Tres caroreños en el Humboldt

          Por:Luis Daniel Riveros Atterbo

 

 

Miércoles 08 de abril de 2009

 

Al llegar a Mérida, luego de un largo viaje desde Valencia, aunque con mucho menos tráfico de lo esperado, nos dirigimos inmediatamente a la “Plaza de las heroínas”. En este lugar y según información obtenida al visitar las diferentes páginas que nos recomendaba Google durante el viaje, era el sitio ideal para contratar el equipo necesario y el guía quien nos haría ascender a “El léon”, “El toro”, al “Bonpland”, al “Humboldt” o al “Bolivar”.

 

Todavía no estábamos seguros a qué águila blanca conquistaríamos, y en el mejor de los casos, según Germán Primus y mi hermano Mauricio, sería más provechoso dedicarnos al relax y así visitar durante la Semana Santa, a nuestra muy querida amiga, poeta y actriz Mireya Krispín.

 

Luego de visitar infructuosamente varios locales donde alquilaban dichos equipos, una mujer de estatura mediana, tez blanca y con pinta de alemana nos dijo que ya era tarde porque todos los guías seguramente estarían contratados y listos para salir al siguiente día con sus montañistas. En ese momento eran las 08:00 p.m y decidimos intentar el último local, donde inmediatamente nos atendieron y dijeron que esperáramos mientras buscaban algún guía disponible y verificaban la existencia de los morrales y víveres necesarios para el ascenso. Sería el primer paquete que vendería esta pequeña empresa de turismo extremo “Jamming Expedition”.

 

A las 09:30 p.m,  todo estaba listo. El guía nos recomendó ir a dormir inmediatamente porque el ascenso al “Humboldt” era fuerte y necesitábamos estar descansados, ya que el viaje que nos esperaba era de 5 días y 4 noches, aunque podría acortarse en un día dependiendo del rendimiento y el factor climático.

 

Tal como nos lo recomendó el guía, fuimos directamente a alojarnos en casa de Mireya Krispín, aunque no pudimos cumplir totalmente con el descanso porque nos esperaba un pequeño agasajo de bienvenida al cual no pudimos resistirnos.

 

 

Jueves 09 abril 2009

 

A la mañana siguiente en la plaza del pueblo de “Tabay” y habiendo desayunado unos pastelitos y empanadas de pabellón, con café y jugos, lo menos que nos motivaba era hacer montañismo, pero ya el paquete estaba pago y a las 11:00 a.m, nos encontrábamos en la entrada del parque nacional “Sierra Nevada”. Hasta ese lugar llegamos transportados con la camioneta de la compañía que se iniciaba con nuestro viaje y procedimos a llenar los formularios correspondientes junto con los guardabosques.

 

Hicimos un poco de calistenia antes de cargar nuestros morrales de aproximadamente unos 20 a 22 kilos c/u, en los que llevábamos lo necesario para la excursión. Seguidamente comenzó nuestro ascenso sin mayor protocolo que el de admirar el paisaje que nos rodeaba, a la vez que nos embargaba la incógnita del nivel de dificultad que nos exigiría tal aventura.

 

Lamentablemente en Carora, creo que no tenemos una pendiente de tal dificultad para comparar los primeros 45 minutos de ascenso donde los “Diaaaaaaaaa..¿falta mucho?”, se repetían con mayor frecuencia hasta la primera parada hecha en un riachuelo en el que llenaríamos nuestras botellas de agua.

 

A las 2 horas y media de recorrido nuevamente hicimos una parada en la llamada “Quebrada del oso”, donde volveríamos a llenar nuestras botellas y detenernos a comer algo ligero para seguir el ascenso inmediatamente. El cansancio ya era importante y según el guía faltaban más de 4 horas para llegar al primer campamento.

 

Todo el bosque que nos rodeaba era de árboles muy altos y una vegetación virgen en su aspecto el cual recorríamos por una senda hecha por los mismos montañistas para ascender hasta “Laguna Coromoto”, donde acamparíamos la primera noche. Esta laguna se encontraría a 3000 mts. de altura habiendo partido desde el sector “La Mucuy” a 1.800 msnm.

 

Luego de las 4 horas de ascenso ocurrió lo inevitable, un fuerte calambre en su pierna izquierda tumbó a Germán. Cada minuto era importante porque a esa distancia nos encontrábamos en un punto en el que si decidíamos regresar así como seguir, igualmente nos caería la noche, con la diferencia de que si regresábamos, perderíamos los reales según el contrato firmado.

 

Yo tenía unas 4 pastillitas de Ibuprofeno que llevé por no dejarlas, y de las cuales German se tomó una. Valdrían oro. Nos detuvimos unos 20 minutos para reanimarlo física y mentalmente ayudado también por el famoso Dencorub.

 

Seguimos subiendo hasta “Pozo de los duendes” para un pequeño descanso. En este lugar la vegetación cambió y el aspecto de páramo era el que predominaba nuestro entorno. Fue necesario una hora y media más para llegar a la tan esperada “Laguna Coromoto”, un lugar alucinante donde la neblina a la caída de la tarde y las  montañas que la rodeaban comentaban la llegada de cada intruso.

 

Diaaaablo, estábamos demasiado cansados pero satisfechos por cumplir con la primera etapa. El guía nos armó la carpa mientras nosotros verificábamos nuestros sleeping bags. “A sacos pa malucos” comentó Germán, por lo que decidimos turnarnos por noche el mejorcito que había.

 

Después de la cena comenzó a llover y nos metimos en la carpa hasta la mañana siguiente.

 

Viernes 10 de abril de 2009

 

Eran las 06:00 a.m ,cuando nos despertamos y a las 07:00 ya estábamos subiendo nuevamente después de un “buen” desayuno y bajo una llovizna que helaba los huesos. El reto de ese día era llegar a la “Laguna Verde” ubicada a 4000 msnm desde la cual se divisaría la cumbre del pico “Humboldt”.

 

“Puente Quemao” fue un primer encuentro con la altura en el que una tabla nos permitiría pasar de una montaña a otra, aunque después de una hora nos conseguimos literalmente con una pared de roca húmeda donde el camino desapareció, “a la veeeeeeeer……” dije, pensando que teníamos que subirla con el morral de 22 kilos que cada uno llevaba en sus espaldas. No había otra opción y procedimos. Todo un éxito.

 

Unas 3 horas y media de camino fueron necesarias para ver el imponente Humboldt y su corona de nieve. De ahora en adelante siempre lo divisaríamos hasta el segundo campamento al cual llegaríamos 2 horas más tarde, no sin antes arriesgar nuestras vidas al tener que pasar por un farallón cuya inclinación era la de una pared con el espacio suficiente para pisar con la punta de las zapatos mientras que el resto del cuerpo lo sentíamos en caída libre de unos 200 mts de altura sobre la “Laguna Verde”. Luego de este tramo no me sentiría tranquilo sino hasta la vuelta.

 

Cabe mencionar que eran muchos los momentos riesgosos en los que los morrales nos desequilibraban, y cada vez más por el cansancio a medida que avanzábamos.

 

Al fin llegamos a “Laguna Verde”, mucho más grande e imponente que la primera, irrigada directamente por el deshielo del “Humboldt” y debajo del cual montamos nuevamente campamento. Era la 01:00 p,m  y disfrutamos de un sol tipo Carora pero con un poco de frío. Este era el momento del baño, ya que horas más tarde posiblemente el hielo que se formaría a la orilla del río no nos dejaría ni pensarlo.

 

A las 07:00 PM nos encontrábamos ya dentro de la carpa mientras que afuera hacía una temperatura de -2 grados C°. Habíamos llevado algo de alcohol para tomar por el frío, pero el mismo cuerpo nos decía que no. El cansancio era importante y aún faltaban 910 mts por subir hasta la cumbre del “Humboldt”.

 

La salida al siguiente día sería a las 04:00 a.m

 

Sábado 11 de abril de 2009

 

La luminiscencia del glaciar del “Humboldt” causada por la luna llena de esa madrugada creaba una atmósfera única y mágica. Solo llevábamos con nosotros nuestros koalas y botellas de agua ya que en este último tramo del ascenso solo encontraríamos las rocas de la morrena y el hielo del glaciar. Todo el equipaje restante se dejó en la carpa.

 

El desayuno consistió en galletas energéticas y agua para inmediatamente adentrarnos en la inmensa montaña de rocas con la motivación constante de llegar al glaciar y posteriormente hacer cumbre.

 

Eran las 04:00 AM y ya estábamos encaminados. La falta de oxígeno se hacia sentir cada vez más y la pendiente que subiríamos sería constante hasta la cumbre. Luego de 2 horas y media de ascenso sentimos que caminábamos sobre pampuras,  y al observar el piso no dimos cuenta que eran las capas de hielo que recubrían la tierra. También observamos un pequeño pozo en el que podíamos colocar piedras sobre su superficie porque una delgada pero resistente capa de hielo se había formado.

 

Llegamos al glaciar después de 3 horas prácticamente ininterrumpidas, donde pudimos disfrutar del hecho de alcanzar por nuestros propios medios una altura en la que por naturaleza el hielo se conserva.

 

Pasada la novedad de alcanzar hielo por altitud y no por latitud, seguimos bordeando el glaciar hasta donde no nos quedaría otra opción que caminar por él hasta la cumbre. Llegados al punto, comenzamos a caminar con nuestros zapaticos sin grampones que no habíamos llevado porque según la persona que nos vendió el paquete no nos haría falta. Después nos enteramos que era porque nunca pensó que llegaríamos.

 

De todos modos fue necesario ajustar los pasamontañas en nuestros rostros porque el reflejo del sol en la nieve era tan fuerte que no nos dejaba ver con facilidad donde pisábamos. Hubo momentos en que una mala pisada nos haría regresar involuntariamente y a punta de piconazos a “Laguna Verde”.

 

Una vez en la base de la cumbre y junto a la cueva de hielo continuaríamos subiendo por el tramo escarpado. Ahí estaba la cumbre, a solo unos metros, momento en el que nos tomamos de las manos y caminamos hacia el último monolito guía. Eran las 8:00 a.m y nosotros los primeros en hacer cumbre en el “Humboldt” ese día mientras gritábamos al únisono “Cuuuuuumbreeeeeeeeee”.

 

El paisaje era temerario, enfrente de nosotros los picos “El toro”, “El león”, “Bonpland” y “Bolívar”, y a la derecha un abismo de casi 1000 mts hasta la “Laguna Verde”. A los 5 minutos decidimos bajar por una ráfaga de viento repentina y disfrutar más tranquilos en la base de la cumbre la vista en 360°. Lamentablemente solo el “Humboldt” seguía siendo un águila blanca, los demás picos no tendrían nieve a excepción del “Bolívar” en el que podía verse solo un poco.

 

Ya alcanzada la meta, nuestro guía o sherpa René nos recuerda que la mayoría de los accidentes ocurren en el descenso por los descuidos y el cansancio. Descendimos sin mayor novedad y deslizándonos por la morrena como si patináramos sobre rocas.

 

De vuelta en el campamento tomaríamos la decisión de seguir hasta “Laguna Coromoto”  o descansar hasta el día siguiente para bajar en un único esfuerzo hasta “Tabay”. Eran apenas las 12:30 p.m y la decisión tomada fue la de seguir el descenso para evitar que una lluvia que estaba por venir mojara el farallón, por lo que recogimos todos nuestros macundales y seguimos. Una vez superado nuevamente este farallón ya me sentía como en Carora.

 

Llegando a “Laguna Coromoto” comenzó a caer un palo de agua con rayos y truenos mientras que el mal humor ya estaba haciendo polvo nuestra paciencia y coraje. No teníamos donde refugiarnos al armar la carpa, a la vez que el resfriado comenzó a invadirnos. Una vez levantada la carpa nuestro guía se nos acercó con la cena, un espagueti a la napolitana.

 

Eran la 08:00 p.m y solo quedaba dormir mientras chequeábamos todo lo que nos sobraba en los morrales.

 

Domingo 12 de abril de 2009

 

A las 06:00 a.m nos despertamos bajo un cielo mucho más despejado, teníamos mucha comida todavía que pesaría bastante durante el descenso, por lo que decidimos dejar pepinos, zanahorias y algunas frutas que nos quedaban en una especie de despensa natural de roca al que todo guía siempre acudía para reabastecerse.

 

La ruta de regreso era como una especie de despedida a ese paisaje que nos recibió en un principio como si estuviéramos en una de las locaciones de la película “El señor de los Anillos”.

 

“Pozo de los Duendes” y “La quebrada del Oso” eran las estaciones más significativas de este tramo de “La selva Húmeda”. A las 12:15 llegaríamos a la entrada del parque nacional “Sierra Nevada” donde nos esperaba la camioneta de la compañía de turismo. Luego de un fuerte abrazo entre todos y reportando nuestro regreso a los guardabosques, comentamos con ellos las vicisitudes del objetivo logrado.

 

Superado el trámite fuimos llevados a “La Mucuy” donde nos esperaba un banquete preparado especialmente para nosotros por la compañía de turismo. Allí estuvimos unas tres horas celebrando con algunas bebidas refrescantes.

 

Eran las 3:00 P.M y fuimos a festejar a casa de Mireya en Tabay, momento en el que ratificaríamos que lo mejor de la aventura era echar el cuento una y otra vez hasta altas horas de la noche de ese domingo.

 

No nos quedaba más que agradecer a Dios en Semana Santa, el privilegio de habernos permitido ser parte de su obra en un sitio tan inhóspito y exclusivo, además del hecho de haber llegado salvos de tan inolvidable aventura.

 

Recuerdo ahora mismo una de las tantas frases famosas de Albert Einstein, “Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”.