, económicas y hasta políticas.
Es desde un principio Carora, un sitio donde particularmente la práctica religiosa es algo cotidiano y en donde la moralidad, la honestidad y la justicia van de la mano como resultado de dicha práctica. Es por ello curioso que entre nosotros habite el diablo como un vecino más... lo ha sido por mucho tiempo, perturbando la paz lugareña y retrasando el natural progreso de nuestra tierra. Siempre está ligado además con el hábito de San Francisco de Asís al momento de hacer de las suyas, ¡Ah Diablo!: logras mirar su figura a través de Doña Inés de Hinojosa y el bailarín Jorge Voto que disfrazado de monje asesina una madrugada al marido de ella Don Pedro de Avila, en la muerte de unos supuestos contrabandistas que decían llamarse Buenaventura, Enrique y Gabriel Hernández Pavón y en la sacada poco ceremoniosa de la ciudad del último fraile que quedaba en el convento de franciscanos ubicado a la margen derecha del río Morere y que para mayores señas era caroreño, Fray Ildefonso Aguinagalde Lúquez, Papa Poncho.
Es quizás la que toma más fuerza y es mas conocida la de los hermanos contrabandistas.
Después de una minuciosa investigación, vas colocando los hechos como van apareciendo y uniendo las piezas del rompecabezas y ante ti se presenta un esquema diferente al que te has hecho siempre.
Todo empieza el Jueves 16 de Febrero de 1.736 cuando ese crepúsculo nuestro tan hermoso va afirmando sus colores que se reflejan fantásticos sobre nuestro cielo... Don Buenaventura Hernández Pavón, natural de Carora e investido con el cargo de Cabo de Guerra y Juez de Comisos de esta ciudad y su jurisdicción, es aprehendido por orden de las autoridades que estaban representados por los Alcaldes Ordinarios Don Adrián Tuñón de Miranda y Don Tiburcio Riera y Alvarez, por roces suscitados entre ellos en cuanto a autoridad y ocasionados por el arresto de un contrabandista que era competencia del señor Hernández y no le quería ser entregado por los Alcaldes. Cabe destacar que el contrabando hacía estragos en el comercio llevado por la Compañía Güipuzcoana y en Carora había especial predilección por ese tipo de negocio, para abastecerse de mercancía más barata Pero también es verdad que siempre han existido los abusos de poder por parte de quienes ejercen la autoridad por lo que es necesario hacer conocer que Don Buenaventura en una oportunidad trasladaba hasta El Tocuyo un cargamento de tabaco de dudosa procedencia y por la que fue amonestado.
La noche se iba haciendo oscura, y dos de los hermanos de Don Buenaventura, Don Gabriel y Don Enrique, el menor, junto a otros que les acompañaban, asaltaron a la Casa del Cabildo, la Casa Amarilla, para ir en su rescate.
Mientras tanto, los dos Alcaldes fueron avisados de lo que estaba ocurriendo y se trasladaron hasta el lugar acompañados por el Maestre de Campo Don Juan José Riera y Álvarez, hermano de Don Tiburcio, los Capitanes Don Francisco Gómez Ferrer y Don Juan Norberto Ocampo, de las Milicias de Carora y un grupo de vecinos. Enardecidos por los acontecimientos, tomaron la justicia por su cuenta al encontrar el panorama de tres muertos: Sebastián Sarmiento de Voligan, apuñalado, Pascual de Acosta, apuñalado por Don Buenaventura, estando preso y Gerónimo Vásquez, muerto de un balazo y que se había producido la fuga de reos de la cárcel.
Los hermanos Hernández Pavón y quienes les acompañaban se habían asilado por su seguridad, en el Convento de Santa Lucía, de la Orden de Franciscanos, nombrado con anterioridad. Fue violado el recinto sagrado por la turba enfurecida y haciendo caso omiso a los ruegos del Prior del Convento, sólo dio tiempo de confesar a los que más tarde fueron arcabuceados en la Plaza Mayor, como consta en los libros de Entierros de la Parroquia San Juan Bautista de Portillo de Carora. Los sacerdotes, Dr. Don Francisco Ramos, Br. Don Antonio Venancio de Urrieta y Br. Don Cayetano López, de la parroquial de esta ciudad fueron los encargados de suministrar el sacramento de la penitencia a: los tres hermanos Hernández Pavón, Gabriel Xuárez, Cristóbal Alcayde y Bernardino Rangel... nueve muertos en total, por lo que se dice que el diablo, sin duda con el permiso de Dios, y a fin de hacer purgar a la comarca algunas ¿culpas? una vez más actúa en este lugar.
Más tarde la justicia española que imperaba en esa época, condena la acción de las autoridades locales ante este episodio, castigando a sus actores en la medida de sus culpas. A los dos Alcaldes se les destierra y no son castigados con la muerte como nos dice la tradición. Don Adrián Tuñón de Miranda junto con su familia se traslada hasta Cúcuta, en el Nuevo Reino de Granada. De Don Tiburcio Riera y Álvarez sólo se sabe que fue enterrado en Carora el día primero de Julio de 1.770, 34 años después.
Se anexan copias de las partidas de defunción de los personajes que murieron ese día, en los hechos que generan la leyenda




